Así es la cosa cuando quiero (necesito) escribir y no sé sobre qué.
(Me salto al número 5 de esta serie porque en el 4, que aún no se publica, encontré unas notas a las que volveré en algún momento.)
Como ayer que, después de cortarme el pelo (con Bruno, claro, no yo sola), me fui a la Gandhi a por un café y me comí también un chocolatín. El café era un latte al que no le puse azúcar y, por lo tanto, no revolví. Venía adornado con un corazón blanco de leche que se fue manteniendo casi sin distorsión mientras bebía. Al final se deshizo, claro. Y me recordó que cuando antier le serví su porción de atún a la Khandro, parecía también un corazón, pero más fisiológico que el del latte, que era la versión estética abstracta.
Como antier que salí a caminar por la mañana y fotografié otra vez una planta silvestre que crece detrás del edificio G y cuyas hojas han quedado como encaje después de que unos insectos hicieron de ellas su festín. Hace unos días, descubrí que habían florecido, con unos pomponcitos color de rosa, con estambres que sobresalían, parecidos a las imágenes del coronavirus. Entonces empecé a fotografiar esas flores. Y cuál no sería mi sorpresa, cuando las descargué de mi camarita a mi compu y en una de ellas vi algo rojo intenso. Entonces me acerqué y descubrí que era una catarina muy acomodadita entre las flores, quizás durmiendo. Yo amo las catarinas y me hizo tan feliz el hallazgo fortuito de mi cómplice de caminatas. Tan feliz que usé la imagen para ilustrar la entrada anterior y aquí la vuelvo a compartir hoy:
Ayer también, mientras bebía latte y comía chocolatín (too fancy if you ask me; recuerdo los mejores que he comido en Lyon, a dos días de la pandemia, con Demian y familia), leía a Han Kang, The White Book, y me enamoraba aún más. Beauty and pain are not dual, cannot be made dual, are not two and are not different. Y fantaseaba con leerte el libro blanco de Han Kang en voz alta. Que me lo leyeras tú. Fantaseaba con cepillarte el pelo (largo, gris, ondulado) o trenzártelo. Con caminar tomada de tu mano al borde del mar, o donde sea. Con prepararte todos los platos vegetarianos que sé hacer, mientras tú me miras y me hablas, o no, desde el sofá de la sala.
Y como ayer que el día cerró con un atardecer espectacular que no pude fotografiar porque estaba en sesión con una paciente nueva. Pero capturé las últimas pinceladas del ocaso en grises, morados y un poco de rosa y naranja. Desde mi balcón.
Mientras que el día hoy (cumpleaños de una examiga a quien le deseo lo bueno, cuyo recuerdo aún duele, pero cada vez menos), empezó con flores verdes, con rosas (una lozana, otra marchita) y con tus palabras de aliento.
Gracias.
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