domingo, 3 de julio de 2022

Invitado: Khenpo Tsultrim Gyamtso Rinpoché


Mientras estás descansando en la percepción válida directa sin moverte de este primer instante de la conciencia mental, y mientras ese estado de estar libre de complejidad se está desarrollando, el movimiento de los conceptos cesa naturalmente o se detiene. A medida que cesan naturalmente, descansas en un estado vívido y claro sin oscurecimientos, sin aferrarte al primer momento de la percepción. 












Original en inglés y fuente, aquíTraducción al español e imagen, mías.


viernes, 1 de julio de 2022

p e r l a (1)



Only permanent things can be owned.


*


Solo las cosas permanentes pueden poseerse.



De una clase, hoy, con un maestro buenísimo (JH).













                                                                                                    




Traducción de la cita e imagen, mías.



jueves, 30 de junio de 2022

Invitado: Dzongsar Khyentse Rinpoché


Desde un punto de vista budista, cada aspecto y momento de nuestras vidas es una ilusión. De acuerdo con el Buda, es como ver un punto negro en el cielo al que no podemos dar sentido y luego concentrarnos intensamente en él hasta que finalmente podemos distinguir una bandada de aves; o escuchar un eco perfecto que suena exactamente como una persona real que nos responde gritando. La vida no es nada más que un flujo continuo de ilusiones sensoriales, desde las más obvias, como la fama y el poder, hasta las que son menos fáciles de discernir, como la muerte, las hemorragias nasales y los dolores de cabeza. Trágicamente, sin embargo, la mayoría de los seres humanos creen en lo que ven y, por tanto, la verdad que el Buda expuso sobre la naturaleza ilusoria de la vida puede ser un poco difícil de tragar. 



Original en inglés y fuente, aquíTraducción al español, mía.

Fotografía de James Gritz.


miércoles, 29 de junio de 2022

s i n ó n i m o s

  • eclosionar
  • brotar
  • salir
  • surgir
  • retoñar
  • reverdecer
  • nacer
  • echar

sinónimo, ma

Del lat. synony̆mus, y este del gr. συνώνυμος synṓnymos, de συν- syn- 'con-' y ὄνομα ónoma 'nombre'.

1. adj. Ling. Dicho de una palabra o de una expresión: Que, respecto de otra, tiene el mismo significado o muy parecido, como empezar y comenzar. U. t. c. s. m.


Quizá la lista de palabras con que abro esta entrada no cumpla exactamente con la definición de la RAE, pero son las que llegaron a mi mente cuando descubrí las primeras dos hojas nacidas de una hoja mayor de violeta que planté después de que hubiera echado sus raíces en agua. 

Es un momento de gozo inmenso. De certeza de que la vida continúa, aun efímera. De una sensación de apertura en el pecho que trasciende las palabras. (El momento se repetirá, fresco y recién nacido, cuando lleguen las primeras flores.)


Aquí la imagen:

brotes en el ShiMi de barro

lunes, 27 de junio de 2022

Invitada: Pema Chödrön


Patrones habituales


Todos nuestros patrones habituales son esfuerzos por mantener una identidad predecible: "Soy una persona enojona"; "Soy una persona amigable"; "Soy un gusano despreciable". Podemos trabajar con estos hábitos mentales cuando surjan y permanecer con nuestra experiencia no solo cuando estamos meditando, sino también en la vida diaria. Ya sea que estemos solos o con otros, no importa lo que estemos haciendo, la incomodidad puede subir a la superficie en cualquier momento. Podríamos pensar que esas sensaciones turbadoras y agudas son signos de peligro, pero, de hecho, son señales de que recién hemos contactado la fluidez fundamental de la vida. En lugar de escondernos de estas sensaciones, quedándonos en la burbuja del ego, podemos permitir que se manifieste la verdad de cómo son las cosas en realidad.  Estos momentos son grandes oportunidades. Incluso si estamos rodeados de gente —en una reunión de negocios, digamos— cuando sintamos que se asoma la incertidumbre, podemos simplemente respirar y estar presentes con las sensaciones. No tenemos que entrar en pánico ni replegarnos. No hay necesidad de responder habitualmente. No hay necesidad de pelear o huir. Podemos seguir conectados con los demás y, al mismo tiempo, reconocer lo que estamos sintiendo.   


en Chimal, en lo que fue el gallinero alguna vez

















Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.
 

viernes, 24 de junio de 2022

¡Feliz cumpleaños, Rinpoché!


¡Que tu sabiduría y tu amor
alivien el sufrimiento de todos los seres sensibles
en todos los universos posibles!


flores hojas hojas flores, ayer en Tepoz

Necesitamos ver el mundo y a la gente más allá de nuestras etiquetas normales. Khenpo Rinpoché siempre dice que todo es como una ilusión, como un sueño, como una luna de agua, y aún creemos que son reales. Rinpoché dijo que eso es lo que es divertido, ese es el humor. -dpr

Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.


domingo, 19 de junio de 2022

Historia de un frasco

 Me gusta la definición que la RAE da a la palabra:

frasco

Del germ. *flaskô 'funda de mimbres para una botella', 'botella'; cf. a. al. ant. flasca, nórd. flaska.

1. m. Vaso de cuello recogido, hecho de vidrio u otra materia, que sirve para contener líquidos, sustancias en polvo, comprimidos, etc.

Yo, anoche, me acordaba de un frasco. Todo por estar leyendo una colección de escritos cortos de Margaret Atwood reunidos en su libro The Tent, al que acudí cuando terminé, por segunda vez, la saga de Harry Potter y me quedé como perro sin dueño. Aunque no es un libro fácil (textos más allá de cualquier encasillamiento posible, con la inteligencia y el sentido cáustico que caracteriza a su autora), me ha dado por lo menos tres regalos inesperados:

1) La dedicatoria de Dasha , que me lo dio para un cumpleaños hace 15 años: For Adela — Because we both love fine writing & because I love you. Happy birthday! Recordar los cariños siempre le da calor al corazón.

2) Un fragmento de una foto mía (del día de mi boda, captada por el ojo de mi amiga Ángela) convertido en marcador de libros, que tiene la virtud de aparecer y desaparecer cuando menos me lo espero. (Este regalo tendrá una entrada aparte, porque lo amerita.)

3) Un texto llamado "Bottle II", que me llevó a pensar en un frasco parecido que tuve y cuya historia cuento hoy aquí:

Tenía yo 17 años. Había cruzado el charco por primera vez, para conocer la tierra de origen de mi papá, los parientes que aún teníamos de aquel lado. Llegué a Barcelona, donde vivía mi tía Delia con su familia. Me enamoré de la ciudad condal. Una tarde, de mucho sol, de toda la luz del Mediterráneo, salmos a pasear y me presentaron Las Ramblas. Estaban llenas de gente, llenas de flores, llenas de puestucos que vendían cualquier cantidad de cosas. Recuerdo sus adoquines blancos y grises, haciendo olas en el piso, y la libertad total para respirar. Todo me llamaba la atención. Quería estar allí para siempre.

Entonces, en uno de los tenderetes me encontré un frasco de vidrio pequeño, con tapa de corcho y con un paisaje de colores hecho a base de arena pintada. Me pareció fascinante, como me parecía todo entonces. Me queda el eco lejano, casi sordo, de algún comentario —flotante y sin palabras— de alguno de mis primos, a medio camino entre lo tierno y lo mordaz, pero igual es una proyección mía. A mí, el mentado frasquito me parecía un hallazgo inimaginable y, ni corta ni perezosa, lo compré. Con pesetas: aún estaba España libre del euro.

Desde Barcelona, nos fuimos todos (mi tío, mi tía, mi prima y mi primo) en coche a Asturias, donde me habrían de depositar en casa de otro primo de mi padre, el tío Nicanor. Y cuál no sería mi tristeza cuando, al desempacar en Avilés, la escena marítima del frasco con arena se había convertido en un cuadro abstracto, todos los granos mezclados a su bola. 

Me entristecí. Un poco. Y un día, cuando fuimos a la playa, me llevé el frasco conmigo (no sé si ya vacío o si lo vacié junto al mar) y lo rellené con arena del Cantábrico, que era el mar de mi padre, el mar junto al cual había nacido. Me lo traje de vuelta a México.

El frasco me acompañó durante muchos muchos años, de una residencia a otra. (Supongo que se lo enseñé a mi padre a mi regreso y supongo que se habrá conmovido. Un poco.) Hoy que me asomé a un clóset, pensando que allí podría encontrarlo de nuevo, no lo encontré. Quizá la arena del Cantábrico ande aún por algún lugar de mi vida y de mi casa.

O quizás ya no.


viernes, 17 de junio de 2022

coronaRreflexiones desde Madrid 2

(verano, o casi, del 2020)

La España de mi mente, de mis anhelos, la de mi padre, tiene poco, o nada, que ver con esta España en que he vivido siete meses ya.

En aquella no hay mirlos ni vencejos. En esta no hay León Felipe (o muy poco).

No es sorprendente. Y, sin embargo, recién me doy cuenta. (El encierro puede haber ayudado.)

La España de mi padre tampoco era de él, que era mexicano. Era la de mi abuelo. Que fue republicano. Y se exiló en México, pasando antes por Francia y por Cuba.

En esta España, los jazmines toman las calles. A finales de mayo. Y no sé si podré conocer las lilas.

En esta España hay vestigios franquistas que son, por desgracia, mucho más que vestigios. Como si el dictador no se hubiera ido nunca. Lo más triste: una sociedad dividida, llena de odio, de resentimiento, de oportunismo.

En mi España, vinculada también a mis visitas de muy joven, antes del euro, había menos primer mundo. Menos vocación europea y más calidez. Y quizá me quedé con una visión idealizada.

Ya desde una visita relámpago por ahí del 2005, noté algo que me descolocó. Pero venía enamorada y no me pesó demasiado.

Esta vez, en cambio, la cotidianeidad ha sido más... no sé en realidad cómo decirlo. Quizá me he sentido mucho menos en casa, mucho más extranjera de lo que pensé.



fragmento de Madrid, verano, o casi, del 2020





jueves, 16 de junio de 2022

Cosas que me hacen sentir insegura

  • que la sábana de arriba de mi cama no esté bien metida del lado de los pies y se corra para arriba cuando me muevo
  • que Santiago diga que llega a una hora y no llegue, sobre todo si es de noche y viene manejando o caminando o en ruta
  • llegar tarde a una cita
  • la expresión en la cara de alguien que no puedo descifrar claramente
  • que un alumno bostece en mi clase
  • una primera cita romántica (o la mera posibilidad)
  • que no me contesten un correo electrónico, después de... una semana, 4 días, 2 horas
  • descolgar el teléfono y que sea el mudo
  • que me dejen en visto en messenger
  • dudar entre una decisión u otra
  • mandar un manuscrito original, mío claro, para que alguien lo evalúe
  • decir mi opinión, cuando hay la posibilidad de lastimar a alguien
  • decir que "no" o poner un límite claro (todavía...)

miércoles, 15 de junio de 2022

Invitada: Pema Chödrön

                                         
                                                        Satisfacción

Estar satisfechos con lo que ya tenemos es una llave dorada mágica para estar vivos de una manera plena, irrestricta e inspirada. Uno de los mayores obstáculos para lo que tradicionalmente se conoce como iluminación es el resentimiento, sentirnos defraudados, tener rencor sobre quienes somos, donde estamos y lo que somos. Es por esto que hablamos tanto sobre amigarnos con nosotros mismos porque, por una razón u otra, no sentimos ese tipo de satisfacción de un modo pleno y completo. La meditación es un proceso de aligerarnos, de confiar en la bondad fundamental de lo que tenemos y de lo que somos y de darnos cuenta de que cualquier sabiduría que exista existe en lo que ya tenemos. Nuestra sabiduría está toda mezclada con lo que llamamos nuestra neurosis. Nuestra brillantez, nuestra jugosidad, nuestro sazón está todo mezclado con nuestra locura y nuestra confusión y, por lo tanto, no hace ningún bien tratar de deshacernos de los, así llamados, aspectos negativos, porque en ese proceso también nos deshacemos de nuestra cualidad maravillosa fundamental. Podemos llevar nuestra vida de modo que seamos más conscientes de quienes somos y lo que estamos haciendo en lugar de intentar mejorarlo o cambiarlo o deshacernos de quienes somos y lo que estamos haciendo. La clave es despertar, volvernos más alertas, más inquisitivos y curiosos sobre nosotros mismos. 

Original en inglés y fuente, aquí.
 Traducción al español  mía.

lunes, 13 de junio de 2022

Cosas que me hacen sentir segura


  •  un helado de menta con chispas en una tarde calurosa
  • una sopa de fideo a la española (sin freír) con caldo de pollo, como la que preparaba mi abuela María Luisa o la que ahora me hace María Eugenia
  • un plato de zapote negro con jugo de naranja, colado o sin colar, con o sin un chorrito de kirsch
  • una capítulo de una serie interminable donde conozco la vida y obra de todos los personajes
  • llorar con el último capítulo de una serie, con la cual he llorado en el 90% de los capítulos
  • volver a ver una serie que me encantó, como La casa de papel, o releer un libro predilecto, como Jane Eyre
  • leer cualquier libro de la saga de Harry Potter, menos el último, por su intensidad y porque es el último
  • caminar por una calle conocida hacia un sitio conocido, mejor de día
  • recibir un mensaje, de cualquier tipo, de cualquier persona querida: más aún si hace mucho que no sé de ella
  • volver a casa después de un viaje, largo o corto
  • que mi hijo me lea en voz alta un párrafo o una página o dos de un libro que a los dos nos guste, sobre todo en inglés
  • un abrazo de dos días
  • la voz de alguien querido que no esperaba escuchar, sobre todo si estoy chipil


domingo, 12 de junio de 2022

Historia de un árbol de mamey

YO nunca había visto un árbol de mamey hasta que llegué a Salto Chico, donde en realidad hay 2: uno al fondo del jardín, a la mitad entre las bardas que marcan el límite con terrenos los vecinos, y el otro a su izquierda. La verdad es que no les hice demasiado caso, pero eso sí, el año pasado disfruté, casi hasta el hartazgo, sus frutos: deliciosos, densos de un color hermoso, buenísimos recién abiertos o en un licuado con yogur y leche.

Hace unas semanas (no sé si llega a meses) el mamey principal de Salto Chico se enfermó y parecía estarse muriendo: perdía hojas, o las tenía lacias, y de frutos, ni hablar. Ruy estaba muy preocupado (qué le íbamos a decir la casera, que se supone que "visitará" su propiedad pronto). Yo no compartía tanto la preocupación, pero la verdad es que sentarme en la salita de afuera, junto a la alberca, y ver el árbol moribundo, era una vista desesperanzadora.

Entonces llego "el ingeniero", que no sé bien de dónde salió ni en qué es ingeniero, pero diagnosticó al árbol: las termitas se lo estaban comiendo. Le recetó unas inyecciones para combatir los parásitos, además de fertilizante y riego y, además, su cuota fue mucho menor que la de alguien más que lo vino a ver. Veamos si funciona el tratamiento, fue nuestra decisión como habitantes/usuarios de Salto Chico.

A los pocos días del tratamiento, el árbol estaba peor: se le cayeron todas las hojas que le quedaban y, además, su colega de al lado empezó a verse igual de mal. Y pasaron los días, cayeron algunos lluvias y el ingeniero le hizo un par más de visitas. Entonces le pregunté a Ruy cómo iba el paciente y me dijo que le estaban saliendo unos pimpollos en las puntas de las ramas: como chipotitos o protuberancias que, aunque no sabíamos identificar ni nombrar, eran, sin lugar a dudas, una señal de vida. Sí, sí, se alcanzan a ver, ahí están, exclamábamos y sonreíamos. Mientras tanto, el segundo mamey, solo fertilizado y regado, había empezado a mostrar signos de empeorar, pero a los pocos días también empezó a echar cogollitos en las puntas de sus ramas. 

Hace un par de días, cuando llegué a Salto Chico, abrí la puerta que da al jardín para permitir que el aire fresco inundara la estancia y cuál no sería mi sorpresa al ver al mamey enfermo completamente reverdecido, lleno de hojas nuevas de un intenso color verde claro. Lleno de vida, pues. Fue una sensación total de alegría, de esperanza, un recordatorio de que la vida sigue, pese a todo. Y una prueba de que el ingeniero es un auténtico crac y se merece un monumento. 




Y como dice Ruy: "Si el mamey pudo, nosotros también".


viernes, 10 de junio de 2022

Chimal n










Me puse a rastrear las veces que aparece "Chimal" en el blog y perdí la cuenta. Está por todos lados. Es una especie de hilo conductor que atraviesa los tiempos y espacios de mi vida.

Cuando pienso en la posibilidad de descansar y desconectarme del mundanal ruido, lo primero que me viene a la cabeza es Chimal: pasar unos días junto a mi comadre María Eugenia. (Le agradezco que esté siempre dispuesta a recibirme.)

Chimal es el mismo cada vez y cada vez es diferente. Hay una continuidad de calidez, de cariño, de pláticas, de continentales. A veces hay tlacoyos de doña Chilola y otras veces, no. A veces hay flores de  manzano y peral, alguna magnolia o minúsculas flores de trébol ("la pura sutileza", que mi camarita rosa magnifica). Casi siempre hay rosas color rosa pálido y margaritas amarillas, aunque a veces les toca poda y parece que no volverán nunca. Pero siempre vuelven. Hubo pasto hace años y parece que volverá a haberlo pronto. Hay pollas (gallinas, pues)  y uno o dos gallos. Ya no está la Chara, la perra consentida. Pero está Cleopatra (Cleo para los cuates), la mamá de mi Khandro. A veces hay noche de Netflix. Otras, cartas hasta la madrugada, hasta la mano de 30.

Hay huevos rancheros (o divorciados) y sopa de fideo a la María Eugenia, que es como la hacía también mi abuela María Luisa. Huevos recién puestos, aunque las pollas últimamente no estén poniendo mucho (y sigan comiendo igual). Y golondrinas. Que vuelven cada año y anidan y ponen huevos y los empollan y luego alimentan y cuidan a sus crías hasta que emprenden el vuelo, siempre en pareja, . Se inquietan cuando la Cleo merodea cerca de sus nidos. 

A veces hay idas a Amecameca (al banco, por un comal o a entregar un regalo) o a Ozumba (al mercado, por fruta o por ropa interior de algodón) o a Cuautla (por tequila, por una pastilla para la migraña, o hace mucho, a una clase de chi kung). O en el propio pueblo por yogur artesanal sin azúcar, que luego resulta que tiene azúcar. Y hay, siempre, fotos, muchas fotos. 

A veces de alguna flor que nunca había visto antes y que aparece como bañada por una lluvia de luz.



martes, 31 de mayo de 2022

.carta. .dulce.

Tomó el trozo de papel con las manos aún pegajosas por la cajeta que se había robado de la alacena secreta de su mamá. Necesitaba algo dulce después de la comida, sobre todo los días en que su madre no volvía del trabajo para comer con ella después de la escuela.

Sabía que a su mamá le gustaban las cosas limpias, pero no tenía tiempo de lavarse las manos antes de escribirle o dibujarle esta carta. Quería dársela en cuanto cruzara el umbral de la puerta de casa.

Entonces se dio cuenta que sus dedos habían dejado un rastro de huellas color café en algunos puntos del papel y decidió que el efecto sería mejor si completaba el camino. Así que se puso manos a la obra con los dedos de ambas manos, después de tocar con suavidad la superficie lustrosa del tarro de cajeta.

Dejó que sus dedos bailaran, corretearan y jugaran a las traes, incluso que se besaran sobre el papel. Y se sorprendió cuando empezó a surgir la imagen de una mariposa hecha de huellas digitales de azúcar y leche: Una mariposa con alas en forma de corazón que cantaba: Te quiero, te quiero mucho, mamá. Y que pedía: Quiéreme de vuelta tú también, mamá, aunque no me haya lavado las manos. Quiéreme de vuelta, aunque parezca más una polilla que una mariposa.


jueves, 26 de mayo de 2022

Amistad 25

Macu y yo nos conocimos hace 13 años, me dijo ella. Hace sentido. Santiago tendría unos 13 años de edad y llevaríamos unos 4 años de vivir en La Arboleda. No obstante, a mí me parece que Macu y yo nos conocemos hace mucho más tiempo.

Será por la afinidad inmediata y profunda y sutil que sucedió en ese primer encuentro en mi casa, adonde vino acompañada de su pareja, que era mi amiga. Era cerca de navidad o de reyes. Yo le tenía un regalo: una agenda con fotos de caballos. Resulta que los caballos son parte esencial de su vida. Yo no lo sabía.

La había escuchado cantar en alguna grabación que me compartió mi amiga, que era su pareja. Y en mi casa, cantó en vivo. Yo creo que traía su guitarra. (Creo que siempre  trae su guitarra.) Fue conmovedor. Nació entonces una conexión que se extendería en el tiempo hasta hoy. Ninguna lo sabía.

La relación con la amiga que me presentó a Macu terminó unos años después, así como la que Macu tuvo con ella. Yo seguía escuchando los dos discos que tenía, compartiendo su música con mi hijo y usándola como base para ejercicios de escritura con mis alumnes de secundaria. Pero de ella no supe nada más, hasta que un buen día, hace casi 8 años, nos volvimos a encontrar en el centro de Cuernavaca, donde yo estuve trabajando como traductora en un evento que organizaba un nuevo y claro amor de Macu. Para ese momento, además, yo estaba terminando una relación romántica, de esas con Atlántico de por medio, cuya banda sonora original incluyó varias de sus canciones. No me acuerdo si en esa ocasión se lo conté. Probablemente fue después.

Tras ese encuentro, reconectamos sobre todo de modo virtual. Yo la seguía en diferentes medios (feisbuc, youtube, blogs, etc.) e intercambiábamos algún que otro comentario, sobre todo sobre sus canciones, las de siempre y las nuevas. Mi condición de fan se mantenía inquebrantable y el hilo tenue que nos unía, también.

Entonces llegó el 2019, cuando nadie se imaginaba que el mundo estaba a nada de cambiar tanto. Me fui a España a hacer una maestría en escritura creativa y seguía siguiendo a Macu. En plena pandemia, tuvo un concierto en línea pero en vivo, y yo la seguí entusiasmada. Chateamos, en vivo también, durante su presentación, sobre todo a propósito de una canción vieja a la que le había puesto música nueva y que me encantó.

Y cuando se empezaron a levantar las restricciones del coronaconfinamiento, quedamos en reunirnos en persona, ahora de su lado del charco. Nos tomamos unas cervezas. Y platicábamos. Nos dimos unos regalitos. Y platicábamos. Caminamos. Y platicábamos, poniéndonos al día de la vida y volviendo a visitar aquella relación, de amistad para mí/de pareja para ella, que tanto nos marcó en su momento, pero de la cual ambas habíamos logrado sanar.

Así se refrendó la conexión, cuyo eslabón más reciente ha tenido que ver con la publicación de su nuevo disco, "Tu nombre". Me emocionó formar de la campaña de mecenazgo que hizo realidad su sueño y asistir virtualmente al concierto en Madrid donde presentó el material. Y aunque llevo escuchando el disco digitalmente desde hace varios meses, la súper cereza del pastel llegó hace una semana: Un paquete postal (uno de mis mayores gustos en este mundo digitalizado), con mi nombre manuscrito, y una multitud de regalos, además del disco físico, que quedó preciosísimo. Escucharlo, a la antigua, en un aparato de sonido es lo más. 



¡Gracias, Macu, por tu música, tus canciones, tu cariño, tu cuidado, tu amistad!

(Nos queda pendiente una presentación en México, con más chelas y más plática.)



domingo, 22 de mayo de 2022

Venecia

Yo de Venecia recuerdo las sábanas húmedas del hotel. Y poco más. 

Recuerdo que más que hotel era una "locanda", italiano para "posada". Teníamos un cuarto solas, la amiga con la que viajaba y yo (ambas de 20 años, los míos casi recién cumplidos), y hasta ese momento acostumbradas a hostales con habitaciones compartidas. (En una de ellas, nos convencieron de aceptar a un "bambino" en el cuarto, que resultó ser el esposo más que adulto de una mujer americana; por fortuna, muy decentes los dos).

No recuerdo si mi amiga y yo compartíamos cama o cada quien tenía la suya. Recuerdo con total nitidez, como si mi piel lo volviera a sentir, cómo, al meternos entre las sábanas, se sentían mojadas. Como si hubieran tendido las camas con ropa que no se había terminado de secar. Me dio (nos dio, quizá) repelús; concluimos que se debía a la humedad de la ciudad, que se mete por todos lados. 

Recuerdo que compramos fruta para el desayuno y la comimos caminando por la calle, que ahorramos durante un par de días, por lo menos, para podernos comprar un helado que, desde cualquier perspectiva, transgredía nuestro presupuesto. Y lo logramos: cada una con un cono enorme y con dos bolas de sabores inimaginables. Y nos posamos en uno de los famosos puentes (¿el de los suspiros?) a disfrutar de nuestro premio, hasta que se acercó un hombre de aspecto intimidante y le dijo a mi amiga algo como "Poquitino gelato?", señalando su cono. Ella, estupefacta, le extendió el brazo. Él tomó el cono, le dio un par de lametones e intentó devolvérselo, pero ella no lo permitió. Entonces él se fue feliz, helado en mano. Y yo me quedé con el mío, sin poder seguir lamiéndolo. No recuerdo qué pasó después. Quizá compartimos el helado restante. Quizá mi amiga me dijo que así era la vida y me acabara el mío. Quizá. 

Y ahí terminan los recuerdos de Venecia. Destellos de la Plaza de San Marcos. Destellos de góndolas. Ninguna otra imagen clara. Y queda esta foto de alguno de los canales, que conservo enmarcada y colgada en el comedor de mi casa, producto de la vieja Kodak Retinette de mi papá y con el efecto ojo de pescado de mi camarita rosa actual:




lunes, 16 de mayo de 2022

De exageraciones, eclipses y Shakyamuni

Anoche me iba a la cama, tras ver el antepenúltimo capítulo de This Is Us (y llorar, claro). Volví al estudio por un cojín y un brillo rojo se me quedó en el rabillo del ojo. Entonces dirigí mi mirada y mi atención a la ventana. Y ahí estaba: una esfera roja sombreada, en medio del cielo anochecido. Recordé que por estos días habría eclipse. Y ahí estaba: la luna saliendo de la sombra que la tierra proyectó sobre ella, en modo "luna de sangre". En modo luna llena recordando/celebrando el nacimiento, la iluminación y el parinirvana de Buda Shakyamuni.

Y fui entonces, cómo no, por la camarita rosa. No tiene un gran alcance para las grandes distancias, pero se defiende. Y por ahí podrían decir que de pronto exagera (2. tr. Decirrepresentar o hacer algo traspasando los límites de lo verdaderonaturalordinario, justo o conveniente.) porque la sangre que fotografió se ve más roja de lo que yo la veía anoche:




O quizás, no. Ya no lo sé. Eso sí, lo que más me impresiona de la luna de sangre es poder percibir con total claridad que nuestro satélite es, en efecto, un cuerpo con volumen y con tres dimensiones que flota en el espacio. Casi increíble. Como el camino que Sidarta Gautama recorrió hasta encontrarse con su propia naturaleza ahí donde estaba, dentro de sí, y que luego, con total gentileza, compartió con nosotros, para que lo podamos recorrer también. ¡Gracias, Buda!


martes, 10 de mayo de 2022

Mother's Day

 


Hace unos días, iba yo de salida del condominio a encontrarme con mi hijo cuando divisé a estos dos seres a la orilla de la alberca. Una zanata seguro, la figura parda y esbelta de la derecha y, con sorpresa y gusto, me di cuenta de que a su lado, la figura rechoncha y despistada, estaba su polluelo. Y, claro, de inmediato saqué mi camarita rosa. En la imagen que ella recogió, parece que ambos miran, como a la espera de algo, de alguien. En la escena en vivo, el polluelo se movía torpemente y la madre parecía ayudarlo a  pararse sobre sus dos patas y a orientarse en el mundo

Y eso nos toca como mamás. Ayudar a los hijos a pararse sobre sus dos pies, orientarse,  y luego, emprender el vuelo. Como hicieron con nosotras, más o menos. En el camino de acompañar, yo por lo menos me he perdido varias veces y me he encontrado tantas otras. Maternar ha sido la tarea más desafiante a la que me he enfrentado en toda mi vida y, aun con dudas, hoy reconozco que lo he hecho suficientemente bien (como diría Winnicott), a pesar de que mi modelo de maternaje tuvo muchas carencias, fruto de la orfandad temprana de mi propia madre.

Ver a la zanata con su polluelo me conmovió. Y recordé cómo las enseñanzas budistas suelen aludir al amor materno como ejemplo de amor incondicional. Quizá no siempre lo sea tal cual, pero sin duda es una de las vías que nos han traído a la vida. Y para mí, ha sido, además, una vía para sanar mis propias heridas.

Así que hoy me celebro, y celebro a mi mamá, y celebro a mi hijo y nos celebros a todos los seres que, a lo largo de vida incontables, hemos sido madres e hijos e hijas, unas de otros.


sábado, 7 de mayo de 2022

Invitada: Pema Chödrön

 

El movimiento natural de la vida

La fuente de nuestra desazón es el anhelo inalcanzable de una certeza y una seguridad duraderas, de algo sólido a lo cual aferrarnos. Inconscientemente, creemos que si tan solo pudiéramos obtener el trabajo adecuado, la pareja adecuada, ese algo adecuado, nuestras vidas irían sobre ruedas. Cuando sucede cualquier cosa inesperada o que no nos gusta, pensamos que algo ha salido mal. Creo que esto no es una exageración de dónde nos encontramos. Incluso al nivel más mundano, nos sentimos tan fácilmente provocados: alguien se nos cuela adelante, tenemos alergias estacionales, nuestro restorán favorito está cerrado cuando llegamos a cenar. Nunca se nos alienta a experimentar el ir y venir de nuestros estados de ánimo, de nuestra salud, del clima, de los eventos externos —agradables y desagradables— en su plenitud. En cambio, permanecemos atrapados en un compás de espera, temeroso y angosto, para evitar cualquier dolor y continuamente buscar comodidad. Este es el dilema universal. 




Fragmento tomado de este libro
Traducción al español del fragmento e imagen, mías.

jueves, 5 de mayo de 2022

De Celeste y mis papás

 















Hoy mis papás cumplirían 60 años de casados (aquí los celebraba hace 9 años, con fotos y todo). Y yo hace un mes cumplía 59 años de vida, pero fue un cumpleaños raro, marcado por una pérdida, y como que se me quedó de algún modo pendiente. Había pensado en hablar de Celeste, cuya foto aparece aquí al lado y contar cómo ella fue mi regalo cuando cumplí 20, allá por 1993. Sí, hace 39 años. (cómo se pasa la vida, que dicen por ahí.) Y entonces lo cuento hoy, a mis 59 años y un mes.

Celeste era la esposa de Babar, protagonista de una serie de cuentos franceses que fueron muy populares el siglo pasado y que, de hecho, a principios de este seguían por ahí en forma de serie televisiva. Mi mamá tenía 2 libros (creo) con las aventuras del elefante, desde la muerte de su mamá a manos de un cazados, hasta su paso por París, donde lo adopta una anciana, y su vuelta a la selva para convertirse en rey. Yo creo que eran las ediciones originales que ella tuvo de niña. Estaban en francés, eran enormes, de tapas de tela de color (quizá rojo uno y verde o azul el otro) ya un poco raído, y con unas ilustraciones preciosas. Mi mamá nos los leía a mí y a mi hermano. Yo amaba a Babar y a Celeste. Y amaba que mi mamá nos los leyera.

Años después, estuve de visita en París, justo antes de mi cumpleaños con mi entonces amiga Jessica. Un día vagábamos por alguna parte de la ciudad cuando yo descubrí a Celeste en un aparador. Supongo que me enamoré de inmediato, pero seguramente adquirirla hubiera significado un atentado a mi presupuesto. Entonces, de vuelta a la casa donde nos hospedábamos (no sé si ese mismo día u otro), Jessica se bajó del metro de improviso en el entonces llamado Forum des Halles y me dijo que me veía más tarde donde Olga y Guy (nuestros anfitriones). Yo me saqué de onda, pero no tuve chance de preguntar nada. Cuando regresó, evadió cualquier pregunta sobre su escapada.
 
No me enteraría yo de lo sucedido, hasta después de nuestra llegada a Ámsterdam (nuestro siguiente destino) donde cumplí los mentados 2o años. Habíamos conseguido un cuartito minúsculo hasta arriba de una pensión (había que subir miles de escalones, todo un desafío con maletas a cuestas). Era una especie de buhardilla, de techo de dos aguas muy bajo, y 2 camas individuales con una mesita y una lámpara entre ellas. Allí, mientras yo iba al baño que estaba uno o dos pisos más abjo, mi amiga puso unas decoraciones cumpleañeras (me parece que hechas con papel de baño) y me esperó con un paquete envuelto, ya no me acuerdo cómo. Cuando lo abrí, me encontré con Celeste y fui muy muy feliz. Entonces Jessica me contó que la búsqueda del regalo fue lo que había motivado su salida intempestiva del metro y que cuando había estado ya a punto de darse por vencida porque no encontraba la tienda donde la habíamos visto, se topó con Celeste. Lo que es capaz de hacer una amiga por otra.

La elefantita me acompañó el resto de ese viaje y ha seguido conmigo hasta el día de hoy. Cómo hay cosas que duran más de lo esperado, mientras que otras se acaban sin que sepamos por qué. Tengo la impresión de que la piel de Celeste era más gris de lo que se ve ahora y que perdió algo de color en una visita a la tintorería. Pero salvo ese detalle, se ha conservado muy bien. Ahora vive en una mesa escritorio color verde brillante en mi cuarto, acompañada por 2 Salustias, otras muñecas de trapo aún más antiguas (esas deben haber superado ya los 5o años).

Y bueno, hoy mis papás cumplirían 60 años de casados y los festejo indirectamente, que si no se hubieran casado, ni yo ni Celeste ni las Salustias andaríamos por estos lares. 




viernes, 29 de abril de 2022

De colchones y el paso de la vida

La Academia define "colchón" como una  1. m. Pieza rectangular de un material blando o elástico que se coloca sobre la armazón de la cama o sobre otro soporte para tumbarse en ella.

y curiosamente indica que viene de la palabra "colcha", que a su vez es una 1. f. Cobertura de cama que sirve de adorno y abrigo.

Y una se pregunta qué fue primero, como en aquello del huevo y la gallina. 

También consigna 3 acepciones más que van de lo más concreto a lo más abstracto y que copio aquí por puro gusto:

2. m. Capa de materia blanda que cubre una superficieUn colchón de hojas.

3. m. Cosa que sirve para aliviar una situación difícilEncontró una excusa que le sirvió de colchón.

4. m. Margen favorable en algoEl equipo cuenta con un colchón de tres puntos.

Y un colchón es tanto más que esto. Es un repositorio de la vida misma. Una compañía fiel de la que casi ni nos damos cuenta. Un apoyo que damos por sentado sin reparar apenas en él. 

El primer colchón que recuerdo fue el que me acompañó cuando dejé la casa paterna a los 22 años. No sé si fue el mismo desde que empecé a usar una cama individual que había sido de mi mamá. Antes de aquello hubo una cuna, que cuentan que yo hacía caminar por el cuarto al mecerme sentada dentro de ella.

Aquella primera cama estaba acompañada de un buró y de un chifonier y tenía, creo, una gemela, con la cual se reunió en el "castillo" que mi papá construyó en Chimal. No sé de qué color serían los muebles cuando mi mamá fue niña, para a mí me los pintaron de blanco y dorado, el segundo para las flores tallados que adornaban el mueble. La cama tenía, además de la base, una piecera y una cabecera, en los mismos colores, claro.

Cuando me fui de casa de mis papás, después de haberme escapado a Cancún a ver a mi novio hindú poco después del terremoto del 85, me dejaron llevarme el colchón, además de mi ropa, unos libros y un huacal pequeño, pintado de rojo, que aún conservo. Mi primera parada fue la casa de Natasha, en Coyoacán.

Aún recuerdo con total nitidez a mi papá cargando el colchón por la angosta escalera del edificio hasta el tercer piso. En el trayecto golpeó y rompió una lámpara de un pasillo, no sé si más por torpeza o por angustia. Ni siquiera entiendo por qué se ofreció a cargarlo y a ayudar con la mudanza, después de que por segunda vez me había yo marchado de casa tras ser tildada de "puta". Ya no habría una tercera.

No sé exactamente cuánto tiempo pasé en Coyoacán, unos meses si acaso. De ahí me mudé a la casa adonde se había ido mi prima Marisa después del terremoto, en Copilco, pegadita a la UNAM. Y me llevé mi colchón. También una cobija de lana a cuadros cafés, unos más claros y otros más oscuros, y con líneas amarillas. Y un tigre de tela que vivía sobre la cama y cuyo nombre, que seguramente tenía, he olvidado. El huacalito rojo seguía haciendo las veces de buró.

Mi siguiente parada, muy corta y yo creo que sin muebles propios, fue en casa de mi primo Jose. Él y su familia me acogieron mientras quedaba listo el departamentito de la calle de Petén que (me) compraron mis papás y en donde viviría los siguiente 5 años. Ese espacio tenía una recámara pequeña, con un baño pequeño y un pasillo minúsculo donde estaba el clóset. Y tenía también una estancia pequeña, donde logré acomodar una sala y un comedor mínimos, y una cocina muy angosta donde cabía solo una persona. 

Y mi colchón individual ocupó su lugar sobre la alfombra de la recámara, una de esas que llamaban de nudos, de color gris oscuro. Mi tía Olga siempre me dijo que tener el colchón así era una mala idea si quería tener un novio serio. Un par de parejas fueron y vinieron, sin problema aparente con la cama sin base. Y después empecé a salir con quien se convertiría en mi marido. El colchón no pareció suponer un problema para él tampoco. 

Después de un par de meses, más o menos, desmontamos el departamento de Petén y me mudé a su casa. Él disponía de una cama matrimonial, con su colchón correspondiente, que se convirtió en nuestra cama. Había un armario a juego; ambos se los había dejado en resguardo un amigo muy cercano. Supongo que mi colchón habrá quedado en otra de las recámaras, que durante una época acogió a una sobrina mía que estuvo de visita, pero en realidad fue en ese momento cuando lo perdí de vista. 

Después de un tiempo, dejamos esa casa y esa cama y nos mudamos temporalmente al "castillo plano" que mi papá había construido en Chimal, en las faldas del Popo. Y compramos nuestro primer colchón. En realidad era un futón (o sea, carecía de resortes) y era tamaño queen. Supongo que queríamos un poco más de espacio personal en el lecho compartido. Durante la estancia en esa casa, también descansó directamente sobre la alfombra de la habitación principal.

Cuando nos mudamos a Cuernavaca y rentamos un búngalo, finalmente compramos una base de madera para el futón, de esas con tablas gruesas pegadas unas a otras y 4 cajones laterales. Fue en esa cama donde nació Santiago, ahí, en casa, en unas sábanas color lila tamaño king que me había regalado mi tía Marisa, un reciclado de su propia cama,  y que solo hasta hace unos meses acabé por desechar.

El futón y su base nos siguieron acompañando en dos casas más que compartimos Adrián y yo. Seis años después vino el divorcio y entonces la cama se vino conmigo. Ya él tenía su propia cama individual desde la época cuando separamos el lecho matrimonial. 

Primero llegamos, la cama y yo y mis otros muebles, a otro búngalo que renté en el viejo y querido Ocotepec, donde recuerdo que tenía unos clósets portátiles, hechos de tiras grandes de plástico transparente montadas sobre un armazón de tubos de plástico blanco y cierres. Los había comprado en el Sam's con la tarjeta o la compañía de una amiga.

Tres años más tarde, más o menos, nos volvimos a mudar al departamento donde llevo viviendo ya la friolera de 17 años. El futón y su base se instalaron en el dormitorio principal, el mío, que en alguna época fue "la alcoba de la luz anaranjada". O sea, que haciendo cuentas, el mentado futón había estado conmigo durante casi 30 años, quizás 29. Y la verdad es que ya se había puesto muy duro. En los primeros tiempos lo volteábamos cada tanto, pero era muy pesado, así que luego ya se quedó de un solo lado. Se le había empezado a abrir la tela y tenía esos mapas que le vida se encarga de dejar en los colchones. Y, sobre todo, ya no me dejaba descansar bien.

Así que hará cosa de unas semanas, y por segunda vez en mi vida, aunque esta vez sin cómplice, me compré un colchón nuevo, un sealy posturopédico, duro porque así me gustan y le hace bien a mi espalda. Y creo que, en efecto, he dormido mejor. Sobre todo he tenido unos sueños intensísimos: de amores pasados, de mentiras pasadas, de amistades extrañadas. Y la muy peculiar sensación, cuando me bajo de la cama, de que sigo en un sitio más alto de lo normal, porque el colchón nuevo es bastante más grueso que el anterior y me hace sentir que veo el mundo desde arriba.

Cuando vinieron a entregarlo, fue todo tan rápido que ni tiempo tuve de despedirme del viejo futón y agradecerle su compañía y su lealtad de tantos años. Su contención durante el parto y su contención para algunos encuentros amorosos a lo largo de los años. Quién sabe qué o a quién  acogerá el nuevo sealy posturopédico. Lo que es casi seguro es que en esta vida yo no volveré a comprar otro colchón  y como este es de color azul muy oscuro, quizás los mapas que quedan por dibujar ya no serán tan evidentes.