Mi hermano nació hace 62 años un día como hoy, 11 meses y 6 días después de mí.
Creo que nunca he escrito nada por su cumpleaños. En este blog hay una que otra anécdota feliz, como la clásica de la revolvedora amarilla de la cual hablé aquí hace casi 15 años. Son las menos, indudable y tristemente. La balanza se inclina hacia las perturbadoras (la orquídea golpeada, la amiga insultada en el teléfono, el mueble roto de un raquetazo mientras la maestra de guitarra y yo nos encogíamos en la escalera, el apuñalamiento de Hipólito, las piezas de ajedrez volando por los aires).
Escribiendo, me llega otro momento feliz: la espera de los Reyes Magos y, sobre todo, el descubrimiento de lo que nos habían dejado al pie de la escalera, junto a nuestros zapatos o pantuflas, la mañana del 6 de enero. Siempre todo muy igualado. No fuéramos a sentir que a alguno lo querían más que a la otra.
Recuerdo también la ocasión, una tarde, quizás, en su cuarto (o quizá era aún nuestro cuarto, antes de que cada uno tuviera el suyo) me enseñó a firmar, en letra manuscrita, con una M del apellido materno garabateada encima del nombre y apellido paterno. Mi firma no ha cambiado casi nada desde entonces.
La relación de mi hermano con mi mamá siempre fue más cercana que la mía, y la mía con mi papá, más cercana que la de ellos. Nos recuerdo en la cima de la escalera del departamento de Uxmal, escuchando una discusión entre mis papás donde se asomaba el fantasma de la separación. Si sucedía, él se quedaría con mi mamá y yo con mi papá. No sé si siquiera mi hermano y yo nos volteamos a ver, mucho menos hablar del asunto.
A esta situación se sumaron las interminables comparaciones en la escuela (del tipo "¿por qué no eres más como tu hermana?"), ya que él iba un año más abajo que yo y yo era una alumna estrella. A mí también me habría resultado molestísimo que me compararan con él y, quizá, también lo habría odiado. .
Yo nunca he odiado a mi hermano. Le he temido. Me ha decepcionado y desesperado. Me ha dado lástima y compasión. Me ha enojado y frustrado. Pero quizás el sentimiento que ha permeado con más constancia nuestra relación sea la indiferencia. Tampoco puedo afirmar que él me haya odiado a mí, aunque así sentí la vibra muchas veces. Pero yo creo que el desinterés es quien nos ganó la partida hace mucho tiempo.
Lo recuerdo reclamándome la falta de comunicación con mis papás, después del nacimiento de mi hijo, cuando en realidad el corte provenía del lado de ellos. Lo recuerdo acompañando a mi papá para intentar llevarme a casa de él y mi mamá cuando Santiago estaba recién nacido. No lo recuerdo cubriéndome la espalda, sino más bien haciendo eco a los juicios o ataques de mis papás. Así nos enseñaron.
En fin que mi hermano, Román como mi papá y como mi abuelo y también como el hijo menor de mi prima Marisa, cumple hoy 62 años.
Le deseo que sea feliz y esté libre de sufrimiento, junto a sus hijos, Santiago y Diego.
Y le dejo este diente de león que encontré al salir a caminar esta mañana por si quisiera/pudiera soplarlo:
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