Cuando a un perpetrador de daño se le pide que se haga responsable y luego se presenta como la víctima, se lleva a cabo una inversión peligrosa. Aquí la responsabilidad se replantea como persecución. Aquellos que han sido lastimados, que nombran el daño o que piden reparación se ven como agresores, mientras que el perpetrador que causó perjuicio reclama la, así llamada, superioridad moral, presentándose como si estuviera bajo ataque y como si fuera él mismo una víctima. Esta maniobra desvía la atención de la víctima real del daño hacia el supuesto agravio del perpetrador a quien se le está pidiendo que rinda cuentas.
Esta desafortunada estrategia fractura la confianza y puede silenciar a las víctimas reales, que comprensiblemente pueden sentir angustia, vergüenza, enojo o entumecimiento como resultado de ser menospreciadas, ofendidas, marginalizadas, acusadas de "causar división" o informadas que "no entienden el panorama más amplio".
En esencia, un perpetrador que coopta la posición de víctima es una ejemplo de evasión atroz de responsabilidad y provoca más daño a las víctimas genuinas. Rendir cuentas requiere que el perpetrador no redirija la vergüenza y la culpa hacia las víctimas reales. Esta estrategia de revertir tiene un costo terrible: impide que las víctimas sanen y obstruye cualquier oportunidad de reparación y reconciliación.
| un abejorro, no un perpetrador, en mi balcón |
Original en inglés en esta página.
Traducción al español e imagen, mías.
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