Lo que quise decir cuando te confesé que me había enamorado de ti no lo sé a ciencia cierta. Tenía mucho de proyección, de necesidad, de idealización. Y también tenía mucho de espacio para explorar. Pero no quisiste entrarle, a pesar de las señales que tú habías también mandado (ambivalentes y ambiguas, pero señales al fin y al cabo). Who knows why. En realidad, no importa. Una puerta se cerró ahí, pero lo que nunca vi venir es que el espacio de la amistad también se cerraría.
Lo que quise decir cuando te compartí la cita de la maestra zen sobre la posibilidad de la conexión a partir de nuestra partes rotas, de nuestras roturas, de nuestras fracturas emocionales, sicológicas, era que podíamos encontrar el camino de vuelta a la conexión y al cariño, desde esta realidad relativa que habitamos. Pero no quisiste entrarle. No estamos rotas. Nadie está roto. Insististe desde la verdad absoluta y ahí se volvió a cerrar la puerta. Del amor y de la amistad.
Lo que quise decir cuando escribí un correo de cierre señalando que no podía ya sostener lo que había (o estaba dejando de haber) entre nosotras fue que ya no me sentía escuchada, que sentía que ya no hablábamos el mismo idioma, que lo que había sido un espacio seguro había dejado de serlo. No pudiste tomarlo. Me volviste a cuestionar y yo ya no pude poner ahí mi energía.
Lo que quise decir cuando te pedí que me dieras chance si me sentías distante o desconectada después de decirnos nuestras verdades (tras el horrible desencuentro) fue que necesitaba espacio, que necesitaba tiempo y que necesitaba que me sostuvieras como estaba, sin hacer nada en particular, sino solamente estando. Y te negaste. Me juzgaste. Descartaste mi petición y te atreviste a decir que cuando volviera la Adela simpática, amorosa, divertida (que no se había ido en realidad), te avisara.
Pero no hubo nada que avisar. El espacio amoroso y seguro se esfumó y yo hice (o dejé de hacer), quizás por primera vez o segunda, lo que me era esencial para mi salud física, emocional y espiritual: no volver a hacer lo mismo (buscarte, llamarte, hacer como que no había pasado nada y reengancharme) buscando un resultado diferente. Lo mismo tendría, con toda certeza, el mismo resultado. Y ya no puedo seguir ahí: lastimándome y lastimando a otros. (Como dicen que dijo Einstein, aunque google dice que lo dijo Rita Mae Brown en su novela Sudden Death, "lo locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes", patrón que ha caracterizado gran parte de mi vida, pero hoy ya no.)
No espero que lo entiendas ni que lo sepas.
Aquí otras rosas del mismo y de otro jardín:
Yo considero que quizás no estamos rotos pero si heridos todos . Aprendí con mucha certeza a partir de la muerte de mi papá, que hace falta ser adultos para poder asumir el dolor de las heridas y transformarlas en motor. Es un trabajo de decisión personal. Cada quien su parte siempre en las relaciones , ni más ni menos. Me dio gusto encontrarnos ayer ♥️ abrazos. Susy
ResponderBorrarGracias por tus palabras y compañía, amiga. Quizás rotos y heridos sean dos palabras para una misma experiencia, que es la vida misma. Nadie sale indemne, pero justamente es la responsabilidad emocional lo que hace la diferencia en el camino. Me encantó vernos todas ayer. Veámonos pronto para seguir acompañándonos en el camino. Abrazos de vuelta ❤️🩹
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