martes, 31 de diciembre de 2024

Nochevieja


O Noche Vieja es, según la RAE, un sustantivo femenino cuya definición es: "Última noche del año". (Ninguna sorpresa ahí...) A mí el vocablo me remite, siempre, a mi abuela María Luisa, la mamá de mi papá, buelina para los bisnietos, tatarabuela para Runs (hije de su bisnieta Maricarmen), aunque nunca la conoció. (A mí no deja de parecerme increíble haber conocido a los tatarabuelos de mi sobrino nieto, que es más un amigo que nada...) Y no sé por qué me hace pensar en mi abuela, con quien sospecho que nunca pasamos una Nochevieja, pero es por ella y mi abuelo y mis tíos y mi papá que la llamo así, supongo.

Supongo que todavía no es Nochevieja, porque estamos apenas pasado el mediodía del último día del año, pero ya sabe a Nochevieja. A que se acaba el año. A que viene otro. A recuentos y resoluciones que no suelo hacer, aunque algunos se hayan colado en este blog, aquí y allá.

A mí me agarra este final de año con el corazón medio roto. Hace más de 7 semanas que adopté a Luna, una gatita gris y blanca, que antes se llamaba Tuna, como le pusieron cuando llegó a vivir a Salto Nuevo o Salto Allá, la cosa comunitaria donde hasta unas semanas vivían mi hijo y mi nuera con otres amigues. La gatita llegó embarazada, la adoptó y bautizó una pareja de la casa y allí nacieron sus tres hijos: Kala (que seguramente ya no se llama así porque lo adoptaron) y Copal y Simba, que son ahora los hijos de Santiago y Yare.

Yo decidí quedarme con la mamá y traerla a vivir a casa con mi Khandro. Tenía la sensación de que a la gata residente (término técnico), una gata calicó enorme de 9 años, no le iba a gustar mucho la llegada de una gata nueva, a quien rebauticé como Luna (por puro gusto). Y no me equivocaba. Lo que nunca pensé es que la reacción de Khandro fuera a ser tan violenta, desproporcionada (a mi ojos claro), agresiva y parece que irremediable... 

Llevamos, pues, casi dos meses que se suponía que serían de adaptación, en los que ha habido de todo: Khandro escondida bajo la colcha de mi cama (con aparente miedo de Luna), Khandro olisqueando y bufando, Khandro acechando (siempre en tensión), Khandro atacando, Khandro sentada en una silla al lado de la mía y Luna en la del otro lado, Khandro en el sofá y Luna en el piso, aparentemente ignorándose. La cosa parecía evolucionar, pero la evolución ha sido hacia lo negativo.

Consulté a mi veterinario. Consulté a otra veterinaria, con doctorado en comportamiento gatuno. Me eché los videos del gatólogo de youtube Jackson Galaxy. Hice cosas mal (presentarlas demasiado pronto) e hice cosas bien, creo (jugar con ellas, juntas, separadas, darles de comer juntas, darle mucho amor a la gata residente, darles espacio para conocerse e intervenir cuando se llegaba a los zarpazos). Y la triste conclusión (desde el azote decembrino, claro) es que el amor no es suficiente ni ha hecho que las cosas funcionen. 

Hemos empezado  (Yare, Runs, Santiago y yo) a ofrecer a la Luna para que alguien chido la adopte (si te animas, contáctame), y yo no me resigno. Me da por llorar cuando escribo esto y cuando la veo y la imagino en otro lado. Y reconozco el apego junto al amor y las vivencias disparadas de otros fracasos (por así llamarlos, quizá solo finales, quizá solo lo que tocaba). Y aunque no creo en milagros, quizá haya uno y aún se puedan llevar Luna y Khandro....

Así que será una Nochevieja tristona y un Año Nuevo, qué sé yo, veremos si no solo tristón.  Mándenle, mándenos buenas vibras, así como de esta casa salen buenas vibras para el mundo, para que haya paz y reconciliación y amor, que siempre es mejor que el odio, aunque a veces parezca que no sirve para nada...

Acá una fotico de la Luneira Cascabeleira:

















Y una de las 2 en modo tolerancia, a ver si conjuramos alguna magia:













miércoles, 18 de diciembre de 2024

Invitada: Pema Chödrön


Si una experiencia es placentera o agradable, solemos querer asirla y hacerla durar. Tenemos miedo de que termine. No tendemos a compartirla. Las enseñanzas de lojong* nos alientan, si disfrutamos lo que estamos viviendo, a pensar en otras personas y desear que sientan lo mismo. Comparte la riqueza. Sé generoso con tu dicha. Despréndete de lo que más quieres. Sé generoso con tus conocimientos y deleites. En lugar de temer que se te vayan a escapar y aferrarte a ellos, compártelos. 

*práctica de entrenamiento mental en la tradición budista 
tibetana basada en un conjunto de aforismos formulados en el Tíbet en el siglo XII por Chekawa Yeshe Dorje


luces navideñas de paso

















Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

viernes, 13 de diciembre de 2024

Qué significa ser extranjero, extranjera


What does it mean to be foreign.
Foreign, extranjero. Yo me sentí extranjera desde que nací. Quizá fue la bienvenida al mundo cuando el pediatra, el Dr. Palacios, por tranquilizar a mi mamá, intentó cortarme la tripita que quedaba colgando del cordón umbilical y se llevó de paso medio muslo. Bueno, no me arrancó el muslo, pero lo abrió dejando una cortada que, al cicatrizar, tomó la forma de un ángel. "La prima de la cicatriz" decía Jean Louis de mí. Y esa cicatriz fue como la marca de ser foreign, de ser extranjera, de no pertenecer del todo, de haber llegado al lugar equivocado. Como en la foto que me acabo de encontrar en el instagram de Maricarmen donde celebra al tío Patí, otro nombre para mi primo Jean Louis, y dice que viene del baúl de los recuerdos. Está Jean Louis al centro; a su derecha una Maricarmen de 7 u 8 años y a su izquierda una Marialuisa de 6 o 7, junto a una Natalia de más o menos la edad entre las dos Marías, que eran (son) hermanas. Las tres vestiditas de fiesta. Las Marías con vestidos de terciopelo y cintas o brillitos. Natalia, más moderna. Y en el borde izquierdo hay una mujer, ¿niña?, ¿muchacha? ¿adolescente? de unos 14 años, vestida con una suéter-blusa pegada color rojo encendido y con cuello de tortuga. Cuelga un collar que creo que eran diamonds by the yard (de los falsos) y se ve la parte de arriba de una falda ajustada a la cintura y luego abombada, de una tela a cuadros de colores verde, rojo y blanco: todo muy navideño. No mira a la cámara y en sus ojos se adivina una mezcla de sorpresa, miedo y resignación y la plena conciencia, quizá inconsciente, de estar en el lugar equivocado, de no pertenecer. Lleva el pelo muy corto y peinado para atrás como una señora y se le ve una frente enorme como un ventanal. A su izquierda está un árbol de navidad muy decorado y detrás de Jean Louis el famosísimo mueble de las soperas de mi papá. Es mi casa de niña, es navidad, y yo soy la mujer de rojo.




Me encontré esta foto en el instagram de una prima antes sobrina hace como una semana durante el retiro de meditación y escritura con Natalie Goldberg. La imagen se coló en uno de los textos que escribí entonces y hoy abre este entrada.

Lo que ese texto no dice es que cuando encontré la foto, me tomó un momento reconocerme, y me sorprendió/dolió que ni las leyendas que la acompañaban ("Del baúl de los recuerdos" y "Nuestro querido Patí") reconocieran mi presencia. Y, sí, admito que a veces me paso de sensible, pero encontrarme con una imagen de mí misma de hace unos 47 años sin ningún tipo de advertencia en un lugar público me reconectó con mi extranjería, con la sensación que muchos años tuve de ser invisible, de no ser vista y, a veces, de rehuir a serlo.

El texto tampoco indaga en quién pudo haber tomado la foto (¿mi papá? ¿otra primo? ¿la pareja de Jean Louis?) ni repara en lo que ahora me parece curioso: Jean Louis/Patí y Maricarmen miran al fotógrafo o fotógrafa, él con conciencia y ella juguetona. Natalia y Marialuisa miran a alguien que está a la derecha fuera del encuadre (¿su abuela, quizás?) y yo, aunque miro hacia adelante, tengo la mirada bastante perdida. Creo que mi disociación tenía que ver con la apariencia de familia feliz que todos debíamos tener ese día (la Nochebuena), engalanados y emperifollados con nuestra mejores prendas, y las tormentas emocionales y toxicidades que subyacían a esa apariencia: todos éramos expertos en negarlas o estábamos aprendiendo a hacerlo.

Y el texto tampoco alcanczó a adentrarse en las navidades en casa de mis papás, tema que daría para varios textos y subtextos y supratextos. Quizá llegue a ellos en estos días o en otros. Baste por ahora consignar que no solo encontrarme conmigo misma hace 47 fue sorprendente, sino que también tuvo su toque perturbador encontrarme con ese trozo de la casa de mis papás: la esquina del comedor donde se ponía un enorme árbol de navidad, las cortinas hasta el piso cubriendo la ventana que daba al jardín detrás del edificio y la colección (una más de tantas) de soperas de mi papá, incluidas las compradas, las heredadas y quizá alguna robada (dentro del propio ámbito familiar).

Así se cuela el pasado en el presente en este mes de diciembre.
Veremos qué más nos depara el destino.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Tell us what's in front of you


Day 1 of writing practice retreat
 
My laptop with Natalie on the screen and on top of her the little squares with the other zoom participants. A bunch of stickers next to the computer's keyboard: la fiera meditating, a female skeleton (with blue hair adorned with a conch shell and a starfish) coming out of the mouth of a big green fish, a woman dressed in black with a strange thingy like a tiara made up of monkeys on her hair and a rhinestone at the top of her hairdo, a white jar with a purplish label and a pair of green leaves. Next to my computer is my small pink digital CANON camera and a small green bowl in the form of a one-eyed moster holding a fork and a used red English Breakfast tea-bag. Next to it is my red muy with Saramago's signature across it in white. A used white paper tissue lies in front of an old and battered orange and black eyeglasses case. There is a pair of white speakers, one on each side of the laptop. Also a collection of different colored-pens, scattered on the table: blue, purple, black, green, red, light blue, along with another one in the form of a cat and another in the form of a bunny. My Monet mug with a pointing of an impressionist London holds still more pens: purple and pink, and markers. There's another mug, white with grey letters, from a university in Lithuania, that holds more pens, a dark blue fan and a very old 15-centimeters long wooden ruler. There's a plastic bottle with water to be sprinkled at any of my two cats, especially the new one, if they misbehave, an external dark grey and black mouse for my computer on the left, next to an old used white paper napkin.














Day 3 of writing practice retreat