sábado, 27 de noviembre de 2021

Historia de una taza (2)

Te dispones a vaciar el escurridor del fregadero de la cocina y abrir un poco de espacio para que tu hijo pueda cocinar. Haces una torre de objetos para llevar a guardar al trinchador del comedor, pero quisiste abarcar demasiado y una pequeña taza color blanco sucio (no exactamente beige, digamos) con un par de rayas (¿o era solo una?) azules arriba y abajo como adorno, cae al piso. No se rompe. La oyes rebotar y entonces sí, al golpear el piso por segunda vez, queda hecha añicos: unos más grandes y otros pulverizados. Sabes que es inútil tratar de volver a armarla. No lo puedes creer, aunque ya has hecho esto antes, aquí, la contemplación sobre la impermanencia y las tazas rotas. Pero parece que cada vez empiezas de 0.

Es que esta la compré cuando me fui a vivir sola por primera vez, le explicas a tu hijo. Es la única que quedaba de esa vajilla, le sigues explicando. Con ganas de llorar. (Igual se te escapan algunas lágrimas.) Te sientes idiota y triste a la vez. Y un pelín ridícula también. Recuerdas una tarde lluviosa, hará unos 33 años, cuando impulsada por quién sabe qué o quién entraste a una mueblería Hermanos Vázquez, cerca de la UNAM, en Avenida Universidad, y te compraste tu primera vajilla, Stoneware. Made in China. Decía. Súper sencilla. En oferta. Para cuatro personas (la de menos piezas que encontraste). Y saliste con ella en brazos, protegiéndola para que no se empapara la caja y se cayeran las piezas. Habrás tomado un taxi (completamente fuera de tu presupuesto en esa época) y habrás vuelto a casa de tu prima Marisa, de donde te mudarías días después a tu propio departamento. ¡Y ya tenías platos (extendidos, medianos, hondos) y tazas! Te sentías tan independiente. Tan adulta. Tan tú.

Y hoy, te das cuenta, no se trata tanto de la taza, aunque también. (Era la medida perfecta para disolver tus chochos homeopáticos, por ejemplo, y había estado contigo más de tres décadas.) Se trata, probablemente más, del apego a tu yo de entonces, el de 25, el que tenía la vida por delante y la empezaba a andar sobre sus dos pies. Al romperse la taza, parece que se hubiera roto ese yo también. Ese que nunca existió, en realidad, ni existe, y que apareció, para disolverse, hace, eso, más de tres décadas.

Pues, nada. Tomas la escoba. Barres los añicos —de taza, de ti, de recuerdos—. Con cuidado de que no quede ninguna esquirla que tú o la gata o tu hijo pudieran pisar. (Igual te encuentras una varios días después.) Recoges los pedazos y tu hijo te ayuda a ponerlos dentro de un tetra pak vacío, como les ha enseñado la comadre (para evitar que algún ser se corte si husmea en la basura). 

Y la sueltas. Resulta que el proceso se da más rápido que antes. El apego se esfuma más rápido, aunque deja una estela aún tras de sí. Siempre podrás hacer una entrada al respecto en el blog y, así, no perder la taza por completo, ni la reflexión, claro, te dices. De esta taza ni siquiera conservas una foto. Era tan común y corriente, como, en última instancia lo es todo (¿o casi todo?), en la vida.


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