lunes, 15 de enero de 2024

La terraza de Jalisco 222 antes 800

terraza
 

De terrazo.

1. f. Sitio abierto de una casa desde el cual se puede explayar la vista.

Sin.:
  • balcónmiradorgaleríalogiacierro.

O sea, la terraza de la casa de mi abuela Rosa en Cuernavaca. A veces la sueño. Casi seguro la soñé apenas, con sus dos sillones enormes con asiento de cuero y marco de madera, apostados contra la pared izquierda. Parecían tronos y fungían como camas para que los perros durmieran en la noche: uno de ellos, Alí, era un weimaraner gris, como los son todos los perros de esa raza; vivía con un bozal de cuero rosa después de que intentó morderme cuando era muy niña y me pusieron a mí en la disyuntiva de que se sacrificara al perro o viviera con bozal. El otro sillón era para el otro can que solía haber en la casa: entre ellos, Gandul, un bóxer color café que murió ciego y sobre el cual, cuentan, me montaban de bebé, o Yali, otro weimaraner, quizá hijo del primero, que le rompió una costilla a mi mamá y no duró mucho tiempo en la casa. En esos sillones la gente no se sentaba o no debía sentarse: estaban demasiado curtidos, llenos de pelo y de grasa perruna, me imagino. Mi hermano y yo a veces nos echábamos ahí a escondidas para perdernos en la inmensidad del cuero que contenía a las bestias de noche.

Al centro de la terraza había una mesa redonda de madera. Era grande y de tono claro. Recuerdo que tenía hoyos que se rellenaban con una pasta para simular el mismo color. Supongo que era algo contra las polillas. Alrededor cabían unas ocho sillas. Quizás más. De madera también, con un respaldo que podría jurar que era móvil, pero quizás, no. Es muy probable que esta mesa estuviera cubierta con un mantel cuando nos sentábamos a su alrededor.

La terraza tenía un frente abierto hacia el jardín y el lugar donde se estacionaban los coches. Todo ese frente estaba recorrido por una canaleta que se llevaba el agua cuando llovía demasiado. Ahí se acumulaba el granizo, cuando llegaba a granizar, y alguna vez mi hermano y yo recogimos las piedras de hielo en cucuruchos de papel que nos dio mi abuela Rosa. Encima les echó jugo de limón y azúcar para simular un raspado. No conservo memoria de cómo sabían.

Al fondo de la terraza había una puerta que daba directamente a la cocina, a través de un pasillo angosto reservado para la gente de confianza o la servidumbre (como decía mi abuela), nunca una visita. A la derecha estaba la puerta principal de entrada a la casa, después de una jardinera larga y angosta llena de plantas de hojas grandes y color verde muy oscuro. Y a la izquierda, en el mismo muro de los tronos de los perros, había otra puerta que daba al cuarto de huéspedes, una habitación independiente, con su propio baño y dos camas, probablemente matrimoniales, que se convertía en mi refugio cuando mi tía Olga pasaba alguna temporada en la casa. Me parece recordar que los azulejos de ese baño eran color salmón intenso y el excusado goteaba

Supongo que habría alguna fuente de iluminación, además de la luz natural, en la terraza, pero no recuerdo. Normalmente la usábamos de día. Para el aperitivo y la botana, antes de pasar al comedor con su mesa larguísima y su otra terraza, donde le quitaban el bozal a Alí para que comiera, pues se cerraba con puertas de vidrio. A la hora de la copa, adonde llegábamos recién bañaditos y arreglados después de haber nadado y tomado el sol, mis papás bebían camparis, mi tía Olga, su cuba y mi abuela Rosa, quizá un tequila de su tierra. A los niños no nos daban alcohol, pero mi papá nos preparaba una bebida con jugos (procesados) de fruta que llamaba Planter's Punch, pero sin el ron. 

Después del desayuno, mi tía Olga se quedaba sentada en la terraza, tejiendo o leyendo. No iba a la alberca: ni se asoleaba ni nadaba. Cuando yo podía, me sentaba junta a ella, escapándome de la rutina de balneario que seguían mis papás y mi hermano, y jugábamos canasta. Lo mejor que me podía pasar en el día.

Durante las vacaciones (verano, semana santa, navidad), nos reuníamos todos (mi papá, mi mamá, mi tía Olga, mi abuela Rosa, mi hermano y yo) después de la comida y de la siesta de los adultos a jugar continental. Mi hermano yo usábamos unos cositos de plástico y hule para sujetar nuestras cartas, sobre todo en las manos con mayor cantidad de naipes. El mío era azul por fuera y verde limón por dentro. No me acuerdo cómo era el de mi hermano. Cuando hablábamos demasiado, mi papá decía que el juego lo había inventado un mudo.

En esa terraza también se sentaba mi "tío" Achim, Joachim von Block, un noble alemán, homosexual, amigo de mi abuelo, cuando iba a visitar a mi abuela una tarde a la semana, como a las 5. Ella le preparaba un güisqui, al que llamaban jaibol, y creo que lo acompañaba bebiéndose ella uno igual. Mi hermano y yo acechábamos la conversación cuidando de que no nos vieran.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario