lunes, 29 de abril de 2013

De gatos y meditación

Una de las gatas del salón de meditación, Tantra, se acuesta a los pies de Marisa, encargada hoy de guiar la práctica.  Con paciencia y algo de descaro, me parece a mí, se acicala el pelaje gris atigrado. Se lame una pata y se la pasa sobre la cara. Lo mismo hace con la otra. Y así, continúa lamiéndose el resto del cuerpo.

La otra, Sutra, es toda negra y muchos menos confianzuda. Entra sigilosa y se echa junto al altar, sin perder la compostura, ni su estado de alerta.

Mientras Tantra duerme a pata suelta, Sutra mantiene sus orejas bien paradas, atenta al menor sonido.

De pronto, la negra pega un salto y sale corriendo hacia el fondo del salón. La gris, abre los ojos, medio se despereza y, al final, decide volver a acomodarse con la cabeza entre las patas, abandonando las preocupaciones.

Desde que empecé a meditar, en la época de nuestro primer gato negro, el Frijol, hasta hoy con la Ñaña, otra gata negra, los felinos y felinas a mi alrededor parecen escenificar los vaivenes de mi mente.

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