viernes, 25 de septiembre de 2020

Invitada: Pema Chödrön


 Más allá de nuestra zona de confort

Es tan solo en la medida en que estamos dispuestos a enfrentar nuestros propios sentimientos que en realidad podemos ayudar a los demás. Así que hacemos un compromiso de que, para el resto de nuestras vidas, nos entrenaremos en liberarnos de la tiranía de nuestra propia tendencia a reaccionar, nuestros propios mecanismos de supervivencia, nuestras propias propensiones a engancharnos. 








Fuente aquí. / Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 24 de septiembre de 2020

cuatro/10










Yo creo que fue con esta pelìcula con la que me convertì oficialmente en cinèfila. Estarìa entrando en la pubertad, calculo, cuando mis padres nos llevaron (supongo que tambièn irìa mi hermano y con seguridad nos acompañaba mi tìa Olga) al cine Plaza, que era enorme (antes de que lo convirtieran en multicinemas) a ver esta superproducciòn de David O. Selznick, basada en la novela de Margaret Mitchell y dirigida por Victor Fleming. Me recuerdo a mì misma, màs niña que adolescente, con la mirada totalmente enganchada a la pantalla; el cuerpo, inmòvil,  y mi psique, presa de las emociones suscitadas por la cinta. No llorè durante la funciòn, lo cual es raro,  porque estaba demasiado concentrada (sin necesidad, en realidad) en leer los subtìtulos, que me resultaban muy pequeños. Pero al salir, rompì en llanto y no pude parar durante un buen rato. Serìa la conciencia de que el amor tampoco era la respuesta. 

A partir de ese momento me enamorè de Clark Gable y me obsesionè con Vivien Leigh. Me regalaron libros sobre ellos y sobre la peli, aunque nunca leì la novela original. Compartì mi aficiòn con una amiga, que para una presentaciòn con diapositivas que tuvimos que hacer en la escuela, eligiò hablar de todo cuanto tuviera que ver con la realizaciòn del film, aunque yo para entonces ya estaba màs interesada en el golpe militar que habìa derrocado a Salvador Allende en Chile, y optè por entrar a ver un trabajo sobre este tema y no el de mi amiga. 

Ya no recuerdo si he vuelto a ver o no Lo que el viento se llevò. Quizàs algùn fragmento en la tele, pero sì que me apetece hacerlo, ya sin la ilusiòn de que  Rhett se quede con Scarlett. Que ella ya se las arregla muy bien sola.


miércoles, 23 de septiembre de 2020

Otoño 9









Mi primera entrada "oficial" sobre esta estación data del 24 de octubre del 2011, casi a dos años del nacimiento de este blog, y la más reciente es del 23 de septiembre de 2018, hace justo dos años. En muchos otros textos se ha colado también el otoño de forma más o menos evidente.

Esta es la primera vez que lo recibo de este lado del Atlántico y aunque el calendario y google decían que empezaba ayer, yo tengo asociado su inicio con esta fecha, que seguramente memoricé en la escuela hace mucha tiempo.

Esta vez lo recibo en Barcelona (of all places) y descubro que en catalán el otoño es ella: la tardor, que suena como en castellano "tardó" porque en catalán las erres finales no se pronuncian. Quizá sea su carácter femenino el que suavice su entrada. O soy yo la que se toma las cosas menos a la tremenda.

Hice un recorrido por mis entradas entre el 2011 y el 2018 y lo que más destaca son las flores silvestres, por un lado, y las gripas y tristezas, por el otro. Este año por fortuna, lo recibo sana y noto su presencia (la de ella) en señales nuevas: las hojas que empiezan a caer y a tapizar las banquetas (aceras que les dicen acá) y de las que hay que cuidarse para no resbalar, sobre todo cuando están húmedas; los cambios de temperatura que no acaban de estabilizarse, aunque en general tienden a la baja; las lluvias, que dice Joana que son propias de septiembre, y que te agarran en el momento menos esperado (paseando por el centro o justo después de tender la ropa); el cambio en la manera de vestir, que se nota en la gente en la calle, donde todavía hay quien va de verano (con tirantes y shorts), mientras que otros ya sacaron las chaquetas y los pantalones largos; el cambio en los aparadores, que en realidad empezó antes con carácter premonitorio, aunque aún quedan algunas "rebaixes" de la estación anterior.

Y la luz cambia y los planes también. Ya no es momento de ir a la playa, aunque como me dijo Joana, el Mediterráneo seguirá ahí si yo me quiero meter. Y el ritmo de la vida es otro. Ya no hay piscina. Los niños volvieron al cole (con todo y sus mascarillas). Y los mayores ya van súper de prisa en su "nueva" normalidad. Las persianas se quedan subidas, porque ya no hay que protegerse del calor y las ventanas, entrecerradas por si llueve. El aire acondicionado entra en hibernación y oscurece cada día más temprano. (Parece hace tanto que la luz llegaba hasta las 10 de la noche.)

Otra constante de mis descripciones otoñales en Cuernavaca ha sido la referencia al hecho de que los árboles en mi tierra no cambian de color. Acá, sí, pero aún no se nota. Quedo a la espera. 

Y las comidas cambian también: el gazpacho se despide y da paso a  las sopas calientitas. Menos ensaladas y más guisos, de vista al invierno, que es mucho más frío que los míos. Y acá la cercanía de los muertos es mucho menos marcada que en México. Tampoco hay cruces de pericón para proteger las casas y los coches.

En Barcelona, la llegada del otoño coincide, además, con las fiestas de la Mercè, que este año, como todo lo demás, estarán sometidas a las restricciones que impone el coronavirus. Anoche, mientras ponía la mesa para cenar, un raudal de música clásica entraba por la ventana del comedor. Venía del ensayo de la Banda Municipal de Barcelona que se preparaba para su función del viernes en la Plaça Major de Nou Barris.

Así la llegada de la tardor este 2020. Seguro que traerá más sopresas. 



domingo, 20 de septiembre de 2020

Autorretratos barceloneses 1 & 2

Una de las maneras de buscarme que más me gusta es en las imágenes que mi cuerpo proyecta, sobre todo en el piso, cuando intercepta los rayos del sol.  Me hice consciente de mis sombras hace mucho y mis camaritas rosas se hicieron cómplices de la búsqueda. A veces son imágenes completas, a veces fragmentarias; a veces en soledad, otras en compañía. Eso sí, siempre son diferentes —no puede haber dos sombras iguales, aunque sean propias— y uno de los elementos determinantes es la posición del sol en el cielo cuando aprieto el botón de la cámara. Eso sí, siempre está el alivio de no tener que preocuparme por los rasgos de mi rostro ni la forma en que me queda el pelo.

A medio día, por ejemplo, la imagen proyectada coincide más con la silueta que me devuelve el espejo. Es más definida.  Como en esta sombra que tomé hace unos días cuando salí a hacer algunos mandados por el barrio. Aparece incluso uno de los dos changos que cuelgan de mi bolsa de mano y mis sandalias de verdad.




En cambio, hace unas semanas salí de tarde, cerca del ocaso, a pasear con Joana. Subimos calle arriba hasta alcanzar el extremo más alto del Parque Central de Nou Barris y luego empezamos a bajar. Y en un puente de madera que pasa por encima de una calle evitando que se interrumpa el parque, me vi, mucho más larga de lo que soy. Y me fotografié. Con la conciencia de que

nunca somos tan altos como cuando se pone el sol



jueves, 17 de septiembre de 2020

Invitada: Jetsunma Tenzin Palmo


Tenemos que perdonarnos a nosotros mismos. Todos hemos cometido errores y hemos actuado estúpidamente. ¿Y qué? Somos seres humanos. Si fuéramos perfectos, entonces no necesitaríamos un camino, puesto que ya habríamos llegado. Es porque tenemos problemas, porque tenemos defectos, porque hemos cometido errores estúpidos que necesitamos un camino. Así que a medida que nos aceptamos, podemos abrirnos y perdonar a los demás. Podemos empezar haciendo amistad con nosotros mismos, siendo un poco más tolerantes con nosotros y eso nos ayudará a ser más amigables y más tolerantes con los demás. 


un día de lluvia en el Parc Güell





















Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

martes, 15 de septiembre de 2020

s o n i d o


Del lat. sonĭtus, infl. en su acentuación por ruido, chirrido, rugido, etc.
1. m. Sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico, como el aire.

O sea que, para que un sonido lo sea, alguien tiene que escucharlo. A un ruido le pasa igual, porque es solo un sonido inarticulado (lo que sea que eso quiera decir) y por lo general desagradable (según la propia subjetividad, claro).
Desde que dejé mi casa en Cuernavaca, los sonidos y los ruidos han adquirido una relevancia particular, porque constituyen una parte esencial de los entornos nuevos en los que me voy encontrando. Los de Madrid, en particular los del piso del confinamiento, los abordé de forma más o menos aleatoria en mis escritos de entonces. En Barcelona, he prestado una atención más ordenada a estos elementos que conforman mis hogares transitorios.

Aquí una selección de los ruidos y sonidos a los que me he familiarizado en la ciudad condal y que me hacen sentir en casa:

  • las pelotas de pádel (o tenis) que rebotan en las raquetas o en el piso de las canchas que están más allá de la piscina (a veces se mezclan con algún grito de victoria o frustración)
  • el alboroto en la piscina (agua, chapuzones, gritos, brazadas, patadas, agua), que hoy está en su segundo día de ausencia (la piscina tuvo su último día de verano antier y permanecerá cerrada hasta el próximo año)
  • el chirrido espeluznante de las cuerdas de donde se tiende la ropa a lo alto y lo ancho del patio interior del edificio donde vivo, o más bien, de las ruedas que las hacen girar, imposibles de lubricar, pues la grasa se quedaría en las propios cuerdas y de ahí pasaría a la ropa limpia
  • el soplador de hojas, aparato endemoniado (además del ruido infernal que hace, contamina un montón) que me persigue por donde quiera que vaya: Cuernavaca, Madrid, Barcelona,  y yo que pensaba que era un signo del tercer mundo
  • los graznidos de los cotorros, que también han tomado Barcelona, creo que antes de que hicieran lo mismo con Madrid (del piso donde vivo se oyen lejos, pero permean muchos de los paseos por las calles barcelonesas)

Y luego están los otros, más íntimos, que acaban de colorear este hogar. 
Y en el fondo de mi mente, puedo escuchar los sonidos de mi hogar del otro lado del mar, aunque no haya medio elástico que me los pueda hacer llegar hasta acá. 

sábado, 12 de septiembre de 2020

en Barcelona 4


En alguna lista que compartí hace varios años en este blog sobre los lugares a los que me gustaría ir o volver (y alguno al que no regresaría ni pagada), estoy casi segura de que aparecía el Parque Güell. (La herramienta de blogger para buscar no me permite indagar tan atrás y manualmente no pude encontrarla).

Este parque, diseñado por Antoni Gaudí como parte de una urbanización que no prosperó, lo conocí hace 40 años y lo volví a visitar tres años después. En aquella época no había que pagar para entrar (ni llevar mascarilla en la visita). En aquella época me acompañó mi prima María Delia, y en la segunda ocasión, venía también mi amiga Jessica. 


En aquella época era yo una adolescente. En algún lugar de mi casa en Cuernavaca debe andar una foto mía en los bancos de la gran terraza del parque. Me veo con unos pantalones de pana azul, una blusa mexicana bordada y unos mocasines de cuero café claro. Tenía el pelo largo y lo llevaba recogido en una cola de caballo. Había cumplido 17 años hacía unos cuantos meses.

Hoy la vida es otra.


Vuelvo por tercera vez al Parque Güell. A los 57 años, con más vida por detrás que por delante. Acompañada de un amigo que alguna vez fue más que eso y que hoy no es menos. Descubro que el sitio es mucho más grande de lo que yo pensaba. Llueve y casi no hay gente. Se ve precioso, adornado de gotas, sobre los trozos de mosaicos, colgando de las ramas, de las flores y de las hojas. Voy sin mascarilla y nadie me dice nada.



toda Barcelona desde la terraza del parque:
la Sagrada Familia, el Puerto Olímpico, el Mediterráneo



Gaudí en todo su esplendor

más Gaudí, siempre Gaudí


Ojalá todo fuera como volver al Parque Güell.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Verano 5, el final











Estoy casi por cumplir un año de este lado del mundo (increíble, pero cierto) y entre lo más sorprendente sigue siendo, sin duda, el cambio de las estaciones.

Aquí el verano se acaba de un día para otro, casi como por decreto. Un buen día vas caminando por la calle, es finales de agosto, el calor sigue siendo casi infernal, y ves una hoja que cae desde las alturas de su árbol, hacia el suelo, haciendo más o menos piruetas, hasta que aterriza con toda suavidad: Ya está, empezó el otoño (lo sabes, intuitivamente, no hay más).

El síntoma no viene solo. Casi de un día para otro, dejas de encender el aire acondicionado, primero en la noche, después también durante el día. Empiezas a dudar si ir a la piscina, pues debido a esas lluvias que anuncian el otoño, el agua ya se ha empezado a enfriar, aunque varias personas, sobre todo niños, aún no se den por vencidos.

Las temperaturas empiezan a oscilar bastante y se van quedando más hacia la baja, incluso 10 grados con respecto a ayer o antier. Igual algunos días suben de nuevo y vuelves a encender el aire, pero es solo una llamarada de petate, como decimos en México.

En el feisbuc, tus amigos empiezan a publicar fotos despidiéndose del verano, del estiu en catalán. Por las mañanas fluctúas entre vestirte de verano con chaqueta y un chal más o menos delgado, o empezar a usar alguna prenda de manga larga. También te preguntas si será prudente meter un paraguas en el bolso.

Ese verano abrasador, que habías vivido hace 40 años pero en realidad no recordabas, se acaba, casi sin previo aviso. Se habla de normalidad (de la nueva, claro), de la vuelta al cole (más o menos), al trabajo (no hay de otra) y alguna conocida del feisbuc describe septiembre como un mes habitable, vivible, amigo. Confías en que así sea también para ti (el primero que pasarás de este lado del mundo)

Aún le robas un día a la estación entrante y te marchas a la playa. El mar, delicioso; el sol, súper caliente; la playa, atestada (¿distancia de seguridad?, te preguntas). En el agua, te pica una medusa (¿pican las medusas?): es un latigazo instantáneo (que luego arde y deja una marca roja —que te recomendaron cubrir con arena—, pero no dura mucho).


Así es el final del verano, como un latigazo de despedida.
Las sombrillas se cierran y se guardan.
Se lavan los bañadores (trajes de baño) y se guardan para la próxima temporada. 
Cambian las rutinas.
Hay nostalgia y alivio a la vez.
E incertidumbre, claro, esa no se va con el verano.
Es la naturaleza misma del mundo en que vivimos, aunque todavía nos cueste aceptarlo.





jueves, 3 de septiembre de 2020

multiusos

multiuso

1. adj. Que puede tener varios usos.

Más claro, ni el agua. Aunque un poco parco el diccionario, eso sí. En México el adjetivo se usa, muchas veces sustantivado, para describir a quienes, como yo, ejercemos diferentes trabajos, oficios o profesiones. Y el término es más bien milusos.

Todo esto para hablar de los recipientes de vidrio en que se comercializa el yogur Danone natural. Como este: 











No recuerdo si en México los había, pero yo me enamoré de ellos en Madrid y los empecé a guardar: en la cómoda junto a mi cama, en el buró del otro lado y, cuando ya no cupieron, en los cajones del armario. Fantaseaba con encontrarles un uso, en una casa soñada, en un país soñado. Cuando me fui de Madrid, no hubo más que echar uno por uno en el contenedor de vidrio y escuchar, encogiendo los hombros, cómo se hacían añicos al chocar unos con otros y con el vidrio que ya estaba ahí.

Entonces llegué a Barcelona y volví a empezar la colección, auspiciada por mi anfitriona de acá que me consiente y me los compra. Empecé a colocarlos por su casa: en una balda de madera adosada a un librero, en la mesa-escritorio-buró que hay en mi recámara y algunos, en la cómoda del comedor, tras las puertas, junto a mis enseres de escritorio.

En este tránsito vital, he descubierto que, de hecho, los simpáticos recipientes tienen muchos usos. Aquí algunas de mis hallazgos, complementados por las ideas de algunos amigos que comparten mi afición:
  • trono transparente para mi Buda viajero (después de mi primera visita al Mediterráneo, lo coroné, además, con una piedra planísima que me pareció el asiento ideal para mi maestro)
  • taza individual para servir y tomar gazpacho (como en los restoranes más cuquis)
  • contenedor de pulseras, aretes, collares o maripositas para el pelo
  • taza medidora para hacer pastel de yogur (esto no me consta, pero Gemma me lo dijo y le creo)
  • contenedor de lápices o cubiertos (cuidando que el peso excesivo no los vuelque) o de un montón de clips, de esos que aparecen en los sitios menos esperados y que nunca encontramos cuando los necesitamos
  • depósitos de agua de colores cuando se pinta a la acuarela, como hace la Gisela con sus hijos
  • decoraciones casi abstractas, sobre todo en números impares (3 o 5, por ejemplo que, vistos desde arriba, parecerían un mandala)
  • taza para un cortado (caliente) o minivaso para agua, vino, mezcal (este fue el uso imaginado que me impulsó a guardarlos, soñando con una casa propia de este lado del mar)
  • recolector de las virutas de madera y los restos de grafito coloreado que quedan después de sacarle punta a un lápiz para iluminar
  • macetas para plantas pequeñas, que requieran poca agua
  • soporte para experimentos fotográficos (sobre todo después de haber vuelto a usarlo para servirme yogur de un recipiente más grande), como aquí:











Supongo que la lista podrá seguirse alargando, si en un ataque de algo no los llevo al contendedor de vidrio de mi calle.


lunes, 31 de agosto de 2020

tortilla de patata


De este lado del mundo queda mejor así, aunque yo en mi tierra diga tortilla de papa. Eso sí, para hacerla (aquí o allá), sigo las instrucciones precisas de mi padre, que él heredó de mi abuela, entre las que destacan algunos puntos esenciales:
  1. la papa se cuece en aceite (no se fríe)
  2. la papa hay que dejarla en el fuego hasta que empiece a deshacerse
  3. el huevo sirve solo para unir la papa, o sea, siempre hay menos huevo que papa
Y bueno, luego hay detalles. Yo la papa la tajo, no la corto, (después de pelarla, claro) y tardo horas en ambos procedimientos (es la parte que más me echa patrás cuando pienso en hacer tortilla; la otra es que se me pegue al echarla al sartén o al darle la vuelta, lo cual puede acabar en un ataque de muy mal humor) y le pongo algo de cebolla (como hacían mi abuela, mi padre y mi tía Marisa; no mucha pero algo, sí). En estos meses acá me he enterado de la pugna entre los procebolla y los anticebolla (a saber, mi amiga Ata y los gallegos o algunos, según me han dicho).

Lo que me distingue a mí es que no hago tortilla de patata con mucha frecuencia, más bien, rara es la vez. (Solía decir que la hacía cada 20 años, pero así no me salen las cuentas). Cuando me decido a hacerla, suele ir unida a una expresión de afecto por alguien. Así, recuerdo varias de las tortillas de papa que he hecho en mi vida:

  • la primera la hice en equipo con mi amiga Ángela, en casa de su madre y me imagino que bajo su supervisión, hace más de una vida
  • preparé una para mi primo Javier, hace un titipuchal de años, cuando me visitó en México y yo no quería que extrañara demasiado su casa
  • a mi marido le deben haber tocado de menos un par de ellas, aunque no las tengo tan claras
  • a Santiago, mi hijo, con seguridad le han tocado varias, además de las instrucciones para hacerla
  • a un novio, de cuyo nombre prefiero no acordarme, le tocó una espectacular (huelga decir que no supo apreciarla demasiado)
  • a mi nuera, Yaretzi, le hice una al poco tiempo de conocerla y también le compartí mis secretos

Ayer, en Barcelona, hice una también, el último domingo de agosto, al filo del final del verano.
Solo le faltó un pelín de sal.

Aquí algunos pasos del proceso:






Y me queda una deuda grande por cumplir:
la tortilla de papa que le llevo prometiendo a mi comadre Ma. Eugenia.
(Llegará, comadre, ya verá...)

domingo, 30 de agosto de 2020

Peñíscola

un lugar, varias vidas

un día nublado de agosto del 2020
(fotografía mía)








Hace 25 años visité por primera vez este destino de la costa valenciana. Había viajado a España con mi marido, que iba a exponer sus cuadros en Valencia y Barcelona. Peñíscola quedaba a medio camino entre las dos ciudades, así que supongo que por ello, y siguiendo alguna recomendación, fue que decidimos pasar allí uno o dos días. De aquella visita me queda un sabor a gozo y despreocupación. Las dos veces que hicimos el amor en una cama de un hotel de la calle principal. La locura del Papa Luna (o quizá sería cordura). Y una foto que me hizo Adrián en el castillo, con el mar y la juventud de fondo, el pelo alborotado por el viento, y un vestido rosa que me encantaba y que de este lado del mar podía usar sin sujetador. (Igual que estuve topless en la playa: impensable en México entonces.)

Hace apenas una semana, pasaba tres días otra vez en Peñíscola, destino elegido para reunirnos las amigas de Madrid y yo, desde Barcelona. (La comunidad valenciana no aparecía como foco rojo en las noticias sobre la pandemia.)

A mí, como decía Buñuel en Mi último suspiro, más que viajar, me gusta volver a los lugares donde ya he estado. Recordar. Volver a vivir. Descubrir cómo ha cambiado el sitio y cómo he cambiado yo. Veinticinco años es un cuarto de siglo y yo me convertí de joven esposa en mami chachi (1. adj. Esp. Estupendomuy buenoU. t. c. adv.), según el título que me otorgó uno de los camareros de El Pescador Ermitaño, restorán donde comimos todos los días de nuestra estancia. (Y, sí, podría ser la madre de cualquiera de las amigas del grupo...)

No es poco el cambio.

Pero el castillo del Papa Luna se mantiene y la postal que conforma al final de la playa, aparece casi igual en esta imagen de los años cincuenta que me regaló un amigo, cuyo tío era también aficionado a la fotografía:


un día indeterminado de mediados del siglo XX
(fotografía de Antonio Roselló, hermano de mi tío Pedro)





viernes, 28 de agosto de 2020

De fuente desconocida


Mi número PIN hasta el día de hoy es el cumpleaños de mi mejor amiga de segundo de primaria. Hay personas con las que ya no hablo cuyas familias siguen estando en mis oraciones. Hay camisetas que uso para dormir de exes de hace 8 años que ahora están casados y con hijos. Y no he encontrado una receta de ensalada de macarrones mejor que la de la madre de ni novio de la universidad. Nuestras vidas están hechas de tanta gente y cuando las personas se vuelven parte de nuestras vidas, algunas partes permanecen mucho después de que se hayan ido. Y exactamente de la misma forma, es reconfortante saber que hay tantas vidas de las cuales aún somos parte y no tenemos ni idea.


Caldes de Montbui









Original en inglés, aquí. Traducción al español e imagen, mías.

viernes, 21 de agosto de 2020

en Barcelona 3


Hoy vuelvo a amanecer con el sol en los pies, después de una noche en que me costó trabajo (mucho) dormirme (el calor, quizás).

Hoy despierto después de una pesadilla: mi gata, la Ñaña, tan chiquita y tan negra se había vuelto salvaje. Andaba en la calle, maltrecha, perseguida por perros y quizá otros gatos. Con el pelo erizado, despeinada y agresiva. Yo intentaba agarrarla para llevármela a la casa. No podía. Entonces, triste, desistía.

Hoy una canción de mi tierra, que resultó ser de José Ángel Espinoza «Ferrusquilla», me daba vueltas en la cabeza. Google, por supuesto, me la encontró (en voz de Julio Iglesias, como primera opción...). Aquí en otra versión de este lado del mar:


Hoy es un día menos feliz.
Pero pasará, igual que ayer.
Y vendrán otros.

jueves, 20 de agosto de 2020

Algunas cosas que me hacen feliz


  • Tomarme un tallat amb gel, que es un cortado con hielo en catalán, después de la comida.
  • Lavar ropa a mano, en especial si son mis prendas favoritas.
  • Comer un plato de arroz blanco (incluso hervido) con unas rebanadas de aguacate maduro. (Y a falta de un buen chilito mexicano, un jalapeño de Marruecos.)
  • Dar una sesión de terapia y que mi paciente tenga algún avance o, por lo menos, se sienta mejor. Y nos riamos. 
  • Engancharme con una serie y no poder dejar de verla. (¿Qué voy a hacer ahora que terminé La casa de papel?)
  • Hacer un sueño realidad, como entrar en la Casa Batlló y recorrerla.
  • Descubrir una escritora (o un escritor) y querer leer todos sus cuentos. Y sus novelas. Y lo que sea que haya escrito.
  • Comer jamón ibérico que recién compré en la charcutería de abajo de casa.
  • Volver a un sitio donde ya he estado, sobre todo (claro) si me gustó. (Me espera Peñíscola.)
  • Comerme una rebanada de melón de los de acá: alargado, verde oscuro por fuera, verde claro (muy claro) por dentro y con esa miel color calabaza al centro, donde hay que quitarle apenas las pepitas (y no tirarlo todo a la basura como la primera vez que partí uno ante la mirada azorada de Joana).
  • Que el sol me despierte calentándome los pies (y luego no me deje permanecer en la cama ni un minuto más).
  • Tener una corsetera de cabecera en el barrio.
  •  Pasearme por mi correo, mi blog y el feisbuc, a primera hora de la mañana (que para mí es por ahí de las 9:30), en pijama, con una taza (o dos) de té negro y una tostada con mermelada (de higo, por ejemplo).

fragmento del interior de la Casa Batlló

domingo, 16 de agosto de 2020

c i e l o


Del lat. caelum.
1. m. Esfera aparente azul y diáfana que rodea la Tierra.

O sea que el cielo en realidad parece y no es.
Está, pero solo en nuestros ojos. En nuestra mirada.
O quizá, más bien, en nuestro anhelo.

En su parecer, el cielo puede ser la marca de los lugares.
Es un azul cambiante y distintivo. Inconfundible. Como el de Madrid.
Profundo.
Brillante.

Y, claro, lo que lo distingue del de Barcelona, por ejemplo, es difícil de poner en palabras.

Del cielo de Madrid me enamoré. (Con todo y que los madrileños se quejaban de la contaminación.)
El de Barcelona lo empiezo a conocer, como si fuera la primera vez.
Me provoca nostalgia. De otros cielos. De otras vidas. De esferas aparentes y azules.
Diáfanas. Desaparecidas.

Hace unas noches, me fui con Joana y otras amigas a un concierto en el Café Palau.
Y me encontré con este trozo de cielo barcelonés, atardeciendo:



miércoles, 12 de agosto de 2020

veinticuatro


Hoy es tu cumpleaños, changuito, y por segunda vez en la historia lo pasamos separados. Hace 5 años tú estabas de este lado del mundo y yo te celebraba desde México. Ahora te celebro desde Barcelona mientras tú estás al cargo, junto con Yare, de nuestra casa en Cuernavaca.

En el plan original, yo habría vuelto ya a México y hoy probablemente nos echaríamos una función doble de cine y unas cervezas con pizzas, por ejemplo, como festejo cumpleañero, con Yare, claro. Quizá haríamos una reunión con tus (nuestros) amigos de la secundaria y jugaríamos Continental o Dixit. O tal vez se te habría ocurrido alguna otra manera de celebrarte. 

Pero hoy será un cumpleaños extraño porque 2020 está siendo un año extraño, de pandemia, de incertidumbre, de cambios imprevistos. Todo se transforma y poco es como lo habíamos imaginado, pero algo constante es el amor que te tengo. Diferente a la distancia, sí. Mezclado con extrañamiento y también con la satisfacción de sentirte cada vez más con las riendas de la vida en tu mano, fluyendo y adaptándote según las circunstancias. Cuidándote y cuidando nuestro espacio compartido, a nuestra gata, mis violetas y las demás plantas que ahora ustedes han sembrado. Con altas y bajas, que no es para menos en estos tiempos, y acompañándonos por sobre el Atlántico como mejor se puede.


Gracias, Santo, por tu compañía, tu serenidad, tu confianza, tu cariño.


Te deseo un cumpleaños feliz, y un año feliz y una vida feliz, con la fuerza y la flexibilidad necesarias para afrontar los tiempos difíciles y la apertura para disfrutar lo disfrutable.

Te quiero.
Todo.
Y te mando un pedacito de Barcelona con un beso enorme:





martes, 11 de agosto de 2020

en Barcelona 2


Ayer bajamos mi amiga Joana y yo a Barcelona. Bueno, así digo yo, aunque en realidad vivimos en Barcelona, pero en uno de los barrios pegados a la montaña y, técnicamente, al ir al centro, se baja hacia el mar. Teníamos varios planes y cuando volvíamos a casa en el metro, hicimos un recuento de lo logrado, que, según Joana, fue poco. A mí me parece que fue suficiente:

1. Conocí finalmente a la Carmela, la de Plensa, llegando al Palau de la Música. Y descubrí que en la mañana no le da la mejor luz (eso es cierto), pero yo digo que alguna foto habrá valido la pena, aunque a mi amiga no se lo parezca. (Ya volveremos de tarde a ver si tenemos más suerte con la luz.)

la trenza de la Carmela














2. Averigüé que se puede hacer una visita guiada al Palau de la Música por 14 euros. (Quizá valga la pena. Seguro valdrá la pena, pero hoy no teníamos tiempo.) De momento, la mejor imagen fue un detalle del trencadís que adorna diversos muros del edificio.












3. Nos tomamos un café, buenísimo, en la terraza del Palau y el mesero (camarero, que dicen acá) nos contó que hay conciertos algunas noches ahí mismo (planeamos ir el próximo jueves). En las puertas vidriera, cerradas ahora a cal y canto, se reflejaba el edificio de enfrente.












4. Finalmente, fuimos a visitar una librería nueva, la Ona, que Joana quería conocer y la encontramos cerrada por vacaciones. (Así es el verano acá.) Podremos ir después del 23 de agosto. Ahí ya no saqué ninguna foto. Pero eso sí, seguí mapeando Barcelona y acabando de asentarme en esta ciudad, medio vacía y medio cerrada, más por la pandemia que por el verano, me explica mi amiga.


5. De vuelta, en el metro claro, fuimos al mercado, por algo para la comida, y al estanco, por una tarjeta de transporte para mí. Quizá estos fueron los momentos más exitosos de nuestra mañana.

martes, 4 de agosto de 2020

i l'ardor temerari que m'encén

allunya les estrelles

Estos versos del poema "En la meva mort" de Bartomeu Rosselló-Pòrcel me han estado acompañando (por decirlo de algún modo) los últimos días (se repiten en mi mente en bucle a cualquier hora del día y los escucho en la voz de Maria del Mar Bonet). Ha sido como entrar en el túnel del tiempo.

Volver a la Barcelona de mis 17 años. Al paseo en el Barrio Gótico, una noche de verano, acompañada de dos de mis primos, cuando pasamos por fuera de un recinto, ni idea cuál era, donde la cantante mallorquina ofrecía un concierto. Después vino comprar el elepé cuya portada pintó Miró y llevármelo a mi casa en México, donde me lo aprendí de memoria como primer paso, pensé entonces, para aprender catalán. (También me llevé entonces una gramática de esta lengua y un diccionario catalán-castellano.) Me había enamorado de la ciudad, de la cultura, de un mundo en que me sentí totalmente acogida. Me acuerdo de mi tío Pedro explicándome cosas (de la gastronomía, de la cerámica...) y de mi otro primo, Pedro Antonio, hablándome de literatura, del poeta mallorquín Rosselló-Pòrcel. (Me parece que me regaló un libro, en edición bilingüe quizá, que aún vive en algún librero de mi casa de Cuernavaca.)

Y hoy, 40 años después, redescubro Barcelona, el catalán, en circunstancias que entonces no habría imaginado. Es como hacer el viaje y la estancia que soñé de adolescente, cuatro décadas después. En la piel aún reconozco los anhelos de entonces, aunque la imagen que el espejo me devuelve sea tan diferente. En el fin de semana, visité a otra amiga catalana, Àngels, en Caldes de Monbui, a una hora más o menos de Barcelona. El domingo al bajar del Farell, la montaña del pueblo, fuimos a desayunar y aprendí lo que es un esmorzar de forquilla, un "desayuno de tenedor", o sea, butifarra, fuet, queso, pan con tomate, allioli, crema catalana y un cortado con hielo. Aunque el nombre me era nuevo, los sabores me llevaron a la primera vez que los probé, en el piso del ensanche de mi familia medio catalana medio asturiana cuando era poco más que una cría. 

Y allá en el Farell, el sol y las plantas y mi camarita rosa le dieron forma a los versos de Rosselló, o así los ilustraría yo:





Dejo por aquí también el poema en la voz de la Maria del Mar: