domingo, 25 de abril de 2021

haikus 20 – 28


🌼

the cat on the cushion

I wish I was

as peaceful as her

🥀

a hole in my chest

reminds me still

of your deep absence

🌺

the sound of the fans

tortures my mind

almost imperceptibly

🌼

the wind through the blinds

I wish I could

fly out the window

🥀

feathers hanging

at the door of my room

friendship past

🌺

my teacher's face

fading by the minute

I've started to grieve

🌼

one foot out

one foot in

who am I?

🥀

a knot in my throat

I wish I could cry

myself away

🌺

wind down

a minute left

it's almost over

🌼


domingo, 18 de abril de 2021

Cosas eternas

 I love things that are timeless: detergent, paper products, toys, Hostess cupcakes, scissors, rolls of tagpe, Wite-Out, hair gel, soap, nightcpas, anything made of plastic—the things that endure and survive.

Dinaw Mengestu

The Beautiful Things That Heaven Bears


  • las sensaciones de la primera vez que hice el amor
  • la fotografía de mis padres en Sevilla durante su luna de miel
  • la planta del amor, que floreció cuando me casé y siguió floreciendo después del divorcio
  • mi hijo, aunque siempre esté cambiando
  • el plato de cerámica con mi nombre y un león que alguien me regaló cuando nací
  • el rebozo rosa mexicano de seda cruda de mi abuela Rosa
  • mi fascinación por fotografiar flores, pájaros, bichos
  • el sonido de los ventiladores del supermercado junto a mi departamento
  • el aparato de televisión de mi suegra
  • el pequeño plato de barro adornado con una espiral que compré en Barcelona cuando tenía 17 años
  • mi camarita rosa
  • mi anhelo de mamá
  • una carta manuscrita en hojas de papel rayado arrancadas de un cuaderno donde un compañero de la primaria me pedía que fuera su novia
  • el pendiente de jade verde montado en oro que mi comadre me regaló cuando cumplí 50 años
  • mi tía Olga y el sabor del café con leche

viernes, 16 de abril de 2021

por cuestiones de calidad en el servicio

O algo así, terminó ayer mi conversación con un ejecutivo telefónico de Banorte, el banco fuerte de México. Tras más de una hora de conversación, el ejecutivo repitió mecánicamente, como casi todo lo que dijo, que tenía que terminar la llamada por esas mentadas cuestiones de calidad en el servicio. A juzgar por como funciona el mundo en que vivimos, supongo que si en determinado tiempo no se resuelve el problema por el cual han sido contactados, tendrán una sanción o una mala evaluación o quizá hasta los corran. Y mi problema,  por supuesto, no se había solucionado o no había certeza de que así hubiese sido. Cuando le pregunté si me iba a dejar ahí colgada, obligándome a volver a marcar y perder quién sabe cuánto tiempo más, repitió la muletilla y colgó, no sin antes agradecerme haberme comunicado a Banorte.

Cuando me di cuenta que me había quedado sin interlocutor, tenía más ganas de reír que de otra cosa y me sorprendí a mí misma no habiendo perdido del todo la compostura ante la experiencia, kafkiana como la que más. Entre un "en este caso" y otro "en este caso", forma en que el ejecutivo, cuyo nombre por fortuna he olvidado, me fue dando una serie de instrucciones, transité desde dudar de mi propio coeficiente intelectual y mi capacidad de teclear unas cuantas letras, número y signos que representan mi usuario y contraseña (mientras él pacientemente, eso sí, aunque no sé cómo estaría por dentro, me esperaba) hasta sentir un nivel de intimidad con el desconocido como si lleváramos casados varias vidas.

No faltaron las recomendaciones y casi amenazas: si el sistema ya se ha bloqueado temporalmente durante 15 minutos, lo cual sucedió por lo menos un par de veces, la siguiente podría bloquearse 7 días y, por supuesto, nadie podrá ayudarme porque el mentado sistema ha tomado el control y los seres humanos que aún quedan están a su servicio. Pensé que había triunfado cuando lo convencí de quedarse conmigo a que pasaran los 15 minutos del bloqueo y poder probar mi acceso. Faltaban unos 120 segundos  y no quería tener que empezar desde 0 otra vez. Accedió. No tengo idea por qué. Y, oh sorpresa, no se podía entrar. Tampoco tengo idea por qué y sospecho que ni él ni nadie más podrían ofrecer una explicación razonable.

Entonces, el amable ejecutivo propuso que una de las vías para ver si podía finalmente entrar a mi cuenta en línea (el motivo de la consulta) fue establecer una nueva contraseña, pues parecía o que yo la había olvidado o no sabía leerla en donde la tengo anotada o era incapaz de teclearla. Ese fue uno de los momentos cumbre de la llamada. Cuando después de no sé cuántos intentos, logramos (en plural, sí) llegar a la página para hacerlo, me encontré con una serie de instrucciones inapelables (tiene que ser alfanumérica, tiene que tener entre 8 y 15 caracteres) y luego una serie de sugerencias (puede contener mayúsculas, puede contener algún signo). Cada vez que proponía una nueva contraseña, aparecía un mensaje indicándome algún fallo: la contraseña debe tener 8 caracteres (no entre 8 y 15), la contraseña debe tener por lo menos una mayúscula (en lugar de puede contener mayúsculas). Y entonces mi diálogo se volvió casi un monólogo en el cual el ejecutivo se limitaba a asentir (con una palabra, con la voz o en silencio). Y yo me sentía cada vez más estúpida.

Una vez que el cambio de contraseña fue un éxito, le pedí que me acompañara a acceder al portal. Nos encontramos con varios problemas más que desembocaron, finalmente, en una pantalla en blanco. Y ahí fue cuando él me informó que se iba, que probara yo, que volviera a llamar al número 800 del banco. De nada valió casi rogarle, por esas cuestiones de calidad en el servicio, que son unos amos implacables.

Ahí estaba yo. Abandonada a mi suerte, pero con la opción de no perder la calma. Después de todo ya tenía una contraseña nueva y la enorme duda de si funcionaría. Decidí no hacer nada más (eran cerca de las 11 de la noche) y esperar al día siguiente. Tampoco es que la actuación del ejecutivo fuera personal, es decir, en mi contra. Lo que me parece que sí está en contra de todos es este sistema en que vivimos (y a cuya creación todos contribuimos) guiado por el miedo que se ha ido convirtiendo paso a paso en paranoia: la falsa ilusión/falsa necesidad de tener control y seguridad, en un mundo inseguro y descontrolado por definición, cambiante pues, nos ha llevado al enloquecimiento masivo en prácticamente todos los aspectos de la vida (banco, virus, relaciones, capital, clima). Lo único bueno es saber que la situación es trabajable, sigue siendo trabajable, si podemos darnos cuenta que su origen está en nuestra propia mente.

Y para quien tenga la duda de qué pasó con mi banca en línea: esta mañana al fin pude entrar, no sin algún sobresalto en el proceso. No me sentí victoriosa, pero por lo menos, y de momento, me ahorré otra plática con otro ejecutivo.


miércoles, 7 de abril de 2021

sueño 26.

Hace unos cuantos días: Estaba en Barcelona que no era Barcelona, claro, como suele suceder en los sueños. Estaba, no sé si acompañada o sola, en un sitio medio cerrado, medio abierto. Un comercio, restorán, tienda o algo así. Había bastente gente. Y de pronto, me detenía a ver a las personas y me daba cuenta de que no llevaban mascarilla (tapabocas, se dice acá) y me sacaba de onda. Bastante. Entonces les preguntaba: ¿Que ya no usan mascarilla aquí? O sea, ¿que ya no usan mascarilla en Barcelona, en España? Aludiendo a una realidad sorprendente, que no entendía.

Antes de que me contestaran, una voz interna comentó: Ya se ha metido el covid a tus sueños. Como a las series médicas que me gusta ver, pensé. Como a la vida toda.


martes, 6 de abril de 2021

obsequio poscumpleañero

Hace varios días, un par de semanas o quizá un poco más, decidí trasplantar la piedra, esa cactácea que lleva conmigo (toda o casi toda) mi vida adulta en Cuernavaca. Ya le había quedado chica su segunda maceta y tenía yo disponible una más grande. Pensé que sería un buen lugar para que la piedra pudiera estar más a sus anchas, así que procedí al cambio. Con cuidado, pero con decisión. Descubrí que, en efecto, sus raíces ya habían ocupado todo el espacio anterior y casi no había tierra. Fue emocionante tener la piedra entre las manos y sentirla latir. En su nueva maceta, que no era tanto más amplia como parecía, se veía incluso más grande. Me quedé solo un pelín preocupada de que el cambio no le sentara bien (mi miedo que nada tenía que ver con ella, en realidad). Pero pensé que podría soltar todo inquietud cuando floreara de nuevo.

Hoy, un día después de mi cumpleaños, vinieron a desayunar Yare y Santiago. Ella, volteando al balcón, me preguntó cómo iba la piedra. Le dije que aún no echaba nuevas flores, aunque tenía sus pequeñas protuberancias. Cuando ellos ya se habían ido, me asomé al balcón y descubrí, con gran gozo, que la piedra había echado no una, ni dos, ni tres, sino cuatro hermosísimas flores, que juntas parece una sola flor más grande. (A mi amiga Joana seguro le encantaría verla en persona.)



Obsequios, les decía mi abuela Rosa a los regalos, a los presentes. Y la vida te los da cuando menos te los esperas.

Life is beautiful.


viernes, 2 de abril de 2021

Invitado: Chogyam Trungpa Rinpoché


Comenzar de nuevo

Cuando alguien dice "agrio", podríamos recordar cuando mordimos un limón. Basta con escuchar la palabra "agrio" para que nuestra cara haga una expresión como si estuviéramos comiendo una lima o un limón ahora mismo. El hábito se forma a partir de la memoria, desde ese punto de vista. Solemos moldear nuestra situación presente de acuerdo con esos recuerdos habituales. En lugar de comenzar de nuevo, volvemos a lo que hemos hecho en el pasado. Eso nos es más fácil que abrirnos paso través de un territorio desconocido. Así es como se desarrollan los patrones habituales. 







Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 1 de abril de 2021

a b r i l

Empieza hoy abril. Mi mes. Porque cumplo años el 5 y siempre lo he sentido como mío. Porque su nombre empieza con A, igual que el mío. Y la A me encanta, como el mes y como el 5. Porque haber nacido cuando nací me hace Aries, que también empieza con A. Pensamiento mágico, tal vez.

De niña, sobre todo, y de adolescente, sentía que abril y el 5 especialmente eran algo que nadie me podía quitar. Y hace un año sí que se me perdió abril. Me lo robaron, como diría aquel. Las circunstancias. Me lo pasé encerrada en un piso en Madrid, muy cerca del Bernabéu. Y hoy eso parece tan lejano como un sueño.

Hoy sueño de regreso en Cuernavaca. Ganándole a mi casa un trozo cada día. Lavando un plato de los que adornan alguna pared. Trasplantando un cactus que lleva conmigo casi 30 años. O una violeta. Fantaseando con Cadaqués, por ejemplo.

Eso sí, el Diccionario de la Lengua Española no me lo pone fácil con sus acepciones de abril:

abril

Del lat. Aprīlis.

1. m. Cuarto mes del añoque tiene 30 días.

2. m. Primera juventudEl abril de la vida.

3. m. desus. Hermosuralozaníagracia.

4. m. pl. Años de edad de una persona jovenSolo tiene veinte abriles.

Salvo lo del cuarto mes del año con sus 30 días, las demás se refieren a juventud y a juventud como sinónimo de hermosura. Como sea, yo estoy por cumplir 58 abriles, y en el hemisferio sur estaré cumpliendo 58 otoños. Por suerte, todo es relativo. Incluyendo la edad, el tiempo y la belleza.

Y siguiendo una costumbre que tenía mi mamá, sumo los dígitos de mi edad, hasta llegar a uno solo: 5 + 8 = 13, que es non y me gusta, y 1 + 3 = 4, que es par y me cae menos bien. Y al final, qué importa. Es un juego nomás o más pensamiento mágico. Y Abril es también un nombre. De una amiga muy querida, exalumna, cómplice, que ojalá pueda volver a ver pronto. 

Mientras llega y pasa el "aniversario de mi nacimiento", me acuerdo que alguna vez mi maestro, que es tibetano, comentó que era raro cómo en Occidente celebrábamos una ocasión que marca, en realidad, un año menos de vida. Cuestión de enfoque. Y cómo ayuda no casarse con uno solo.

Aquí unas violetas en abril, de las que me han ayudado a anclarme de vuelta, por más efímero que sea el anclaje :