miércoles, 20 de noviembre de 2019

Ade, Adela, Adelita


Seguimos con el asunto de los nombres, ahora desde otra perspectiva. La muy personal: Mi nombre, que resulta que no es ni único ni singular.

Y es que Ana, en su casa, me llama con tres variantes diferentes que me remiten a diferentes personas, dentro y fuera de mí, en diferentes etapas de mi vida.

A veces, soy Ade. Así me decía mi padre. Así me siguen diciendo mis amigas de la infancia, a saber Pilar y Natasha. Cuando alguien más lo usa, me suena como impostado. Cuando Ana lo usa, me suena cariñoso y cómplice. Aunque ella no sea muy expresiva. (Aún no sé si ese es el carácter español o el carácter individual de ella o un poco de los dos.)

Otras veces, soy Adelita. Las menos, por fortuna, porque es el apelativo que menos me gusta. Me recuerda a mi mamá cuando estaba enojada o descontenta conmigo. Ana lo suele usar cuando hay alguien más presente (la señora que ayuda con el aseo o su hermana o alguna sobrina). Quizás le sale cierto instinto maternal. Pero yo siento que le está hablando a una niña que no soy yo (porque eso sí, de mi niña interior ya me encargo yo sola).

Y otras más, soy Adela. A secas. Aunque, en general, mi nombre así, completo, sin diminutivos ni apócopes, es la forma en que más me gusta que me llamen, en boca de Ana suena súper seco. Me da la impresión, ahí sí, de que está enojada o de que algo no le gustó o le molestó y no lo dice explícitamente. Igual no es así, pero lo que sí sucede es que se abre una distancia entre nosotras, un alejamiento, que no siempre entiendo y que tampoco he descifrado cómo manejar.

Lo bueno es que tengo 8 meses por delante para descifrar eso y mil otros aspectos de lo que hoy (gracias a una paciente) empiezo a entender como un shock cultural o de transición
(más sobre esto, próximamente).

martes, 19 de noviembre de 2019

Para Mausy


Este año, el aniversario de tu muerte me agarra del otro lado del Atlántico. En Madrid. Y te recuerdo. Y te agradezco. Como cada año. Hoy con estas flores que en pleno invierno, o casi, adornan las inmediaciones de la Torre Picasso:





Y te cuento que hoy puedo estar acá porque «el nido» que nos regalaste a mi hijo y a mí hace 14 años se ha quedado lleno: con él, con su novia, con el hermano de su novia, con el joven profe que me sustituye en la escuela, con la Ñaña y con la Khandro y con la calidez, el amor y la confianza que allí hemos idos depositando durante estos años. Lamento que, en vida tuya, nuestro cariño se resquebrajara, pero está segura de que tu generosidad y tu visión han sido fundamento esencial para nuestra vida. Para mi vida hoy en Madrid, con la conciencia de esas raíces plantadas en La Arboleda.


Gracias, Mausy. Como siempre, gracias.

lunes, 18 de noviembre de 2019

las calles aquí


son de alguien, de la persona (o institución o lo que sea) en cuyo honor se han nombrado.

O sea, cuando te dan la dirección de algún sitio, o la buscas en internet, suele aparecer la preposición de. Y eso seguro cuando te detienes a mirar alguna esquina para averiguar el nombre de la calle por donde estás transitando. Y no es que esto implique una gran diferencia con la manera en que se nombran las calles en mi tierra, donde no se usa el de, pero da un sentido de pertenencia, de honor a quien honor merece, que a mí me gusta. Sobre todo cuando se trata de algún personaje a quien se le reconoce, además, la vocación, como es este caso:




También me he enterado que a esta calle (antes del General Haya, un aviador del bando nacional durante la guerra civil), como a varias otras y siguiendo los lineamientos de la Ley de Memoria Histórica, se les ha cambiado al nombre para acabar con los vestigios franquistas, recuperando sus nombres originales.

Esto daría para una reflexión mucho más larga sobre lo que implican los nombres (las etiquetas) y sobre el dolor que persiste en las cicatrices (o en las heridas que no acaban de cerrar).
Pero ya lo dejaremos para otro día.

viernes, 15 de noviembre de 2019

en la Plaza de los Carros

ayer, 14 de noviembre
cerca de las 7 de la tarde

Un bar casi sin luz. Pido un café cortado largo de leche, que ni siquiera sé si existe. ¿Se lo pongo en taza grande? Vale. Usted me dice cuánta leche. Más. Un pelín más. Es más bien un café con leche. Está bueno. Me siento en una silla-banco cerca de la ventana. Estoy sola pero no me siento sola. O estar sola no me hace sentir mal. Sigo bebiendo. La música está muy alta. Pero me gusta. No hay más clientes. Solo los dos meseros que, desde la barra, me miran. A veces. Es como un sueño. Ojalá me diera cuenta que es un sueño. Y entonces podría despertar. Hay atisbos. Como las luces de colores que se reflejan en los cristales.

I've been watching. I've been waiting. The shadows.



miércoles, 13 de noviembre de 2019

* * * * * 1:0: :a:ñ:o:s * * * * * y 5 d:í:a:s:

cielo madrileño











Pues increíble, pero cierto, hace 5 días, el 8 de noviembre, fue el cumpleaños número 10 de este blog. Sí. Diez años de estar al aire ininterrumpidamente, como quien dice. Pero con eso de que, por lo pronto, vivo del otro lado del Atlántico (o de este lado, pues), aunque tenía presente la fecha desde hace semanas (incluso meses), el mero día me olvidé por completo del aniversario.

Pero eso no quita que hoy me tome el tiempo para celebrar la primera década de estar alimentando este espacio virtual, uno de los sitios donde más libre soy. Libre porque comparto lo que se me da la gana y no me tengo que atener a las indicaciones ni a las necesidades ni a las normas de nadie más. Por otro lado, saber que hay quienes (conocidos y desconocidos) me leen y, a veces, me comentan me alienta a dedicarle tiempo y energía y pasión y reflexión. Y me mantiene conectada con el mundo de una forma especial: con nombre para quienes me conocen y anónimamente para quienes no saben quién soy.

Sobre todo, me mantiene conectada conmigo misma: con lo que me gusta y lo que no; con lo que descubro dentro y fuera de mí; con mis miedos y mis ilusiones; con mis partes luminosas y con las oscuras; con mi parte políticamente incorrecta (creo que no tengo una que sea correcta, o más bien opto por evitarla). Hace unos días, un amigo mexicano con quien me reuní aquí en Madrid me dijo que le sorprendía que me abriera tanto en mis entradas en el blog y llegara a ser tan personal. La verdad es que nunca lo había pensado en esos términos, pero me reconocí en lo que él describía y me gustó que así me leyera. En realidad, no podría hacerlo de otro modo. (¿Para qué?)

Como celebración un pelín tardía del bloguiversario, Madrid me regaló ayer y hoy unos días espléndidos, de sol, de cielo azul azul, quizá el mentado veranillo que nos debía San Martín (aunque ya para mañana se anuncie un frío "de navidad"). Y yo sigo mapeando "mi barrio" y sus alrededores y descubriendo y nombrando calles, cines, centros comerciales y edificios, como la Torre Picasso, detrás de la cual brillaba ese sol casi invernal, que aún llega a calentar si le das chance:




martes, 12 de noviembre de 2019

sueños 17 y 18.


Anoche volví a soñar, en cama ajena, en casa ajena, en continente ajeno.

El primer sueño que recuerdo de este lado del Atlántico fue bastante aterrador: Estaba en México, en Morelos, y me emocionaba ante una vista preciosa, brillantísima y nítida, del Tepozteco. Cuando pensaba en ir por mi cámara, comenzaba un terremoto (o algo parecido). Todo se movía y había un alud de tierra y piedras que se llevaba todo por delante. Yo iba sobre una piedra, en una suerte de montaña rusa espeluznante, a una velocidad aterradora. Había más personas conmigo, pero sobresalía entre ellas Alejandra, directora de la primaria en la escuela donde trabajaba en Cuernavaca. Una vez que el movimiento terminaba, mirábamos hacia atrás, que resultaba ser hacia arriba, y veíamos la ruta de la destrucción y nos preguntábamos cómo podríamos hacer el camino de vuelta, si es que había camino de vuelta. Cuando empecé a preguntarme, además, cómo encontraría a mi hijo, me desperté (por fortuna) y, calificando mi sueño de pesadilla, decidí moverme, incluso levantarme, para después volverme a acostar del lado opuesto del cuerpo para evitar retomar la pesadilla.

Anoche, en cambio, el sueño fue más plácido. Estaba en casa (que no era mi casa, claro). Por ahí andaban Santiago y las gatas. Y entraba un colibrí, más grande que los colibrís comunes y de colores más bien pastel, pero tornasolados. Lográbamos, no recuerdo bien si Santiago o yo o ambos a la vez, atraparlo y sacarlo fuera del cuarto (parecía más bien una terraza). Pero el colibrí volvía a entrar. Quería estar con nosotros (o acompañado al menos). Nos preocupaba que alguna de las gatas, la Khandro sobre todo, pudiera atacarlo. Volvíamos, pues, a agarrarlo. Entonces yo lo sostenía entre mis manos, para protegerlo del instinto felino, e intentando no lastimarlo. Y pensaba que necesitaba beber agua. Santiago quería darle caldo de frijol y yo no me lo podía creer y le decía que no, que eso le provocaría gases. Que necesitaba agua agua. ¡Por dios!

Y entonces llegaron los crujidos del piso de madera de casa de Ana y no supe qué fue del colibrí.

Quizá esté mi inconsciente procesando así los cambios.
Quizás.

lunes, 11 de noviembre de 2019

f r í o ❄️



Hoy 11 de noviembre es el día de San Martín, que dicen por acá que suele traer su veranillo, o sea, una pausa de buen tiempo antes de que se suelte el invierno de verdad (Indian summer lo llaman en Estados Unidos). Pero este año, al santo incluso el sol se le escapó. (Será el resultado de las elecciones generales de ayer, diría algún amiga...)

Ya desde la semana pasada, se sintió cambiar el tiempo. Yo cerré la ventana, que mantuve abierta durante mis primeras dos semanas en Madrid. Y me puse una mantita, delgada pero caliente, además de la sábana. Por las noches.

Y gracias a una de las cuatro Marías compañeras del máster, que dice ser muy friolera (sensible al frío, pues) incorporé el gorro a mi atuendo. «El frío se mete por las orejas», me dijo y qué razón tenía. Cuando me planté el gorro, el frío, en efecto, fue mucho más manejable.

Incluso con esa llovizna helada del sábado por la tarde, cuando salí al cine con Ana y su amiga Mili. Y, ayer, domingo que salimos a dar un paseo por Paseo de la Habana y había sol, pero del que no calienta (casi) nada (me impresiona muchísimo ese fenómeno achacable a la latitud, creo). Y el viento cortaba de frío. Mi cabeza iba protegida y mis pies, con doble calcetín (también buena estrategia), pero mis manos, no y volvieron a casa medio entumidas.

Es interesante cómo aquí la gente no piensa tanto en el frío. Lo siente, lo comenta, pero lo afronta por instinto (como me lo hizo ver otra compañera, Atalanta, a quien le llamaban la atención mis reflexiones sobre la ropa y la temperatura.) Yo, hasta ahora, lo he disfrutado (y eso que siempre he sido también muy «friolera»), porque es una experiencia muy nueva y aún emocionante.

Aquí, con mi cara de invierno y Ana, con su cara de «pero qué hace esta tía»:

en el vestíbulo de «casa»
con los buzones de fondo


viernes, 8 de noviembre de 2019

cosas que se viven en el metro de Madrid

  • Aquí los trenes corren al revés. 
Al revés respecto a los trenes en la Ciudad de México, pero respecto, creo, al sentido común. En México, tú llegas a un andén y sabes que el tren entrará por el lado izquierdo y luego correrá hacia la derecha, hacia donde sabes que está tu destino, ¿no? Pues en Madrid, estás parado en el andén y el tren entra por el lado derecho y corre hacia la izquierda. ¿Será alguna influencia británica? Ni idea. Pero eso sí, yo aún no tengo claro para dónde voy, en qué sentido, pues, ni ubico hacia dónde está mi destino. Menos mal que las estaciones tienen nombre, aunque no tienen pictograma, como en México.

  • Dentro del vagón, igual te encuentras a un tío (un güey, diríamos allá) que se queda parado de espaldas a la puerta, recargado en ella y jugando Candy Crush (o algo similar) en su celular (su móvil, dirían aquí) como si tal cosa.
Es cierto que suele bajarse del vagón cada vez que el tren llega a una estación y, cuando ha entrado la gente que esperaba allí, se vuelve a colocar en el mismo sitio. Como si tal cosa. Qué caradura, pienso. (Y, quizá, pienso más en castellano que en mexicano, de pronto.) En México, no recuerdo haber visto esta variedad. Con tanta gente que entra y sale, desde luego quedarse en la puerta no es opción.

  • En los trenes, aquí, te van avisando cuál es la siguiente estación. A dos voces. Un hombre y una mujer.
Pero no hay que fiarse del todo que, a veces, avisan y otras, no. O luego te pasa, como me pasó a mí en la línea 10, la de "casa", que el hombre y la mujer iban equivocados y adelantados una estación. Lo bueno es que iba yo bien atenta y me di cuenta (pillé) el error. Se ve que hubo algunos otros pasajeros que lo notaron y otros más que ni cuenta se dieron, pero, gracias a la fuerza de la costumbre, se habrán bajado donde los tocaba. O no.

  • Para el día de Halloween, hubo quien se disfrazó y se trasladó en metro a alguna celebración. 
Los más memorables: una Maléfica como de dos metros de altura y pelo dorado y una chica mucho más menudita, con el maquillaje justo para parecer algo: gato, bruja, calavera...  

  • En algunos vagones, hay fragmentos literarios, como uno de Ignacio Aldecoa, que leí en mis primeros días.
Pocos los leen y, la verdad, los textos no están situados en los sitios más accesibles ni con la letra más legible. He alcanzado a leer trozos de García Lorca y de Valle Inclán. (Recuerdo que en el metro en México, hace años, me topé con un poema de Efraín Huerta.)

  • Que casi todo el mundo vaya con el celular en la mano, no es sorpresa.
El mismo hábito aquí que allá o que acullá: no estar uno donde está. Mejor chatear con alguien que está en otro sitio o llenar palabras en crucigramas virtuales o ver posts de cualquier red social que intercambiar una mirada o una sonrisa con un vecino de vagón. Aquí, además, los móviles se pueden cargar, no solo en los andenes de algunas estaciones, sino en algunos vagones también. (Así, sorpresivamente, entablaron una conversación unos chicos jóvenes, hombre y mujer, hace algunos días.)

  • En los trenes aquí, las puertas no se abren solas.

O bien hay unos botones verdes grandes, justo donde las dos puertas se tocan (hay que apachurrarlos desde dentro o fuera del vagón, solo cuando se ha iluminado a su alrededor una serie de foquitos de colores), o bien, hay unas palancas (creo que esas solo están por dentro) que hay que subir una vez que el tren se ha detenido en el andén. Al principio, me daba un poco de ansiedad o que no abrieran las puertas o tener en mis manos la responsabilidad de liberar a quienes quisieran bajar del vagón. Ya se me ha ido quitando, aunque he descubierto cierta intranquilidad, o impaciencia, también en otros usuarios al lidiar con los botones o las palancas.

Así, algunas cosas que se viven en el metro de Madrid.

martes, 5 de noviembre de 2019

paréntesis


Hoy suspendemos el discurso madrileño por un momento, para reflexionar sobre algo ligado a Cuernavaca. 

Resulta que el domingo 6 de octubre salí de paseo con mi amiga Evelyn. Fuimos al centro de Cuerna y me ayudó con las últimas compras, de regalos y de ropa y de unos aretes y de un cuaderno, antes del viaje. Cuando íbamos de vuelta al coche, nos encontramos con esta imagen pegada sobre una caja metálica adosada a una pared callejera. Le pedí a Evelyn que se detuviera para que yo pudiera sacar la foto y, además, me ayudó sosteniendo con sus deditos una de las esquinas que ya se había empezar a desprender:



Al día siguiente, subí la foto a mi feisbuc con la leyenda: "hallazgo ayer en el centro de Cuernavaca". Vi que a algunas amigas les había gustado, que algunas habían hecho algún comentario, y fin del asunto.

Y entonces me vine a Madrid y me conecté a mi compu y empecé a notar que, en el feisbuc, había un sinfín de notificaciones sobre gente que había reaccionado a esta foto, la había comentado o la había compartido. Eran más de mil. Algo que en mi vida me había pasado. ¿Sería esto la tan mentada viralización?

Mi primera reacción fue de sorpresa mezclada con susto. ¿Qué había hecho yo para que esto sucediera? Pues nada, compartir una foto. Y entonces empecé a ver que la mayoría de las interacciones con la imagen eran, por supuesto, de personas que yo no conocía, ni de nombre, vamos. Se había hecho una red, cuyo origen no podía yo determinar (ni falta que hacía en realidad).

Después empecé a leer algunos de los comentarios y, entonces, mi reacción fue de horror. 

Un montón de personas desconocidas eran capaces de decir unas cosas espeluznantes, más allá de lo misógino, y enraizadas en una ignorancia profunda. Por fortuna, luego vi que los autores de estos comentarios no eran, ni de lejos, mis amigos. Pensé también que tendría yo que decir algo y, casi de inmediato, me di cuenta de que eso no tenía ningún sentido. La red estaba viva y había, también, gente que había entendido el sentido de la foto. Me pasó por la mente quitar la publicación, pero también desistí pronto. Y dejé que el asunto fluyera. (Lo comenté con mi hijo por teléfono,quien también se mostró sorprendido, y nada más.)

Hoy, a casi un mes de haberla colgado, esta foto tiene 1,800 reacciones (y aún se le van sumando más). De estas, ha recogido 1,200 "me encanta" (lo cual es esperanzador, me parece) y de estos, solo 14 corresponden a amigos y amigas míos; 421 "me gusta", de los cuales 8 los dieron amigos; 179 "me divierte" (que me resultan los más perturbadores), entre los cuales no hay amigos; 6 "me asombra" (uno de una amiga); 3 "me enoja" de 3 mujeres desconocidas, y 2 "me entristece" de otras 2 mujeres desconocidas.

Además, cuenta con 325 comentarios (de los cuales leí poquísimos) y se ha compartido 9,600 veces (lo cual, me imagino, ya se va acercando a una viralización, discreta, pero en forma). Y visto así, en cifras, parece que lo que a mí me llevó a hacerle una foto al cartelito, sí que se se difundió a través de la red, con todo y los detractores.

En fin, un fenómeno sorprendente que me ha dado una probadita de lo que sucede en internet más allá de nuestro control y de la responsabilidad que subir cosas a la red implica.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Día de Muertos 4


Hoy es Día de Muertos, mi celebración predilecta, y lo paso, por primera vez, lejos de casa. No solo eso, sino que estoy a miles de kilómetros de distancia. Del otro lado del Atlántico. En Madrid.

Acá a los muertos ni se les espera ni se les celebra. Apenas se les nombra. El festivo fue ayer, Día de Todos Santos. No hubo escuela ni trabajo. Pero tampoco ofrendas, ni cempasúchiles, ni tamales, ni papel picado, ni calaveritas de azúcar, ni chilacayotes. Ni nada de nada.

Hoy menos, que ya es un día normal otra vez. Parece que hay gente que suele ir al cementerio, pero de fiesta y celebración, nada. Nada de nada.

Y yo, hoy a mis muertos, los siento lejos. Me consuela que podrán ir de visita a mi casa, donde Yare y Santiago dijeron que montarían un altar muy bonito (que espero ver virtualmente al rato). Y se encontrarán, quizás, con un caballito de tequila o una copita de oporto, un buen pan de muertos (¡qué antojo!), algún cigarro (para mi mamá y mi tía Olga) y alguna otra comida de esas que les gustaban.

También están cerca mis muertos, sobre todo mi padres. Porque ando acá, en las tierras donde nació él. Porque me acoge Ana, que fuera amiga de ambos. Las dos los recordamos. Se aparecen en nuestras conversaciones. Con todo y la ambigüedad en los sentimientos. En mis sentimientos.

Y puestos a hablar de muertos, pienso, recuerdo, añoro, extraño a mi tía Olga. Y a Dasha. Sin ellas, mi paso por el mundo habría sido mucho menos cálido. Mucho menos luminoso.

Y echo de menos a Ma. Eugenia, mi comadre, que está vivita y coleando, eso sí. Con ella hemos compartido la celebración a nuestros muertos durante muchos años. Y a doña T, que también irá de visita hoy a su Chimal querido, guiada por el camino de pétalos de cempasúchil que Ma. Eugenia habrá puesto para guiarla hasta el altar.

A mis muertos hoy, los celebro con lo que hay, con estas rosas que me encontré paseando ayer en el Parque del Oeste:




















miércoles, 30 de octubre de 2019

g r o u n d l e s s n e s s 2







Pues hace una semana y un día que aterricé en Madrid. O que mi cuerpo aterrizó aquí. Creo que aún me faltan partes/aspectos/fragmentos...

Esto ha hecho, claro, que siga la sensación de g r o u n d l e s s n e s s (lo cual, según los maestros, es buenísimo...)

El caso es que el jet lag lo procesé bastante bien y rápido. Salvo que aún estoy durmiendo 10 horas cada noche (y todavía despierto con sueño) o que, de pronto, me entran ataques de hambre a las horas más inusitadas (que, quizás, no lo serían tanto del otro del mar). Igual amanezco con alguna migraña (que esas sí que aterrizaron conmigo o, con suerte, sean solo parte del proceso de adaptación).

De algún modo, sigo con un pie en el aire y otro pisando de pronto el Paseo de la Castellana. Ya mi ropa vive en un armario que no es mío, igual que el resto de mis cosas. Muchas se han quedado en bolsitas varias que me facilitan encontrar lo que busco. Ahora soy soy quien aprende a vivir en casa ajena, mientras Ana, mi anfitriona, aprende a compartir la suya.

Casi me he apropiado de su despacho (estudio, diría yo) para establecerme con mi compu (ordenador, dicen acá). Entre lo primero que vi al asomarme por la ventana, fue el otoño:









Y unos cuantos días después, por la misma ventana, mi primera ave madrileña. Ni idea de qué especie será, pero me dejó hacerle varias fotos:









También he descubierto que en los supermercados de acá, además de las consabidas bolsas de plástico, hay guantes de plástico (desechables también, por supuesto) para tomar la fruta o la verdura higiénicamente. Como si nadie hubiera escuchado nunca a Greta Thunberg.

Y entre pacientes y traducciones, he salido al Reina Sofía, a ver una exposición sobre las  musas insumisas, y al Centro Fernán Gómez, a ver otra de artistas inspirados en las pinturas de la época negra de Goya.

aquí un Saturno moderno vomitando a uno de sus hijos

Estoy aprendiendo también que un día nublado no equivale necesariamente a un día frío y que un día soleado tampoco es necesariamente tibio o cálido. Y me enamoré a primera vista de la Julia de Jaume Plensa que vive (hasta diciembre) en la Plaza de Colón.





Así mis primeros días madrileños.
(Seguiremos reportando.)

miércoles, 16 de octubre de 2019

sábado, 12 de octubre de 2019

rumbo a Madrid


Hace un par de días tuve mi sesión de cierre después de seis meses de intercambio compasivo con Isa. A ella no le dije que, en algún momento, había pensando que no tenía mucho caso, pues las cosas ya estaban bien. (Típica paciente. Qué bueno que no me fui con ese impulso. Como terapeuta, de sobra sé la importancia de los cierres.)

Ya en la penúltima sesión, habíamos trabajado con mi naciente (y elusiva) convicción de que sí puedo, para lo cual mandé a volar en una nave especial a una especie de bicho peludo que se había alojado en mi corazón. La nave, además, la configuré a partir de una grabadora inservible, con voces descalificadoras, que se había alojado, ni más ni menos, que en mi vagina. Sí, toda una liberación.

En esta última sesión, además de repasar cómo andaban las cuestiones que me habían llevado a buscar la ayuda de Isa en primera instancia, ella me propuso hacer un combo de tres para cerrar: despedida/anclaje/aspiración. Entonces me vino a la cabeza nuevamente la imagen de un pollito saliendo del cascarón (medio emocionado, medio asustado) 🐣

Al seguir explorando al pollito, el cascarón se abrió y se fue convirtiendo en una flor en cuyo centro me encontré yo, sostenida, feliz y libre. (Misión cumplida.)

Aquí mi versión en paint de mi hallazgo mental:




Para terminar la sesión, me propuso Isa que articulara una aspiración para la nueva etapa de mi vida que está por empezar y esto fue lo que salió:

Que pueda yo permanecer abierta y encarar lo bueno y lo malo/lo fácil y lo difícil
(por decirlo de algún modo)
con sabiduría y compasión.

Gracias, Isa, por tanto.
Madrid, here we go...

miércoles, 9 de octubre de 2019

g r o u n d l e s s n e s s


Una traducción libre de este término podría ser algo así como «estado carente de base o fundamento». Desde que empecé a recibir enseñanzas budistas, hace ya bastantes años, me lo he topado una y otra vez, en libros, en las palabras de mis maestros, en las canciones de realización.

Es un término usado para describir la realidad tal y como es, no como creemos que es. O sea, que tenemos muy poco —por no decir nada— de donde agarrarnos. Todo es pasajero e ilusorio. A lo más que podemos aspirar es a controlar nuestra mente, en el sentido de conocerla, de trabajarla, de familiarizarnos con ella y sus diferentes aspectos. Más allá de eso, nada está bajo nuestro control.

A esto es a lo que alude el término g r o u n d l e s s n e s s.

Lo que suele suceder es que nos inventamos asideros para hacernos creer que podemos agarrarnos de algo o de alguien, solo para descubrir —más tarde o más temprano, con más o con menos conciencia— que tales asideros son meras invenciones de nuestras mentes neuróticas empeñadas en hacer posible lo imposible. En buscar seguridad donde no la hay. En buscar certeza donde no la hay. En negarnos a aceptar las cosas como son.

En fin, que todo esto para llegar a que desde hace unos días, ahora que se acerca más mi partida a Madrid, empecé a experimentar una sensación de estar con un pie en el aire y el otro no sé bien en dónde. Y esto se ha manifestado en detalles tan nimios como empezar a lavar la ropa que me voy a llevar y, una vez que está limpia, guardarla y no volver a usarla y solo usar la que no me voy a llevar.

Lo mismo me sucedió con mi bolsa. Entonces estrené otra que llevaba años en el clóset (después de regalar varias más) y como que no me hallo, aunque me la han chuleado mucho. En mi cuarto, el caos se ha ido apoderando de los espacios, que ya no se pueden acomodar como antes, sino que las cosas ahora se van alineando rumbo a la maleta y a los meses fuera de casa. (Nunca antes había planeado una estancia larga en otro país.)

Descubrí, también, que cuando camino por la calle, como que floto, como que las cosas brillan más, como que me conecto más con las personas (la señora grande, de acento español, que en la fila del súper me cedió el lugar porque yo tenía como dos cosas menos que ella y se despidió dándome una bendición, o la chica que vendía ciruelas, de esas de hueso enorme tan típicas de esta época en Morelos, que no paraba de sonreír mientras escogía las frutas que le iba a comprar).

Cuando caminaba a casa, después del súper y de las ciruelas, de pronto me di cuenta que lo que me estaba pasando era una experiencia, ni más ni menos, de g r o u n d l e s s n e s s, de estar viviendo en el momento presente sin intentar aferrarme a mis asideros favoritos. 

Ojalá pueda seguir así, encontrando la conexión con la manera en que son las cosas y soltando los patrones viejos, fuente inagotable de sufrimiento.

martes, 1 de octubre de 2019

Lloro


En la radio, Jessye Norman canta las cuatro últimas canciones de Strauss.
Me acuerdo de mi padre, que amaba a Jessye Norman.
Leo a Isa, que habla de la tristeza fundamental.
Y lloro.
Así, sin más.
Sin vergüenza.
Lloro.
Desde ese corazón abierto por la voz de Jessye Norman.
Por el recuerdo de mi padre.
Por las palabras de Isa.
Lloro.
Toco ese corazón de tristeza que es el mismo corazón.
De todos y de todo.
De la voz de Jessye Norman.
Del recuerdo de mi padre.
De las palabras de Isa.
El llanto pasa.
Y queda ese dolor, tenue y constante, que me dice que estoy viva.

lunes, 30 de septiembre de 2019

*l*a* *f*e*r*i*a* *2*


el carrusel
Hace ya más de dos semanas que se dejaron de escuchar los pitidos de los agentes de tránsito que, desde muy temprano, intentaban organizar el caos vial provocado por la Feria de Tlaltenango. Se me fueron como agua los 10 días que duró. De hecho, no la visité sino hasta el antepenúltimo día antes de que la quitaran, el mero día de la celebración de la virgen, el 8 de septiembre.

Entonces nos organizamos Yare, Santiago y yo para hacer el recorrido, después de mis sesiones de domingo en el consultorio. «Dejemos el coche cerca para no caminar de más», propuse sin saber que varias horas después ni me acordaría que no quería caminar tanto.

Tomamos una callecita lateral que desemboca en Avenida Zapata y salimos muy abajo, a la altura ya de los juegos mecánicos, con los que remata la feria, casi llegando a la calle conocida como «El Columpio». Y entonces emprendimos el camino de subida por el lado derecho.

corazones chiapanecos al sol

Una de las paradas clave fue en un puesto de ropa tradicional de Chiapas. Allí nos atendió una chica simpatiquísima y súper buena vendedora. (Todo se nos veía bien, claro...). Yare y yo nos probamos varias prendas y, mientras decidíamos qué compraríamos, la chica, vestida al modo occidental, hablaba con otra mujer más grande, vestida a la usanza chiapaneca, en tzotzil, según nos dijo cuando le preguntamos. Nos contó que venían de San Juan Chamula, muy cerca de San Cristóbal.

Cada una compró una blusa bordada, entre las dos una faja para usar con cualquiera de las blusas y un suéter (este de apariencia más bien peruana) como regalo adelantado de cumple.

Más arriba, en una zona por la cual Santiago y yo no solíamos pasar en nuestros muchos años de ir a la feria, Yare nos llevó a un puesto con productos hechos de madera del árbol de Olinalá, provenientes del pueblo del mismo nombre en Guerrero. Fue tal nuestro entusiasmo al abrir cada caja y cada cofre para olerlo, que uno de los dueños del puesto, un señor mayor, nos regaló una ramita del árbol con el que fabrican esas artesanías. Es un perfume de ensueño.

confección de alegrías
Después de las cajas nos encontramos inmersos en un embotellamiento de gente, casi al llegar a la iglesia, que puso bastante a prueba mi tendencia claustrofóbica y la desesperación de Santiago, pero logramos salir airados con la guía de Yare. Después de comer algo, seguimos hacia arriba, del lado donde conocemos más los puestos, hasta llegar con las hijas de la señora de Guatemala, que también confeccionan ropa, o las macetas de Capula, Michoacán, de las cuales este año me abstuve.


mi gato-anillo

Entonces emprendimos el camino de vuelta, de bajada, y cerramos el recorrido con un minipuesto de una pareja que vendía aretes y anillos. Los habíamos visto al principio del trayecto y la vida nos llevó ahí al final. Santiago le regaló un par de anillos a Yare y ella, uno a mí. Con eso y una chamoyada gigante que compartimos entre los tres, volvimos al coche. Contentos. Como decía mi tía Marisa, que decían en Asturias, nos "prestó" mucho el paseíto.



Y así, hasta el próximo septiembre, que el de este año se acaba hoy con una feria mucho más chiquita, en la iglesia donde comienza nuestra calle, en honor del patrono de los traductores, San Jerónimo.


los pirulís

sábado, 28 de septiembre de 2019

Víspera de San Miguel 5


Hoy arranco con esta frase consignada en la RAE:
en vísperas
1. loc. adv. En tiempo inmediatamente anterior.

Porque estamos en el día anterior a San Miguel, el día que el chamuco anda suelto y hay que proteger la casa y el coche. Y porque yo estoy en el tiempo inmediatamente anterior a emprender el vuelo y pasar una temporada del otro lado del mar.

Así, el ritual de comprar las cruces de pericón y colocarlas en su sitio este año tiene un sabor especial. Yo suelo hacerlo un par de días antes de la fecha, por si las dudas, pero ayer anduve en Ciudad de México todo el día y no tuve oportunidad. Así que hoy me coordiné con Santiago y con Yare. Ellos compraron las cruces cuando bajaban de la UAEM y ya solo me encargaron comprar un ramo de pericón para poner en un florero. Compré dos (para dos floreros) y, cuando llegué a casa, les pedí que bajaran la cruz para el coche y la colocamos en el cofre del Antuanito, de donde la del año pasado ya había desaparecido hacía un tiempo:





Luego subimos al depa y allí me dieron la que habían comprado para la puerta de entrada: hecha de pericón y decorada con claveles. ¡Preciosa! Entre Yare y yo la colocamos en su sitio:





Y así me quedo más tranquila, sintiendo que los dejo protegidos mientras yo ando por tierras madrileñas y sabiendo, también, que las cruces (por lo menos la de la puerta) aguardará constante mi regreso a casa.

viernes, 20 de septiembre de 2019

Tepoz, otra vez


A más de una amiga le parece que eso de tener a la dentista en Tepoz (y no en Cuernavaca) es una locura. A mí me encanta. Además de que mi doctora es buenísima, ir a una cita con ella es el pretexto ideal para ir a Tepoztlán entre semana, cuando es aún más bonito porque hay poca gente.




Y puede suceder que lo primero que te encuentres en la carretera sea la silueta del Tepozteco con la del Popo (con todo y fumarola) de fondo y logres hacer una foto mientras vas manejando.


O que descubras un pajarito sobre un alambre después de echarte unos deliciosos tlacoyos con doña Elvia.






Y que enfrente del consultorio dental, el sol juegue con las flores de plúmbago (así con acento, porque grave no me suena) y te regale imágenes como esta. 


O como esta otra, de las flores rosas, casi rojas, que se cierran casi de inmediato después de abrirse, y aun así se ven preciosas sobre las paredes.







También puedes robarte ventanas hermosas, con plantas secas por dentro y un cactus por fuera.















O con cerámica por dentro, y tabachín en flor y construcción de adobe por fuera.



También puedes robarte con la cámara un ojo de pollo (la flor amarilla con centro negro,) al sol, en donde se cuela sorpresivamente una mosca (y hasta se ve bonita). 

Y los primeros cempasúchiles silvestres, que anuncian la próxima llegada de los muertos.




Y después del cambio de amalgama y los tlacoyos de chales y de requesón (y los de frijol para traer a casa), en la calle de  salida ondean estas banderitas que aparecieron para alguna celebración, religiosa lo más seguro, y ahora parecen desearte buen viaje de vuelta a casa.













Y, de pilón, al regreso de Tepoz, pasas por Ocotepec y su mercado, donde logras atrapar, desde el auto, unas escobas, unas hojas para tamal y, allá en el fondo, esas flores de calabaza, brillantes y apetitosas.





Todo esto es lo bueno de tener a la dentista en Tepoz y no en Cuernavaca.