domingo, 27 de noviembre de 2022

Khenpo Tsultrim Gyamtso Rinpoché

 

Abierta, espaciosa y relajada



Si podemos ver que las cosas no son verdaderamente reales —que son meras apariencias cuya naturaleza verdadera está más allá de todos los conceptos de lo que podría ser— entonces nuestra experiencia de los eventos tanto buenos como malos en la vida será abierta, espaciosa y relajada.


watermoon



Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 24 de noviembre de 2022

Día de mi tía Olga

La última vez que vi a mi tía Olga, que estuvimos juntas en persona, no la recuerdo. 

Sé que no fue a mi boda (no pudo) y que no conoció a Santiago. Recuerdo que Adrián y yo la visitamos en su departamento de Avenida Coyoacán en la época en que nos íbamos a casar. Poco después de la boda nos mudamos a Chimal, a casa de mi papá, luego nos fuimos a España durante un rato y finalmente aterrizamos en Cuernavaca cuando yo estaba embarazada. Ya no hubo visitas a mi tía. 

A mi tía Olga, le hablé por última vez.

Yo sabía que su salud se había seguido deteriorando (enfisema, cáncer), pero el rompimiento con mis papás después del parto y, por ende, con el resto de la familia no favoreció nuestra comunicación.

Sí recuerdo con claridad que cuando Santiago tenía unos cuantos meses de edad (debe haber sido aún 1996)  y yo seguía en tratamiento psiquiátrico para la depresión-casi-psicosis posparto y vivíamos todavía en el búngalo donde él nació, en la calle de Narciso, con sus puertas corredizas de cristal que daban al jardín de Romelia, la casera, recibí una llamada de Olguita, la hija de mi tía. Nos agarró por sorpresa, pues yo había perdido todo contacto familiar. Aunque desconfiado, Adrián, por fortuna, me pasó la llamada.

Olguita me informó que su mamá estaba  internada en el hospital y estaba viviendo sus últimos días. Ya no podía hablar, pero ella estaba segura de que le gustaría escuchar mi voz. Supongo que me habrá preguntado si yo quería decirle algo. Accedí sin dudar.

No recuerdo las palabras exactas, pero sí recuerdo que le reiteré el profundo cariño que le tenía, por un lado, y, por otro, le dije que se fuera tranquila. Que descansara. Que ya era momento. Seguramente lloré bajito.

Aunque no hubo una respuesta audible, sí recuerdo ese momento último de conexión amorosa. Y también una sensación de vacío, de hueco irreparable, pero con todo lo que yo estaba viviendo en esos momentos, los más difíciles de mi vida, haber conectado con la persona que más incondicionalmente me quiso fue muy sanador.

Aunque pienso, siento, invoco a mi tía Olga con frecuencia, cada año en el día de su cumpleaños la traigo de vuelta a través de este espacio.

Te dejo, tía, esta flor rosa que fotografíe en casa de Santiago, el sobrino biznieto que ya no conociste, porque creo recordar que era un color que te gustaba (tus uñas, tu lipstick, la alfombra de tu casa, los sofás de tu sala eran rosas). Y con ella mi amor, mi gratitud, mi deseo de que seas feliz y estés libre de sufrimiento donde quiera, como quiera que estés.

Te quiero. Siempre.






miércoles, 23 de noviembre de 2022

Día de doña T

La última vez que vi a doña Teresa, la mamá de mi comadre María Eugenia, fue hace un pelín más de 10 años, cuando Santiago y yo nos fuimos a despedir de ella en su casa de San Vicente Chimalhuacán. Yo calculo que habrá muerto poco tiempo después, un día como hoy.

Creo que doña T es la primera persona de quien me despido con conciencia, con calma, con cariño.

Fuimos Santiago y yo una mañana a verla. Estaba en su cuarto, en su cama, junto a sus tres hijas (creo que estaban todas) y su hijo. Entramos a verla y se veía más pequeña, consumida por la enfermedad, pero tranquila y lúcida, como siempre.

Entre las cosas que nos dijo, recuerdo sus palabras en el sentido de que ya no era lo que había sido. Y, claro, en la vida vamos dejando de ser quienes somos momento a momento. Lo decía con tristeza, pero con aceptación. No recuerdo qué le dijimos nosotros. Palabras de cariño.

De ahí pasamos al comedor, donde nos invitaron a almorzar tamales. Doña T nos escuchaba desde su cuarto, pegado a la cocina. Hablamos de cosas que no recuerdo. El ambiente era ambivalente: lleno de cariño, mezclado con tristeza.

Después del almuerzo, emprendimos el camino de regreso a Cuernavaca y le dimos aventón a Silvia, la hermana mayor de mi comadre, a Cuautla.

Hoy, cuando pienso en doña T, a 10 años de su muerte, siento el mismo cariño que nos tuvimos en vida, combinado con extrañamiento y con una sensación de paz y compañía continuadas. 

Cuando salí a caminar esta mañana, capturé un avión que surcaba un cielo azulísimo y pensé que le gustaría a doña T porque le gustaba viajar.

Aquí se lo dejo con una ráfaga de besos, deseándole que haya encontrado un espacio más allá de la tristeza, un espacio de felicidad perdurable más allá del sufrimiento. 






martes, 22 de noviembre de 2022

Día de Marta Cecilia

La última vez que viste a tu mamá fue el 7 de agosto de 2004, dos meses antes de que muriera, el 7 de octubre del mismo año.

Habías empezado el proceso de reconexión el 10 de mayo de ese año, pero no cristalizó sino hasta agosto, después de la intervención de tu tía Marisa.

Entonces quedaron, tu mamá y tú, en que irías a verla para comer juntas, allá en el departamento número 2 de Uxmal 548, la casa que ella y tu papá rentaron desde que tú tenías unos cuantos meses de nacida, o sea, alrededor de 41 años. Recuerdas que la noche anterior te fuiste a dormir a casa de tu amiga Dasha, como una suerte de rito propiciatorio. La vez anterior que habías visto a tu mamá había sido en el funeral de tu papá (más de 5 años antes) y la anterior a esa, un día después del nacimiento de tu hijo (aproximadamente 2 años y medio antes del funeral). 

El sábado 7 de agosto, saliste manejando a México en Antuanito, tu coche de siempre. No recuerdas nada del trayecto en la carretera, ni de la llegada a la ciudad ni a la colonia Narvarte. Sí recuerdas que estacionaste el coche del lado derecho de la calle, a cierta distancia del edificio, quizás por miedo, por precaución o porque no había lugar más cerca. 

No recuerdas los pasos que diste hasta la reja blanca, con su rectángulo negro y números  rojos. No recuerdas cuando tocaste el timbre ni cuando subiste las escaleras al segundo piso (si se cuenta el de la calle como el primero, donde estaba el departamento de la señora Lolita, que para ese momento ya debía haber muerto). No recuerdas quién te abrió la puerta, supones que Lupe, la señora que trabajaba con tu mamá y la cual habría de encontrarla muerta exactamente dos meses después.

No recuerdas cómo se saludaron. Tu primer recuerdo es de ambas sentadas en la sala de la casa, con sendos tequilas y ella fumando, fumando mucho. Y entonces te preguntó algo como si ibas a empezar a recriminarle cosas o a cobrarte cuentas pendientes. No, le respondiste. Mejor empezar de hoy hacia adelante. Y se sorprendió. Y siguió bebiendo y fumando.

Quizás fue aún en el aperitivo cuando tuvieron su momento más íntimo, más cercano: su plática sobre los Alcántara, tras descubrir que ambas eran seguidoras de la serie española Cuéntame cómo pasó. Hablaron de la abuela Herminia, tan parecida a la abuela María Luisa; de Antonio, tan parecido a tu papá. 

O quizás fue cuando pasaron al comedor, del otro lado del biombo (¿aún estaba el biombo o es una interferencia de memorias anteriores?), cuando los Alcántara les brindaron la ilusión de cercanía. Ella se sentó en la cabecera de la mesa que había sido de tus abuelos paternos. Tú, a su lado derecho. Quizás hubo sopa. Estás casi segura de que hubo pescado de segundo. El recuerdo más claro fue su aflicción cuando se derramó algo de salsa sobre el mantel. Decidiste entonces que no volverías a armar ningún drama cuando a ti o a tu hijo se les derramara algo sobre el mantel.

Le dijiste que no pasaba nada. Que no era importante. Que no se preocupara. 

No te acuerdas si te hizo caso. Recuerdas que comió muy poco, casi nada, y siguió bebiendo. Y  fumando. Te contó que había vuelto a fumar cuando tu prima Marisa la fue a ver después de morir tu padre y olvidó su cajetilla de cigarros sobre la mesa de la sala. 

Lo siguiente que recuerdas fue que te acompañó al coche para despedirte. Quizá hablaron de volverse a ver, de que volviera a ver a Santiago, que en 5 días cumpliría 8 años. Pero no estás segura.

Recuerdas que se encontraron a la Sra. Burak, la vecina judía del departamento 3, ya cerca del coche. Adelita, te dijo ella, qué gusto verte por aquí, o algo así. Apenas le contestaste. Te subiste a Antuanito y arrancaste. ¿Se habrán dado un último beso? No te acuerdas, tampoco, del camino de regreso ni de la llegada a Cuernavaca, a la casita que rentaste en Ocotepec después del divorcio.

Hoy te duelen aún estos recuerdos; también lo que no recuerdas. Hoy te escuecen un pelín todavía la ausencia y el abandono, como cuando una cicatriz vieja se pone sensible. Hoy te cuesta escribir, pero escribes. Lo necesitas.

Hoy sigues extrañando a tu mamá. Recordándola el día de su cumpleaños (serían 88, como los que tiene Khenpo Rinpoché).

Hoy le deseas, como desde hace varios años, que encuentre la felicidad y esté libre de sufrimiento.

Hoy es agridulce, pero no tan agrio como antes.

Hoy, para celebrarla, le dejas unos plúmbagos (aunque el diccionario diga que no son esdrújulos) de Tepoztlán.







lunes, 21 de noviembre de 2022

(2 días después del) Día de Mausy


No me acuerdo cuándo fue la última vez que vi a Mausy. Seguro no fue placentero. Eso sí lo recuerdo, pues nuestra relación se había roto hacía ya un tiempo.

Pudo haber sido una de dos ocasiones: De pasada en el súper cerca de mi casa, cuando la vi en uno de los pasillos y me escabullí para no toparme con ella. O en Plaza Laurel, adonde había ido a por un helado con Santiago y una (entonces) amiga y una amiga de ella. Creo que nosotros cuatro ya estábamos sentados cuando los vimos llegar, a Mausy y a Leni. Mi (entonces) amiga sabía del rompimiento doloroso con ellos e hizo algún movimiento para protegerme y,  en cuanto pudimos, nos levantamos y nos fuimos. El corazón me iba a mil. Recuerdo una mirada helada de Mausy, quizá era una mirada dolida, y una blusa blanca que llevaba con adornos azules y dorados como de oficial marinero.

Lamento que nuestra relación haya terminado de esa manera. Lamento no haberla visto una última vez en condiciones amorosas. Pero siempre le agradezco su generosidad y su cariño que se materializaron en el departamento que Santiago y yo seguimos considerando nuestro hogar. Aquí un fragmento de ese hogar:


de tarde en el comedor, con las plantas del balcón al fondo










Y, como cada año, Mausy, te pienso en la fecha de tu muerte (porque es la única que conozco con certeza), te mando mis aspiraciones de felicidad duradera, y te dejo una flor de violeta recién abierta,  en otro fragmento del hogar que nos regalaste. Gracias. Siempre.

con escrímuri y madreñas de fondo









miércoles, 16 de noviembre de 2022

Invitado: Karmapa 17


Una condición principal para nuestro egoísmo


No importa cuán autónomos sintamos que somos, no podríamos siquiera empezar nuestras vidas sin dos personas específicas quienes, por lo tanto, no son enteramente distintas u "otras" con respecto a nosotros. Una vez que nacemos, comemos comida de otros, aprendemos de otros, y otros nos visten y nos cuidan durante toda nuestra vida. Solo unos cuantos pasos de análisis nos muestran cuán dependientes somos de muchos, muchos otros para nuestra existencia básica. Quienes somos como individuos emerge como resultado de esas diversas causas y condiciones. Podemos darle un nombre separado a ese resultado y usar ese nombre para identificarnos a lo largo de la vida, pero eso no significa que estemos completamente separados o que seamos separables de esas causas y condiciones. Es completamente válido tener un nombre que nos distinga, pero la realidad que invertimos en ese nombre va mucho más allá de su función. Lentamente llegamos a creer que aquello a lo cual apunta nuestra nombre está completamente separado de todo lo demás. Este mensaje se nos comunica de muchas maneras —y nosotros nos lo repetimos—: "Eres único en el mundo. Eres especial. No hay nadie como tú". Es cierto que somos únicos, pero en la medida en que este discurso realza nuestro sentido de nosotros mismos como absolutamente separados y ajenos a otros, esta percepción misma se convierte en una condición básica para nuestro egoísmo. 



interconexión arácnida


Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 14 de noviembre de 2022

Michi

 Esta es Michi:


Y vive en el departamento frente al mío. Pero hasta hace poco no sabíamos nada de esto. Una mañana, durante mi caminata, la vi en su balcón y la fotografié porque también me veía y porque me gustan los gatos. No sabía ni su nombre ni su género. Luego me olvidé.

Hará casi 1 semana, Santiago y yo salíamos de la casa en la tarde y vimos un gatito pequeño agazapado en la tierra, debajo de unos arbustos en la pared de nuestro edificio que da al sur (creo). No lo habíamos visto por el vecindario. Nos acercamos y no huyó. Parecía acostumbrado a la gente, aunque también se veía asustado.

Teníamos algo de prisa, así que decidimos dejarlo en donde estaba y ver cómo iba la cosa a nuestro regreso. Para entonces ya no estaba donde lo habíamos dejado, pero algo nos hizo buscarlo por los alrededores, linterna (del celular) en mano.

Y lo encontramos, agazapado bajo el aguacate del lado norte (creo) del edificio. Determinamos que aún era bebé y estaba perdido. Le acercamos croquetas, pero se escabulló y se escondió abajo del audi del vecino antigatos. "Hay que sacarlo de ahí pronto", advertí.

Entonces recordé que yo tenía una foto de un minino muy similar en su balcón, la encontré y se la enseñé a Santiago. "Se parecen muchísimo", dictaminó. 

Yo me puse a dar terapia en la compu, mientras él bajaba un platito con leche para intentar atraer al gatito. A media sesión, un toquido urgente en la puerta nos interrumpió. Me disculpé con la paciente, apagué micrófono y video, y abrí: Entró Santiago, levemente rasguñado, con el gatito en brazos. Acordamos que lo llevaría a su baño para evitar una posible confrontación con la Khandro. Yo me disculpé con mi paciente por la interrupción.

Tras la sesión, volvimos a ver la foto y confirmamos que era el mismo individuo. Santiago descartó una de sus dos posibles casas y en la que quedó, no abrían. Le preguntamos a Adrián, el guardia, si sabía algo de nuestros vecinos. Solo que no estaban. Confeccionamos un arenero provisional para la visita, le pusimos agua, más croquetas, atún y otra cajita y trapos para que se echara. Se fue calmando.

Y entonces empezamos a urdir explicaciones para lo acontecido. La más preocupante es que sus dueños se hubieran ido para siempre y lo hubieran abandonado. Tomamos turnos para estar con él en el baño. Nos alegró que comiera y usara la arena, tanto para sus necesidades como para jugar. Yo propuse dejarles una nota a los vecinos, pero Santiago fue de la opinión de esperar hasta el día siguiente. Nos pusimos a jugar cartas, prestando atención a los maullidos del huésped o a la ausencia de maullidos. Muy pendientes, pues.

Y entonces escuché ruidos en el pasillo frente a mi puerta. "Hay movimiento", dije y abrí. La vecina llegaba a casa con su hijo. "Tenemos a su gatito", dije, "lo encontramos perdido abajo y nos lo trajimos mientras llegaban. ¿Quieren pasar por él?". La mujer accedió sin apenas sorpresa (suponemos que Adrián, el guardia, la habría prevenido) y explicando que seguramente la mascota se había escapado cuando salieron en la tarde. Entraron, los llevamos al baño, el gato corrió, pero ella logró alcanzarlo antes de que entrara al estudio y lo cargó. El niño permaneció callado durante toda la operación, aunque se abrazó a su madre y al animalito.

"¿Cómo se llama?", pregunté. "Michi",  respondió ella como avergonzada de no haberle dado un nombre más original. "¿Es gato o gata?" "Gatita." "¿Qué edad tiene?" "Como 3 o 4 meses." "Suerte que le había yo sacado una foto en el balcón", dije. "Sí, le da por subirse ahí también y me asusta", dijo. Y ya no hallamos manera de postergar la partida de Michi, la invitada que apenas cumplía una hora o así con nosotros. 

"Adiós, Michi".

O sea, algo así como: Que te vaya bien. Cuídate. Te vamos a extrañar.

Y sí, el apego, puesto como un calcetín, ya empezaba a hacer de las suyas. A unos cuantos minutos de saber su género y su nombre, tocaba despedirse. Ya sin planes futuros ni conjeturas pasadas. Pero sí con ese dolor/incomodidad/tristecilla urdidos, nuevamente, por nuestra mente.


miércoles, 9 de noviembre de 2022

:t::r:::e:::c::::e y un día

Pues eso, que ayer fue el bloguiversario número 13 de este espacio y hoy cumple un día más. Y siempre es tiempo para celebrarlo, digo yo. 

El vocablo "trece" no tiene ninguna definición digna de mención, pero sí me encontré, en el diccionario de la RAE, con una expresión interesante:

estarse, mantenerse, o seguir, alguien en sus trece

1. locs. verbs. Persistir con pertinacia en algo que se ha aprendido o empezado a ejecutar.

2. locs. verbs. Mantener a todo trance su opinión.

Nunca la había escuchado, quizá se use más en España, pero durante el tiempo que estuve allá tampoco la oí. Pero me gusta la idea de persistir con pertinacia, que es una redundancia, porque "pertinacia" es también, en una de sus acepciones,  "gran duración o persistencia". Pero bueno, así es la cosa cuando una se da a una tarea como la de escribir y compartir imágenes en un, en este blog. 

La primera entrada fue, pues, el 8 de noviembre del año 2009 (mi hijo tenía entonces 13 años) y hemos seguido ininterrumpidamente (lo cual no quiere decir todos los días, pero sí varias veces cada mes: unos, más y otros, menos). Confieso que en el transcurso de estos años, más de una vez me he sentido tentada a tirar la toalla. Dudo de la relevancia del espacio o me decepciono cuando cae el número de veces que las entradas se ven. Alguna vez me propuse alcanzar cuando menos 10 vistas en cada entrada y, aunque es algo que no depende directamente de mí, se ha logrado. No me animo aún a subir el número a 20, pero lo cierto es que más de una entrada ha rebasado las 100 vistas y eso me parece increíble. (Menos mal, entre las 2,934 entradas publicadas, sin contar esta, y los 189 borradores de los cuales alguno verá la luz en algún  momento). 

Así que sí, me he mantenido en mis 13 y mi intención es seguirlo haciendo. ¿Hasta cuándo? Quién sabe. El tiempo y la vida lo dirán.

Y que conste que digo lo seguir en mis 13 en el sentido de perseverar en el esfuerzo y no en el de aferrarme a mis opiniones, que parece ser el uso más común de la expresión (según internet, claro). Si algo intento en el blog es justamente flexibilizar mi propia mente y mi manera de ver el mundo. A veces con más suerte que otras.

Y esta persistencia está sostenida tanto de mi lado —escribiendo, reflexionando, preguntándome, fotografiando— como del de quienes me visitan —leyendo, comentado, pasando en silencio, volviendo o no—. Sin ustedes —amigos, amigas, hijo, nuera, desconocidos, visitantes anónimas o exes de algún tipo— este espacio no podría sostenerse ni tendría sentido. 

¡Gracias a todos, a todas, a todus!

Y para nosotras unas flores que me robé del puesto de siempre de vuelta a casa caminando:










domingo, 6 de noviembre de 2022

Invitado: Karmapa 17


No permitas que nadie te diga cómo debes verte o actuar solo porque eres un hombre o una mujer. Tienes un potencial inagotable que solo puede limitarse cuando crees que tu identidad social es quien realmente eres. Quien eres no es un objeto perfectamente medible. Hay tremenda elasticidad en quien puedes ser. Depende de ti decidir la forma que te das a ti mismo. 



Día de Muertos en Tepoz



Original en inglés y fuente, aquí. Traducción al español e imagen, mías.


miércoles, 2 de noviembre de 2022

Día de Muertos 8



De Muertas es este año. De tu linaje femenino. De las mujeres que han pasado por tu vida, te tocaron y siguieron su camino.











Dasha, terapeuta, amiga, familia. Te hizo saber, en la caja de Sam's uno de los días que la acompañaste a hacer la compra, que tu mamá no sabía de lo que se estaba perdiendo: tu presencia, tu compañía, tu amor.







Graciela, tu suegra, en brazos de Irene, su madre. Te identificas con la brutalidad de la mirada materna helada que ni mira ni ve. Tú y ella quizá se reconocieron, aun sin plena conciencia. Y se acompañaron, a pesar de los pasares. Hoy cumple años de muerta, aunque no te acuerdas cuántos. Y a su lado Judy, Judy Jones, la terapeuta que te salvó la vida hace 26 años y que se fue tan pronto, cuando una amistad apenas se vislumbraba. 








Rosa, tu abuela Rosa, "abuel", como le decían tu hermano y tú. Su primera vez en tu ofrenda. Tu primera vez invitándola. Presencia imponente, constante en tus palabras, a pesar de su conflictiva relación con tu madre, como su madrastra. Querida, al fin y al cabo.









Tu tía Olga, tu queridísima y extrañadísima tía Olga. El amor más claro de tu infancia, el más incondicional, el que te salvó la psique. Para ella, sus Milky Ways favoritos y tu gratitud y tu amor. Siempre. Todos los días.







Tu abuela María Luisa y su tortilla de patata y el cocido de los martes y las historia de Avilés. No tan cercana, tenía otras obligaciones amorosas más urgentes, pero presente en tu padre, en ti, en tu hijo.








La otra María Luisa, tu tía Marisa, y su sonrisa y su fuerza imbatible para enfrentarse a la vida y todo lo que le trajo, lo feliz, lo trágico, lo imprevisible. Y trayéndola a ella, traes un poco a Goulvain, su hijo mayor, tu primo mayor, quien muriera apenas hace unas cuantas semanas. Que encuentren la paz y la felicidad duraderas.








Y tu madre, claro. Medio fantasmal como lo fue en vida. Nunca del todo aquí. Siempre con una carencia a cuestas. Marta (sin hache) Cecilia, nombre único que la separó de su propio linaje. Y junto a ella, tú, porque una muere y renace cada día también. Tú hace casi 30 años, el día de tu boda. Tan lejano. Tan pasado. Tan feliz. Hoy eres otra. Sigues buscándote y soltándote.








Y del linaje de las Adelas, Adela Foucher, tu bisabuela, a la derecha, y Adela Iduarte, tu abuela, la madre de tu madre, a la izquierda. Tu madre niña se esconde por ahí en brazos de su padre. De la bisabuela conservas el recuerdo del pan mojado en aceite de oliva con ajo. De la abuela, su imagen, las historias que te contaron y poco más. Murió joven. Demasiado joven.











Y la Ñaña, tu Ñañita hermosa. Croquetas para ella, aunque la Khandro se las robe del altar. Y con esta Ñaña, el recuerdo también de Ana Rey.


Así la visita de tus muertas este año. Así su compañía. Así su partida. Agridulce también, como la vida misma.



lunes, 31 de octubre de 2022

Khenpo Tsultrim Gyamtso Rinpoché


Cosas que tienden a ser engañosas


Si entiendes que todas las apariencias engañosas de la existencia mundana no son intrínsecamente reales, no tenderán a desorientarte. 

Si tienes apego a los amigos y enemigos como si fueran reales, te desorientarán. Pero si tienes ecuanimidad hacia ambos, no te desorientarán ni engañarán. 

Si ves mucho cambio o transición, eso tenderá a desorientarte. Pero si entiendes la naturaleza intrínseca más allá del cambio, no será engañosa. 

Si te aferras a la realidad del nacimiento y la muerte, hay mucha decepción. Pero si te das cuenta de que no hay nacimiento ni muerte, no hay decepción. 

Si crees en la existencia del sufrimiento, hay mucha decepción. Pero si te das cuenta de que no hay sufrimiento, no hay decepción. 

Si crees que el yo y el otro están separados, hay mucha decepción. Pero si reconoces que no son dos cosas separadas, no hay decepción.

Si entiendes esta naturaleza verdadera de la decepción, los pensamientos discursivos se liberarán en su propio lugar.


tejedora asombrosa


Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 27 de octubre de 2022

Cosas moradas


  • las flores de jacaranda
  • las flores de lavanda
  • algunas violetas, como la que aún no florea en mi maceta de gato
  • el corazón de las fuerzas armadas de los Estados Unidos
  • el color del feminismo
  • los corazones que solía mandarme María Loherr en sus mensajes
  • los calcetines de la India que no me trajo Evelyn de Israel
  • las berenjenas, cuando no son rayadas
  • las zarzamoras
  • algunas uvas y su jugo
  • los moretones recientes
  • el Delaware Punch
  • las montañas lejanas
  • mi chaleco de polar, ideal para el otoño y el invierno suave, sobre todo sobre la pijama
  • algunos papeles picados
  • las flores de una falsa violeta africana, Streptocarpus saxorum según mi amigo Xavi, que tengo en una maceta de pared en mi balcón, hijas de las que doña Pina tiene a la entrada de su casa y cuyo corazón es blanco





martes, 25 de octubre de 2022

Invitado: Dzigar Kongtrul Rinpoché



El comienzo de la valentía


Alguien me preguntó recientemente si tengo miedo a morir. A decir verdad, tengo más miedo de no vivir mi vida plenamente: de vivir una vida dedicada a atesorarme y protegerme a mí mismo. Esta visión de la vida, impulsada por el miedo, es como cubrir tu sofá con plástico para que no se desgaste. Te roba de la habilidad de disfrutar y apreciar tu vida. Se necesita valentía para aceptar la vida plenamente, para decirle sí a tu vida, sí a tu karma, sí a tu mente, emociones, y lo que sea que se despliegue. Este es el comienzo de la valentía. La valentía es la apertura fundamental para enfrentar aun las verdades más duras. Da cabida a  todo el dolor, la alegría, la ironía y el misterio que la vida ofrece.



atardece en mi balcón


Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 24 de octubre de 2022

Estafadora de primera


Suena el teléfono. Una presunta ejecutiva bancaria me informa que han aparecido algunos cargos extraños en mi cuenta. La situación debe atenderse de inmediato para prevenir un daño mayor.  

Espacio

“Algo no está bien”, dice (casi inaudiblemente) una parte de mi mente.

Espacio

“Me siento tan protegida y vista,” dice (mucho más audiblemente) otra parte de mi mente.  “La ejecutiva suena tan confiable.” 

Espacio

La presunta ejecutiva sigue tejiendo su telaraña alrededor de mí y mis pensamientos y mis emociones. “Algo no está bien”, repite (casi inaudiblemente) una parte de mi mente, la parte sabia. Mi cuerpo lo sabe también: una ligera contracción en mi estómago intente alertarme. 

Espacio

No me detengo siquiera a pensar o reconocer lo que propia sabiduría y cuerpo me están diciendo. Sentirme cuidada se siente tan bien, y el guion está tan bien armado que yo  —sí, ese sería mi viejo, querido e ignorante ego— caen en la trampa por completo.

Espacio

“Algo no está bien”, sigue repitiendo (casi inaudiblemente) la parte sabia de mi mente, mientras mi estómago se contrae más.

Espacio

Se pierde la conexión telefónica. La ejecutiva llama de nuevo. Me hace compartir mi nombre de usuario, mi contraseña y mi NIP. (La parte sabia de mi mente mira estupefacta, pero el ego no parece notarlo.)

Espacio

Se vuelve a perder la conexión telefónica, pero la “ejecutiva”, no vuelve a llamar. Espero. No sucede nada. Así que decido llamar yo a mi ejecutiva de confianza en mi sucursal bancaria. (La parte sabia finalmente está tomando las riendas.) 

“Por favor dígame que no compartió su nombre de usuario y contraseña”, me implora. 

“Por supuesto que lo hice, presume mi ego. 

“Ha sido víctima de una llamada fraudulenta", me notifica. “¡Llame al siguiente número y cancele TODO!” 

Sigo sus instrucciones. Me tiemblan las manos. Todo mi capital, que no es mucho, está en riesgo. 

Al final, la situación se resuelve justo a tiempo. Aunque tendría que renovar mi acceso a la banca en línea y reponer mis tarjetas bancarias (una mera cuestión de tiempo), no hubo ningún daño real. Cuando repasé la conversación telefónica en mi mente, pude ver todas las cosas que no hacían sentido y pude ver también cómo mi mente (confundida) había sobrepasado incluso la astucia de la falsa ejecutiva. Y eso es lo hace la mente del ego cuando no prestamos atención: puede apoderarse de cualquier situación y reinterpretarla en términos de su propia conveniencia (imaginarse que otros lo cuidan o lo aceptan para validar sus necesidades, por ejemplo), ignorando tanto nuestra propia sabiduría como los las señales que la realidad nos ofrece.

Me di cuenta cómo la mente (confundida) es una estafadora de primera. Pero siempre tenemos la posibilidad de detenerla y permitir que la sabiduría, la naturaleza clara y lúcida de nuestra mente, se manifieste. 


domingo, 23 de octubre de 2022

Hoy no fotografié 2


Ni las flores de mi serpiente hija (una Stapelia en realidad, creo yo) de color rojo muy muy oscuro, ni las de la mala madre que ahora vive en el balcón y florea por primera vez desde su recuperación.

Hoy no fotografié ni los últimos hongos de la temporada (ahora sí se acaban las lluvias) que nacieron, tímidos, en el jardín del fondo y que aguantarán hasta que lleguen los verdugos jardineros a principios de la próxima semana. Ni dos aves pequeñas, quizá gorriones, que se posaron en los cables de luz cerca del poste, como esperando a que yo disparara.

Hoy no fotografié al canario que cantaba como loco, ya liberado de su tela rosa, pero no de su jaula. Eso nunca. Ni la Ipomoea alba medio iluminada con el sol de la mañana. 

Ya entrada la noche, no fotografié al pajarito medio dormido en la hoja de la palma al nivel de la entrada a mi departamento.

Hoy el insecto hoja ya había cambiado de morada y el cactus navideño precoz de doña Pina ya no recibía ningún rayo de sol.


sábado, 22 de octubre de 2022

Invitado: Dzogchen Ponlop Rinpoché

 


Extender nuestra compasión a nosotros mismos


Antes de que podamos extender nuestra compasión a otros, primero tenemos que extenderla a nosotros mismos. ¿Cómo hacemos esto? Tenemos que observar nuestra propia mente y apreciar cómo nuestras propias expresiones neuróticas –nuestros pensamientos confundidos y emociones perturbadoras–, de hecho, nos están ayudando a despertar. Nuestra agresión nos puede ayudar a desarrollar claridad y paciencia. Nuestra pasión nos puedo ayudar a soltar los apegos y ser más generosos. Básicamente, una vez que vemos que esta mente de confusión es también nuestra mente de despertar, podemos apreciarla y confiar en nuestra habilidad para trabajar con ella. Es una buena mente después de todo, la mente que nos llevará hasta la iluminación. Cuando entendemos esto, podemos empezar a soltar nuestra actitud previa de repulsión hacia nuestras emociones.


silvestres chimaleñas

Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.


viernes, 21 de octubre de 2022

Hoy no fotografié


Ni al insecto hoja, de enormes alas como hojas verde oscuro, patas larguísimas y ojos penetrantes color turquesa, parado junto a la sombra del farol en la cara trasera de mi edificio. Ni al ave pequeña que se posó en lo alto de la moringa y permaneció allí mucho más de lo que dura el disparo de mi cámara.

Hoy no fotografié la campánula blanca, de estambres extendidos, donde aterrizan mosquitos negros. Ni la parvada de pájaros que emprendió el vuelo, en franca algarabía matutina, persiguiendo solo ellos saben qué. 

Hoy no fotografié al canario que cantaba a todo pulmón, en su jaula en el balcón, aún tapado con su tela color de rosa. Ni al sol tibio de otoño que resplandecía callado tras nubes suaves que parecían llenas de hielo. 

Hoy no fotografié nada y sentí como si me faltaran un ojo o una mano para relacionarme con el mundo.

Hoy solo acaricié la rama del zapote moribundo al fondo del jardín.


miércoles, 19 de octubre de 2022

Cosas suaves / Cosas ásperas


 Lo suave

  • el pelaje de mi gata Khandro
  • el sabor del té Earl Grey
  • la voz de alguien a quien no recuerdo
  • algunos papeles de baño
  • mi toalla nueva color arena
  • la música de Satie
  • la poesía de Emily Dickinson
  • la piel de un bebé
  • el azul del Caribe
  • la masa para croquetas
  • diciembre en el mar
  • las nubes
  • el algodón de azúcar


Lo áspero

  • la fibra de metal para limpiar el baño
  • mi lima para las uñas
  • la madera sin barnizar
  • un sartén con grasa pegada
  • un comal donde se asaron chiles poblanos
  • el sabor del apio
  • el recuerdo de Ana
  • el timbre de algunos teléfonos
  • la piel quemada por el sol
  • las telas almidonadas
  • algunas escenas de mi infancia
  • un lichi por fuera
  • la lengua de mi gata Khandro



mi gata Khandro: de pelaje suave y lengua áspera



lunes, 17 de octubre de 2022

Historia de un escarabajo

 


Ayer en la tarde salí a caminar por el condominio. Cuando lo hago a esa hora, aún con sol pero cerca del atardecer, me gusta quitarme los zapatos y caminar descalza por el pasto (earthing, le dice una amiga a esta práctica): junto a la alberca del fondo, o alrededor de la que está a la entrada de los edificios. Cuando bordeaba la segunda, vi a un escarabajo flotando en el agua, inmóvil, aparentemente negro. Concluí que ya era demasiado tarde para salvarlo y seguí caminando. Lo volví a ver y dudé. Me encontré una rama delgadita y me senté junto al borde del agua; extendí la rama al tiempo que me di cuenta de que era verde y no negro. Él movió casi imperceptiblemente sus patas, pero era demasiado grande para la rama pudiera sostenerlo. Entonces, lo acerqué a mi mano y lo tomé entre los dedos. Él se agarró a mí con fuerza y yo lo lancé al pasto (su tacto en mi piel era desagradable). Pero no quise dejarlo junto al agua para que no fuera a caerse otra vez. Entonces lo levanté con una semilla de araucaria y lo llevé a una barda donde aún pegaba el sol. Dudé si se salvaría. Quizá lo había dejado demasiado tiempo en el agua. Seguí caminando. Volví para ver cómo iba: empezaba a mover patas y antenas. Quizá siempre sí se salve, pensé. Seguí caminando. Y, entonces, lo vi pasar volando. ¡Qué ilusión!


Cierro con la definición que la RAE da de estos bichos porque es casi un cuento:

escarabajo

Del lat. vulg. scarabaius.

1. m. Insecto coleóptero, de antenas con nueve articulaciones terminadas en maza, élitros lisos, cuerpo deprimido, con cabeza rombal y dentada por delante, y patas anteriores desprovistas de tarsos, que busca el estiércol para alimentarse y hacer bolas, dentro de las cuales deposita los huevos.


viernes, 14 de octubre de 2022

a.g.r.i.d.u.l.c.e.

 

Así es la floración de tu violeta color vino. O sea, cuando le vuelven a salir flores, quizá dos veces al año (no es de las que florean mucho), te da gusto y, al mismo tiempo, hay tristeza o nostalgia o un pelín de melancolía. 











Por qué.  Porque te recuerda a ella, una de tus exes, así con e ese al final porque, aunque la RAE indica que este sustantivo permanece invariable en plural, qué sabe la RAE de tu colección de amigas que dejaron de serlo. Y que son muchas, así en plural variable, o cuando menos a ti te lo parece. Quizás no sean más de las que todo el mundo acumula a lo largo de su vida. A ti se te juntan exes amigas, con exes parejas (aunque de estos haya menos o, al paso del tiempo duelan menos), además de exes parientes (pero eso ya amerita otra entrada, la verdad).

Ella no fue tu primera ex, seguro que no, y seguro que no será la última. Para cuando dejó de hablarte, de comunicarse contigo, pues, de interesarse por ti, ya se habían empezado a distanciar y tú, tu colección ya la habías arrancado bastante antes. Pero jamás pensaste que ella dejaría de ser tu amiga por completo. Podrían verse menos, hablarse menos, incluso, caerse menos bien, pero no ser nada, después de todo lo que habían sido, era poco menos que imposible, pensabas, sin llegarlo a pensar realmente. 

Esa violeta color vino te la regaló ella hace muchísimos años, más de treinta, antes de que te casaras, antes de que naciera tu hijo, antes de que ella se casara y naciera su hija. Antes de que salieran de viaje, madres solas, con tu hijo y su hija, que fueron amigos también, durante un rato, y parecían hermanas. Pero en el tiempo de la violeta color vino, tú y ella solteras, empezaban a ser adultas y salían juntas de viaje, desde aquel primer viaje a Europa, al terminar la prepa, del cual tú olvidaste todo detalle. Una vez, en una ida a Puebla y Cholula, quizás para un fin de año, compraron sendas macetas de talavera y ella te regaló una hija de su violeta color vino para la tuya. 

Y pegó. Pegó muy bien. Y te la llevaste contigo cuando te mudaste con tu futuro marido y luego llegó a la casa donde nació tu hijo y luego a la siguiente casa donde vivieron los tres, la penúltima que compartirían. En ese lugar, se te ocurrió (o se le ocurrió a tu marido, quién sabe) ponerla en una maceta más grande junto a otras plantas, en una especie de patio interno de la casa, detrás de un vidrio enorme. Un buen día, te diste cuenta que la violeta se marchitaba. No era por falta de agua: se moría. No te acuerdas qué hiciste exactamente. Desplantarla, seguro, y quizá replantarla entera o plantar alguna de sus hojas. Y sobrevivió y volvió a florecer. 

Te acompañó a la última casa que compartiste con tu marido. De ahí, a la primera casa que compartiste con tu hijo, después del divorcio, y de ahí a la segunda, donde has estado ya más de 17 años. La violeta siguió creciendo y floreando sus dos veces al año. Tuviste que buscarle una maceta nueva, más grande (la de talavera acoge ahora a tu violeta blanca recuperada). Quizás ella, esta ex, haya llegado a ver la violeta color vino en esta casa tuya, hace años, cuando aún se visitaban y pasaban tiempo juntas.

Ahora, hará más o menos 7 años que se volvieron exes. No se ven. No se hablan. Saben la una de la otra, o por lo menos tú sabes algo de ella, por amigas comunes. Y nada más. 


Pero tu violeta color vino sigue vivita y floreando. Recordándote que las amigas pueden dejar de serlo y la vida sigue.


Aquí en esta foto que recién le sacaste en su nuevo florecer, se alcanza a ver al fondo un pedacito de la tierra de tu padre, un par de madreñas que compraste a tus 17 años, hace 42, cuando visitaste Avilés por primera vez.

Así la vida y sus entrelazamientos.

Así el otoño y su sabor agridulce: de ausencia de lluvia, de aire frío y cielos espectaculares, de lunas equivocadas, recuerdos y la cercanía de los muertos.