sábado, 22 de enero de 2022

Vulnerabilidad 7


Cuando te enfermas, regresa la vulnerabilidad. Claro. Peor cuando tu doctor te sugiere que te aísles durante, por lo menos una semana. Y encima de todo esto, la máquina donde ves Netflix decide enfermarse también y su doctor está fuera de la ciudad. 

Entonces los días se hacen larguísimos. El tiempo pasa despacísimo. La soledad se hace mucho más pesada.


Y, de pronto, tienes visitas sorpresa: cuando me di a la tarea de regar las plantas del balcón, algunas de las cuales (como esta) tengo que mudar al lavadero en el patio interior, descubrí, en el tránsito de vuelta al balcón, que estaba habitada. Temí perder al huésped en el recorrido, pero llegó con bien al balcón. Quién diría que haría relación con una mantis bebé, que esta mañana había desaparecido.



O revisas las fotos que sacaste en tu última caminata matutina de la semana pasada y descubres que la parvada de aves que creíste haber perdido, de hecho se coló, como bokeh, casi imperceptible, en una de tus fotos de la malla que separa el condominio del súper. Y piensas que qué suerte tuviste. 




La vida, en la enfermedad/soledad, adquiere una lógica propia. Diferente. Peregrina.


Como una flor roja, cuyo nombre desconoces, que vuelve a adornar tu balcón después de casi un año de silencio:




jueves, 13 de enero de 2022

hallazgo 33

(o hallazgo 31 continuado)


En el hallazgo 31 hablaba de mi calidad inherente de monstruo, una sensación que ha estado a mi vera siempre y que, a pesar de los años de terapia y meditación, no había acabado de conocer, de identificar. Y antier, picando ajos para guisar unos nopalitos según la receta de mi comadre, de pronto supe: Esa certeza de monstruosidad es, ni más ni menos, la secuela, el rescoldo, del abuso sexual de la infancia: la sutil sensación de que la mala soy yo, de que la equivocada soy yo, de que la sucia soy yo, pero no en palabras, sino más bien en el miedo, en la vergüenza, en la inseguridad que durante mucho tiempo sentí que me definían como persona; la sutil sensación de que hay algo inherente en mí que debo ocultar a toda costa a riesgo de ser descubierta y rechazada. Hoy puedo ver que el presunto monstruo era más bien una personificación tergiversada de la desprotección y el maltrato vividos como niña.

Hoy sé, pues, lo que es y sé que eso no soy yo ni me define, ni me identifica, ni me nombra.  (Yo", en última instancia, ni siquiera es una entidad sólidamente existente.) Es parte de una experiencia, pasada, sucedida hace mucho tiempo, cuyo rescoldo a veces vuelve a arder, pero que una vez identificado, me permite soltar con mayor contundencia (y, al mismo tiempo, con más ligereza) el estado emocional presente que se dispara .


Nota para mí:  Mi pleito con el espejo, con mi reflejo más o menos monstruoso, puede/debe estar relacionado también con esa misma certeza desencaminada que, a fin de cuentas, es solo un pensamiento, equivocado y pasajero, a pesar de su aparente persistencia.

Otra nota para mí:  Mi incapacidad para terminar de soltarte puede/debe estar relacionada también con esa misma certeza desencaminada, que en ti creyó encontrar la forma definitiva de desmentirla, otro pensamiento, equivocado y pasajero, que carece de solidez y de sentido.


miércoles, 12 de enero de 2022

Vulnerabilidad 6

Han pasado casi 7 años desde mi última entrada con este tema, sin que eso quiera decir que la sensación no haya estado presente en muchos momentos, si no en todos. Pero antier mi amiga Frida la nombró ("Estoy vulnerable", dijo) y yo la reconocí ("Yo también estoy vulnerable", dije, mientras nos abrazábamos y se me/nos quebraba la voz). "Está bien estar vulnerable", dijo Frida (quizá no exactamente en esas palabras). 

Esta vez la vulnerabilidad se manifestó con una migraña marca diablo y unas ganas incontenibles de llorar. Me eché la migraña (con las pastillas correspondientes) y no me dejé llorar hasta ayer, en una larga, pero quizás más que nada intensa, plática con mi hijo. Y pensé que el llanto no se iba a acabar, pero se acabó (hasta la próxima).

Vulnerabilidad, esta vez, ha sido conectar con la vulnerabilidad de otros y las historias traumáticas compartidas, más allá de lo sabido. Saber que todas las tenemos, en mayor o menor medida, y que a veces están más a flor de piel que otras. Vulnerabilidad es saber que en esa misma sensación tan en carne viva está la fuerza, no para superarla (que no necesita ser superada), sino para vivirla, aceptarla y verla como puente hacia la conexión con otres. Vulnerabilidad es sentir, sabiendo que nada es sólido ni permanente, y tener la disposición para experimentar el dolor y dejarlo pasar, como una hoja que se lleva la corriente de un río. Vulnerabilidad es expresar, hablar y ser escuchada hasta donde te puedan escuchar.

Y vulnerabilidad es hoy para mí, por raro que parezca, esto foto del Popo desde la ventana de la escalera de casa de mi comadre, pintado de rosa por el atardecer y con la fisonomía cambiada, por tanto actividad volcánica, por tanto tiempo, por tanta vida.






martes, 4 de enero de 2022

Invitado: Karmapa 17


Desarrollar amor verdadero


Podríamos querer deshacernos de una relación problemática, sin abordar la causa subyacente de esos problemas, en nuestra mente y nuestro corazón. Hay un dicho tibetano: "Estás enojado con el yak, pero fustigas al caballo". Esto nos recuerda cuán ridículo es responder solamente a las cosas que no son la causa verdadera de nuestra infelicidad. El amor y el bienestar emocional yacen dentro de nosotros, no fuera. Por lo tanto, para desarrollar amor verdadero y para tener relaciones sanas, no hay otra forma: necesitamos  indagar en nuestra mente y nuestro corazón. 

El amor verdadero nos puede sostener cuando aprendemos a abordarlo de la forma apropiada. Para que el amor sea duradero y sano, el lugar donde empezar es viendo el potencial sano que tenemos en nuestra mente y nuestro corazón. Debemos conocer tanto los defectos como las buenas cualidades que yacen dentro de nosotros. Esto significa reconocer la capacidad que tenemos para el amor real y enfrentar el apego y el odio que también podríamos tener. La capacidad para el amor duradero descansa dentro de nuestro corazón, pera también lo hacen los obstáculos para amar bien: nuestros hábitos egocéntricos, nuestros apegos, nuestras aversiones y nuestras expectativas.  


fragmento de mi altar












Original en inglés y fuente,   aquí.  / Traducción al español e imagen, mías.


sábado, 1 de enero de 2022

¡Bienvenido, 2022!

 


Así empezamos el año hace unas cuantas horas. En Salto Chico. Juntos. Con familia. En familia. Qué mejor manera de seguir resignificando el término que  para mí prácticamente había perdido todo sentido al paso de los años (o había adquirido incluso un sentido peyorativo).

Hoy, y desde hace tiempo sin haberlo asumido plenamente, familia son amigos. Como Ángeles con quien llevamos alrededor de 20 años de amistad, amistad que se ha derramado a nuestros hijos. O como Frida, desde hace unos 10, cuando empezamos como maestra y alumna, hasta que la cosa se transformó, también, en amistad y desde esta pasada navidad, se profundizó aún más, reflejando la convivencia de todo el año e incluyendo a su Frida mamá, y a Lupita, a Cecilia, a Luz, a Alexa, a Fabi, a Emilio. Y, por supuesto, familia es mi hijo y es Yare, mi nuera. Todos juntos ayer, sin demasiada planeación, pero con harto cariño.

Jugamos. Comimos. Brindamos. Bebimos. Agradecimos. Y seguimos jugando. 

Y hoy, durante el retiro de invierno, otro amigo y guía, Mitra Mark, me recordó este verso/instrucción del poema "Midnight Freedom" ("Libertad a la media noche") de nuestro maestro, Dzogchen Ponlop Rinpoché, que ilustra con precisión mi experiencia de este fin de año y es un recordatorio buenísimo para el año que empieza:

If you want to be loved, don't forget to open your heart 

*

Si quieres ser amada, no olvides abrir tu corazón


viernes, 31 de diciembre de 2021

hallazgo 32

(o hallazgo 31 continuado)

Cuando hace un par de días terminé la entrada del "hallazgo 31" me quedé con una sensación de que algo estaba faltando. Como una incomodidad flotante por ahí. En realidad no me di cuenta hasta que ayer escuché una plática sobre enseñanzas budistas en la voz de Mitra Tyler, amigo y guía en el camino.

Él habló sobre la práctica de los 4 inmensurables: amor, compasión, gozo y ecuanimidad, inmensurables o incondicionales. Es decir, 4 cualidades que van más allá, mucho más allá, de nuestras tendencias habituales. El fundamento de la práctica, la visión sobre la cual desarrollamos esas cualidades, es la ecuanimidad (o imparcialidad) inmensurable. Fue cuando la explicó que empecé a hallar la respuesta que necesitaba.

Aunque ya había escuchado la enseñanza antes, solo ayer entendí no solo a nivel intelectual, sino más profundamente, lo que significa. Todos los seres sensibles (los humanos y los no humanos) somos iguales en el sentido de que buscamos la felicidad y evitamos el sufrimiento. Por supuesto que diferimos en las estrategias que usamos para lograr estos objetivos, pero también nos parecemos en que muchas veces, a través de las acciones basadas en la ignorancia del egocentrismo, conseguimos lo opuesto de lo que buscamos.

O sea, cuando alguien (mi mamá, mi excuñada, una amiga...) han hecho algo a partir de lo cual me he sentido agraviada, en realidad solo estaban intentando estar libres de sufrimiento y alcanzar la felicidad. Y en eso, somos iguales. Descubrí (o recordé) que es esta conciencia justamente la que me permite seguir soltando, dejar caer esa barrera que separa a los seres que suelo considerar dignos de mi amor y de mi compasión de los que me parece que no lo son.

Así que, aunque no suelo hacer propósitos de año nuevo, hoy me nace hacer una aspiración para este próximo 2022:

Que todos los seres sensibles —los que se nos parecen físicamente y los que no, los que nos gustan y los que nos desagradan, los que podemos ver y los que no, los que nos son indiferentes, los que hemos tildado de amigos o de enemigos— puedan distinguir entre las acciones que dan pie a una felicidad duradera y aquellas que perpetúan el sufrimiento y alcanzar, así, el estado del despertar último: brillante, sabio y compasivo sin medida.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Objetos con quienes tengo amistad


  • Mi taza roja, la súper predilecta:  vino de Lisboa hace más de 7 años y tiene   la firma de Saramago en letras blancas.
  • Mi camarita rosa de bolsillo: siempre viene conmigo y es mi segunda camarita rosa.
  • Mi sofá de dos colores: verde y morado: lo retapicé cuando mi hijo regresó de una estancia de 10 meses en Europa.
  • Mi mesa del comedor: fue de mi abuela y se puede hacer más larga o más corta según se necesite, sacando o guardando una pieza  en su centro que se dobla a la mitad (sí, parece magia).
  • Mi pequeña laptop  rosa: me ha acompañado fiel desde que me fui a España y volví. (Me temo que empiece a andar en sus últimas.)
  • Mis plumas multicolores.
  • Mis violetas con flores de diferentes colores. (¿Son objetos las plantas?)
  • Mi viejo par de crocs rosa pálido: se han convertido en un peligro, en especial si hay agua en el piso, y no me decido a deshacerme de ellos.
  • Una colección de platos que uso como decoración en las paredes de mi casa: vienen   de diferentes lugares, tiempos y personas.
  • Mi viejo, fiel y maravilloso coche, Antuanito: cumplirá 30 años el próximo año. 
  • El librero blanco  que mi hermano me mandó tras la muerte de mi mamá: ahora vive en mi cuarto y sostiene no solo libros, sino también fotografías, cedés, varias jirafas de diferentes materiales, platos con aretes y  pulseras colgadas con chinches.
  • La vieja televisión que heredé de mi suegra: grande,   voluminosa, nada inteligente, pero confiable.
  • La alfombra de lana a rayas de colores oscuros, proveniente de Oaxaca:  cubre el piso de la sala  y la compré hace muchos años, casi recién mudada a esta casa, en compañía de  J cuando aún éramos amigas.
  • El sacapuntas que parece un pequeño alien, con cabeza verde y cuerpo expansible: me lo dio mi hijo y me acompaña  siempre en la mesa del comedor.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

hallazgo 31

Uno de los fantasmas más resistentes de mi psique es el que me dice, en una voz calladita,  casi inaudible, que si alguien me maltrató, por algo sería. O sea, que yo he de ser, ultimadamente, culpable del maltrato. 

A pesar de que, en la mayoría de los casos, puedo explicarme y entender racionalmente que ese no es el caso, la mentada vocecita me hace sentir que si le rascamos, encontraremos no solo mi culpabilidad, sino la verdad sobre mi calidad inherente de monstruo.

Ayer, en terapia, di un paso más en el camino de seguir desechando la certeza equivocada. Regina me ayudó a ver que no se trata de no haber hecho nada para merecer el maltrato, sino de ver que sí hice algo, pero que la acción no merecía semejante respuesta. (Ninguna acción merece maltrato como respuesta, pues solo se perpetúa el ciclo de violencia.) Podría parecer una minucia, pero como sucede en la terapia, es en ese mínimo cambio de perspectiva donde hallamos la posibilidad de curar.

Si mi mamá me desheredó, nombrando a su "único hijo" como beneficiario de todos sus bienes, fue porque años antes, tras nacer Santiago y encontrarme en plena depresión posparto, le pedí, a instancias de mi psiquiatra, que nos dejáramos de ver durante un tiempo mientras me reponía, pero manteniendo la comunicación telefónica. Su ira fue tal que me colgó el teléfono después de  mandarme a la chingada.

Si mi excuñada (y examiga) me cortó de su vida acusándome de ser abusiva como su hermano fue porque le pedí  (quizá no de la manera más hábil) ayuda para pagar los estudios de Santiago, tras la desaparición de su papá.

Ahora me queda seguir soltando, acabar de soltar, los vestigios de dolor y de resentimiento que aún se me activan por ahí. De vez en cuando. Me ayudará recordar que el maltrato a los demás surge del propio sufrimiento y de los patrones neuróticos habituales a través de los cuales intentamos lidiar con él. Y eso nos pasa a todos. Y no es personal, aunque a veces lo parezca.


martes, 28 de diciembre de 2021

Love Poem / Poema de amor


You may not know it yet. But your eyes are beautiful. Like fresh wood or milk chocolate with a bit more chocolate than milk. You may not know it yet. But your voice is beatutiful. Like the roar of a wild waterfall or the rustle of a hundred butterflies waking up and taking to the sky together. You may not know it yet. But your body is beautiful. Beautiful like a ripe apple, dark red with some streaks of green, though not as firm as when it hung form the tree. You may not know it yet. But you are beautiful. Like the waning moon or a dry corn field speckled with yellow flowers. You may not know it yet. But you'll come to know it.

*

Quizás no lo sepas aún. Pero tus ojos son hermosos. Como la madera fresca o el chocolate con leche, con un poco más de chocolate que de leche. Quizás no lo sepas aún. Pero tu voz es hermosa. Como el estruendo de una catarata o el susurro de cien mariposas que despiertan y emprenden juntas el vuelo . Quizás no lo sepas aún. Pero tu cuerpo es hermoso. Hermoso como una manzana madura, roja oscura con vetas verdes, si bien no tan firme como cuando colgaba del árbol. Quizás no lo sepas aún. Pero eres hermosa. Como la luna menguante o un maizal seco salpicado de flores amarillas. Quizás no lo sepas aún. Pero llegarás a saberlo.


lunes, 27 de diciembre de 2021

De adopciones y pertenencias


Hace un titipuchal de años, 30 más o menos, mi mamá me acusó de estarme convirtiendo en "Adela Bellon", refiriéndose a mi involucramiento con la familia de mi entonces amiga Graciela. No sé si eran celos o si de alguna manera se daba cuenta cómo buscaba yo pertenecer. Ahora se me ocurre que quizás a ella le había pasado lo mismo y fue por eso que se conformó a muchas situaciones que, de otro modo, me imagino que no habría aceptado.

Y no andaba desencaminada mi mamá. Unos cuantos meses después de su acusación, me casé con Adrián, el hermano de Graciela, y pasé a ser una Bellon oficialmente, aunque nunca usé el apellido. Y sí, sentía que había encontrado una familia que me quería como era, con quienes tuvimos navidades de las de árbol, nacimiento, y cohetes. Había un antecedente del otro lado del Atlántico, cuando me había sentido acogida, durante dos veranos, por mi tía Delia y los suyos, los Roselló. Pero esa historia no acabó bien.

Tampoco con los Bellon. Llegó el divorcio y, con él, la pérdida de quienes consideraba mi familia. Pero no dejé de buscar un lugar en el mundo. Entonces fue Dasha, exterapeuta convertida en amiga queridísima, quien me adoptó, haciéndome parte de su familia en nochebuena, en navidad, en nochevieja y en año nuevo. Junto con Santiago, claro, que pertenecía a dos familias. Desde antes de la muerte de Dasha, ese vínculo familiar empezó a disolverse. 

Y entonces, durante una década más o menos, fuimos Santiago y yo sorteando "las fiestas". En 2015, por primera vez, las pasamos separados, él de aquel lado del Atlántico y yo, de este. En 2019, fue al revés: yo allá y él acá. 

En 2020, volvimos a ser él y yo, y algunos amigos. Y este 2021, la cosa volvió a cambiar: él, con la familia de su novia en Acapulco. Y yo. Acá. Temiendo la soledad. Hasta que una amiga y su mamá, que también es amiga, me invitaron a pasar la Nochebuena con ellas y su familia. Una nueva adopción. Que acepté, a pesar de que mi patrón neurótico proponía quedarme sola en casa, fingiendo algún malestar. Y fue genial. Me permití transitar desde la incomodidad de lo desconocido hasta las sensaciones de disfrute, pertenencia y cariño. Que se prolongaron de la Nochebuena a la Navidad. Y más allá. (Gracias de corazón a las Chiu.)

Y a lo largo de todos estos años, desde un poco antes del nacimiento de Santiago, ha permanecido mi (nuestro) lazo con María Eugenia con quien Santiago y yo hemos formado una "pequeña familia", que incluyó durante un tiempo también a Adrián y de la que fue parte esencial doña Teresa. Una adopción mutua, a varias bandas, de cariño y aceptación. De pertenencia que, en lo más profundo, me ha permitido sanar las heridas de pérdidas y abandonos pasados. Y constatar, una y otra vez, cómo en realidad lo que llamamos "realidad", depende en gran medida de cómo la vemos, la interpretamos, la inventamos. 

Como El Grinch cuando se da cuenta de que en realidad no odiaba la navidad, sino más bien la soledad que había vivido en de niño para las fiestas. Así que este año soy una suerte de Grinch recuperada. Porque quizás no es tanto la navidad lo que odio, sino toda una serie de circunstancias pasadas asociadas a ella.






viernes, 24 de diciembre de 2021

víspera de navidad

 

Transcribo aquí una carta-regalo-dibujo que recibí un día como hoy, hace 27 años:


24 de diciembre. 1994.

Te despiertas, amor, y tus brazos buscan mi cuello. Tu piel suave se extiende sobre mis sueños, entibiándolos. Todas las mañanas transcurren así. Si fueron pesadillas o no, son tus manos delicadas las que me dan la bienvenida al día. No sabes cuánta delicadeza y cuánta ternura se introduce en mi sangre cuando me tocas. Luego tu cuerpo y el mío se tejen uno en el otro, confiando siempre en que no tienen ningún resquicio, ningún secreto que no quieran ofrendar.

Y ese el comienzo de todos los días. Me maravilla esa magia de nuestro amor. No hay nada que no se pueda decir, no hay nada que no se pueda enfrentar. El aire frío mueve las ramas del árbol. Estamos al final del año. No un año cualquiera. Un año nuestro. Un año redondo. Han pasado tantas cosas y tantas nos están por pasar. Como las ramas delgadas del árbol ante el viento fuerte, nos doblamos. Como su tronco, tenemos fortaleza. Y es que juntos no veo límites que nosotros no pongamos y al verlos, los examinamos para ver si pasamos por ellos o si los dejamos. En el obsequio de este año, busqué un espejo de lo nuestro. Un sol y una luna en un reflejo. Eso es lo nuestro. Probar en el amor algo de eterno y de probarlo, hacerlo todos los días.








Hoy quedan las palabras, el dibujo, el espejo.

Y tanto ha pasado, que los recuerdos se desvanecen.

Quedan sensaciones y soledades. Y otra víspera de navidad.


martes, 21 de diciembre de 2021

á n g e l (a)

De las definiciones que la RAE propone para este término, yo me quedo con la etimología:

Del lat. tardío angĕlus, y este del gr. ἄγγελος ángelos; propiamente 'mensajero'.

Porque me gusta la idea de mensajero y me gusta que venga del griego. Porque la Academia luego dice que:

1. m. En diversas religiones monoteístasespíritu celeste creado por Dios para su ministerio.

Y no me gusta ni lo de monoteísta (soy más de muchos dioses y diosas, y en última instancia, de la doctrina no teísta) y tampoco aquello de que solo estén al servicio de dios y menos que solo sean del sexo masculino. (De hecho, la palabra "ángela" solo está consignada como parte de la expresión "Ángela María", para denotar que se aprueba algo, que se cae en la cuenta de algo, o que causa extrañeza lo que se oye, aunque yo en mi vida me he encontrado con la frase.)

Y todo esto viene a propósito de que hace unos cuantos días, venía yo entrando al condominio cuando divisé una figura alada blanca que surcaba el cielo arriba de los edificios. Me llamó mucho la atención e intenté fotografiarla. Aunque fue una tarea difícil,  mi camarita rosa y yo logramos capturar al ser alado blanco así:





Lo que es seguro es que no es una ave común por estos lares. (Otra vez me caería bien la pericia de algún ornitólogo.) Me dio la impresión de que pudiera haber sido una garza, de esas que viven cerca de cuerpos de agua, como la laguna de Coatetelco, que perdió el rumbo y acabó en Cuernavaca. Quizás era una garza intrépida y aventurera que decidió abandonar sus rumbos habituales y arriesgarse fuera de su entorno conocido. O quizás era una ángela de esas que ni siquiera están consignadas en el diccionario. Una mensajera cuyo mensaje aún no descifro. Tal vez no sea necesario hacerlo, sino simplemente quedarme con ese asombro momentáneo de atestiguar una suerte de milagro (¿será la época la que me saca estos términos religiosos con los que rara vez me relaciono?), que desapareció unos cuantos segundos después de mis disparos fotográficos. 

Ángela era también una de mis bisabuelas paternas (Mamá Inda, de cariño), y lo siguen siendo una amiga de infancia y adolescencia, y una prima a la que ya no veo. Ah y una personaja de mi segunda novela (la madre del protagonista, ni más ni menos).


viernes, 17 de diciembre de 2021

Diciembre


piñata de luz en Ocotepec





Me asusta. Me desafía. No me gustan las fiestas de fin de año. La que menos, la navidad. Me disgustan la felicidad, el amor y los lazos familiares obligados. Me gusta el 16 porque antes lo celebraba como mi santo o me lo celebraban mis papás. Santa Adelaida, que no hay ninguna Santa Adela. Ya no lo celebro, pero es un día mío, aunque menos que mi cumpleaños. Odio el 24 y el 25. Me gusta el 26 porque ya pasó la navidad. Tuvimos una amiga que hacía una fiesta el 26: Christmas-Is-Over Party. Me encantaba. El 26 es también el día de San Esteban y se celebra en Cataluña. Se supone que la celebración viene del medioevo cuando la gente que viajaba para reunirse con su familia invertía mucho tiempo en el trayecto y se alargó un día el calendario festivo para que pudieran tomarse con calma el viaje de regreso a casa. En San Esteban se comen canelones. Yo pensé en algún momento que sería una fiesta que celebraría felizmente casada en Barcelona, pero la vida tenía otras planes. Nunca he celebrado San Esteban. Me gustan las luces de colores y las piñatas, sobre todo para fotografiarlas. Me gusta pedir posada más que darla. No me gustan demasiado los árboles de navidad y sí me gusta el nacimiento; algunos años, lo saco de su caja y lo dispongo sobre un librero en mi sala. Cuentan que mi abuela María Luisa, en Avilés antes de la guerra, ponía uno que ocupaba una habitación entera. No me gustan mucho ni los romeritos ni el bacalao. Extraño, a veces, el pavo que hacía mi mamá, sobre todo el relleno a base de castañas que sabía delicioso frío al día siguiente en pan bimbo tostado. Me gusta dar regalos y me gusta recibirlos. Pero me caen mucho mejor los reyes que santa claus. Odio las películas navideñas, pero me gusta llorar cuando las veo. De niña, con mis primos en el departamento de mis papás, nos escapamos a ver una que se llamaba Los patines del plata y creo que hay una versión nueva que quizá vea el 24, bebiendo algo rico, como una sidra, y comiendo algo rico, como queso brie o sushi, junto a mi Khandro. Mu gustan algunos villancicos porque me suenan a infancia, a la época en que nos acostábamos temprano en nochebuena y nos levantábamos emocionados al alba a la mañana siguiente. El niño del tambor siempre me hace llorar, aun en arreglo tropical.

navidad en Tepoztlán


jueves, 16 de diciembre de 2021

De paseo con la luna

Antier salí de casa a eso de las 5 de la tarde y caminé hasta Salto Chico para hacer práctica de escritura. Lo primero que vi al salir fue la luna creciente en el cielo azul, con su conejo casi completo. Y la fotografié, claro. Seguí mi camino y no tardé en darme cuenta que ella me iba acompañando, haciendo el mismo paseo que yo por encima de mí, por el cielo, entre las plantas y los cables, sobre las construcciones, interactuando con las diferentes cosas que hay en esos 15 minutos de caminata por la calle de San Jerónimo. Y entonces registré con mi camarita rosa el acompañamiento lunar de mi caminata vespertina:

ella, en el cielo, de día

sobre el hule

sorteando cables y una antena

intentando rozar el ciprés

librando una maraña

muy por encima del tulipán africano


cerquita de las copas de oro

junto a la araucaria

bailando con las bugambilias

por fin, sin cables, sobre árbol desconocido (¿mamey?)

sin vegetación alguna

casi sostenida por las hojas de palmera


miércoles, 15 de diciembre de 2021

Invitada: Maya Angelou


Cada uno de nosotros ha atravesado alguna devastación, alguna soledad, alguna supertormenta climática o espiritual. Cuando nos miramos unos a otros, debemos decir: Entiendo. Entiendo cómo te sientes porque yo he estado ahí. Debemos apoyarnos unos a otros y empatizar mutuamente porque cada uno de nosotros es más parecido de lo que somos diferentes.  




Original en inglés, aquí. Traducción al español e imagen, mías.


jueves, 9 de diciembre de 2021

Invitada: Pema Chödrön

 

No dejes que la vida te endurezca el corazón


Cuando tenía como seis años, recibí una enseñanza esencial de una anciana sentada al sol. Pasaba yo un día frente a su casa, sintiéndome sola, no querida y enojada, pateando cualquier cosa a mi paso. Riéndose, me dijo: "Niñita, no vayas a dejar que la vida te endurezca el corazón". 

Allí mismo, recibí esta instrucción medular: podemos dejar que las circunstancias de nuestra vida nos endurezcan, de modo que nos volvamos cada vez más resentidos y temerosos, o podemos dejar que nos suavicen y nos hagan más gentiles y abiertos de cara a lo que nos asusta. Siempre tenemos esa opción. 

















Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Haiku 29


the wind in the balcony

plays with the sun

shadows dance

*

el viento en el balcón

juego con el sol

las sombras bailan


lunes, 6 de diciembre de 2021

Things I am familiar with

  • The taste of English Breakfast tea, with sugar & milk
  • My red Saramago cup
  • My blooming violets: pink, dark pink, light pink, light purple, red and white, burgundy, violet and white
  • My pink laptop
  • My grey sweat pants/pjs
  • The blue pewter kettle where I warm up water for my tea
  • The framed photograph of my tía Olga hanging on the wall of my studio
  • My fridge and its slightly disruptive sound, on & off & on & off
  • What's left of my brown and blue china from Capula, which my husband and I bought together and I kept after the divorce (He kept the yellow living room sofa)
  • My blue PaperMate pen (I can't get black ones lately.)
  • The mirror in my bathroom, though not always my reflection on it
  • My old car, my almost 30-year-old faithful Antuanito
  • My contact lenses, although I don't use them anymore (Sometimes I forget I don't.)
  • The sound of the supermarket fans, below my balcony
  • The very old jacaranda at the end of the garden, next to the swimming pool
  • The smell of incense
  • The smell of toast
  • The taste of tortilla de papa
  • The softness of my cat's fur
  • The soothing vibrations when she purs next to me
  • The voice of my son
  • His unbecoming feet
  • My (second) small pink camera
  • The books on the bookcases in my studio
  • The small white mirror I bought in Lisbon with a verse by Pessoa
  • The embroidered cushion sitting on the couch, where my late Ñaña used to nap
  • My reading glasses
  • The (awful) sound of the leaf blower
  • The way the sky smells before releasing rain
  • The sound of the voice of Leontyne Price, her name, the way my father worshipped her


a familiar corner at home



domingo, 5 de diciembre de 2021

Write about weather.

Begin with what the weather is now where you are.


El clima está loco. Así es el otoño en Cuernavaca. Si estás al sol, afuera, te asas, te derrites, te quemas. Pero en el momento en que entras a cualquier sombra, el cambio es de varios grados. Exagero, pero sí hay una diferencia notable. El sol no calienta más que donde toca directamente. Es un sol poderoso e impotente al mismo tiempo. El viento frío se cuela por las ventanas abiertas, por las rendijas debajo de las puertas, por la celosía del patio de servicio. Recuerdo esta época del año en casa de mis papás, en el departamento de Uxmal 548-2. Más en invierno. Enero, quizás. Cuando me levantaba al baño en la noche, tocaba las perillas de las puertas —la de mi cuarto, la del baño— y parecía que el frío de todos los tiempos se había concentrado allí.

«El baño y su habitante» tituló una vez mi hermano, con su particular sorna, una foto que me sacó entrando o saliendo del baño. Del que estaba al fondo del pasillo. El «nuestro». El de los azulejos negros y amarillos y la tina a juego, como una enorme yema de huevo. Ese mismo frío de la perilla es lo que ha habido siempre, casi siempre, entre mi hermano y yo. Combinado con el ardor del odio.

Como cuando le clavó una navaja en el lomo a Hipólito, el hipopótamo de peluche que me habían comprado mis papás cuando a mis 11 años (sus 10) nos llevaron de viaje a Disneylandia, el hipopótamo rosa al que me abracé con fuerza en el vuelo de regreso cuando el avión dio un salto al atravesar una bolsa de aire. Como cuando agarró a golpes, no sé si con las manos o con algún instrumento, la raquítica orquídea que el «tío» Manuel me había regalado y que apenas empezaba a echar sus primeras raquíticas flores blancas. Como cuando de un raquetazo rompió el secreter de mi papá, que vivía pegado a una pared entre la cocina y el comedor, mientras la maestra de guitarra y yo permanecíamos agazapadas en las escaleras. Como cuando contestó el teléfono y me pasó la llamada diciendo «Te habla la pendeja de tu amiga Zutana» suficientemente alto como para que la amiga Zutana lo escuchara. Como cuando me dijo que llamaría al siguiente lunes con una respuesta a mi petición de ayuda y han pasado años de silencio.


viernes, 3 de diciembre de 2021

más de mi tía Olga

  • Usaba dos barnices de uñas combinados para obtener el tono que quería: un rosa no chillante, con un brillo muy discreto. Yo creo que iba cada semana al salón de belleza para que le cambiaran el esmalte. 
  • En el pelo se hacía permanente. No sé cada cuánto, pero el suficiente para que su pelo mantuviera el rizado, que a mí me parecía del todo natural. Y cada semana iba a que la peinaran en el mismo salón de belleza. Tenía que pasarse un buen rato dentro/debajo de esos secadores de pelo enormes, que parecían sacados de una nave espacial, y que hacían un ruido infernal. El pelo quedaba encerrado en una redecilla y le ponían unas cubiertas de algodón sobre las orejas.
  • Yo creo que en los labios, cuando se ponía lipstick, también combinaba tonos para obtener el que le gustaba. Ese mismo tono de rosa de sus uñas, de la alfombra de su casa, del tapiz de los sofás de su sala.
  • Le encantaba jugar Canasta. Se reunió durante años cada semana con sus hermanas, Consuelo y Estela, y alguna amiga que les hiciera el cuarto. Apostaban muy poco (una décima de centavo el punto o algo así) solo por avivar el juego. Mi tía tenía una bolsa especial con el dinero para la canasta, que era el único que usaba para apostar. Era muy cuidadosa con los asuntos financieros. No le sobraba el dinero y dependía solo de sí misma para vivir, así que era ahorradora, lo cual no le impedía ser generosa. A mi hermano y a mí nos llevó de viaje, por lo menos dos veces: una al balneario de San José Purúa y otra a Disneyworld, en Florida.
  • La fascinaba echarse su cubita con coca y ron. A veces salía de viaje, para cambiar de escenario y jugar cartas, con sus hermanas y amigas. Dicen que llevaba una botellita de champú en su bolsa, que había previamente llenado con ron. Cuando pedían bebida, ella pedía una coca cola sola y, subrepticiamente, la convertía en una cuba debajo de la mesa.
  • Cuando había una cola demasiado larga en algún lugar, se abría paso entre la gente a golpes de "compersmisito, compermisito".
  • Desconfiaba de los hombres. Mucho. (Así le había ido en la feria.) Cuando yo le hablaba de algún novio, pretendiente o posible amor, siempre me decía: "Toma nota, m'hijita; toma nota, m'hijita". O sea, que estuviera pendiente de cualquier detalle que pudiera ser indicio de oscuridades ocultas del individuó en cuestión. Tuve oportunidad de presentarle a Adrián, aunque ya no me acuerdo de su opinión. No pudo estar en nuestra boda, ni llegó a conocer a Santiago. (Yo creo que se hubieran querido mucho y, quizás, le hubiera enseñado a jugar Canasta. Cuando jugamos Continental, otro juego de naipes, él y yo y su novia y todos los amigos a los cuales hemos iniciado, ella siempre está presente, cuidando que se cumplan los protocolos y acompañándonos.)

jueves, 2 de diciembre de 2021

Días de retiro 3

Me siento en mi cojín, sobre el tapetito oaxaqueño que lo ha sostenido durante años. Estoy en el comedor, para estar cerca de la compu, desde la cual Dorotea nos da la instrucción de meditación. Natalie practica con nosotras. Detrás Katagiri Roshi, Trungpa Rinpoché. Y el Buda bajo el árbol de Bodhi.

La Khandro se acerca y se posa al borde de mis piernas, respetando mis manos que, una sobre otra, descansan en mi regazo. Apoya su cabeza en mis pies y enciende su motorcito. Su peso y su ronroneo me ayudan a asentarme.

Escucho los ruidos de la remodelación del súper. Ni molestos ni no molestos. El habla del guru. Se mezclan con el agua con que Alba llena una cubeta. La luz baila en mi balcón. Hay reflejos de plantas y de sombras. De flores y de espinas. La visita, siempre fiel, de una huachichila. Mi maestro me acompaña. El aroma del incienso alcanza mi nariz y se esfuma.

Conciencia presente momentánea. Olas sobre el mar. Nubes en el cielo. Pensamientos sobre la superficie de la mente. Percepciones. Sensaciones. Todas pasan. Y se disuelven. 

Suena la campana. Teresa dedica el mérito. Que toda le gente sin casa encuentre refugio, para el invierno y para después. Me levanto. La Khandro se queda sobre el cojín unos minutos más.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Las flores no saben de los meses ni de su comienzo, ni de su final. Las flores de ayer son las mismas y son diferentes de las flores de hoy. Las flores saben de estaciones. Aunque más que saber, las plantas viven las estaciones y van cambiando según haga frío o calor, llueva o sean las secas. Nosotros, en cambio, damos nombres, etiquetamos y, así, nos separamos de la experiencia. Sin darnos cuenta, casi.

Primero de diciembre y El Coleccionista, el de la música clásica en la radio en las mañanas, ya pone música "de temporada", sinfonías navideñas y ya empieza a desearnos "felices fiestas". Y a mí el corazón se me encoge, porque estas celebraciones son un conjuro de fantasmas y de ausencias. Y no puedo evitarlo. O sí. Que también son nombres y etiquetas alejados de la experiencia. 

Saber que soy como las flores que no son ni de noviembre ni de diciembre. Que en realidad ni siquiera son flores. Solo son. Luminosas. Efímeras. Ilusorias.


Tepoz, ayer

lunes, 29 de noviembre de 2021

Invitada: Maya Angelou


Family isn’t always blood, it’s the people in your life who want you in theirs: the ones who accept you for who you are, the ones who would do anything to see you smile and who love you no matter what.





La familia no siempre es sangre, son las personas en tu vida que te quieren en la de ellas: las que te aceptan por quien eres, las que harían lo que fuera por verte sonreír y te aman pase lo que pase.


Original en inglés, aquí. Traducción al español e imagen, mías.


sábado, 27 de noviembre de 2021

Historia de una taza (2)

Te dispones a vaciar el escurridor del fregadero de la cocina y abrir un poco de espacio para que tu hijo pueda cocinar. Haces una torre de objetos para llevar a guardar al trinchador del comedor, pero quisiste abarcar demasiado y una pequeña taza color blanco sucio (no exactamente beige, digamos) con un par de rayas (¿o era solo una?) azules arriba y abajo como adorno, cae al piso. No se rompe. La oyes rebotar y entonces sí, al golpear el piso por segunda vez, queda hecha añicos: unos más grandes y otros pulverizados. Sabes que es inútil tratar de volver a armarla. No lo puedes creer, aunque ya has hecho esto antes, aquí, la contemplación sobre la impermanencia y las tazas rotas. Pero parece que cada vez empiezas de 0.

Es que esta la compré cuando me fui a vivir sola por primera vez, le explicas a tu hijo. Es la única que quedaba de esa vajilla, le sigues explicando. Con ganas de llorar. (Igual se te escapan algunas lágrimas.) Te sientes idiota y triste a la vez. Y un pelín ridícula también. Recuerdas una tarde lluviosa, hará unos 33 años, cuando impulsada por quién sabe qué o quién entraste a una mueblería Hermanos Vázquez, cerca de la UNAM, en Avenida Universidad, y te compraste tu primera vajilla, Stoneware. Made in China. Decía. Súper sencilla. En oferta. Para cuatro personas (la de menos piezas que encontraste). Y saliste con ella en brazos, protegiéndola para que no se empapara la caja y se cayeran las piezas. Habrás tomado un taxi (completamente fuera de tu presupuesto en esa época) y habrás vuelto a casa de tu prima Marisa, de donde te mudarías días después a tu propio departamento. ¡Y ya tenías platos (extendidos, medianos, hondos) y tazas! Te sentías tan independiente. Tan adulta. Tan tú.

Y hoy, te das cuenta, no se trata tanto de la taza, aunque también. (Era la medida perfecta para disolver tus chochos homeopáticos, por ejemplo, y había estado contigo más de tres décadas.) Se trata, probablemente más, del apego a tu yo de entonces, el de 25, el que tenía la vida por delante y la empezaba a andar sobre sus dos pies. Al romperse la taza, parece que se hubiera roto ese yo también. Ese que nunca existió, en realidad, ni existe, y que apareció, para disolverse, hace, eso, más de tres décadas.

Pues, nada. Tomas la escoba. Barres los añicos —de taza, de ti, de recuerdos—. Con cuidado de que no quede ninguna esquirla que tú o la gata o tu hijo pudieran pisar. (Igual te encuentras una varios días después.) Recoges los pedazos y tu hijo te ayuda a ponerlos dentro de un tetra pak vacío, como les ha enseñado la comadre (para evitar que algún ser se corte si husmea en la basura). 

Y la sueltas. Resulta que el proceso se da más rápido que antes. El apego se esfuma más rápido, aunque deja una estela aún tras de sí. Siempre podrás hacer una entrada al respecto en el blog y, así, no perder la taza por completo, ni la reflexión, claro, te dices. De esta taza ni siquiera conservas una foto. Era tan común y corriente, como, en última instancia lo es todo (¿o casi todo?), en la vida.


viernes, 26 de noviembre de 2021

Invitado: Dza Kilung Rinpoché

 

Estamos en casa

A veces, podría parecer que meditación significa tratar de hacer algo diferente: ser algo diferente. Pero no es así en realidad. Lo que realmente estamos intentando hacer es ser lo que ya somos. Descubrimos la verdadera naturaleza de nuestra mente, en lugar de intentar ser algo diferente. Pero con frecuencia vemos nuestros pensamientos y emociones, y luchamos con ellos, pensando que la naturaleza de nuestra mente está ahí dentro de algún modo.  Pero de acuerdo con las enseñanzas budistas, la verdadera naturaleza de la mente está más allá de las perturbaciones; es vasta, espaciosa y pura. Y cuando estamos conectados con nuestra verdadera naturaleza, con la apertura, hay un gran potencial para que reconozcamos que "Esto se siente muy familiar, este estado de la mente sin perturbación". Intuitivamente sabemos que estamos en casa. 

mi altar
















Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.