A mí me gustan los abejorros (m. Insecto himenóptero, semejante a la abeja pero más grande, de cuerpo velludo, generalmente negro y con bandas amarillas, que produce un zumbido al volar y vive en enjambres poco numerosos) y los fotografío cuando se acercan a las flores a libar o a mi balcón buscando flores para libar (una vez). A veces tengo suerte y mi camarita rosa los captura. Otras, no. Tengo incluso uno a la puerta de mi altar junto a mis maestros.
Hoy salí a caminar y cuando le estaba dando la vuelta a la alberca del fondo (en la que me gusta nadar), me di cuenta de que un abejorro (de los todo negros que son los que viven por donde yo vivo) iba flotando a la deriva. Pensé que estaría muerto ya, pero una nunca sabe, así que me fui a buscar algo con qué rescatarlo. Estaba algo alejado de la orilla. Volví con una ramita de jacaranda, de esas delgaditas de un lado y más anchas del otro de donde penden las diminutas hojas del árbol.
Acerqué el lado delgado para atraerlo hacia mí y se movía, pero no se agarraba. Tampoco con el lado más grueso. Entonces pensé: con la mano, rápido, que si no va a acabar por ahogarse. Metí la mano derecha al agua y lo pesqué y al salir del agua, me picó (claro). Fue un piquete corto y punzante, pero aguantable. Permití que el abejorro se subiera a la ramita y lo lleve a un lugar con sol alejado del agua para que se repusiera.
Seguí caminando, pero el dolor del piquete aumentaba. Entonces recordé el maravilloso consejo del maravilloso doctor Lima, antiguo pediatra de Santiago: siempre ten ablandador de carnes a la mano (de ese que se usa en la cocina) y cuando les pique un alacrán, haz una masa con el ablandador y algún líquido (agua, saliva, lo que haya) y aplícalo sobre el piquete; como el ablandador rompe las proteínas y el veneno es una proteína, eso lo desintegrará. Supuse que lo mismo sería aplicable para cualquier otra bicho y funcionaría como me había funcionado hace años con un presunto piquete de alacrán. Interrumpí la marcha (la falange del dedo corazón me estaba doliendo bastante) y volví a casa a poner en práctica la receta de Lima.
En el momento en que apliqué el ablandador con agua sobre el piquete, el dolor empezó a ceder y no se siguió inflamando.
Entonces retomé la caminata y me acerqué al sitio donde había dejado al abejorro. Por fortuna, sobre todo suya, ya había volado. Y yo pensé que tenía dos caminos posibles de reflexión:
1) Esto me pasa por andar sacando bichos del agua, sobre todo con la mano. Deseché esta senda, con sabor a regaño de abuela.
2) El pobre bicho estaba asustado, muriendo, y tuvo una reacción instintiva al contacto con algo desconocido. Opté por quedarme con esta opción y le deseé que fuera feliz y estuviera libre de sufrimiento.
Siempre podemos optar por alguna versión parecida a esta segunda, en vez de arrepentirnos de un acto compasivo y seguir generando enemigos a nuestro alrededor.
Aquí el bicho en proceso de secado:
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