No tengo idea cómo empezar. O cómo terminar. Cómo poner en palabras las conversaciones que he tenido contigo aunque tú no lo sepas.
En realidad tú y yo ya hace un buen rato que dejamos de conversar.
Si traigo a mi mente algún momento de esos largos intercambios que tuvimos virtualmente en zoom, antes o después de practicar juntas, me pregunto si en realidad nos estábamos escuchando o si cada una hablaba frente a quien acabó por convertirse en un mero espejo o una mera proyección de la otra.
Parecía que creábamos un espacio de seguridad y de compañía y de amistad en una edad más o menos avanzada de la vida. Algo difícil, dijiste. Quizá fue así durante un rato. Luego se desplomó. Y tampoco debería de sorprenderme/nos que eso suceda en esta dimensión que habitamos donde nada permanece. Pero aún me perturba cuando se acaba: intento desde siempre aferrarme a algo seguro.
No hay tal.
¿Cuándo dejamos de hablar el mismo idioma? ¿Cuándo dejamos que nuestros neuróticos patrones habituales interfirieran sin remedio entre nosotras?
Quizá cuando, después de aquel desencuentro monumental, me expresaste tu verdad, advirtiéndome que no me iba a gustar...
Hoy salí a caminar, retomando poco a poco esos hábitos sanos que me sostienen. Y me encontré con unas rosas de distintos colores en el rosal de la vecina del primero del penúltimo edificio.
Te las dejo como muestra del cariño que hubo y como parte del proceso de soltar.
Las rosas también se marchitarán y no por ello habrán sido menos hermosas. Que no llegues a verlas es lo de menos.
