lunes, 29 de noviembre de 2021

Invitada: Maya Angelou


Family isn’t always blood, it’s the people in your life who want you in theirs: the ones who accept you for who you are, the ones who would do anything to see you smile and who love you no matter what.





La familia no siempre es sangre, son las personas en tu vida que te quieren en la de ellas: las que te aceptan por quien eres, las que harían lo que fuera por verte sonreír y te aman pase lo que pase.


Original en inglés, aquí. Traducción al español e imagen, mías.


sábado, 27 de noviembre de 2021

Historia de una taza (2)

Te dispones a vaciar el escurridor del fregadero de la cocina y abrir un poco de espacio para que tu hijo pueda cocinar. Haces una torre de objetos para llevar a guardar al trinchador del comedor, pero quisiste abarcar demasiado y una pequeña taza color blanco sucio (no exactamente beige, digamos) con un par de rayas (¿o era solo una?) azules arriba y abajo como adorno, cae al piso. No se rompe. La oyes rebotar y entonces sí, al golpear el piso por segunda vez, queda hecha añicos: unos más grandes y otros pulverizados. Sabes que es inútil tratar de volver a armarla. No lo puedes creer, aunque ya has hecho esto antes, aquí, la contemplación sobre la impermanencia y las tazas rotas. Pero parece que cada vez empiezas de 0.

Es que esta la compré cuando me fui a vivir sola por primera vez, le explicas a tu hijo. Es la única que quedaba de esa vajilla, le sigues explicando. Con ganas de llorar. (Igual se te escapan algunas lágrimas.) Te sientes idiota y triste a la vez. Y un pelín ridícula también. Recuerdas una tarde lluviosa, hará unos 33 años, cuando impulsada por quién sabe qué o quién entraste a una mueblería Hermanos Vázquez, cerca de la UNAM, en Avenida Universidad, y te compraste tu primera vajilla, Stoneware. Made in China. Decía. Súper sencilla. En oferta. Para cuatro personas (la de menos piezas que encontraste). Y saliste con ella en brazos, protegiéndola para que no se empapara la caja y se cayeran las piezas. Habrás tomado un taxi (completamente fuera de tu presupuesto en esa época) y habrás vuelto a casa de tu prima Marisa, de donde te mudarías días después a tu propio departamento. ¡Y ya tenías platos (extendidos, medianos, hondos) y tazas! Te sentías tan independiente. Tan adulta. Tan tú.

Y hoy, te das cuenta, no se trata tanto de la taza, aunque también. (Era la medida perfecta para disolver tus chochos homeopáticos, por ejemplo, y había estado contigo más de tres décadas.) Se trata, probablemente más, del apego a tu yo de entonces, el de 25, el que tenía la vida por delante y la empezaba a andar sobre sus dos pies. Al romperse la taza, parece que se hubiera roto ese yo también. Ese que nunca existió, en realidad, ni existe, y que apareció, para disolverse, hace, eso, más de tres décadas.

Pues, nada. Tomas la escoba. Barres los añicos —de taza, de ti, de recuerdos—. Con cuidado de que no quede ninguna esquirla que tú o la gata o tu hijo pudieran pisar. (Igual te encuentras una varios días después.) Recoges los pedazos y tu hijo te ayuda a ponerlos dentro de un tetra pak vacío, como les ha enseñado la comadre (para evitar que algún ser se corte si husmea en la basura). 

Y la sueltas. Resulta que el proceso se da más rápido que antes. El apego se esfuma más rápido, aunque deja una estela aún tras de sí. Siempre podrás hacer una entrada al respecto en el blog y, así, no perder la taza por completo, ni la reflexión, claro, te dices. De esta taza ni siquiera conservas una foto. Era tan común y corriente, como, en última instancia lo es todo (¿o casi todo?), en la vida.


viernes, 26 de noviembre de 2021

Invitado: Dza Kilung Rinpoché

 

Estamos en casa

A veces, podría parecer que meditación significa tratar de hacer algo diferente: ser algo diferente. Pero no es así en realidad. Lo que realmente estamos intentando hacer es ser lo que ya somos. Descubrimos la verdadera naturaleza de nuestra mente, en lugar de intentar ser algo diferente. Pero con frecuencia vemos nuestros pensamientos y emociones, y luchamos con ellos, pensando que la naturaleza de nuestra mente está ahí dentro de algún modo.  Pero de acuerdo con las enseñanzas budistas, la verdadera naturaleza de la mente está más allá de las perturbaciones; es vasta, espaciosa y pura. Y cuando estamos conectados con nuestra verdadera naturaleza, con la apertura, hay un gran potencial para que reconozcamos que "Esto se siente muy familiar, este estado de la mente sin perturbación". Intuitivamente sabemos que estamos en casa. 

mi altar
















Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Día de mi tía Olga

Hoy es el cumpleaños de mi tía Olga y ya se me está acabando el día. Hace muchísimos años, cuando yo era niña, le hice un regalo para celebrarla un día como este (supongo, aunque también pudo haber sido para navidad). El caso es que empecé a escribir un cuento y le obsequié el planteamiento: manuscrito, con una ilustración (dibujada también por mí), enrollado y atado con un lacito. (No recuerdo por qué no lo terminé, quizá por pudor.)

El relato se llamaba "Llama Verde" y contaba la historia de un dragón que, en lugar de escupir fuego color rojo o anaranjado, lanzaba llamas de color verde, por lo cual fue bautizado con el nombre de este rasgo suyo tan particular. Llama Verde era un dragón amigable que lo único que quería era que lo quisieran y aceptaran, pertenecer, pues. Entonces, iba por el mundo saludando a cuanto ser se encontraba por el camino, pero como no sabía manejar bien el fuego que salía de su boca (de "torpe" lo habían tildado) les quemaba a todos el pelo y nadie quería acercársele. El pueblo, debido al rasgo particular de sus habitantes, se llamaba "Rizos Quemados".

Viéndolo a la distancia, yo creo que yo era tanto Llama Verde como una niña del pueblo. Buscaba que me quisieran como era, no como los demás pensaban que debía ser o esperaban que fuera. Y así me quería mi tía Olga. Incondicionalmente. Con todo y mi llama verde, mi torpeza y mis rizos quemados.

Para mí, su casa, su departamento de la Avenida Coyoacán, era uno de mis lugares seguros, si no el que más, con su alfombra rosa que cubría todo el piso, incluso el del baño, sus muebles de la sala, rosas también con estampados vegetales en verde, y la Teleguía en su cuarto, donde me escabullía yo a ponerme al día de las telenovelas que tenía prohibido ver. Todos los jueves íbamos a comer con ella,  después de la escuela, mi hermano, mi mamá y yo. Mi papá no regresaba a comer a casa en esa época.

Entre las especialidades de mi tía Olga, que era muy buena en la cocina, destacaban la tinga de pollo, la salsa verde con los tomates casi crudos y cilantro fresco (quedaba de un color verde vivo muy bonito) que se usaba, con crema y queso, para aderezar tacos dorados, y un postre típico de Sonora, su lugar de origen, que eran una especie de quesadillas de harina de trigo bañadas con miel de piloncillo, a las que llamaba, me parece, coyotas. Con la comida en su casa me permitían beberme una Coca Cola. Mi hermano creo que se tomaba un Orange Crush. Todas estas cosas siguen conservando para mí un gusto a ella, aunque ya no me las prepare.

Ahora esa casa es de su hija, Olga Adelaida, y ya no se ve como entonces, pero sigue conservando para mí esa sensación de seguridad que me daba desde niña. Gracias a mi tía tuve el amor incondicional que me permitió conservar la salud mental, a pesar de los pesares.

Aquí, una foto de ella,  de entre las contadas fotos reliquia familiares que conservo, en un cajón de mi cuarto. Supongo que fue una foto para un pasaporte o algo así. 

Su mirada y su gesto me transmiten el cariño y la aceptación que evocarla siempre me despiertan.



Gracias, tía, por ese amor incondicional que me brindaste y que me enseñaste también a recibir. Que donde estés, te rodeen una felicidad verdadera y perdurable y un amor como el que nos tuvimos.


martes, 23 de noviembre de 2021

Día de doña T

A mí la palabra "familia" me evoca demasiados sentimientos encontrados, pero entonces se aparece doña T, doña Teresa, que me ayudó a recuperar el sentido amoroso del término. Aunque nuestro parentesco no era sanguíneo, estaba basado en lo que yo entiendo por familia: compañía y aceptación en las buenas y en las malas, compromiso, disfrute, regocijo por los demás, apoyo incondicional. 

Yo no he gozado mucho de esto en mi vida: algunos destellos aquí o allá, siempre donde eran menos esperados. Pero doña T nos dio siempre un cariño confiable, duradero, siempre presente, sobre todo desde el nacimiento de Santiago. Para recordarla y celebrarla hoy, el día de su aniversario luctuoso, busqué las fotos del primer cumpleaños de Santiago, allá por 1997, cuando vivíamos aún en la casa de Narciso, donde nuestro hijo había nacido un año antes. Y en la foto de familia para festejar la ocasión está, por supuesto, doña Teresa (en el extremo izquierdo), con una blusa roja. A su lado está Graciela, la abuela paterna de Santiago, después mi comadre María Eugenia y junto a ella Adrián con Santiago en brazos, apuntando, supongo, hacia Emilia, hermana de mi hijo, que debe haber tomado la foto. La mano de doña T está en el hombro de Graciela hija, tía de Santiago, quien me toma a mí de la mano. 



Nuestro núcleo familiar hoy, 24 años después, seguimos siendo Santiago, María Eugenia y yo, presididos por la presencia intangible y cálida de doña Teresa.

Le agradezco, de todo corazón, doña T habernos adoptado así, sin pensárselo dos veces.
Ojalá que donde quiera que esté, tenga felicidad y paz verdaderas y perdurables.
 

lunes, 22 de noviembre de 2021

Día de mi mamá








Me levanto justo a tiempo para prender el radio y conectarme con el programa de música clásica que transmite la UAEM de lunes a viernes de 9 a 12 de la mañana. Hoy es día de Santa Cecilia, la patrona de la música, y pienso que seguramente lo dedicarán a ella. Y yo podré, por mi parte, celebrar a mi mamá en el día de su cumpleaños. El 87 habría sido. Se llamaba Marta Cecilia. En esta foto, del 21 de octubre de 1960, estaba por cumplir 26 años, apenas uno más de los que tiene mi hijo ahora.

Escucho, pues, la Sinfonía núm. 5 en Re mayor (originalmente Obertura a la Oda para el Día de Santa Cecilia, 1739) del músico inglés William Boyce. Y pienso en mi mamá. Hace unos días me encontré una cita de Victoria Secunda, psicóloga y escritora que ha indagado en "la relación más complicada de nuestra vida", o sea, la relación entre madre e hija. La compartí en inglés en este blog hace 10 años (a propósito del módulo sobre la madre en un grupo de mujeres que entonces facilitaba con una amiga) y hoy la comparto en mi traducción al español:

Ya sea que nuestra relación sea tensa o fácil, hostil o afable , necesitamos a nuestra madre, aun solo en recuerdo... para conjugar nuestra historia, validar nuestra femineidad y guiar nuestro camino.

Así la cosa, para bien o para mal, nuestra madre, mi mamá, será siempre un lugar de referencia, una fuente de entendimiento y, con suerte, se convierta en una luz que ilumine mi camino, ayudándome a soltar lo que no es mío (los pesos ajenos, las imágenes ajenas) para hallar mi propia identidad, por más cambiable y transitoria que sea.

Y revolviendo cajones, hallé también otra fotografía que en el reverso dice "Septiembre 1941. En el patio de la casa del Santísimo" y donde aparecen mi mamá, de casi 7 años (hace 80) y su primo hermano, mi tío Dicky, papá de mi prima Adelaida, que también celebra hoy su cumpleaños . 










Ojalá, ma, que encuentres, donde estés, motivos para sonreír, con una felicidad verdadera y perdurable.


sábado, 20 de noviembre de 2021

Invitado: Chögyam Trungpa Rinpoché


¿Qué es la paz?


La paz no es un estado donde no hay emociones, un estado donde no hay sensaciones o energía. Más bien, la paz es la fuente de todo; es lo que somos, lo que es. Sin embargo, la paz no es una experiencia mística. Es eso que permanece tanto quieto como activo y eso que irradia, lleno de vida. 




Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.


viernes, 19 de noviembre de 2021

Día de Mausy

Llevo ya un año y piquito de regreso en México y hoy me parece increíble haber estado fuera casi ese mismo tiempo. Como nos hace cuestionarnos el Buda en sus enseñanzas, ¿cuál es, en realidad, la diferencia entre un sueño y el día de ayer (o el año pasado) vistos desde hoy? Pues eso, como dicen en España para zanjar lo inzanjable...

Hoy me cuesta trabajo, también, imaginar mis días de convivencia con Mausy, la tía que, junto con su marido, un primo hermano de mamá, me regaló la casa donde vivo. Pero queda este lugar, que llamo hogar, aunque la noción vaya más allá de una dimensión física, como prueba de nuestro cariño.

Lo cierto es que nuestra vida, la de Santiago y mía, hubiera sido mucho más difícil sin contar con este espacio. Y mi agradecimiento para Mausy se renueva cada año cuando la pienso, en especial, en su aniversario de muerte. No recuerdo cuándo era su cumpleaños. Me parece que en marzo, pero ni idea del día.

Hoy, para celebrar su generosidad, le dejo esta primera flor de un cactus que vive en el balcón de mi casa y al que yo no había visto florear antes. Y la vida es así, una mezcla de flores y de espinas, cuya diferencia radica más que nada en nuestra mente, en la manera en que nos relacionamos con ellas:










Y Un beso enorme también para ti, Mausy, con mi deseo de que donde quiera que estés, encuentres la felicidad verdadera y perdurable.


martes, 16 de noviembre de 2021

Historia de un espejo

Hace 6 años y medio, 7 el próximo mayo, hice un viaje a Lisboa. (Diría hicimos, pero el plural se desvaneció casi instantáneamente.)

Uno de los sitios que visité fue la Casa Fernando Pessoa. Destacan en mi memoria la máquina de escribir del poeta. Su cama. Su sombrero. Y unas fotos hechas en los espejos de su recámara.

Y en la tienda del museo, compré dos espejos redondos, pequeños, de bolsillo. Uno para mí y uno de regalo para la otra mitad de ese nosotros que se desvanecía. Ambos tenían un verso de Pessoa. Del verso en el espejo regalo no conservo memoria. El que yo me quedé aún dice: Desejo impossivelmente o possível.

Hasta ayer eran letras negras sobre un fondo blanco. Pero, de pronto, la vida entera, con todas sus imperfecciones, se le metió dentro: Abrí mi bolsa (una nueva que tiene un compartimento secreto que queda al revés de todo) para buscar una pastilla y atajar un incipiente dolor de cabeza. El círculo espejo salió volando y aterrizó de cara en el piso. "No me digas que se rompió...", pensé, hablando con no sé quién, conjurando inversamente la buena salud del cristal. Pero su destino se había manifestado irremediablemente: Se rajó, dejando dos mitades disparejas.

Le levanté y lo llevé de inmediato al baño. Hace mucho aprendí que para romper el maleficio de los 7 años de mala suerte que supone la ruptura de un espejo, hay que echarle agua. (Juraba que ya había escrito sobre la vez que mi abuela Rosa me echó la maldición cuando le rompí un espejo a los 7 años, pero no lo encontré. Queda pendiente esa historia.)

No lo metí abajo de la llave, pero casi. Cuando acabé el ritual, me di cuenta de que el agua se le había colado dentro, convirtiéndose en un marco, gris e irregular, del fondo blanco. Lo puse al sol, pero ya tampoco tenía remedio. Al cabo de unas horas, se llenó, además, de manchas color café rojizo, para las cuales no encuentro explicación...

Quizás sería un buen correlato objetivo en una novela. 

Quizás podría hacerme con otro espejo.

Quizás sea ya momento de dejar de desear imposiblemente lo posible.

Quizás solo faltaba soltar el último poso.

Quizás.










domingo, 14 de noviembre de 2021

Invitado: Dilgo Khyentse Rinpoché


Cortar a través del aferramiento


Para cortar a través del aferramiento de la mente, es importante entender que todas las apariencias son vacío, como la apariencia del agua en un espejismo. Las formas hermosas carecen de beneficio para la mente y las formas feas no la pueden lastimar de ninguna manera. Corta las ataduras de la esperanza y el miedo, de la atracción y la repulsión, y permanece en ecuanimidad con el entendimiento de que todos los fenómenos no son más que proyecciones de nuestra propia mente. 












Original en inglés y fuente, aquí. / Traducción al español e imagen, mías.


sábado, 13 de noviembre de 2021

Mi abuelo Román

Yo de mi abuelo Román no sé muchas cosas. Muy pocas, en realidad. Hoy cuando desperté, creí recordar que el 13 de noviembre era su cumpleaños, pero igual fue el día que murió. No estoy segura. Alguna prima por ahí podría tal vez confirmármelo. 

Conservo esta foto de él de joven, en el servicio militar. Quizás.












La foto está tomada en Gijón, cerca de donde nació mi abuelo: Avilés. En Asturias. A orillas del Cantábrico.

Se qué mi abuelo fue el único republicano de su familia y ejerció algún puesto en la Junta de Avilés. Tras la derrota en la guerra civil, tuvo que irse a Francia, donde pasó un tiempo en un campo de concentración. Luego logró viajar a América. Su primera parada fue Cuba, donde tenía familia, la del tío Segundo, pero él quería empezar por sus propios méritos, así que siguió el viaje hasta México. Su mujer y sus hijos, acompañados de un cuñado y su esposa, lo siguieron en etapas: No fueron a Francia, pero hicieron una escala larga en Bilbao, desde donde tomaron el último barco que salió a América. También pararon en Cuba y finalmente se reunieron con Román en Veracruz. Se establecieron en la Ciudad de México.

Supongo que la familia tuvo varias casas. Yo recuerdo muy vagamente el departamento de la Colonia Doctores y con mayor claridad una casa azul de dos pisos en la del Valle, creo que en la calle de Esperanza. Mi abuelo se sentaba a la mesa con nosotros cuando íbamos a comer todos los martes y prácticamente no hablaba. Después de la comida se iba a tomar el café y jugar dominó con sus amigos, en algún lugar de reunión de refugiados españoles.

A mí abuelo se le notaba el exilio en la cara. Era serio. Adusto. Quizás no siempre lo fue. Quién sabe. Sé que su relación con su único hijo varón, mi papá, era tensa. Hablaban poco y cada vez fue menos. La relación casi se trunca después de un pleito en una navidad, la de mis 15 años. La de la llegada de Manuel. Después de eso, los visitábamos en su departamento de la calle de Uxmal, en la Narvarte, pero yo creo que se acabaron las comidas de los martes.

Mi abuelo conservaba el contacto con su familia al otro lado del mar. Fue él quien le escribió a mi tía Delia, su sobrina que vivía en Barcelona, para organizar mi primera visita a su casa. Tras la muerte de Franco, hizo un único viaje de vuelta a su tierra, acompañado por mi abuela y por mi padre. Sobrevivió la visita, pero la tristeza se hizo más profunda.

A mi abuelo, a medida que se fue haciendo más grande, le daba miedo morirse de noche mientras dormía. Entonces, pasaba la noche en vela y dormitaba de día, sentado en algún sofá de su casa. Al final, murió en su cama, creo, junto a su compañera de toda la vida, mi abuela María Luisa. 

Mi abuelo es un personaje de mi primera novela, donde es una presencia severa, sin nombre. Así lo vive su hijo, Rodrigo, inspirado en mi padre. 

No recuerdo haber tenido nunca una plática con mi abuelo. No me asustaba, pero tampoco me invitaba a acercarme. La mezcla de tristeza y esfuerzo por que no se notara la tristeza le hacía difícil, supongo, el contacto con los demás. Quizás para alguno de mis primos mayores la experiencia haya sido diferente. Sí recuerdo que mi mamá le decía "papá", como a mi abuela María Luisa le decía "mamá".

Conservo también esta foto de él ya mayor que me regaló mi tía Marisa, junto con una de mi abuela, ambas enmarcadas igual. Viven en un librero de mi cuarto, junto a mi cama:




miércoles, 10 de noviembre de 2021

tesoro

 Del lat. thesaurus, y este del gr. θησαυρός thēsaurós.

1. m. Cantidad de dinerovalores u objetos preciososreunida y guardada.

3. m. Persona o cosa, o conjunto o suma de cosas, de mucho precio o muy dignas de estimación. Tal persona o tal libro es un tesoro. Tesoro de noticiasde virtudes.

4. m. Nombre dado por sus autores a ciertos diccionarioscatálogos o antologías.

5. m. Der. Conjunto escondido de monedas o cosas preciosasde cuyo dueño no queda memoria.


En uno de los grupos de práctica de escritura (a la Natalie Goldbderg) en que participo, nos propusieron escribir 15 minutos sobre un "tesoro".  Y esto fue lo que salió:


Yo tuve algo una vez que era un tesoro para mí. Era un collar hecho de pequeñas perlas barrocas y cuentas de oro intercaladas. Había pertenecido a mi abuela Adela y lo había heredado mi mamá. Desde niña me fascinó. Mi mamá no lo usaba mucho y creo que yo intentaba que me lo prestara, pero se negaba. Hasta que un día me atreví a pedírselo abiertamente. Supongo que le habré dicho algo así como que me lo heredara en vida. No me contestó, pero unos días después, en una exposición de las pinturas de mi entonces marido, poco después de nuestra boda, mi mamá se acercó a mí, la flamante esposa del pintor, y me dio el collar de perlas y bolitas de oro. Me emocioné mucho. No solo me encantaba la pieza, sino que me sentí querida y reconocida como parte del linaje de mujeres de mi mamá. Era un verdadero tesoro.

Unas semanas más tarde, mi marido y yo tomamos un taxi en la Ciudad de México para ir de casa de mis papás a casa de la mamá de él, donde estábamos pasando unos días. Yo tenía unas cuantas semanas de embarazo y llevaba puesto el collar de la abuela, que había quedado escondido debajo de un suéter de lana gris (también regalo de mi mamá) que traía puesto. Era cerca de fin de año. Cuando Adrián y yo llegamos al edificio donde vivía Graciela e intentamos bajarnos del vochito-hecho-taxi, de esos verdes a los que les quitaban el asiento del copiloto para dejar más espacio para los pasajeros, dos hombres se subieron impidiéndonos el paso. Yo pensé que eran unos clientes con prisa y muy maleducados, pero resultó que eran ladrones.

Uno de ellos le dijo al chofer que siguiera manejando y a nosotros nos explicó que no eran violadores ni asesinos. Menos mal, pensé y me aferré a esa información al tiempo que me concentraba en el minúsculo ser que habitaba ya dentro de mí. Uno de los ladrones iba armado con un cuchillo y creo recordar que el otro tenía una pistola. Nos pidieron que entregáramos todas las cosas de valor que llevábamos puestas: relojes, anillos, y demás. Teníamos poquísimo y lo entregamos. Pero el collar se quedó escondido. Supongo que fue una decisión mía consciente, aunque a 26 años de distancia no estoy segura. 

Después nos llevaron en un recorrido a varios cajeros automáticos para sacar dinero con nuestras tarjetas. Ambos sabíamos lo poco que teníamos en el banco y eso nos preocupó aún más. Los ladrones podían enojarse y convertirse en lo que habían dicho que no eran. Supongo que algo habrán sacado y, después de varias vueltas, nos soltaron, con la instrucción de caminar derecho sin voltear hacia atrás, para evitar que nos dispararan.

Caminamos, pues, y creo que llamamos a algún amigo que nos llevó a casa de mi suegra. El collar seguía ahí, en mi cuello. Cuando les hablé a mis papás para contarles lo sucedido, la primera (y única) pregunta de mi mamá fue: "¿Se robaron el collar?" Mi salud y la del futuro nieto no parecían ser una prioridad. Le contesté que el tesoro familiar se había salvado. Respiró aliviada.

Mucho tiempo después, cuando mi madre ya había muerto y yo llevaba varios años divorciada y viviendo en mi departamento con mi hijo, el collar acabó en manos de una mujer que, aprovechando su trabajo en mi casa, se robó las pocas piezas de oro que encontró. Mejor que mi mamá no se enterara de ese triste desenlace. A mí me dolió perder ese tesoro del linaje materno y, aunque en términos generales lo he soltado, a veces lo recuerdo aún con nostalgia, pero sin ansia. Esa la han disuelto el tiempo y la meditación.

Supongo que podría extraerse alguna moraleja de esta historia, pero prefiero que se cuenta sola o que quien la lea la interprete a su modo.


De las otras dos personas con quienes me tocó hacer la práctica de lectura y escucha con el tema "tesoro", una escribió sobre una mejor amiga, convertida en amante y reconvertida en mejor amiga, y la otra escribió sobre un coche azul que adoraba.


lunes, 8 de noviembre de 2021

primera d o c e n a

O sea, sí un conjunto de 12, años en este caso. Una docena de años al aire cumple este blog hoy. Su duodécimo bloguiversario. El décimo celebrado de este mi lado del mar. Entre el Atlántico y el Pacífico.

Y descubro, en el diccionario, por supuesto, que a un paño u otro tejido de lana se le llama doceno o docena cuando tiene una urdimbre de doce centenares de hilos. Y que en esta acepción, el vocablo podía ser usado también como sustantivo masculino y que ahora ha caído en desuso.

Pero a mí me gustó mucha la idea de un tejido como descripción de este espacio que es como una tela hecha de los múltiples hilos que se han tejido a lo largo de 12 años: voces del pasado y del futuro, una voz presente, voces recuerdo y voces sueño, voces invitadas, voces en otros idiomas, comentarios de visitantes, imágenes, sobre todo de mi(s) camarita(s) rosa(s). 

Tejido compañero y cómplice que me sostiene donde quiera que esté. Como quiera que esté. Cuando ni siquiera quiero estar. Cuando me salgo de tantas ganas de estar.

Y me quedan aún unas latas barcelonesas para celebrar hoy:




Gracias a quienes han elegido quedarse, y a los que no, a los que han pasado y vuelven a pasar, a los que pasan una vez y no regresan, pero quizá lo hagan algún día. Gracias al blog mismo y a esa parte de mí que elige seguirse quedando, apareciendo y escribiendo.

Siempre.


viernes, 5 de noviembre de 2021

Invitada: Pema Chödrön

 

Experiencias directas

El vacío [o vacuidad] no es un un hueco, un espacio en blanco donde no está sucediendo nada. El punto es que descubrir la bondad fundamental —descubrir el estado despierto, el modo de ser,  el ahora de las cosas— no sucede trascendiendo la realidad ordinaria. Proviene de apreciar las experiencias simples, libres de argumento.  Cuando vemos un coche rojo con la puerta abollada, cuando sentimos frío o calor, suavidad o dureza; cuando probamos una ciruela u olemos hojas pudriéndose, estas experiencias directas y simples son nuestro contacto con el estado despierto básico, con la bondad fundamental, con el mundo sagrado. Es solo tocando plenamente nuestra experiencia relativa que descubrimos la naturaleza última, intemporal, fresca de nuestro mundo.



Original en inglés y fuente, aquí. / Traducción al español e imagen, mías.


jueves, 4 de noviembre de 2021

mini hallazgo enorme (30)

 

«Nadie me quiere» es uno de mis argumentos predilectos, no tanto por tenerle un amor o afecto especial, sino porque me ha acompañado desde que me acuerdo. Aunque la realidad lo ha desafiado en un sinfín de ocasiones, se sigue colando subrepticiamente, como esas corrientes que van debajo del agua y no las notamos hasta que ya nos arrastraron hasta quién sabe dónde.

Esa «certeza» mal habida tiñe mi mundo con tonos equivocados y me hace ver moros con tranchete a la menor provocación. Quizá ya no se manifiesta tan burdamente como antes (no en balde las horas de terapia y meditación que he vivido), pero su sutileza aún me lleva a intensificar los sentimientos (y, a veces, las reacciones) frente a situaciones que probablemente no lo ameriten. Y quien acaba sufriendo más, soy yo, claro.

Ayer, después de una sesión de terapia (donde parecía que no había pasado mucho) y de una sesión de un entrenamiento en Rescate Emocional (donde no tenía demasiadas ganas de participar), mientras lavaba una blusa a mano (lo cual me encanta, me relaja y me desconecta de mis rollo interno), me cayó un veinte enorme (en inglés, porque a veces así me hablo a mí misma):

Sometimes, my storyline (Nobody Loves Me) prevents from seeing what there is, namely L❤️VE.

O sea, ese argumento insistente me impide ver lo que está ahí, lo que sí hay: amor, cuidado, cariño, amistad... Y darme cuenta (otra vez) es seguir soltando (otra vez) el patrón habitual poco sano y encontrar esas joyas que quedan ocultas entre tanto moro con tranchete, como estas flores minúsculas en un terreno baldío al borde de una calle en Ocotepec:





miércoles, 3 de noviembre de 2021

Se fueron los muertos y quedó el silencio.

Las últimas gotas de lluvia.

                                              En mi corazón.

                                                                         En mi rostro.

Se van pero se quedan.

Algunos siguen doliendo.

                                              En las palpitaciones de la vida.

Las despedidas no se acaba nunca .

Se fueron los muertos y quedó la luz.



martes, 2 de noviembre de 2021

Día de Muertos 7

 


*

Huele a alhelís y a cempasúchiles. No huele a terciopelos ni a copal. No hay fotos ni calaveritas. 

Este año, los cuatro ríos de la enseñanza del Buda: el nacimiento, le enfermedad, la vejez y la muerte.

La impermanencia. La transitoriedad. El cambio continuo

 La muerte en cada paso que damos. Desde que nacemos. 

Yo que no existo.

Que he sido unas y otras y cada día dejo de ser para volver a ser y, así, a cada momento.

Y están, cómo no, (imperceptibles) los que se fueron.

Los que han pasado.

Los queridos más y los queridos menos.

Los que se quedaron un rato y los que no se quedaron.

Y mi Ñaña. Guardiana. Compañera. Cómplice.

*