miércoles, 24 de febrero de 2021

Paseo cuernavacense

O caminata por mi condominio, o sea, por las zonas comunes entre los edificios donde se encuentra el departamento que habito. En una unidad habitacional (9 edificios con 8 depas cada uno), pomposamente llamada La Arboleda, en una suerte de homenaje irónico a los árboles que mataron para poder construir y a los 4 o 5 que quedaron en pie de milagro.

Salí temprano, antes de las 9, no bien me había terminado mi toronja de cada mañana. La intención, a más de tres meses ya de haber vuelto de España, es incluir una rutina de ejercicio que me ayude con las cuestiones de salud que se abrieron con la fractura y cirugía de nariz, en particular, una subida de la presión sanguínea que está por definirse (o no) como un cuadro de hipertensión. (Qué desafío este de asumir la edad y el proceso de envejecimiento.)

Así que emprendí camino, enfundada en un par de zapatos cómodos, con camarita rosa en una bolsa del pantalón y reloj en la otra. Y empecé a inventarme un circuito, tratando de aprovechar la sombra y la ausencia de personas. Y empecé, claro, a sacar algunas fotos (pocas para no interrumpir mi ritmo, me decía una especie de Pepe Grillo interno) y a reconocer mi entorno.





Como estas flores y vainas en un árbol frente al edificio donde vivía una amiga muy querida que dejó de serlo, porque desbloquearme del feisbuc no es lo mismo, creo yo, que retomar una amistad. 





O como esta viejísima jacaranda reflejada en la alberca del fondo. Prácticamente sin flores, como les ha pasado a las jacarandas este año: la mayoría siguen pelonas, con semillas de la temporada pasada y apenas alguna tímida florecilla.. Como si supieran de pandemias y encierros y mascarillas.



Y mientras caminaba recordaba paseos del año pasado. Las caminatas de media hora en el piso de Ana en Madrid, en un circuito mínimo, y con los crujidos de la duela de fondo, en la época del confinamiento, cuyo inicio está casi a un año de distancia ya. A veces ponía música y terminaba bailando para hacer más llevadera la reclusión. Y luego vino Barcelona, aún con pandemia, pero con posibilidad de salir, guiada en paseos más o menos largos (incluso los cortos) por mi amiga Joana. Acá no hay ni Parque de la Guineueta ni Parque Central de Nou Barris, pero siempre hay alguna planta que fotografiar. Y me imagino a Joana adelantándome en el paseo y luego deteniéndose para esperarme. A Ana le pasaba lo mismo cuando ya pudimos salir de casa y nos íbamos al Viso o hacia Plaza Castilla.


Y en este prolongadísimo proceso de aterrizaje (quizá vivir no sea más que despegar y aterrizar todo el tiempo, pero no siempre nos damos cuenta por estar en pos de la certidumbre tan elusiva) me vuelvo a encontrar a mí, cambiante, diferente, otra. Como aquí, tomada de un barandal, junto a la vieja jacaranda, en el fondo de la alberca, que las piscinas quedaron del otro lado del mundo:


sábado, 20 de febrero de 2021

Invitada: Helen Macdonald


Sus palabras:

There is a time in life when you expect the world to be always full of new things. And then comes a day when you realize that is not how it will be at all. You see that life will become a thing made of holes. Absences. Losses. Things that were there and are no longer. And you realize, too, that you have to grow around and between the gaps, though you can put your hand out to where things were and feel that tense, shining dullness of the space where the memories are.


*


Mi traducción:

Hay un momento en la vida cuando esperas que el mundo esté siempre lleno de cosas nuevas. Y entonces llega un día cuando te das cuenta de que así no va a ser en absoluto. Ves que la vida se convertirá en algo hecho de agujeros. Ausencias. Pérdidas. Cosas que estuvieron allí y ya no están. Y también te das cuenta de que tienes que crecer alrededor de los huecos y entre ellos, aunque puedes extender la mano hacia donde estuvieron las cosas y sentir esa opacidad tensa, brillante del espacio donde están los recuerdos.


*


El cielo de Madrid en febrero de 2020





viernes, 19 de febrero de 2021

Invitado: Yongey Mingyur Rinpoché

 

La evasión de nuestros demonios internos —nuestro miedo al cambio y a la muerte, nuestra rabia y envidia— solo infunde mayor poder a estos adversarios. Entre más corramos, menos oportunidad tendremos de escapar. Debemos enfrentar el sufrimiento, penetrarlo; solo así nos podemos liberar de él.  


Fragmento tomado del libro In Love With the World (Enamorado del mundo). Original en inglés, aquí.

Traducción al español mía.

jueves, 18 de febrero de 2021

Paseo madrileño

Hace casi un año (parecen varias vidas), estaba yo en aquel Madrid prepandemia, precoronavirus, prenuevanormalidad. Iba a clases presenciales del máster en escritura creativa y tomaba cañas con mis amigas al salir, a veces hasta el amanecer. (Que era otra vida. De verdad.) En aquel momento, tomábamos un curso sobre periodismo y no ficción y el profe nos pidió que hiciéramos, y luego escribiéramos, un paseo. Para mí hoy, aquel paseo fue el cierre del mundo como lo conocíamos. Apenas un par de semanas después iniciarían el estado de alarma y el confinamiento. Así que compartirlo ahora implica no solo un viaje en el espacio, sino también uno en el tiempo. Casi parece que fuera a otra dimensión y que quien lo escribió hubiera dejado de existir, lo cual, en cierto modo, así es.


Pero qué bien hablas español


Yo llegué a Madrid hace apenas cuatro meses, así que cada paseo que doy sigue siendo una sorpresa. El más reciente lo hice en el barrio donde vivo que, según la amiga que me acoge en su casa, está entre Nuevos Ministerios y Plaza Castilla. Me enfilé por la Calle de Padre Damián hacia el norte. Es un rumbo residencial, con el comercio de todos los días. ¿Por qué, habiendo fruterías, carnicerías, panaderías, la gente va a los supermercados?, me pregunto. Un misterio. La explicación superficial, la falta de tiempo; en lo más profundo tengo la impresión de que tiene que ver con la dificultad en hacer contacto personal con los demás, con una vocación por el anonimato como trinchera personal.

    Esta zona no es especialmente bonita. Los edificios no tienen una personalidad definida, como sucede cuando se pasea hacia el centro. Lo que sí me entusiasmó fueron los árboles cubiertos ya de flores, proclamando la primavera, aunque sea antes de tiempo. (Ni qué decir de la razón que lleva Greta Thunberg.) En México, en esta época, el mundo se llena de árboles morados, las jacarandas, con sus flores en forma de barquitos. Aquí no las hay, pero sí hay árboles más chaparritos, de ramas más delgadas, cubiertos de flores blancas y rosas. Encontrármelos también me quita el aliento.

    Se suponía que llegando a la Plaza de la Madre Molas, que como la mayoría de las plazas de Madrid, no es una plaza, el Parque del Canal de Isabel II me saldría al encuentro. Pero no lo hizo. Pensé en preguntar, pero al final decidí caminar hasta Castellana y entrar por allá. Eso sí que lo logré. Y entonces averigüé que, en realidad se llama Parque del Cuarto Depósito y tiene una especie de torre (el cuarto depósito, me imagino) que se ve muy vieja, de la época de la reina seguramente, y que destaca junto a los rascacielos esos como incompletos de Bankia y Reália (las Torres KIO, me informa google). También anda por ahí una especie de aguja dorada, el monumento de Plaza Castilla, que me parece bastante sosa.

    Comencé la visita al parque por una de sus salas de exposiciones, más bien por el baño, que resultó un sitio súper divertido porque está decorado como si alguien lo hubiera pintado con plumón negro, con puras referencias al agua. Lo primero: un “Eres una guapura” en el espejo, lo cual le sube al ánimo a cualquiera. Después, en el váter, el dibujo de una nube conminándote a despedirte del agua que estás a punto de soltar y a recordarla cuando veas una nube. En las paredes junto a los lavabos, había un Manneken Pis preguntándose adónde irá su agüita amarilla y ya casi saliendo del lugar, todo un diagrama con el ciclo del agua, que me recordó a mis épocas de la secundaria.

    Después de esta lección, una visita relámpago a los dibujos y recortes de cuerpos humanos que Rodin hacía como preparación para sus esculturas, junto a algunas esculturas en formato pequeño también. Esta muestra es complemento de la que en la Fundación Mapfre se exhibe sobre Rodin, claro, y Giacometti (buen material para una reseña cultural). Lo que más me sorprendió fue el letrero a la entrada del recinto: “la exposición contiene imágenes que podrían no ser aptas para menores”. O sea, desnudos. Mucho mejor que se conecten a sus celulares o a sus tabletas y no vayan a ver semejantes guarrerías.

       De ahí salí al parque propiamente dicho.

    El Parque del Cuarto Depósito no es espectacular, como El Retiro, por ejemplo. Es pequeño y sencillo. Muy caminable. Muy geométrico. Todas sus veredas están muy bien marcadas y muy derechitas. Hay un cierto aire a cementerio porque está lleno de cipreses, pero esa es una deformación de la percepción. Allí la primavera se asoma apenas. En las flores blancas y olorosas del durillo, un arbusto que hay por todos lados, o en los brotes blancos con bordes rojos de unos árboles más altos que los que hallé en el camino. (Mi amiga Susana, botánica experta, podría decirme seguramente quiénes son.

    Mientras me detenía a hacer fotos de esas flores y brotes, me abordó un hombre mayor, más de 70 seguro, quizá más hacia los 80, y me empezó a hacer plática. Mi instinto me decía que saliera corriendo, pero me acordé que no estoy en México y decidí quedarme y vivir la experiencia. (A plena luz del día y con vías de escape accesibles en todo momento). A propósito de por qué unos árboles florecen antes que otros, el susodicho me invitó a caminar con él entre los rosales aún sin rosas. Me dijo que es profesor retirado de sociología. Le conté que yo estoy haciendo un máster en escritura creativa. Me pidió que le contara al respecto. Hablamos de objetividad y subjetividad. Del costo de la vida. De las diferencias entre México y España. Rápidamente detectó, por mi forma de hablar claro, que no soy de aquí y cuando le dije mis orígenes, exclamó: “Pero qué bien hablas español”. Pues es lo que hablamos en México, le respondí. Y me guardé mi disertación interna sobre el colonialismo y anexas para otra ocasión (u otro texto), aunque algo de sorpresa con visos de indignación sí que se me despertó. Seguimos caminado otro rato, hasta que llegó la hora de irme (tenía una cita de trabajo). Entonces me preguntó si iba seguido al parque y me informó que él, todos los días a esa hora (entre la 1 y las 2 de la tarde). Dijo que quizás nos volveríamos a encontrar. Asentí. Y pensé que no nos habíamos dicho los nombres. Y también pensé en la soledad. Antes de salir del parque, asistí el baño comunitario de las palomas, algo que jamás había visto. Y sonreí.

    De vuelta a casa caminé por Castellana, donde había mucha gente yendo y viendo, corriendo, fumándose un piti o comiendo algo antes de volver a la chamba (el curro, en mexicano). Fotografié las primeras hojas verde claro de un árbol enorme y alguna pinta en una cerca de metal. (Me encanta hacer fotos. Es una especie de práctica de meditación.) Y al llegar al cruce de Alberto Alcocer me quedé helada ante una visión completamente tercermundista: Un hombre haciendo malabares frente a los autos para ganarse unas monedas. Y pensé que el primer mundo y el tercero tienes más cosas en común de lo que parece o de lo que los primermundistas alcanzan a ver. Pero eso ya daría para un artículo de opinión y esto es un mero paseo.


fragmento de esa primavera de otra vida

martes, 16 de febrero de 2021

Invitada: Pema Chödrön


Pena y alegría

La otra mañana, me desperté preocupada por el bienestar de una querida amiga. Lo sentí como un dolor en el corazón. Cuando me levanté y miré a través de la ventana, vi tal belleza que mi mente se detuvo. Simplemente me quedé ahí parada con  la congoja por la condición de mi amiga y vi árboles cargados de nieve fresca, un cielo azul violeta y una niebla suave que cubría el valle, convirtiendo el mundo en una visión de la Tierra Pura. Justo entonces, una parvada de aves amarillas se posó en la reja y se me quedó viendo, lo cual aumentó aún más mi sentido de asombro.

Me di cuenta, entonces, de lo que significa sostener dolor en mi corazón y simultáneamente sentirme profundamente conmovida por el poder y la magia del mundo. La vida no tiene que ser de un modo un otro. No tenemos que saltar de acá para allá. Podemos vivir bellamente con lo que sea que suceda: pena y alegría, éxito y fracaso, inestabilidad y cambio.


Fragmento tomado del libro Living Beautifully with Uncertainty and Change (Vivir bellamente en la incertidumbre y el cambio).

Traducción al español, mía.

viernes, 12 de febrero de 2021

¡Feliz Losar!

 


¡Feliz Losar!

Año del Buey/Toro/Búfalo Femenino de Hierro/Metal

De Dzogchen Ponlop Rinpoché

Dilyak Drupon Rinpoché

y la Sangha de Nalandabodhi Internacional


Que la estabilidad y la paz permeen la vida de todos los seres sensibles en nuestro planeta y que podamos enfrentarnos a los obstáculos con sabiduría y compasión.


lunes, 8 de febrero de 2021

pensando en Graciela

Estoy casi segura que hoy es, o sería, el cumpleaños de Graciela, la abuela paterna de mi hijo, única entre los 4 abuelos con la que Santiago convivió. (Se quisieron mucho.)

Graciela fue, pues, mi suegra. En alguna época la tildé de exsuegra, pero con el paso del tiempo el prefijo me acabó sobrando. Es la única suegra que he tenido y lo fue incluso cuando su hijo y yo ya nos habíamos divorciado. La recuerdo en su lecho casi de muerte, agradeciéndome mi labor como la mamá de Santiago. Y yo le agradezco ese reconocimiento.

Nuestra relación fue bastante buena. Se había iniciado cuando fui muy amiga de su hija, Graciela también, y ninguna sospechaba que emparentaríamos más adelante. Años más tarde me casé con su hijo, cuando ella ya era viuda y había sobrevivido una tragedia familiar, con una fuerza inconmensurable y un humor a prueba de balas. Nos quisimos bien y también tuvimos esa especie de rivalidad, que parece inevitable entre suegra y nuera. Recuerdo que, a veces, se refería ella a mí como "suegrita" y yo le recordaba que, en realidad, la "suegrita" era ella.

Durante la época posterior al nacimiento de Santiago, el apoyo de Graciela fue vital y su presencia, incondicional. Pasado ese tiempo, seguimos conviviendo como "familia", con altas y bajas, con constancia y con cariño. Perderla tras el divorcio fue tan doloroso como inevitable, supongo. Por fortuna la vida nos dio la oportunidad de cerrar nuestra historia antes de que fuera demasiado tarde.

Yo creo que fue ella quien me regaló esta foto en que aparece de niña vestida en traje regional. La conservo con cariño y cuelga en una de las paredes de mi casa.



Ojalá, suegrita, hayas encontrado o estés en camino hacia un espacio de felicidad y libre de sufrimiento.

domingo, 7 de febrero de 2021

Invitado: Chamtrul Rinpoché


Cada momento de tu vida ofrece una oportunidad para practicar, no importa dónde estés o qué esté sucediendo. No dejes que la práctica se convierta solo en algo que se hace en el centro de dharma o frente a un altar o en tu asiento de meditación, sino que permite que  el mundo entero y todo lo que encuentras dentro de él se conviertan en el campo de entrenamiento para tu  mente. Entre más hagas esto, más rápidamente te moverás en el camino hacia la budeidad y más feliz te sentirás. 









Original en inglés, aquí. / Traducción al español e imagen, mías.


martes, 2 de febrero de 2021

la candelaria 2


El día en que vuelve la luz. En que, ancestralmente, se invoca a la primavera. El día en que al año le quedan 333 días. Y se celebra la fertilidad de las tierras por el principio del fin del invierno. En zonas más al norte que la nuestra, donde no hay un invierno invierno.

En mi balcón, ayer, la luz hizo gala de estar volviendo, casi cegadora, aunque en realidad no se haya ido nunca.
 

 













Y hoy, de regreso de Tepoz, tan bonito Tepoz (qué suerte que mi dentista esté allá), nos encontramos Santiago y yo con dos puestos de sillitas en la calle principal de Ocotepec. Claro, dije yo, hoy es el día cuando se viste al niño Jesús y se le sienta y se le presenta en el templo. La apropiación católica del rito pagano.
















Y hoy no habrá tamales. Ni mezcal. Ni Madrid.
Habrá despedida y un poco de oscuridad.
Pero la luz volverá...

viernes, 29 de enero de 2021

Retrato gatuno 2

En realidad hay varios retratos gatunos en mi blog, pero este es el segundo con el mismo título. El primero está acá y es de hace casi 5 años, un año después de que la Khandro llegara a mi casa. Este año cumplirá, pues, seis (de edad y de estar aquí) y uno de ser gata única (sí, ya hace casi 365 que murió la Ñaña, poquito antes del confinamiento, cuando yo andaba en Madrid).

Recorriendo el blog en busca de los retratos gatunos anteriores, me encontré un texto más o menos largo sobre los pros y contras que sopesé antes de adoptar a la Khandro de 2 meses. Hoy lo volvería a hacer. Rápidamente se convirtió en una compañera tan cariñosa como divertida, tan simpática como mal portada. Durante los meses que pasé en España, no se me quitó la sensación de que, de pronto, pasaba corriendo de aquí para allá, aunque cada vez tenía que recordar que en las casas en que me recibieron no había gatos.

La Khandro ya no es la chiquitura que era, pero sigue siendo súper fotogénica y le gusta que le saquen fotos. (O eso me parece a mí.) Y a mí me encanta buscarle ángulos nuevos. Y ahora su compañía será, de nueva cuenta, apreciadísima y sanadora (como lo fue cuando llegó) frente a la nueva partida de Santiago (la 6a si no me equivoco, aunque prefiero no volver a hacer cuentas). 


Aquí en una de las fotografías más recientes que le he tomado, en una suerte de retrato fragmento, que en modo pedante, podría llamarse

sinécdoque gatuna: la nariz por el gato.



miércoles, 27 de enero de 2021

:c:i:e:n::a:ñ:o:s:

Hoy mi tía Marisa hubiera cumplido 100 años. A ella le gustaban sus cumpleaños y los festejos por cualquier motivo. Era súper fiestera y buenísima anfitriona. Incluso llegó a hacer planes para su aniversario número 100, pero murió 4 años antes.

Hoy me la imagino bailando con un vestido rojo, su cabello recogido en un chongo (o moño, dirían allá) y celebrando la vida. Se le daba tan bien celebrar la vida, a pesar de lo que fuera. Mi tía ha estado presente a lo largo de este blog siempre y en tres ocasiones (aquí, acá y acullá) la he recordado puntualmente.

Hoy vuelvo a compartir este retrato que le hice hace casi 11 años en el rancho (en dónde más). Es la foto suya que más me gusta. Es tan mi tía Marisa, que parece que puedo hablar con ella. 


Recibe, tía, una vez más mis besos y abrazos con el cariño de siempre y con el anhelo de que seas feliz y estés libre de sufrimiento. 

Y no dejes nunca de bailar.




martes, 26 de enero de 2021

campánulas 2


Aunque en este caso sea singular y blanca (no como las varias azules de acá, de hace poco más de tres años). 


Esta preciosidad de color semejante al de la nieve o la leche (¿quién como la RAE para intentar definir lo indescriptible?), y que corresponde al de la luz solar no descompuesta en los varios colores del espectro (y no ceja en su intento.) la encontré del otro lado del Atlántico, en Caldes de Montbui, cerca de Barcelona, donde pasó unos días el verano pasado invitada por mi querida amiga Àngels. Ahora que lo pienso no le pregunté cómo le dicen allá.

Yo la nombro a mi modo, campa´nula, aunque no lo sea en realidad.. Pero aquí es válido aquello de que una rosa, nombrada de cualquier otra manera, seguiría teniendo el mismo aroma. O seguiría teniendo el mismo color, la misma belleza, a pesar de nuestra manía de etiquetar el mundo a nuestro paso.


lunes, 25 de enero de 2021

Home 23

 




Hace casi 4 años justos, el 21 de enero de 2017, hablaba, también, sobre violetas. Indagando un poco más, hoy  constato que las que yo crío son violetas africanas, pertenecientes al género Saintpaulia, en honor a su descubridor, el barón Walter von Saint-Paul-Illaire, quien halló la planta en Tanganyika, hoy Tanzania. (De lo que se entera una en internet.)


El color de las flores, en su versión silvestre, puede ser violeta, púrpura, azul claro o blanco. Y su nombre coloquial deriva de su parecido con la violeta común (de la familia Violaceae), con la cual no tiene ningún parentesco.

Mis violetas son de color morado oscuro, blanco, rosa, violeta claro, rojo oscuro con blanco. Alguna vez tuve una color vino, la primera, pero creo que esa la perdí, a menos que una joven que no ha floreado aún su descendiente. (Ojalá.). Algunas tienen hojas y flores grandes y otras las tienen pequeñas. Las hay muy peinaditas y ordenadas y también están las despeinadas, que echan las hojas para donde les viene en gana. Las flores, a su vez, pueden ser sencillas o dobles o incluso parecer rosas en miniatura.

A veces sucede que alguna violeta empieza a verse desmejorada. He descubierto que puede ser debido a un proceso de envejecimiento que les hace perder las raíces y, aunque en alguna ocasión me deshice de una planta a la que eso le había pasado, pensando que el proceso era irreversible, la siguiente vez decidí poner el tronquito en agua (como hago con las hojas cuando las quiero reproducir) y, para mi sorpresa, no solo recuperó la vitalidad de sus hojas, sino que echó nuevas raíces, e incluso flores, aún estando en el agua. Una vez que las raíces se ven fuertes, las paso a una maceta con tierra, donde siguen creciendo y floreando.






Así yo estos días después del aterrizaje forzoso. Ando enraizándome de vuelta en mi casa. En mi mundo. En mi espacio. Con paciencia (no hay de otra), para permitir que vuelva a haber flores.


domingo, 24 de enero de 2021

sueño 23.

Anoche soñé con mi abuela María Luisa, la mamá de mi papá. La abuela asturiana. Mi madrina. No la sueño mucho. Ni la pienso mucho. Ni la recuerdo con mucha frecuencia. Pero ahí está. Dentro de mí. Como un elemento callado, pero fundacional.

Era un sueño de despedida. Ella se iba.  Se moría, pues, pero no de enfermedad. Era su tiempo (que en la vida "real" fue hace más de 30 años) y decidía despedirse. Hablar con su gente. Y había lágrimas. Claro. Más de los demás que de ella.

El entorno era la casa de Cuernavaca de mi otra abuela, Rosa, la madrastra de mi mamá. Y aunque Santiago, mi hijo, nunca conoció a su bisabuela, en el sueño andaba por ahí, cerca de mí. 

Había primas y primos, hijos de las hermanas de mi padre. Ni ellas ni él estaban presentes. Al final, yo presenciaba cómo mi abuela, que de pronto parecía más joven y más contenta, se despedía de alguien que no se veía. Decía que le había prestado (asturianismo que alude al disfrute de una experiencia) algo y señalaba sus bolsas. Iba vestida jovialmente, de colores y sonreía. A mí me daba gusto.

Al final del sueño, yo intentaba compartir con mis primos —sentados con gran pesadumbre alrededor de una mesa— la escena que había atestiguado  No podía. No me hacían caso. Y entonces lo dejaba pasar. 

Cuando desperté, empecé a escribir el sueño en mi mente para no olvidarlo y para conservar algo de la sensación de haber pasado un ratito con mi abuela.









Aquí, una foto de una foto de mi abuela María Luisa, que me regalara mi tía Marisa, su hija mayor, hace varios años, durante una visita al rancho tan querido, donde murió María Luisa el año del terremoto.


miércoles, 20 de enero de 2021

Invitada: Pema Chödrön



















En la encrucijada


Cuando nos encontramos en un lugar de incomodidad y miedo, cuando estamos en una disputa, cuando el médico nos dice que necesitamos hacernos pruebas para determinar qué anda mal, nos encontraremos con ganas de culpar, de tomar partido, de no transigir. Sentimos que necesitamos alguna resolución. Queremos mantener nuestra perspectiva conocida. Para el guerrero [espiritual], "correcto" es una visión tan extrema como "incorrecto". Ambas bloquean nuestra sabiduría innata. Cuando estamos en una encrucijada sin saber hacia dónde ir, estamos en el ámbito de la prajnaparamita [sabiduría trascendente]. La encrucijada es un sitio importante en el entrenamiento del guerrero. Es donde nuestras creencias sólidas empiezan a disolverse.

 


Fragmento tomado del libro The Places that Scare You. A Guide to Fearlessness in Difficult Times (Los lugares que te asustan. El arte de convertir el miedo en fortaleza).

Traducción al español e imagen, mías.


martes, 19 de enero de 2021

Hoy


En la radio suena "El invierno" de Vivaldi. Me emociona. (Siempre me emociona). Y me acuerdo cuando compré boletos para ir al Palau de la Música de Barcelona a escuchar "Las cuatro estaciones" completas. Iba a ir sola. Me encantan, aunque se hayan tocado tanto. Pero en esa ocasión, no se me hizo Primero, la pandemia había obligado a un nuevo cierre y segundo, había yo adelantado mi regreso a México. .(Por fortuna, había podido ir antes, con Joana, a escuchar Rajmáninov). 

Un recuerdo más de algo que no sucedió.

Y me acuerdo de cuando, hace décadas, muchas (estaba yo en primaria y mi amiga Natasha aún no se iba a vivir a Moscú) participé en una representación de baile (ahora no me creo capaz de haberlo hecho) de esas 4 estaciones de Vivaldi. A nuestro grupo, las mayores, nos tocó precisamente el invierno. Íbamos vestidas de blanco con adornos del mismo color en la cabeza, simulando copos de nieve, de esa que todas esas décadas después aún no he visto en vivo. Bailamos en un escenario redondo en el Polyforum de Siqueiros en la Ciudad de México.

Un recuerdo más de algo que sucedió.

Hoy ambos parecen sueños, de la misma naturaleza de las representaciones que surgen en mi mente algunas noches. Ilusorios. Sin existencia real. 
Así la vida. Aunque no lo podamos ver o se nos olvide.

domingo, 17 de enero de 2021

Invitada: Jetsunma Tenzin Palmo


Los placeres sensoriales y las cosas deseables son como el agua salada:


Entre más los saboreamos, más aumenta nuestra sed. 
Abandonar con prontitud todos los objetos que suscitan apego, 
Es la práctica de un bodhisattva.


El Buda mismo dijo que la avidez [avaricia] es como el agua salada: entre más bebemos, más sed tenemos: aun si nos bebiéramos el océano entero, seguiríamos teniendo sed. Por supuesto que esto nos lo ha mostrado nuestra moderna sociedad de consumo. La gente ahora tiene tanto, más allá de lo que podrían haber imaginado aun hace 50 años y, sin embargo, siguen sin estar satisfechos. Aferrándose sin parar y ¿para qué? 

El punto es que todo se vuelve contraproducente después de un rato. Conseguimos un auto y es tan emocionante, pero el segundo auto es, de algún modo, menos interesante. Para cuando llegamos a nuestro quinto o sexto, ¿a quién le importa? Solo nos queda preocuparnos de dónde estacionarlo. Pero aunque entre más saboreemos, más aumenta nuestra sed, este deseo tiene beneficios decrecientes. 

Siempre tenemos la esperanza de recuperar ese sentido inicial de satisfacción. Hay un momento en que sentimos un placer real y luego desaparece. Como el helado, que es delicioso, pero si seguimos comiendo, nos sentimos enfermos. Tras el momento inicial de placer, la sensación de satisfacción disminuye, así que entonces probamos algo diferente y siempre algo más.  





















Comentario sobre Las 37 prácticas de un bodhisattva.
Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

jueves, 14 de enero de 2021

Home 22, armando el rompecabezas 5

 


Naturaleza viva —vivísima— con piña y limones de Chimal, con jarra de agua y sombras de persianas, con frutero de barro de Cuentepec, con maceta de talavera y planta del amor. Con cuchara de palo del Norte del país. Con carpeta de ollitas colgantes para tapar el agua. Con el sol de la tarde que enciende esa ventana entre la cocina y el comedor y resalta la oscuridad del pasillo. 

Un fragmento de mi casa. De mi hogar. De mí misma.

Un paso más hacia el reconocimiento. Por transitorio que sea.


martes, 12 de enero de 2021

En mi balcón 3




 




Una luz dorada invade, desde el balcón, la mesa donde escribo. Me da paz. Me reconcilia. Respiro profundo, por la boca. Mi nariz rota, recién operada. Mis ojos morados. 

El tiempo parece detenido. Yo me he detenido. Haciendo un aterrizaje forzoso, o quizás forzándome para no aterrizar. Aterrizando de cualquier manera. 

Así inicia el 2021.

Año de nieves, año de bienes, dice una amiga de Madrid tras Filomena, cuyo paso nevado añoro haber presenciado.

Año de nones, año de dones, decía mi abuela Rosa. 

Todo depende, cada vez me es más claro, de mi percepción, de la manera en que interpreto el mundo, del color con que mi mente y mis emociones lo iluminan.

Todo es ilusorio y pasajero.

Como el atardecer, que ya se vuelve morado. Gris. Cobrizo.

Desde la ventana del comedor. De mi mesa. De mi casa.


lunes, 4 de enero de 2021

En mi balcón 2


Anochece y en el horizonte se dibuja una silueta de plantas y hojas. Mi skyline propio. Sobre un cielo oscurecido que conserva aún una franja de sol. El cielo es también el mar para los peces que nadan, iluminados, en el hueco de mi balcón.

Y yo reconozco el espacio. Y lo desconozco. Casi a la vez.
Como me reconozco y me desconozco a mí misma. Casi al mismo tiempo.

Así inicia el dos mil veintiuno.
Y como dice mi amiga Joana, vivir en la duda también es vivir.
Quizás.





jueves, 31 de diciembre de 2020

Invitado: Dilgo Khyentse Rinpoché

La mente, en general, tiene dos aspectos: quietud y movimiento. A veces, la mente está serena y libre de pensamientos, como un estanque calmo; esto es la quietud. Tarde o temprano, surgirán pensamientos en ella; esto es el movimiento. Sin embargo, aunque en cierto sentido hay un movimiento de pensamientos dentro de la quietud, de hecho, no hay diferencia entres estos dos estados: tal como la naturaleza de la quietud es el vacío, la naturaleza del movimiento también es el vacío. Quietud y movimiento son meramente dos nombres para una mente.

La mayor parte del tiempo no somos conscientes de nuestro estado mental y no prestamos ninguna atención al hecho de que la mente esté quieta o en movimiento. Mientras estás meditando, puede surgir un pensamiento en tu mente: la idea de ir de compras, por ejemplo. Si estás consciente del pensamiento y solo dejas que se disuelva por sí mismo, entonces ese es su final. Pero si permaneces sin darte cuenta de lo que está pasando y permites que el pensamiento crezca y se desarrolle, te conducirá a un segundo pensamiento, el pensamiento de tomarte un receso de la práctica, y en un dos por tres te encontrarás, en efecto, levantándote y yendo al mercado. Pronto surgirán muchos más pensamientos e ideas: cómo vas a comprar esto, vender aquello y demás. Para este momento, estarás ya muy lejos de tu meditación.

Es completamente natural que sigan surgiendo pensamientos. La cuestión no es intentar detenerlos, lo cual de cualquier manera sería imposible, sino liberarlos. Esto se hace permaneciendo en un estado de simplicidad, que permite que los pensamientos surjan y se desvanezcan otra vez sin ensartarles ningún otro pensamiento. Cuando dejas de perpetuar el movimiento de los pensamientos, se disuelven por sí mismos sin dejar ningún rastro. Cuando dejas de estropear el estado de quietud con fabricaciones mentales, puedes mantener la serenidad natural de la mente sin ningún esfuerzo. A veces, deja fluir tus pensamientos y observa la naturaleza inmutable detrás de ellos. A veces, cortando abruptamente el flujo de pensamientos, observa la conciencia desnuda.

Innumerables pensamientos y recuerdos, agitados por las tendencias a las que nos hemos habituado, surgen en la mente. Uno detrás de otro, cada pensamiento parece desvanecerse en el pasado, solo para ser reemplazado a medida que el siguiente, a su vez, se hace fugazmente presente en la mente antes de dar paso a pensamientos futuros. Cada pensamiento tiende a recoger la inercia del que le precedió, de modo que la influencia de un hilo de pensamientos crece a medida que pasa el tiempo; esto se conoce como "la cadena de falsa ilusión [o de engaño]". Igual que lo que llamamos un rosario es, de hecho, un hilo de cuentas individuales, también lo que solemos llamar la mente es en realidad una sucesión de pensamientos momentáneos; un goteo de pensamientos hace el flujo de conciencia, el flujo mental,  y el flujo mental conduce al océano de la existencia.

Nuestra creencia de que la mente es una entidad real es una conclusión basada en insuficiente investigación. Creemos que un río que vemos hoy es el mismo río que vimos ayer, pero en realidad un río nunca es el mismo ni durante un segundo: el agua que conformaba el río de ayer es ya con seguridad parte del océano hoy. Lo mismo es cierto para los incontables pensamientos que pasan por nuestra "mente" desde que amanece hasta que anochece. Nuestro flujo mental es solo una sucesión de pensamientos instantáneos; no hay una entidad separada que pueda señalarse como una mente.

Ahora, si analizamos con cuidado el proceso del pensamientos, es evidente que los pensamientos pasados ya están muertos, como un cadáver. Los pensamientos futuros aún no han nacido. En cuanto a los pensamientos presentes, no se puede decir que tengan ninguna propiedad tal como ubicación, color o forma. No dejan rastro y, en efecto, no pueden encontrarse en ningún lugar. De hecho, no podría haber ningún punto de contacto entre los pensamientos pasados, presentes y futuros. Si hubiera cualquier continuidad real entre, por ejemplo, un pensamiento pasado y un pensamiento presente, eso significaría necesariamente o que el pensamiento pasado es presente o que el pensamiento presente es pasado. Si el pasado pudiera, en realidad, extenderse al presente de esa manera, también se podría concluir que el futuro tendría ya que estar presente. Pero no obstante, ignorantes de la naturaleza verdadera de los pensamientos, mantenemos el hábito de verlos como si estuvieran continuamente enlazados, uno tras otro. Esta es la raíz del engaño [o falsa ilusión] y esto es lo que nos permite estar más y más dominados por nuestros pensamientos y emociones, hasta que reina la confusión total.

Es de vital importancia estar conscientes del surgimiento de los pensamientos y aquietar las olas de pensamientos que te asedian. El enojo, por ejemplo, es una tendencia extremadamente destructiva que estropea todas las demás cualidades buenas que pudieras tener de otro modo. Nadie disfruta de la compañía de una persona enojada. No hay nada inherentemente aterrador en la apariencia de las serpientes, pero como suelen ser muy agresivas, la mera vista de ellas inspira miedo y odio. Ya sea en un ser humano o en una serpiente, semejante preponderancia del enojo no es nada más que el resultado de una acumulación de pensamientos negativos que no se ha frenado.

Si en el mero momento en que surge un pensamiento de enojo, lo reconoces por lo que es y entiendes cuán negativo es, tu enojo se calmará por sí mismo y siempre podrás mantenerte en buenos términos con todo el mundo. Por  otro lado, si permites que el primer pensamiento enojado dé pie a un segundo pensamiento enojado, en casi nada, tu enojo estará completamente fuera de control, y estarás dispuesto incluso a arriesgar tu vida para destruir a tu adversario.


Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

casi Noche Vieja

 Y estoy en cuernavaca. Más o menos. Estoy. No del todo aún. Quizá nunca lo esté. Quizá eso sea un paso más en el camino.

Who knows.

Echo de menos el otro lado del Atlántico. Amigas. corazones. Cañas. Risas. Olas. Lunas.

Imagino otras vidas de este lado. Montañas. Jardines. Gatas. Gallinas. Corazones. Amigas.

Estoy triste. Agradecida. Un pelín asustada. Sintiéndome sola. Sabiéndome acompañada. Intentando no tener demasiada esperanza ni demasiado miedo. Algunos sueños. (Las criaturas esperan para continuar su camino.)

Y en el balcón de esta casa que parece querer dejar de ser mi casa (o quizá no), la piedra florece una vez más.

Y en su florecer me abre un espacio en el pecho.




Gracias, piedra.

Gracias, mundo.

Gracias, vida.

Gracias, 2020.


jueves, 17 de diciembre de 2020

b.o.k.e.h. .2

Hace más de 4 años que aprendí lo que quería decir este anglicismo tomado del japonés ぼけ (boke). Desde entonces me fijo más cuando mi camarita rosa, en complicidad (o no) con mi mirada o con mi intención, desenfoca algún plano de una de mis fotografías, regalándome otra manera de ver las cosas.

De vez en cuando hay alguna imagen que me resulta especialmente atractiva y sorprendente, como esta que tomé en Chimal hace unos días. Quería sacar las flores rojas del vecino de mi comadre y así fue como las interpretamos mi cámara y yo:




Aquí sigo, intentando explicarme  el mundo un disparo a  la vez.


miércoles, 16 de diciembre de 2020

entre la desolación y el enojo

No me siento perdida.

Es solo que no sé dónde termina el mar que llevo

dentro

y a veces me ahogo.

Elvira Sastre


Como era de suponerse, la RAE define «desolación» como la acción o efecto de desolar o desolarse, o sea, no dice nada. Si una se va a buscar «desolar» se encuentra con que tiene tres acepciones, de las cuales aquí me interesan dos: causar a alguien una aflicción extrema o afligirse, angustiarse con extremo.

Por otro lado tenemos «enojo» que la misma institución define, en su primera acepción, como movimiento del ánimo que suscita ira contra alguien. Y si buscamos «ira», primeramente dice el DLE que es un sentimiento de indignación que causa enojo, o sea, tampoco se aclara la situación.

Sin embargo, para mí, recurrir a las palabras y al diccionario es un primer paso para poder manejar las emociones que, de pronto, se apoderan de mi ser y de mi entorno, asolando (destruyendo, o amenazando con hacerlo) todo a su paso. Buscar sus definiciones me permite empezar a abrir un espacio, un hueco de atención plena, entre ellas y yo, para así —siguiendo las instrucciones de mi maestro— poder empezar a manejarlas de otra manera: una mejor manera, claro (esa es la idea).

Hace un par de días, algo se me disparó internamente, por un estímulo externo (como suele suceder, diría mi hijo), que me lanzó a una turbulencia emocional de las buenas, de las que te arrastran sin que puedas hacer nada, o poco, como quien se ahoga en el mar y apenas alcanza a asomar la boca o la nariz unos segundos para tomar un poco de aire y seguir intentando sobrevivir.

El disparador del exterior: mi necesidad frustrada de alargar un pelín mi estancia en Chimal para seguir suavizando este proceso de aterrizaje de vuelta en casa que se me ha presentado tan pedregoso, tan a trompicones, lo cual, huelga decirlo, no es culpa de nadie y responsabilidad, mía (en su mayor parte).

Las emociones levantadas por vientos provenientes de un pasado que ya no existe y que, sin embargo, se las ingenia para manifestarse: enojo, como manifestación primera (de carácter defensivo) y una enorme tristeza, desolación, de esas que te abren las llaves de los ojos y no hallas como cerrarlas.

Las reacciones: llorar, patalear, alejar lo más posible a quien quiero (otra defensa), decir incoherencias sin encontrar el modo de parar.

El panorama emocional: sensaciones (añejas) de inadecuación, de rechazo, de nunca ser suficiente, de siempre ser demasiado que dejaron heridas/cicatrices (añejas) que, con todo y el trabajo de años, se siguen reactivando.

La manera de manejarlo: intentar sentirlo sin pasar a la reacción habitual (casi) automática y profundizar en la comprensión de mis propios patrones emocionales para ver con mayor claridad su funcionamiento y, eventualmente, poderlos ir soltando, uno a uno, paso a paso. (Por supuesto que este proceso se va filtrando, casi por goteo, entre todas las reacciones menos sanas.)

El reto más grande: ser gentil conmigo misma en lugar de autoflagelarme hasta la eternidad, como me acostumbré a hacer hace varias vidas.

El par de logros de esta ocasión: primero, haber podido, finalmente, dejarme abrazar por mi hijo, quien, además, me recordó que las reacciones de los demás (a veces mis disparadores) no son personales (no son en contra mía, pues), que los azotes son temporales y, muy importante, que no estoy sola (que es lo que siempre pienso y siento en estos momentos de crisis).

Gracias, changuito.

Y segundo: haber podido —si no por primera vez, quizá por segunda o tercera— conectarme con compasión por la niña que vivió esas experiencias difíciles en la infancia, de donde han derivado la colección de formas de infligirme sufrimiento. (Tampoco es su culpa.) Y también pude empezar a vislumbrar cómo inflijo yo sufrimiento también en los demás, incluso cuando no es mi intención.

Lo siento, comadre.


Ojalá pueda yo acunarme a mí misma como lo hace la volcana, mi volcana, con las nubes:


en las inmediaciones de Amecameca
un 13 de diciembre de este 2020