martes, 13 de octubre de 2026

gotas floridas


Salí a caminar y me encontré con el flor de mayo al fondo del jardín del fondo lleno de gotas de lluvia. Y florecido otra vez.

Saqué varias fotos y mi camarita rosa, como otras veces, captó lo que mis ojos no vieron.




¡Gotas florecidas!

Y entonces pensé en Milarepa, el yogui tibetano por excelencia, que en una ocasión se refugió en un viejo cuerno de yak durante una tormenta de granizo. 

Así las perfumadas flores rosas dentro de transparentes gotas de lluvia.

Un mundo dentro de otro mundo, más allá de lo que concebimos como posible.


domingo, 11 de octubre de 2026

balcón 2


De balcones hablo mucho, aunque esta sea apenas la segunda entrada que lo lleva en el título. (La primera, de hace casi 9 años, la encuentras aquí).

Al vivir en un departamento, los balcones, el mío y los de mis vecinos, son portales al mundo a mi alrededor. Umbrales de entrada y de salida.

Desde que nos mudamos a este departamento (hace ya 21 años), en el edificio F, llené el balcón de plantas, en el piso y en el antepecho, pretil o barandilla (qué lindas palabras estas tres, ¿no?). Esos seres vegetales venían conmigo de varias vidas anteriores, compañeros fieles para el inicio de una nueva.

Años más tarde, con un cambio de administración, se dispuso que no podría haber plantas en los balcones, o sea, en los antepechos, barandillas o pretiles, dizque por motivos de seguridad, o sea, el riesgo de que alguna cayera hacia afuera durante un temblor.

Yo he pasado ya varios temblores en este departamento y aunque llegaron a caerse cosas dentro de mi casa en el del 2017, nunca se ha caído ninguna plata, ni hacia adentro ni hacia afuera. Así, que me rehusé a quitarlas, aunque tuve la precaución de ponerlas lo más al borde posible del lado interior del pretil. En algún momento, me hicieron firmar un documento donde me hacía responsable de cualquier cosa que sucediera con mis plantas del balcón. Y lo firmé, claro.

Somos unos cuantos quienes tenemos plantas en la barandilla del balcón, doña Pina entre ellos, por supuesto. Hay quienes tienen una o dos macetas y la mayoría los tiene pelones (pobres). 

Eso sí, hay vecinos muy comprometidos con decorar sus balcones según la época del año, sobre todo a partir de septiembre, nuestro mes patrio. Hay uno en especial, en el segundo piso del edificio C, que tiene un gusto impecable. Este año celebró la mexicanidad solo a través de la iluminación bicolor, jugando con el blanco de sus persianas. Me pareció hermoso:


Ahora ya empezaron a prepararse para las festividades de finales de octubre y principios de noviembre, a saber, halloween y muertos:


Pero esto es solo el comienzo. Estoy segura de que la decoración con estos motivos se seguirá desarrollando a lo largo del como en años anteriores. De momento esas calabazas calavera sonrientes e iluminadas en un entorno naranja son un muy buen comienzo. 

Este es, sin duda, el balcón que se lleva el premio mayor cada año. Hay otros simpáticos, pero nunca tan creativos ni comprometidos, como el de los vecinos a cuyo departamento da mi habitación:


Entre más desenfocado, mejor se ve, la verdad.

O el de los papás, en el departamento de al lado, que gana bastante cuando hay sol y se hacen sombras:

O uno del último edificio, que fotografié desde lejos, desde mi propio balcón:


Bonitos tonos y poco más. 

Yo por mi parte, no decoro mi balcón. De hecho, acabo de quitar dos móviles: uno de peces de madera (quedó solo un pez solitario) y otro de gallinas de barro, porque me preocupó que los desgastados hilos que los sostenían provocaran que alguien saliera herido cuando se reventaran. Pero siempre estoy ajo avizor a los balcones vecinos.

Seguiré reportando.


sábado, 10 de octubre de 2026

Invitado: Dzongsar Jamyang Khyentse Rinpoché



La búsqueda de una vida asentada


La única cosa que todos seguimos persiguiendo es esa sensación de tener nuestras vidas finalmente asentadas. Piensas: "Una vez que llegue a la siguiente etapa, todo va a estar bien", como cuando entras a la universidad, consigues un trabajo o te casas. Pero entonces, justo después de haber alcanzado ese punto "perfecto", vuelven a surgir nuevas incertidumbres.

No se trata de que la vida quiera castigarte o lastimarte: la incertidumbre es solo parte de lo que está hecha la vida. Estás intentando agarrarte de un pedazo de hielo flotante como si fuera tierra firme, pero sigue alejándose. No importa con cuánta fuerza te agarres, nunca se va a convertir en suelo de verdad.


semilla a la deriva

Original en inglés, aquí. Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 8 de octubre de 2026

sin título 9


Escucho, en Series de El Coleccionista, Metamorfosis para 23 cuerdas solistas de Richard Strauss y me dan profundas ganas de llorar. La serie de esta semana ha sido sobre música en tiempos de guerra, donde han sonado también Haydn y Prokofiev, entre otros.

A un día del 7 de octubre y el tercer aniversario de terrorismo, muerte y genocidio, cómo duele el sufrimiento que nos infligimos los seres humanes a nosotres mismes. Y cómo conmueve cuando algunes lo hacen como música. 

Leía un poco antes sobre la difícil situación en que acabó Zohran Mamdani ayer, entre críticas de judíos y de palestinos. También me entristeció.

Es el cuento de nunca acabar, este continuo estar en guerra. Donde empieza es adentro nuestro, enseñó el Buda, cuando escindimos el mundo en "yo" y "otro" y nos creemos que así es como son las cosas.

Y así, agridulce, la imagen del amanecer de esta mañana:

Como si el cielo quisiera llorar, mientras el sol se asoma y tiñe de un naranja levísimo lo que podría, quizá, llamarse horizonte.


martes, 6 de octubre de 2026

Invitado: SS el Karmapa 17


Aprovechando las oportunidades

Cualquiera que pueda ser nuestra situación negativa, necesitamos adoptar una visión a largo plazo y sostener nuestra esperanza con una aspiración, que podría ser una meta que buscamos o una manera en que queremos ser. Nuestra aspiración es como un espía que mantiene ojo avizor para las oportunidades. En los tiempos antiguos, un espía solía sentarse en una montaña alta y contemplar tolo lo que estaba sucediendo. Mirar el camino que se extiende hacia el futuro y mantener nuestra esperanza es como ese observador. Cuando surge una oportunidad que coincide con nuestra plan, podemos invocar a nuestra experiencia para aprovecharla. Cuando la experiencia y la esperanza se unen, cualquier situación difícil, negativa o trágica que ocurra en nuestra vida, siempre podemos recomponernos y empezar de nuevo. 




Original en inglés y fuente, aquí.  Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 5 de octubre de 2026

Háblame sobre sábanas


Fue uno de los temas del grupo de práctica de escritura del pasado sábado. Me vieron raro cuando lo propuse, pero para escribir todo se vale. 

Aquí el texto que salió de mi pluma:


Me encanta doblar sábanas con alguien más (mi hijo, mi sobrino, mi nuera), sobre todo las más grandes, matrimoniales o queen, y cuando ya estamos acabando de doblarlas, jalarlas con fuerza y zafárselas de la mano al compañero de doblado. Casi siempre lo consigo porque a la gente se le suele olvidar que siempre lo hago o casi siempre y los agarro desprevenidos. Cada vez que lo logro suelto una carcajada, sonora y genuina. De dónde me viene esta costumbre me pregunté sin preguntarme y entonces me acordé de cuando en la casa de Cuernavaca de mi abuela Rosa se lavaba la ropa y, en especial, las sábanas. Supongo que no habría lavadora y se hacía a mano. Conforme se entraba a la casa por la puerta principal (no había otra vía de acceso salvo la barranca hasta abajo de la propiedad), había un camino empedrado hacia la izquierda que iba bordeando una superficie rectangular de pasto (el jardín principal de la casa) hasta llegar al otro lado donde se estacionaban los coches, frente a la terraza que era por donde se accedía a la casa principal, ya fuera por la cocina o por la estancia. A la derecha de ese camino había una pendiente de pasto, quizás con un camino empedrado al lado para bajar más fácilmente y quizás con una especie de pasillo a la altura de la calle. Una vez que se acababa la pendiente de pasto, se llegaba a la zona de servicio de la casa: estaban los lavaderos, oscuros y húmedos, la sala de máquinas que tenía algo que ver con la alberca, oscura y húmeda, y creo que una bodega con herramientas de jardín y la cortadora de pasto, también oscura y también húmeda. Había tubos clavados en el pasto entre los cuales se colgaban los tendederos para la ropa. Recuerdo las sábanas blanca secándose al sol y al viento. Y supongo que en las vacaciones de verano mi abuela Rosa nos mandaba a mi hermano y a mí a ayudar a destenderlas y doblarlas. Entonces él y yo jugábamos a jalarnos las sábanas de entre las manos cuando estaban a medio doblar, intentando hacerlo antes que el compañero. Y entonces soltábamos una carcajada, sonora y genuina, supongo.


Y por puro gusto, esta foto de sábanas blancas tendidas al sol en un hotel en Tepoztlán donde pasé unas noches con un amante hace mucho tiempo:





jueves, 1 de octubre de 2026

primer día de octubre


Salgo a caminar. No me animé a nadar porque el aire estaba frío y me faltó aliento. 

A veces tengo la impresión de que no encontraré nada nuevo que fotografiar en mis caminatas por el mismo sitio desde hace unos 20 años, pero siempre lo encuentro. Porque el mundo es nuevo a cada instante.

Como esta flor que mi abuela Rosa llamaba manto de la virgen, del otro lado de la barda:


Luego me topé con honguitos y un caracol, pero mi camarita los sacó borrosos, menos este:


Cuando andaba caminando descalza en el jardín de arriba, me interpeló mi vecina del edificio C, una señora mayor (quizá solo un poco más que yo) cuyo nombre desconozco. "¡Qué valiente!", me dijo por mi andar en el pasto sin zapatos. "A ver cuándo me atrevo." Me dice esto cada vez y nomás no se atreve. "Es tan bueno porque estimula todo el sistema nervioso. A veces lo hago con tenis, pero no es lo mismo." Pues no, no es lo mismo, aunque no es que me considere yo especialmente valiente.

Luego salió otra vecina más joven del A y dijo que se quitaría los zapatos por le menos de camino a su coche, inspirada por mí. Ambas se quedaron con los ojos cuadrados cuando les dije que en mañanas con un poco de sol estaba nadando en la alberca del fondo. La joven dijo que ella solo se metía al agua en primavera y cuando había mucho sol. Les conté que no se sentía tan fría el agua, sobre todo después de dar unas cuantas vueltas. La joven se despidió, rumbo al trabajo supongo, y le chuleé sus aretes. De cobre, me dijo. Muy bonitos, le dije.

Luego seguí caminando y di mi acostumbrada vuelta alrededor de la alberca, donde distinguí una catarina toda roja a punto de ahogarse. Me agaché para sacarla y la vecina grande me preguntó cómo estaba el agua. Le enseñé la catarina recién salvada y me dijo que eran bichos muy inteligentes porque se reproducían solo cuando había comida y si no, no. Ojalá los seres humanos hiciéramos lo mismo, remató.


Yo me dirigí a las escaleras para volver a mi casa y, en el camino, depositar a la catarina en alguna planta alejada de la alberca.



Me di una vuelta más por el fondo del jardín y me encontré un botón de rosa anaranjada. No podía no fotografiarlo:





miércoles, 30 de septiembre de 2026

Invitado: Dzongsar Jamyang Khyentse Rinpoché


La compasión no es gentileza; es ver que no hay seres sensibles por quienes sentir lástima. 

Hay un tipo 
popular "piadoso" de compasión: llorar cunado vemos un perro callejero, lagrimear por un mendigo, enojarnos con las noticias, querer matar cuando presenciamos abuso animal... y luego sentirnos muy parecidos a un bodhisattva. 

El Karmapa te quiere decir: esto no es compasión. Es una reacción emocional, una autocomplacencia cuando pensamos "qué bueno soy". La compasión verdadera surge de la visión del vacío. 

Cuando verdaderamente ves que todos los seres sensibles 
—incluido tú mismo— no tienen un "yo" independiente y verdaderamente existente, generarás una compasión única. Porque lo que ves ya no son "personas lastimosas" o "animales lastimosos", sino fantasmas secuestrados y atormentados por la mayor de las mentiras: el ego que se atesora a sí mismo. 

Ya no ves más la compasión como "mi gentileza hacia ti", sino que ves: no hay "tú" y no hay "yo". Solo interminables causas y condiciones enredándose, lastimándose y redimiéndose unas a otras. 

El ser animal abusado, el carnicero llevando a cabo el abuso, tú, que estás enojado: todas son manifestaciones del mismo vacío, distorsionado por diferentes tipos de ignorancia. 

Por lo tanto, la compasión más profunda no suele manifestarse como lágrimas o abrazos, sino como sabiduría inquebrantable y clara. No estás secuestrado por las emociones, ni caes en la arrogancia de "yo debo salvar al mundo". 

Simplemente ves las cosas como son: el sufrimiento es un subproducto de la ilusión y la liberación es el momento de ver esa ilusión. 

Cuando ves a los seres sensibles desde esta perspectiva, tu compasión por ellos ya no es selectiva (yo solo siento compasión por los cachorritos tiernos, pero no por los asesinos), sino que es abarcadora e incondicional, porque entiendes: la persona más brutal es precisamente la que más necesita ser vista como carente de un yo verdaderamente existente. 

Es por esto que los bodhisattvas atraviesan los seis reinos para salvar a los seres sensibles, pero nunca caen en ellos. 

Porque no están engañados por la ilusión de "yo estoy salvando seres sensibles". Son simplemente vacío manifestando compasión, como el sol que brilla sobre heces y lotos con igual imparcialidad. 

















Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

martes, 29 de septiembre de 2026

a lady in a teacup in Occupied Japan


Mi amiga AB (bueno, Arabella pa los cuates, pero es que no le gusta aparecer en internet, pero yo creo que me lo perdonaría, además de que no es su primera vez en este blog) está desmontando su casa porque se va a vivir cerca de su hija y de su nieto al otro lado del mundo. Nos invitó a comer, una suerte de despedida, aunque aún no tiene fecha exacta de partida. 

Además de una deliciosas minichisburguers, mi primera comida en forma después de la espeluznante extracción de las muelas del juicio, nos llevó a una de las habitaciones  donde había acomodado, sobre una cama grande, cosas que ni guardaría ni se llevaría allende el mar. No las vendía: las regalaba para que se fueran con gente que las apreciaría y, creo yo, para que se convirtieran en puntos de conexión con ella.

Para cuando a mi amiga Mónica y a mí nos tocó entrar al cuarto de los regalos, Susana y Carmen ya habían pasado. Tengo la impresión que cada quien escogió lo que era para cada una. Quizá fueron los objetos quienes escogieron y no nosotras. 

También nos alentábamos entre nosotras ("ándale, llévatelo, te va a venir bien"). Antes que nada, Ara me regaló una jarra enorme de cristal grueso. Ya encontré en dónde guardarla y creo que a mi nuera le hará ilusión preparar agua fresca ahí. Carmen me convenció de llevarme un molinillo de pimienta (buena idea, porque la había estaba moliendo a mano en un minimorterito). Me traje un bol (sí, así dice el DLE que se dice en español) con una suerte de cuchillo semicircular: es para cortar o picar yerbas, por ejemplo, me dijo Ara. El cuchillo necesita filo, pero creo que me serán útiles en mi nueva etapa como cocinera incipiente. También hallaron su lugar hasta la bolsa del mandado, que también me regaló Ara para llevarme los goodies,  unas extensiones eléctricas (nunca vienen mal y las puedo compartir) y un frasco especial para preparar vinagreta: tiene las medidas para el aceite y el vinagre (poco o mucho), se puede agitar ahí mismo, servir y guardar si sobra. Pensé que a mi hijo, el rey de la vinagreta, le podría caer simpático.

Pero a mí lo que más me gusta es lo que, en apariencia, no sirve para nada. Vi un platito de porcelana inglesa con una flores rosas y moradas. No tenía taza ni el sutil hundimiento que tienen los platos que llevan taza. Me pareció lindísimo. Ara me explicó que era para poner los anillos o los aretes que te quitas antes de dormirte. También se podría colgar en la pared, pensé yo.



Había también una figura de cerámica blanca y azul que me resultaba familiar: el Cascanueces, me dijo Ara. Tiene un listón azul para colgarlo de algún lado (en Navidad supongo). Me lo traje para que no se quedara triste y solo, aunque ya sabemos que las fiestas decembrinas y yo no nos tenemos mucha simpatía. De momento habita en el librero de mi estudio.


Pero mi pieza favorita es sin duda un platito con su taza: blancos con decoraciones pintadas a mano en dorado. 



Estaban en el buró junto a la cama del cuarto de regalos y mi mirada quedó prendada desde el principio. Ara no me explicó nada sobre ellos, pero yo descubrí que abajo del plato indicaba que estaban hechos en el Japón ocupado:


De la época posterior a la segunda guerra, pensé, no habiendo nunca escuchado hablar de esto. Luego confirmé en internet que, efectivamente, entre 1947 y 1952 las fuerzas aliadas que ocuparon Japón requerían que tal sello apareciera en los productos japoneses, tales como cerámica, juguetes o textiles, entre otros. Sentí como si tuviera un trozo de historia tangible en las manos.

Y ahí no paró el asombro.

Unos días después de que la taza y el plato habían encontrado su lugar en lo que podría llamarse mi minicolección de tazas, la tomé entre las manos para mostrársela a una amiga. Yo ya había notado que había una suerte de grabado al fondo de la taza, que yo había interpretado como un árbol, pero cuál no sería mi sorpresa cuando al levantarla y ponerla a contraluz se apareció una mujer que vive allí en al fondo. Preciosa. Y como no tengo más palabras para describirla, aquí dejo su imagen, que no le hace justicia, pero si alguien quiere venir a mi casa a conocerla, está invitadísima...



Gracias, Arabella, por estos pedacitos de tu vida que ahora habitan la mía...

lunes, 28 de septiembre de 2026

Víspera de San Miguel 8


Hacía algunos años que no escribía para este día, aunque las cruces de pericón para mi casa y para mi coche no han faltado desde hace varias décadas, supongo que desde que Adrián y yo nos mudamos a Cuernavaca. Yo estaba embarazada de Santiago en ese entonces y ahora, a sus 30, él fue quien compró un par de cruces para su casa y para la mía.

Me la dio hace 2 días y hoy la coloqué en la reja de entrada a mi departamento, para lo noche en que el chamuco anda suelto. Ya mañana llega San Miguel.

Aquí con todo y la Khandro observando atenta:




Nos faltaba la del coche, tan o más importante que el seguro (para nosotros y para los taxistas). A media mañana me fui al súper en cuya entrada suelen ponerse personas con los ramos de pericón recién cortados que fueron a recoger al campo y con cruces hechas. Hoy no había nadie. Me pareció extraño. ¿Se estará empezando a perder la tradición?

De regreso del cine, pasamos por Ocotepec donde, le dije a Santiago, seguro encontrábamos gente haciendo y vendiendo cruces. Recorrimos un trozo de la calle principal, pasamos frente al mercado y nada. (En alguna calle lateral vendían ciruelas de las rojas-naranjas de hueso enorme y poca pulpa deliciosa, pero no había dónde pararse.) Entonces él sugirió ir a las afueras del panteón. Y había un coche con un señor haciendo ramos de pericón de lo que había recolectado en el campo y su mujer, supongo, haciendo las cruces. Le pedí una chiquita para ponerle a mi Antuanito y me la hizo. Fue llegando más gente y alguien explicó que había muy poca flor. La escasez de lluvia, claro, comentamos. Así se han perdido ya cosechas, pero esta pareja aprovechó la ocasión y rescató la tradición del cambio climático y, probablemente, también un poco de la extinción lenta.

Aquí el carro ya protegido:




Y de pilón un ramo en la mesa del comedor para que la casa huela a otoño, a campo y a hogar:



Como una segunda piel esto del ritual de cada septiembre.
Y una tradición compartida.
Qué contento.


miércoles, 23 de septiembre de 2026

Invitado: Tsoknyi Rinpoché

 

La experiencia sigue a la intención. Donde sea que estemos, lo que sea que hagamos, todo lo que necesitamos es reconocer nuestros pensamientos, sensaciones y percepciones como algo natural. 

Sin rechazar ni aceptar, simplemente reconocemos la experiencia y la dejamos pasar. 

Si sostenemos esto, a la larga nos encontraremos con que somos capaces de manejar situaciones que antes nos parecían dolorosas, atemorizantes o tristes. 

Descubriremos un sentido de confianza que no está arraigado en la arrogancia o el orgullo. Nos daremos cuenta de que siempre estamos protegidos, siempre a salvo y siempre en casa. 


como mi Khandro









Original en inglés, aquí. Traducción al español e imagen, mías.


martes, 22 de septiembre de 2026

otoño 13


Hoy pensé que El Coleccionista comenzaría con El Otoño de Vivaldi, por aquello del equinoccio, pero en cambio, escuchamos a Francesco Mancini con su Sonata para flauta de pico en re menor. Preciosa.

Salí a caminar temprano después de varios días de casi encierro, posteriores al suplicio de la extracción de mis muelas del juicio. Y me encontré con imágenes otoñales, por la época claro, y aquí las comparto.

Unas flores silvestres, entre las plantas cuidadas del condominio:





El rastro del paso de un mapache:


Unas rosas, siempre unas rosas:




La Sinfonía en do mayor de Anton Filtz (preciosa) me acompaña mientras cierro el texto. 

Vayan de pilón, la luna creciente anterior al equinoccio y unos fuegos patrios que capté desde mi balcón:




lunes, 21 de septiembre de 2026

La muerte de Dr. Greene


Yo tuve una amiga muy cercana, L, que luego dejó de serlo. Pero la recuerdo. A veces. Hoy está cumpliendo 80 años y pienso en ella un pelín más, aunque no lo sepa. (Recuerdo cuando llegó a los 64 y su hijo mayor le puso "When I'm Sixty Four" de Los Beatles, o sea, hace 16 [!!!]. Tengo que acordarme de pedirle a Santiago que me la ponga a mí el próximo año...)

Platicábamos de tantas cosas y durante tanto tiempo que era increíble. Cuando íbamos al Vips cerca de su casa, solíamos presenciar el cambio de turno de las meseras. Uno de nuestros temas recurrentes eran nuestras predilecciones: programas de tele, películas, libros. En la primera peli que vimos juntos supe que también la conmovía Chavela Vargas.

Compartíamos nuestra devoción por ER, la serie médica por antonomasia (Urgencias en España y ER: Sala de emergencias en Hispanoamérica). Yo la había visto (y lo volvía a hacer cada vez que podía) a trompicones en la tele: en desorden, con capítulos repetidos, con otros a los que nunca llegaba: siempre me enganchaba. Alguna vez L me comentó que uno de los capítulos más conmovedores era la muerte de Dr. Mark Greene, uno de los médicos protagonistas en la sala de emergencias desde el primer día: empático, amable, honesto, no muy guapo pero con un no sé qué que qué sé yo (su mejor amigo era Dr. Doug Ross, interpretado por el bellísimo George Clooney) y, claro, excelente clínico. 

Yo obviamente lo conocía y amaba. Lo había visto enfermar de cáncer (tumor cerebral), someterse a una operación donde debía estar medio despierto, con la compañía de su pareja, la Dra. Elizabeth Corday, salir bien de la operación, para recaer un año después, tras haberse casado y recibido a su segunda hija Ella. Y luego, así como así, me encontraba con un ER donde Dr. Greene ya no estaba, pero nunca lo había visto morir, ni había encontrado donde retomar este capítulo o cualquier otro de la serie en línea.

Hasta que hace alrededor de un año y medio más o menos, mi sobrino Runs me regaló acceso a una plataforma que tenía disponibles las 15 temporadas de ER. No lo podía creer: un sueño hecho realidad. Por fin podía ver el final de la vida de Dr. Greene. Me puse a buscar el capítulo, en 8 temporadas de más de 20 episodios cada una y lo encontré (el penúltimo de la 8ava). Podía encargarme de ese pendiente.

Y entonces pensé: ¿para qué limitarme si puedo ver la serie completa y en orden? Me lancé, pues, a ver todos los capítulos de ER, indudablemente LA serie médica. Y la semana pasada, unos días después de que me extrajeran las dos muelas del juicio inferiores y sintiéndome especialmente vulberable , me puse a ver por fin el penúltimo capítulo de la temporada 8, "On the Beach". Llevaba ya varios anteriores llorando mientras Dr. Greene estaba cada vez peor, pero haciéndose cargo de su vida y de su muerte. El capítulo de su muerte, como me dijo L, es precioso y tristísimo. Seguí llorando. Pensando algo en ella, en que sería lindo poderlo comentar y en que soltar es, indudablemente, la mejor estrategia.

Ojalá L esté pasando un cumpleaños lindo...


jueves, 10 de septiembre de 2026

la feria 7.......




Hace dos días fue el mero día de la Feria de Tlaltenango, el día que se celebra el nacimiento de la Virgen María. Escuché más pitidos de agentes y muchos cohetes mientras atendía en línea a una paciente que vive en Cholula. No fui a la feria, pero cumplí el domingo pasado.

Fuimos tarde, nos agarró la noche, a Santiago, a Yare y a mí (se suponía que iba más banda que, al final, canceló) y nos tocó una feria a tope de gente. En muchos tramos hubo que caminar como trenecitos para no perdernos y casi haciendo pasos de gallo-gallina, mientras Yare se iba fijando en los ojos de la gente y señalándonos lo bonitos que eran algunos. Yo tenía mi concentración puesta en no dar un mal paso y caer o tropezarme. Qué susto cuando vi a un hombre con un palo largo de madera terminado en una filada punta, lo que había quedado de una banderilla que se comió. Me pareció peligrosísimo: entre empujones y tal podría haberse sacado un ojo o el de alguien más. Ojalá no.

Entramos a la feria más o menos por en medio, quizás un poco más hacia arriba, a la altura de una calle cercana donde dejamos el coche. Bajamos hasta abajo (valga la redundancia, porque la feria es redundante), o sea, pasando la oficina de Telmex. Pasamos por el puesto de cosas chiapanecas, donde vimos unos pies jugando abajo de una de las mesas con blusas y huipiles preciosos. No me iba a llevar nada, pero vi un pantalón de esos que cuando era yo joven calificábamos con el genérico "guatemaltecos" y tuve que compararlo. 

Después de los juegos mecánicos, que solo a Yare le gustan y a mí me hacen las piernas de espagueti aunque solo los vea desde tierra firme, encontramos el mejor puesto: unos chicos artistas pertenecientes a una cooperativa vendían grabados, playeras estampadas, estíquers (las calcomanías de antaño) con sus propias obras. Yo creo que hicieron su agosto (o su septiembre) con Santiago y conmigo que compramos regalos para fechas venideras y un poco más (como una playera hermosa que combinaba de maravilla con el pantalón). 

Seguimos bajando para buscar a la chica que hace juguetes tejidos y a su tío, que hace velas. Ella no estaba, aunque sus creaciones, sí. Él cuidaba ambos puestos y yo me hice de una colección de velas para la ofrenda próxima (en forma de cempasúchil, de pan de muerto y de cactus). Y para entonces ya casi se me había acabado el dinero y eso que no había comprado lo único en mi lista: un pocillo de peltre para calentar agua para té.

Así que emprendimos la subida, más en modo tren que la bajada, y pensé que no llegaría. Y entonces ya estábamos en el puesto de la pareja de Cuetzalan, quienes nos saludaron con sonrisas y apretones de mano. Platicamos. Vimos sus cosas. Me compré unos aretes que parecen una lluvia de florecitas rosas (la cereza del pastel para el atuendo de pantalones azul-verdes y playera rosa con estampado en sepia). Los hizo una de las hijos de los señores con chaquira calibrada. No podía irme sin comprarles algo, aunque me quedé con las ganas de una blusa de manta, con una cenefa bordada en verde y negro en el cuello redondo. Siempre me quedo con ganas de algo en la feria. Es su naturaleza, como la de la vida y la de esta mente confundida.

Y aún seguimos subiendo. Ya estamos aquí, busquemos el pocillo, insistió Santiago, a pesar de su cansancio y engentamiento. Lo conseguimos: blanco con borde azul oscuro y flores, no el típico azul más claro, pero bonito (y funcional). Y seguimos subiendo (ya faltaba nada para llegar hasta arriba) en pos de las maravillosas ciruelas morelenses, de hueso enorme y poca pero deliciosa pulpa amarilla casi ocre. Las conseguimos y luego fuimos aún por unos tamalitos de elote para la cena. Buenísimos.

Hoy ya estarán desmontando la feria y a punto de reabrir Avenida Zapata. Es cierto que interrumpe el tráfico y hace un poco de caos, pero es maravillosa. Ojalá no se la lleven nunca a un "recinto ferial" porque la calle es su mundo. Y total 10 días se pasan como un suspiro y a mí me dejan una nostalgia donde el otoño ya se está instalando...




viernes, 4 de septiembre de 2026

Invitada: Jetsunma Tenzin Palmo


El signo supremo de logro es la disminución continua de nuestros deseos y necesidades. Así que cuando estamos interminablemente insatisfechos, siempre queriendo algo más, si solo tuviera esto, si solo las cosas sucedieran de esta manera, entonces todo estaría bien. Cuando esto empieza a tranquilizarse y reconocemos, de hecho, justo en este momento tengo todo lo que necesito. Tengo todo. ¿Qué más? Entonces eso es un signo de que algo adentro de nosotros está empezando a abrirse. Realmente, el mantra budista no es OM MANI PADME HUM. El mantra budista es suelta. Suelta. Suelta. Externo, interno, secreto. Suelta. Es nuestra mente de aferramiento lo que es el problema. El Buda dijo que la fuente de nuestra insatisfacción, nuestro desasosiego, nuestro dukkha, es la mente de aferramiento. Eso no puede enfatizarse lo suficiente.  

efímera en Chimal

Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 3 de septiembre de 2026

otoño 12


En Cuernavaca, creo que lo he dicho antes, el otoño llega con la Feria de Tlaltenango.

El sol lo sabe y se suaviza. Se esconde, de pronto, tras las nubes y coquetea. El viento lo sabe y se refresca. Se cuela por las rendijas cuando no me doy cuenta. Me hace estremecerme en la madrugada cuando entra por la ventana entreabierta.

Y la lluvia. Parece que a la lluvia le llega la total licencia de lanzarse con todo lo que tiene, que este año, en Cuernavaca, no ha sido mucho. La verdad. Pero es ponerse los puesteros sobre Avenida Zapata y empezar a diluviar, sobre todo de noche. 

Ya me decía Juana que septiembre es el mes que más llueve.

Lo que echo en falta mucho este año es el sonido de los pitidos de los agentes de tránsito. Por una extraña razón me daban sensación de seguridad al cambiar la estación y empezar el mes patrio. Hoy en la mañana, me pareció distinguir algunos muy lejos, pero sobre todo resuena su ausencia y una parte de mí se pregunta si la feria sí habrá empezado. Me pregunto también cómo se estará organizando la vialidad, siempre caótica en los días de feria. Ahí están los claxonazos como prueba. Esos sí se oyen.

Y yo he empezado a nadar muy de mañana (entre 7:30 y 8:30) a instancias de Santiago. Con suerte y así las gripas otoñales se espantan y yo me sigo sintiendo bien.

Me encontré en mi balcón esta flor de hoya que me pareció una metáfora de la llegada del otoño: la flor ya grisecita como símbolo del mundo que empezará a dormirse un poco, como Perséfone de regreso al inframundo, y sus hermanas rosas aun resplandecientes, restos del verano. Y aunque en mi latitud los cambios no son tan profundos, igual impactan en su sutileza.



Y, ¿por qué no?, unos pedacitos más del inicio de septiembre: un rompecabezas recién terminado, mi gata en el sol de la tarde y la luz en la ventana de la sala frente a mi mesa de trabajo, que es también la mesa del comedor:









martes, 1 de septiembre de 2026

Invitado: Chagdud Tulku Rinpoché


No agobies a otros con tus expectativas


Entender sus limitaciones puede inspirar compasión en lugar de desencanto, asegurando relaciones beneficiosas y trabajables. Recuerda que solo cuentan con poco tiempo juntos. Agradece cada día que compartan. 

Siempre reconoce las cualidades parecidas a un sueño de la vida y reduce el apego y la aversión. Cultiva una disposición gentil y amable hacia todos los seres. Sé amoroso y compasivo sin importar lo que los demás te hagan. Lo que hagan no importará tanto cuando lo veas como un sueño. El truco es tener una intención positiva durante el sueño. Este es el punto esencial. Esta es la verdadera espiritualidad. 

No tengo alas, pero aun así vuelo en el cielo;
No tengo poderes mágicos, sin embargo, como la magia
Viajo a lo largo de los reinos de despliegue ilusorio,
aquí y allá, en nueve direcciones,
explorando las conexiones de mi karma.


cielo chimaleño

Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 31 de agosto de 2026

tres...cero bis


Mi hijo recién cumplió 30 años (¡sí 30!) y el hito me ha llevado a recordar cuando fui yo la que llegó al tercer piso, hace 33 años (¡sí 33!).

Recuerdo, vagamente, una ida al teatro con mis amigas de la Moderna, a la mayoría de las cuales ya no veo casi nunca. Recuerdo, vagamente, una blusa sin mangas de seda verde, que usé durante mucho tiempo, hasta que un médico acá en Cuerna me la rasgó cuando me iba a revisar. Apenas se disculpó.

La blusa pudo haber sido, también, una blusa sin mangas pero plateada, quién sabe de qué material, proveniente del taller de costura de MM. No tengo ni idea cuál habrá sido la obra de teatro que vimos, aunque de mi disco duro interno brota un título: Entre Pancho Villa y una mujer desnuda de Sabina Berman y gugle me dice que se estrenó justamente en 1993, así que igual y mi memoria acierta. Confirmo también que fue en el Teatro Helénico y los actores protagonistas fueron Diana Bracho, Juan Carlos Colombo y Jesús Ochoa. Casi seguro que fue esa la obra con que celebramos mis 30.

Habremos ido a cenar después. ¿Crepas en el Cluny de San Ángel? Quizás.

Empecé el año sin pareja, mi obsesión de ese entonces. Y fue ese año cuando me emparejé con Adrián. Habíamos pasado mucho tiempo juntos después de los acontecimientos del 2 de junio y para septiembre, cuando Graciela, mi futura suegra, habría de dejar por fin el hospital, me invitó formalmente a una cita.

Se suponía que me sacaría unas fotos, o lo haría un amigo de él para un dizque proyecto de arte. Me puse una gabardina negra de algodón de Pixie como vestido y unos zapatos negros y rojos con algo de tacón. Al final no hubo fotos, pero empezamos a salir (noviazgo se le decía entonces) y antes de que acabara el año, me mudé a su casa. Allá en la calle de Bartolache en la Colonia del Valle del DF. 

La navidad de ese año, mi primera en el tercer piso, la pasé con los Bellon en un departamento en el que Graciela madre se había instalado. Se estrechaba también mi relación con Emilia, la hija de Adrián, aunque el paso de la vida nos acabaría por distanciar irremediablemente.

El 5 de febrero, Día de la Constitución, del siguiente año, 1994, nos casamos Adrián y yo: la ceremonia civil fue en el castillo plano de mi papá, frente al Popo, y  la recepción en el huerto de mi tía Marisa, en San Vicente Chimalhuacán, nuestro Chimal querido. Comimos mole, que no es mi comida favorita, y Adrián y yo abrimos el baile sobre una tarima de madera con agujas de pino para facilitar el movimiento de los pies. Tocaba en vivo el maestro de música del pueblo (o quizás de Ozumba, la cabecera municipal) con su minibanda y no se le ocurrió mejor idea que tocar "El último beso", aquella canción que dice "por qué se fue, por qué murió, porque el señor me la quitó". Cuando me di cuenta, le pregunté a Adrián, bastante sacada de onda: ¿Qué hacemos?. Sigue bailando, me contestó con total certeza.

El siguiente cumpleaños lo celebraría casada y 2 años y  medio después, ya a mis 33, nacería Santiago. Hace 2 días cerramos oficialmente las celebraciones por sus 30, con fiesta y música y baile y juegos y comida y chelas y shots de mezcal o de vodka con tamarindo y amigos y familia, sobre todo de la escogida. Adrián tendría 70 años y seguro habría bailado como loco también para celebrar los 30 de su hijo.