jueves, 1 de octubre de 2026

primer día de octubre


Salgo a caminar. No me animé a nadar porque el aire estaba frío y me faltó aliento. 

A veces tengo la impresión de que no encontraré nada nuevo que fotografiar en mis caminatas por el mismo sitio desde hace unos 20 años, pero siempre lo encuentro. Porque el mundo es nuevo a cada instante.

Como esta flor que mi abuela Rosa llamaba manto de la virgen, del otro lado de la barda:


Luego me topé con honguitos y un caracol, pero mi camarita los sacó borrosos, menos este:


Cuando andaba caminando descalza en el jardín de arriba, me interpeló mi vecina del edificio C, una señora mayor (quizá solo un poco más que yo) cuyo nombre desconozco. "¡Qué valiente!", me dijo por mi andar en el pasto sin zapatos. "A ver cuándo me atrevo." Me dice esto cada vez y nomás no se atreve. "Es tan bueno porque estimula todo el sistema nervioso. A veces lo hago con tenis, pero no es lo mismo." Pues no, no es lo mismo, aunque no es que me considere yo especialmente valiente.

Luego salió otra vecina más joven del A y dijo que se quitaría los zapatos por le menos de camino a su coche, inspirada por mí. Ambas se quedaron con los ojos cuadrados cuando les dije que en mañanas con un poco de sol estaba nadando en la alberca del fondo. La joven dijo que ella solo se metía al agua en primavera y cuando había mucho sol. Les conté que no se sentía tan fría el agua, sobre todo después de dar unas cuantas vueltas. La joven se despidió, rumbo al trabajo supongo, y le chuleé sus aretes. De cobre, me dijo. Muy bonitos, le dije.

Luego seguí caminando y di mi acostumbrada vuelta alrededor de la alberca, donde distinguí una catarina toda roja a punto de ahogarse. Me agaché para sacarla y la vecina grande me preguntó cómo estaba el agua. Le enseñé la catarina recién salvada y me dijo que eran bichos muy inteligentes porque se reproducían solo cuando había comida y si no, no. Ojalá los seres humanos hiciéramos lo mismo, remató.


Yo me dirigí a las escaleras para volver a mi casa y, en el camino, depositar a la catarina en alguna planta alejada de la alberca.



Me di una vuelta más por el fondo del jardín y me encontré un botón de rosa anaranjada. No podía no fotografiarlo:





miércoles, 30 de septiembre de 2026

Invitado: Dzongsar Jamyang Khyentse Rinpoché


La compasión no es gentileza; es ver que no hay seres sensibles por quienes sentir lástima. 

Hay un tipo 
popular "piadoso" de compasión: llorar cunado vemos un perro callejero, lagrimear por un mendigo, enojarnos con las noticias, querer matar cuando presenciamos abuso animal... y luego sentirnos muy parecidos a un bodhisattva. 

El Karmapa te quiere decir: esto no es compasión. Es una reacción emocional, una autocomplacencia cuando pensamos "qué bueno soy". La compasión verdadera surge de la visión del vacío. 

Cuando verdaderamente ves que todos los seres sensibles 
—incluido tú mismo— no tienen un "yo" independiente y verdaderamente existente, generarás una compasión única. Porque lo que ves ya no son "personas lastimosas" o "animales lastimosos", sino fantasmas secuestrados y atormentados por la mayor de las mentiras: el ego que se atesora a sí mismo. 

Ya no ves más la compasión como "mi gentileza hacia ti", sino que ves: no hay "tú" y no hay "yo". Solo interminables causas y condiciones enredándose, lastimándose y redimiéndose unas a otras. 

El ser animal abusado, el carnicero llevando a cabo el abuso, tú, que estás enojado: todas son manifestaciones del mismo vacío, distorsionado por diferentes tipos de ignorancia. 

Por lo tanto, la compasión más profunda no suele manifestarse como lágrimas o abrazos, sino como sabiduría inquebrantable y clara. No estás secuestrado por las emociones, ni caes en la arrogancia de "yo debo salvar al mundo". 

Simplemente ves las cosas como son: el sufrimiento es un subproducto de la ilusión y la liberación es el momento de ver esa ilusión. 

Cuando ves a los seres sensibles desde esta perspectiva, tu compasión por ellos ya no es selectiva (yo solo siento compasión por los cachorritos tiernos, pero no por los asesinos), sino que es abarcadora e incondicional, porque entiendes: la persona más brutal es precisamente la que más necesita ser vista como carente de un yo verdaderamente existente. 

Es por esto que los bodhisattvas atraviesan los seis reinos para salvar a los seres sensibles, pero nunca caen en ellos. 

Porque no están engañados por la ilusión de "yo estoy salvando seres sensibles". Son simplemente vacío manifestando compasión, como el sol que brilla sobre heces y lotos con igual imparcialidad. 

















Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

martes, 29 de septiembre de 2026

a lady in a teacup in Occupied Japan


Mi amiga AB (bueno, Arabella pa los cuates, pero es que no le gusta aparecer en internet, pero yo creo que me lo perdonaría, además de que no es su primera vez en este blog) está desmontando su casa porque se va a vivir cerca de su hija y de su nieto al otro lado del mundo. Nos invitó a comer, una suerte de despedida, aunque aún no tiene fecha exacta de partida. 

Además de una deliciosas minichisburguers, mi primera comida en forma después de la espeluznante extracción de las muelas del juicio, nos llevó a una de las habitaciones  donde había acomodado, sobre una cama grande, cosas que ni guardaría ni se llevaría allende el mar. No las vendía: las regalaba para que se fueran con gente que las apreciaría y, creo yo, para que se convirtieran en puntos de conexión con ella.

Para cuando a mi amiga Mónica y a mí nos tocó entrar al cuarto de los regalos, Susana y Carmen ya habían pasado. Tengo la impresión que cada quien escogió lo que era para cada una. Quizá fueron los objetos quienes escogieron y no nosotras. 

También nos alentábamos entre nosotras ("ándale, llévatelo, te va a venir bien"). Antes que nada, Ara me regaló una jarra enorme de cristal grueso. Ya encontré en dónde guardarla y creo que a mi nuera le hará ilusión preparar agua fresca ahí. Carmen me convenció de llevarme un molinillo de pimienta (buena idea, porque la había estaba moliendo a mano en un minimorterito). Me traje un bol (sí, así dice el DLE que se dice en español) con una suerte de cuchillo semicircular: es para cortar o picar yerbas, por ejemplo, me dijo Ara. El cuchillo necesita filo, pero creo que me serán útiles en mi nueva etapa como cocinera incipiente. También hallaron su lugar hasta la bolsa del mandado, que también me regaló Ara para llevarme los goodies,  unas extensiones eléctricas (nunca vienen mal y las puedo compartir) y un frasco especial para preparar vinagreta: tiene las medidas para el aceite y el vinagre (poco o mucho), se puede agitar ahí mismo, servir y guardar si sobra. Pensé que a mi hijo, el rey de la vinagreta, le podría caer simpático.

Pero a mí lo que más me gusta es lo que, en apariencia, no sirve para nada. Vi un platito de porcelana inglesa con una flores rosas y moradas. No tenía taza ni el sutil hundimiento que tienen los platos que llevan taza. Me pareció lindísimo. Ara me explicó que era para poner los anillos o los aretes que te quitas antes de dormirte. También se podría colgar en la pared, pensé yo.



Había también una figura de cerámica blanca y azul que me resultaba familiar: el Cascanueces, me dijo Ara. Tiene un listón azul para colgarlo de algún lado (en Navidad supongo). Me lo traje para que no se quedara triste y solo, aunque ya sabemos que las fiestas decembrinas y yo no nos tenemos mucha simpatía. De momento habita en el librero de mi estudio.


Pero mi pieza favorita es sin duda un platito con su taza: blancos con decoraciones pintadas a mano en dorado. 



Estaban en el buró junto a la cama del cuarto de regalos y mi mirada quedó prendada desde el principio. Ara no me explicó nada sobre ellos, pero yo descubrí que abajo del plato indicaba que estaban hechos en el Japón ocupado:


De la época posterior a la segunda guerra, pensé, no habiendo nunca escuchado hablar de esto. Luego confirmé en internet que, efectivamente, entre 1947 y 1952 las fuerzas aliadas que ocuparon Japón requerían que tal sello apareciera en los productos japoneses, tales como cerámica, juguetes o textiles, entre otros. Sentí como si tuviera un trozo de historia tangible en las manos.

Y ahí no paró el asombro.

Unos días después de que la taza y el plato habían encontrado su lugar en lo que podría llamarse mi minicolección de tazas, la tomé entre las manos para mostrársela a una amiga. Yo ya había notado que había una suerte de grabado al fondo de la taza, que yo había interpretado como un árbol, pero cuál no sería mi sorpresa cuando al levantarla y ponerla a contraluz se apareció una mujer que vive allí en al fondo. Preciosa. Y como no tengo más palabras para describirla, aquí dejo su imagen, que no le hace justicia, pero si alguien quiere venir a mi casa a conocerla, está invitadísima...



Gracias, Arabella, por estos pedacitos de tu vida que ahora habitan la mía...

lunes, 28 de septiembre de 2026

Víspera de San Miguel 8


Hacía algunos años que no escribía para este día, aunque las cruces de pericón para mi casa y para mi coche no han faltado desde hace varias décadas, supongo que desde que Adrián y yo nos mudamos a Cuernavaca. Yo estaba embarazada de Santiago en ese entonces y ahora, a sus 30, él fue quien compró un par de cruces para su casa y para la mía.

Me la dio hace 2 días y hoy la coloqué en la reja de entrada a mi departamento, para lo noche en que el chamuco anda suelto. Ya mañana llega San Miguel.

Aquí con todo y la Khandro observando atenta:




Nos faltaba la del coche, tan o más importante que el seguro (para nosotros y para los taxistas). A media mañana me fui al súper en cuya entrada suelen ponerse personas con los ramos de pericón recién cortados que fueron a recoger al campo y con cruces hechas. Hoy no había nadie. Me pareció extraño. ¿Se estará empezando a perder la tradición?

De regreso del cine, pasamos por Ocotepec donde, le dije a Santiago, seguro encontrábamos gente haciendo y vendiendo cruces. Recorrimos un trozo de la calle principal, pasamos frente al mercado y nada. (En alguna calle lateral vendían ciruelas de las rojas-naranjas de hueso enorme y poca pulpa deliciosa, pero no había dónde pararse.) Entonces él sugirió ir a las afueras del panteón. Y había un coche con un señor haciendo ramos de pericón de lo que había recolectado en el campo y su mujer, supongo, haciendo las cruces. Le pedí una chiquita para ponerle a mi Antuanito y me la hizo. Fue llegando más gente y alguien explicó que había muy poca flor. La escasez de lluvia, claro, comentamos. Así se han perdido ya cosechas, pero esta pareja aprovechó la ocasión y rescató la tradición del cambio climático y, probablemente, también un poco de la extinción lenta.

Aquí el carro ya protegido:




Y de pilón un ramo en la mesa del comedor para que la casa huela a otoño, a campo y a hogar:



Como una segunda piel esto del ritual de cada septiembre.
Y una tradición compartida.
Qué contento.


miércoles, 23 de septiembre de 2026

Invitado: Tsoknyi Rinpoché

 

La experiencia sigue a la intención. Donde sea que estemos, lo que sea que hagamos, todo lo que necesitamos es reconocer nuestros pensamientos, sensaciones y percepciones como algo natural. 

Sin rechazar ni aceptar, simplemente reconocemos la experiencia y la dejamos pasar. 

Si sostenemos esto, a la larga nos encontraremos con que somos capaces de manejar situaciones que antes nos parecían dolorosas, atemorizantes o tristes. 

Descubriremos un sentido de confianza que no está arraigado en la arrogancia o el orgullo. Nos daremos cuenta de que siempre estamos protegidos, siempre a salvo y siempre en casa. 


como mi Khandro









Original en inglés, aquí. Traducción al español e imagen, mías.


martes, 22 de septiembre de 2026

otoño 13


Hoy pensé que El Coleccionista comenzaría con El Otoño de Vivaldi, por aquello del equinoccio, pero en cambio, escuchamos a Francesco Mancini con su Sonata para flauta de pico en re menor. Preciosa.

Salí a caminar temprano después de varios días de casi encierro, posteriores al suplicio de la extracción de mis muelas del juicio. Y me encontré con imágenes otoñales, por la época claro, y aquí las comparto.

Unas flores silvestres, entre las plantas cuidadas del condominio:





El rastro del paso de un mapache:


Unas rosas, siempre unas rosas:




La Sinfonía en do mayor de Anton Filtz (preciosa) me acompaña mientras cierro el texto. 

Vayan de pilón, la luna creciente anterior al equinoccio y unos fuegos patrios que capté desde mi balcón:




lunes, 21 de septiembre de 2026

La muerte de Dr. Greene


Yo tuve una amiga muy cercana, L, que luego dejó de serlo. Pero la recuerdo. A veces. Hoy está cumpliendo 80 años y pienso en ella un pelín más, aunque no lo sepa. (Recuerdo cuando llegó a los 64 y su hijo mayor le puso "When I'm Sixty Four" de Los Beatles, o sea, hace 16 [!!!]. Tengo que acordarme de pedirle a Santiago que me la ponga a mí el próximo año...)

Platicábamos de tantas cosas y durante tanto tiempo que era increíble. Cuando íbamos al Vips cerca de su casa, solíamos presenciar el cambio de turno de las meseras. Uno de nuestros temas recurrentes eran nuestras predilecciones: programas de tele, películas, libros. En la primera peli que vimos juntos supe que también la conmovía Chavela Vargas.

Compartíamos nuestra devoción por ER, la serie médica por antonomasia (Urgencias en España y ER: Sala de emergencias en Hispanoamérica). Yo la había visto (y lo volvía a hacer cada vez que podía) a trompicones en la tele: en desorden, con capítulos repetidos, con otros a los que nunca llegaba: siempre me enganchaba. Alguna vez L me comentó que uno de los capítulos más conmovedores era la muerte de Dr. Mark Greene, uno de los médicos protagonistas en la sala de emergencias desde el primer día: empático, amable, honesto, no muy guapo pero con un no sé qué que qué sé yo (su mejor amigo era Dr. Doug Ross, interpretado por el bellísimo George Clooney) y, claro, excelente clínico. 

Yo obviamente lo conocía y amaba. Lo había visto enfermar de cáncer (tumor cerebral), someterse a una operación donde debía estar medio despierto, con la compañía de su pareja, la Dra. Elizabeth Corday, salir bien de la operación, para recaer un año después, tras haberse casado y recibido a su segunda hija Ella. Y luego, así como así, me encontraba con un ER donde Dr. Greene ya no estaba, pero nunca lo había visto morir, ni había encontrado donde retomar este capítulo o cualquier otro de la serie en línea.

Hasta que hace alrededor de un año y medio más o menos, mi sobrino Runs me regaló acceso a una plataforma que tenía disponibles las 15 temporadas de ER. No lo podía creer: un sueño hecho realidad. Por fin podía ver el final de la vida de Dr. Greene. Me puse a buscar el capítulo, en 8 temporadas de más de 20 episodios cada una y lo encontré (el penúltimo de la 8ava). Podía encargarme de ese pendiente.

Y entonces pensé: ¿para qué limitarme si puedo ver la serie completa y en orden? Me lancé, pues, a ver todos los capítulos de ER, indudablemente LA serie médica. Y la semana pasada, unos días después de que me extrajeran las dos muelas del juicio inferiores y sintiéndome especialmente vulberable , me puse a ver por fin el penúltimo capítulo de la temporada 8, "On the Beach". Llevaba ya varios anteriores llorando mientras Dr. Greene estaba cada vez peor, pero haciéndose cargo de su vida y de su muerte. El capítulo de su muerte, como me dijo L, es precioso y tristísimo. Seguí llorando. Pensando algo en ella, en que sería lindo poderlo comentar y en que soltar es, indudablemente, la mejor estrategia.

Ojalá L esté pasando un cumpleaños lindo...


jueves, 10 de septiembre de 2026

la feria 7.......




Hace dos días fue el mero día de la Feria de Tlaltenango, el día que se celebra el nacimiento de la Virgen María. Escuché más pitidos de agentes y muchos cohetes mientras atendía en línea a una paciente que vive en Cholula. No fui a la feria, pero cumplí el domingo pasado.

Fuimos tarde, nos agarró la noche, a Santiago, a Yare y a mí (se suponía que iba más banda que, al final, canceló) y nos tocó una feria a tope de gente. En muchos tramos hubo que caminar como trenecitos para no perdernos y casi haciendo pasos de gallo-gallina, mientras Yare se iba fijando en los ojos de la gente y señalándonos lo bonitos que eran algunos. Yo tenía mi concentración puesta en no dar un mal paso y caer o tropezarme. Qué susto cuando vi a un hombre con un palo largo de madera terminado en una filada punta, lo que había quedado de una banderilla que se comió. Me pareció peligrosísimo: entre empujones y tal podría haberse sacado un ojo o el de alguien más. Ojalá no.

Entramos a la feria más o menos por en medio, quizás un poco más hacia arriba, a la altura de una calle cercana donde dejamos el coche. Bajamos hasta abajo (valga la redundancia, porque la feria es redundante), o sea, pasando la oficina de Telmex. Pasamos por el puesto de cosas chiapanecas, donde vimos unos pies jugando abajo de una de las mesas con blusas y huipiles preciosos. No me iba a llevar nada, pero vi un pantalón de esos que cuando era yo joven calificábamos con el genérico "guatemaltecos" y tuve que compararlo. 

Después de los juegos mecánicos, que solo a Yare le gustan y a mí me hacen las piernas de espagueti aunque solo los vea desde tierra firme, encontramos el mejor puesto: unos chicos artistas pertenecientes a una cooperativa vendían grabados, playeras estampadas, estíquers (las calcomanías de antaño) con sus propias obras. Yo creo que hicieron su agosto (o su septiembre) con Santiago y conmigo que compramos regalos para fechas venideras y un poco más (como una playera hermosa que combinaba de maravilla con el pantalón). 

Seguimos bajando para buscar a la chica que hace juguetes tejidos y a su tío, que hace velas. Ella no estaba, aunque sus creaciones, sí. Él cuidaba ambos puestos y yo me hice de una colección de velas para la ofrenda próxima (en forma de cempasúchil, de pan de muerto y de cactus). Y para entonces ya casi se me había acabado el dinero y eso que no había comprado lo único en mi lista: un pocillo de peltre para calentar agua para té.

Así que emprendimos la subida, más en modo tren que la bajada, y pensé que no llegaría. Y entonces ya estábamos en el puesto de la pareja de Cuetzalan, quienes nos saludaron con sonrisas y apretones de mano. Platicamos. Vimos sus cosas. Me compré unos aretes que parecen una lluvia de florecitas rosas (la cereza del pastel para el atuendo de pantalones azul-verdes y playera rosa con estampado en sepia). Los hizo una de las hijos de los señores con chaquira calibrada. No podía irme sin comprarles algo, aunque me quedé con las ganas de una blusa de manta, con una cenefa bordada en verde y negro en el cuello redondo. Siempre me quedo con ganas de algo en la feria. Es su naturaleza, como la de la vida y la de esta mente confundida.

Y aún seguimos subiendo. Ya estamos aquí, busquemos el pocillo, insistió Santiago, a pesar de su cansancio y engentamiento. Lo conseguimos: blanco con borde azul oscuro y flores, no el típico azul más claro, pero bonito (y funcional). Y seguimos subiendo (ya faltaba nada para llegar hasta arriba) en pos de las maravillosas ciruelas morelenses, de hueso enorme y poca pero deliciosa pulpa amarilla casi ocre. Las conseguimos y luego fuimos aún por unos tamalitos de elote para la cena. Buenísimos.

Hoy ya estarán desmontando la feria y a punto de reabrir Avenida Zapata. Es cierto que interrumpe el tráfico y hace un poco de caos, pero es maravillosa. Ojalá no se la lleven nunca a un "recinto ferial" porque la calle es su mundo. Y total 10 días se pasan como un suspiro y a mí me dejan una nostalgia donde el otoño ya se está instalando...




viernes, 4 de septiembre de 2026

Invitada: Jetsunma Tenzin Palmo


El signo supremo de logro es la disminución continua de nuestros deseos y necesidades. Así que cuando estamos interminablemente insatisfechos, siempre queriendo algo más, si solo tuviera esto, si solo las cosas sucedieran de esta manera, entonces todo estaría bien. Cuando esto empieza a tranquilizarse y reconocemos, de hecho, justo en este momento tengo todo lo que necesito. Tengo todo. ¿Qué más? Entonces eso es un signo de que algo adentro de nosotros está empezando a abrirse. Realmente, el mantra budista no es OM MANI PADME HUM. El mantra budista es suelta. Suelta. Suelta. Externo, interno, secreto. Suelta. Es nuestra mente de aferramiento lo que es el problema. El Buda dijo que la fuente de nuestra insatisfacción, nuestro desasosiego, nuestro dukkha, es la mente de aferramiento. Eso no puede enfatizarse lo suficiente.  

efímera en Chimal

Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 3 de septiembre de 2026

otoño 12


En Cuernavaca, creo que lo he dicho antes, el otoño llega con la Feria de Tlaltenango.

El sol lo sabe y se suaviza. Se esconde, de pronto, tras las nubes y coquetea. El viento lo sabe y se refresca. Se cuela por las rendijas cuando no me doy cuenta. Me hace estremecerme en la madrugada cuando entra por la ventana entreabierta.

Y la lluvia. Parece que a la lluvia le llega la total licencia de lanzarse con todo lo que tiene, que este año, en Cuernavaca, no ha sido mucho. La verdad. Pero es ponerse los puesteros sobre Avenida Zapata y empezar a diluviar, sobre todo de noche. 

Ya me decía Juana que septiembre es el mes que más llueve.

Lo que echo en falta mucho este año es el sonido de los pitidos de los agentes de tránsito. Por una extraña razón me daban sensación de seguridad al cambiar la estación y empezar el mes patrio. Hoy en la mañana, me pareció distinguir algunos muy lejos, pero sobre todo resuena su ausencia y una parte de mí se pregunta si la feria sí habrá empezado. Me pregunto también cómo se estará organizando la vialidad, siempre caótica en los días de feria. Ahí están los claxonazos como prueba. Esos sí se oyen.

Y yo he empezado a nadar muy de mañana (entre 7:30 y 8:30) a instancias de Santiago. Con suerte y así las gripas otoñales se espantan y yo me sigo sintiendo bien.

Me encontré en mi balcón esta flor de hoya que me pareció una metáfora de la llegada del otoño: la flor ya grisecita como símbolo del mundo que empezará a dormirse un poco, como Perséfone de regreso al inframundo, y sus hermanas rosas aun resplandecientes, restos del verano. Y aunque en mi latitud los cambios no son tan profundos, igual impactan en su sutileza.



Y, ¿por qué no?, unos pedacitos más del inicio de septiembre: un rompecabezas recién terminado, mi gata en el sol de la tarde y la luz en la ventana de la sala frente a mi mesa de trabajo, que es también la mesa del comedor:









martes, 1 de septiembre de 2026

Invitado: Chagdud Tulku Rinpoché


No agobies a otros con tus expectativas


Entender sus limitaciones puede inspirar compasión en lugar de desencanto, asegurando relaciones beneficiosas y trabajables. Recuerda que solo cuentan con poco tiempo juntos. Agradece cada día que compartan. 

Siempre reconoce las cualidades parecidas a un sueño de la vida y reduce el apego y la aversión. Cultiva una disposición gentil y amable hacia todos los seres. Sé amoroso y compasivo sin importar lo que los demás te hagan. Lo que hagan no importará tanto cuando lo veas como un sueño. El truco es tener una intención positiva durante el sueño. Este es el punto esencial. Esta es la verdadera espiritualidad. 

No tengo alas, pero aun así vuelo en el cielo;
No tengo poderes mágicos, sin embargo, como la magia
Viajo a lo largo de los reinos de despliegue ilusorio,
aquí y allá, en nueve direcciones,
explorando las conexiones de mi karma.


cielo chimaleño

Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 31 de agosto de 2026

tres...cero bis


Mi hijo recién cumplió 30 años (¡sí 30!) y el hito me ha llevado a recordar cuando fui yo la que llegó al tercer piso, hace 33 años (¡sí 33!).

Recuerdo, vagamente, una ida al teatro con mis amigas de la Moderna, a la mayoría de las cuales ya no veo casi nunca. Recuerdo, vagamente, una blusa sin mangas de seda verde, que usé durante mucho tiempo, hasta que un médico acá en Cuerna me la rasgó cuando me iba a revisar. Apenas se disculpó.

La blusa pudo haber sido, también, una blusa sin mangas pero plateada, quién sabe de qué material, proveniente del taller de costura de MM. No tengo ni idea cuál habrá sido la obra de teatro que vimos, aunque de mi disco duro interno brota un título: Entre Pancho Villa y una mujer desnuda de Sabina Berman y gugle me dice que se estrenó justamente en 1993, así que igual y mi memoria acierta. Confirmo también que fue en el Teatro Helénico y los actores protagonistas fueron Diana Bracho, Juan Carlos Colombo y Jesús Ochoa. Casi seguro que fue esa la obra con que celebramos mis 30.

Habremos ido a cenar después. ¿Crepas en el Cluny de San Ángel? Quizás.

Empecé el año sin pareja, mi obsesión de ese entonces. Y fue ese año cuando me emparejé con Adrián. Habíamos pasado mucho tiempo juntos después de los acontecimientos del 2 de junio y para septiembre, cuando Graciela, mi futura suegra, habría de dejar por fin el hospital, me invitó formalmente a una cita.

Se suponía que me sacaría unas fotos, o lo haría un amigo de él para un dizque proyecto de arte. Me puse una gabardina negra de algodón de Pixie como vestido y unos zapatos negros y rojos con algo de tacón. Al final no hubo fotos, pero empezamos a salir (noviazgo se le decía entonces) y antes de que acabara el año, me mudé a su casa. Allá en la calle de Bartolache en la Colonia del Valle del DF. 

La navidad de ese año, mi primera en el tercer piso, la pasé con los Bellon en un departamento en el que Graciela madre se había instalado. Se estrechaba también mi relación con Emilia, la hija de Adrián, aunque el paso de la vida nos acabaría por distanciar irremediablemente.

El 5 de febrero, Día de la Constitución, del siguiente año, 1994, nos casamos Adrián y yo: la ceremonia civil fue en el castillo plano de mi papá, frente al Popo, y  la recepción en el huerto de mi tía Marisa, en San Vicente Chimalhuacán, nuestro Chimal querido. Comimos mole, que no es mi comida favorita, y Adrián y yo abrimos el baile sobre una tarima de madera con agujas de pino para facilitar el movimiento de los pies. Tocaba en vivo el maestro de música del pueblo (o quizás de Ozumba, la cabecera municipal) con su minibanda y no se le ocurrió mejor idea que tocar "El último beso", aquella canción que dice "por qué se fue, por qué murió, porque el señor me la quitó". Cuando me di cuenta, le pregunté a Adrián, bastante sacada de onda: ¿Qué hacemos?. Sigue bailando, me contestó con total certeza.

El siguiente cumpleaños lo celebraría casada y 2 años y  medio después, ya a mis 33, nacería Santiago. Hace 2 días cerramos oficialmente las celebraciones por sus 30, con fiesta y música y baile y juegos y comida y chelas y shots de mezcal o de vodka con tamarindo y amigos y familia, sobre todo de la escogida. Adrián tendría 70 años y seguro habría bailado como loco también para celebrar los 30 de su hijo.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Invitada: Jetsunma Tenzin Palmo


Como sabemos, nuestra sociedad, especialmente en el momento actual, está basada en crear más y más y más codicia. Para la mayoría, nuestras necesidades básicas han sido satisfechas desde hace tiempo. Ahora estamos enfocados en codicia pura y dura. La gente está pagando millones de dólares solo para crear un sentido de necesidad de algo que es totalmente inútil. Y entre más inútil sea, más hábilmente trabajan sicológicamente para hacernos sentir desfavorecidos si no lo tenemos. ¿Cuántas de estas cosas extrañaríamos si nunca jamás hubiéramos escuchado siquiera de ellas? 


hoyas en flor en mi balcón: gratuitas y gozosas









Original en inglés, aquí.Traducción al español e imagen, mías.


martes, 25 de agosto de 2026

Duelo 5 / Carta 3 y última


Pasó el día de tu cumpleaños (el mismo de mi hijo, difícil de olvidar) y no te felicité . Fue una decisión consciente. No tenía caso reabrir nada, aunque tú estés convencida de lo contrario. Te pensé y te mandé aspiraciones de las buenas, aunque tú no lo sepas. Como dices, tú fuiste el objeto de muchas emociones, de las buenas y de las malas, no la fuente. Y para mí lo único que hace sentido hoy, para seguir trabajando en el camino (como me lo sugeriste tantas veces), es soltar ese objeto (soltarte que no es lo mismo que sacarte de mi vida) y centrarme en lo que a mí me pasa adentro, en pos de mi verdadera naturaleza. 

Tristemente tu compañía dejó de ser un apoyo en este camino y tampoco puedo ya ofrecerte yo la mía. Se nos perdió la resonancia.

¿Por qué?, te preguntarás (o no). Tu decisión consciente de no mirar hacia adentro, sino invertir tu energía en juzgarme, analizarme, decirme qué hacer, interfiere con una relación genuina. Las palabras no importan llegaste a decir en tu último mensaje de correo (que de alguna manera, a mi manera, te contesto aquí). Eso equivale a contravenir una instrucción clave de Guru Rinpoché, citada en numerosas ocasiones por nuestro propio maestro vajra:

Though my view is as spacious as the sky, my actions and respect for cause and effect are as fine as grains of flour / Aunque mi visión sea tan espaciosa como el cielo, mis acciones y respeto por la causa y el efecto son tan finos como granos de harina

En otras palabras, no se vale descartar nuestras palabras ni nuestras acciones con la justificación de que todo es vacío y entonces no importa lo que digamos y hagamos: principio básico del budismo en todos los vehículos. Quizás sea tu forma de defenderte de tu propio dolor, de tus propias kleshas, de todo aquello que has proyectado en mí sin darte cuenta.

Lo siento, pero es justo eso lo que no quiero ni puedo sostener.

Me pregunto si habrá algo de salvadurismo blanco en tu actitud, en tu hacer tonglen por mí, en tu falta total de conciencia de ti misma, en tu incapacidad para mostrarte vulnerable y ver para adentro. Quizás. Ojalá lo puedas ver y trascender algún día. No hace falta que te lamentes por mi dolor (ese que tú imaginas que tengo) ni por ninguna de mis experiencias: juzgarlas no te hace entenderlas en absoluto. Taking the high ground, tampoco.

Getting over a little hurt, dices sin abrir la puerta ni un ápice para saber qué pasa más allá de tu propia nariz. Pero si hace años decidí no confrontar a mi mamá cuando ella decidió quitarme el departamentito que ella y mi papá me había regalado, menos me voy a poner a discutir contigo, intentando inútilmente dialogar con alguien que ha decidido no escuchar. Mejor opto por trabajar con mi propia mente y te agradezco la oportunidad para hacerlo.

Tu irresponsabilidad emocional es tu responsabilidad.

Y me doy cuenta, sí, que aún hay enojo y molestia de mi lado. Mejor que ansiedad y angustia, sin duda. Y todo, parte del camino. Para seguir andándolo necesito recuperar mi agencia y escribir estas palabras es parte del proceso. Aunque nunca las leas.

Recuerdo que durante los primeros meses de nuestra relación, cuando fuimos tan felices reuniéndonos a practicar y platicar todos los martes por la mañana, te compartí un sueño que había tenido contigo y en el cual nos habíamos enfrentado a un conflicto. "¿Entre nosotras?", preguntaste asustada. "Noooo", te contesté, nosotras estábamos intentando resolver la situación juntas. ¿Habrás tenido acaso una premonición de lo que vendría después? ¿Habrás vivido momentos similares antes con otras personas? Me pregunto, pero ya no le doy vueltas.

Hablar distintos idiomas no es para mí que yo me enfoque en el sufrimiento y tú en la iluminación, según tu explicación. Pareces olvidar que samsara y nirvana son los dos lados de la misma moneda y no se resuelve el primero ignorándolo y centrándonos en el segundo. De hecho, es imposible hacerlo así, pues solo se logra perpetuar la separación de la que surgen la confusión, la ignorancia y ese sufrimiento al que tanto le temes. 

Hablar distintos idiomas es para mí el resultado de dejar de escuchar a la otra persona e interpretar lo que lo que dice exclusivamente desde nuestra perspectiva. No hay ya posibilidad de comunicación. ¿Para qué desgastarse entonces?

Nunca se trató de que no me gustaran tus respuestas y de que, por ende, no quisiera dialogar al respecto. Mi vivencia fue sentir que me dejabas de escuchar y de ver y, desde ahí, ¿cómo podría dialogar? Ojalá hubiera podido explicártelo. Ojalá lo hubieras entendido. Pero como dice mi hijo: "El hubiera no existe".

¿Cómo vas a remover los oscurecimientos que nublan tu verdadera naturaleza si no los puedes ver, si no quieres verlos?

Tristemente, no te puedo ayudar. O quizás sí, dejando de interferir. Distanciándome sabia y hábilmente, como sugirió nuestra maestro que hiciéramos cuando una situación solo estaba causando daño.

Te deseo, pues, que encuentres la felicidad trascendente y trasciendas el sufrimiento.
Las rosas estos días ya se han secado.
Y conservan trazas de una belleza que también pasará.












sábado, 22 de agosto de 2026

CDMX


La Latino

Yo le sigo diciendo "de efe", porque es allí donde yo nací: en el DF, en el defectuoso, en el Distrito Federal o México DF. Ciudad de México, o peor CDMX, no me dice nada. Me resulta ajeno, como de alguien más. También me puedo referir a la megalópolis meramente como "México", pero hoy hay a quien eso le resulta confuso.

el Monumento a la Revolución

En fin, que el pasado fin de semana me fui de "vacaciones" al DF. Estuve de visita con mi amiga más antigua (como dice ella y es cierto, desde los primeros años de la primaria; antes decía "la más vieja" pero hemos rectificado): Pilar (Pili pa los cuates), quien se encargó de organizarnos unos días de actividades típicas capitalinas: cine (no se pierdan Cocodrilos, que llega a la Cineteca Nacional el 25 de septiembre), teatro, museo, comidas, exposición de joyería (ámbar chiapaneco y un joyero audaz y carismático) y exposición (maravillosa) de cerámica/escultura de Elena Somonte, comadre de Pilar. También hubo comida india (buenísima), continentales y reencuentro con otras amigas. ¿Qué más se puede pedir?

echando la siesta en Arcos de Belén

El domingo nos lanzamos a La Lagunilla, primera vez para mí. Caminar por los puestos del famoso mercado (supongo que parecido al Rastro madrileño que la pandemia me impidió conocer) fue como volver al mundo de mis papás, sobre todo el de él: antigüedades, muebles, adornos, que podrían haber sido suyos. Me pregunto por qué mi papá, con su pasión por el centro de la ciudad y los objetos antiguos y el arte y la ropa nunca me llevó a La Lagunilla. Sería un escenario de su otra vida, quizás. 

Me hubiera comprado una pareja de elefantes pequeños, de cerámica brillante con un diseño sencillo (¿minimalista?) y curvo en rojo y blanco y blanco y rojo. De los 70, dijo la dueña del puesto. Como de película vieja de Jane Fonda de joven. 

el reloj de Bucareli
(regalo del último emperador chino, Puyi, con motivo del primer centenario de nuestra independencia)

Andar por el DF siempre tiene para mí un sabor a viaje en el tiempo. Hace 30 años que no vivo allá y tengo más recuerdos que otra cosa. Cuando voy ahora, se me queda un pie en el pasado y aunque lo disfruto, no volvería a vivir allá. Ya no sabría cómo.

el segundo piso del Perifércio, de regreso a casa de Pili

El último día fue de andar por el centro hasta llegar a la Academia de San Carlos, al lado de Palacio Nacional (para la expo Temporal de Elena). Como otra vida. Como otro mundo: lleno de gente y con la posibilidad de comprar algo a cada paso, muchas veces en la calle misma (desde jengibre fresco de tamaño espectacular, hasta calcetines, 3 encendedores por el precio de 1 o frascos gigantes de crema Teatrical, de la rosa, con olor a mi tía Olga y a la abuela de Pilar).

El Caballito de Sebastián en Reforma

Me acuerdo que cuando estudiábamos en La Moderna, habrá sido en la secundaria, nos dejaron hacer un trabajo sobre el primer cuadro de la ciudad y su arquitectura y su historia. Fue mi papá quien nos llevó a mí y a mi equipo, cuyos integrantes ya no recuerdo, a hacer el recorrido y a sacar fotos de las de antes, con cámara y rollo que luego había que esperar a revelar. Hoy uso una cámara digital, cuyo contenido tengo que pasar a la compu antes de poder compartir. Mi vocación vintage. Qué se le va a hacer.

atardecer desde la cafetería del Liverpool del centro, en el 7o piso, donde nos refugiamos de la lluvia
(con todo y La Latino otra vez)

¡Gracias, Pili!
Casi lista para la que sigue.