sábado, 31 de diciembre de 2022

Invitado: Dzongsar Khyentse Rinpoché

 

Corazón de tristeza


Kongtrul Rinpoché sugirió que rezáramos al guru, los budas y bodhisattvas, pidiéndoles que nos ofrezcan sus bendicones para que podamos dar origen al corazón de tristeza.  Pero, ¿qué es el "corazón de tristeza"?

 Imagina que una noche tienes un sueño. Aunque sea un buen sueño, en el fondo sabes que eventualmente tendrás que despertar y se habrá acabado. En la vida, también, tarde o temprano, cualquiera que sea el estado de nuestras relaciones, o nuestra salud, nuestros trabajos y cada aspecto de nuestra vidas, todo, absolutamente todo, cambiará.  

Y esa campanita que suena al fondo de tu cabeza para recordarte esta inevitabilidad se llama el "corazón de tristeza". La vida, te das cuenta, es una carrera contrarreloj, y nunca debes posponer la práctica del dharma hasta el próximo año, el próximo mes, o mañana porque el futuro podría no llegar nunca.


presente, ya pasado, en Tepoz










Original en inglés y fuente, aquí.  Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Invitado: Dilgo Khyentse Rinpoché


Cuando surge un pensamiento de odio, no tenemos idea cómo lidiar con él. Dejamos que ese pensamiento crezca y se vuelva más fuerte. Esto podría conducirnos a la larga a tomar un arma y lanzarnos a la guerra. 


Todo empezó con un pensamiento, nada más. Observa la sucesión de pensamientos que conducen a un odio franco: los pensamientos pasados estás muertos y desaparecidos. Los pensamientos presentes se desvanecerán pronto. No hay nada que agarrar en ninguno de ellos. 

Así que, si examinamos los pensamientos a profundidad, no podemos encontrar nada verdaderamente existente en ellos. Bajo escrutinio, se esfuman como un gran montón de pasto al que se le prende fuego. 



















Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 19 de diciembre de 2022

Crónica muy personal de la Final del Mundial 2022


Empecé a las 8:45 am tiempo de México, para ver el previo, los himnos, la salida de los jugadores, de Messi, a la cancha, el arranque pues; no podía seguir viendo el partido porque tenía un par de compromisos previos ineludibles, que transcurrirían entre las 9:30 y la 1 pm o algo después, o sea, durante el partido. Santiago llegó pasaditas las 9 (la pelota ya rodaba en la cancha). Inmediatamente apagué: habíamos acordado ver el partido cuando lo repitieran, supuestamente, a las 4 pm. Entre tanto, nos desconectaríamos de toda red social, teléfono o cualquier medio que pudiera informarnos del desarrollo o desenlace del juego.

Santiago se fue a dormir otro rato y yo hice trampa y prendí otra vez la tele más o menos a las 9:15. Ceros. En la primera reunión que tuve hablaban del Mundial, pero todos cuidadosos de no compartir información comprometedora. Otra participante también lo vería después. La emoción crecía.

Luego trabajé de 11 a 1 pm y, por fortuna, nadie más habló de futbol. Santiago y yo teníamos 3 horas que matar antes de la repetición. Nos pusimos a ver la docuserie "Sean eternos" sobre Messi, la selección argentina y su Copa América. Yo, simultáneamente, preparaba unas mongetes amb patates.

Faltaban 8 minutos para el final del tercer capítulo cuando convencí a Santiago de ir a ver el previo anterior a la gran final postergada. Santiago había escuchado un grito de "gooooool" de una vecina a eso de las 12, pero no hacía sentido con los tiempos, pensamos. Al prender la tele, el marcador decía Argentina, 2; Francia, 2. ¿Qué había pasado? Se suponía que recién empezaría el juego (repetido). Se fueron a tiempos extras, dijo Santiago. No puede ser, contesté. ¿Qué hacemos?, pregunté, ¿apagamos? No, ya hay que ver cómo acaba, propuso él. 

Primer tiempo extra: 2-2. Segundo tiempo extra: gol de Messi (casi fuera de lugar, pero no): 2-3. Y para cerrarlo, mano de Montiel, penal, gol de Mbappé: 3-3. Empatados otra vez. A definirse en penales. No puede ser, decíamos. Pensábamos. Sentíamos. Ignorantes aún de cómo se habían desarrollado los dos tiempos reglamentarios. Emocionados. Angustiados. Expectantes. Temerosos. Confiados.

Y entonces los penales. Santiago de pie. Caminaba. Le hablaba al Dibu, que ya era campeón pero no para nosotros. Gritaba los goles de Argentina, que ya eran campeones, pero no lo sabíamos. Gritaba los fallos de Francia, que ya eran subcampeones, pero no lo sabíamos. Yo medio sentada. Medio parada. Callada. Sosteniendo la respiración. Y, por fin, el gol definitorio de Montiel. ¡Argentina campeones! ¡Messi campeón! Por fin para nosotros también.

Y la celebración total. Con túnica qatarí. Besos (¿baba?) acumulados sobre la copa. Caras largas de los subcampeones. Sonrisas como ventanales. Lágrimas. Gestos sorprendentes. Hijos. Hijas. Luces. Cumbia. 

Respiramos. Ahora veríamos los primeros 90 minutos sin tensión. Solo por disfrute. Y por poco se nos vuelven a escapar. La información en la tele era toda errónea. Pero lo logramos. Y el día se acababa. Ya anochecía y seguíamos viendo la final. Y nos echamos los primeros 45, expectantes de lo que ya sabíamos; los segundos 45, expectantes de lo que ya sabíamos. ¿Y si pasara otra cosa?, bromeábamos. Ahora sí viene el gol de Francia... Ah no, el penal de Mbappé fue antes. Y luego otra vez los tiempos extras y los penales. Como un prolongadísimo déjà vu. Y sí. Ya lo habíamos visto, pero lo volvimos a ver. La túnica. Las babas. ¡Qué felicidad! Pasajera, sí, pero feliz. Un día compartido. Un Mundial compartido. Un Messi compartido. Impagable.

Y mi amiga Pilar, que no es futbolera pero se contagió de mi entusiasmo por Messi y Argentina, me felicitó con esta imagen:



Así la vida de feliz. A veces. Durante un rato.


viernes, 16 de diciembre de 2022

Algunos de los mejores regalos que he recibido


  •  la Ñaña
  • el Sully de peluche, azul con manchas moradas, que incluso hablaba si le apretabas la panza (se rifaron los Reyes)
  • Renato, el rinoceronte, de una navidad neoyorquina cuando aún tenía familia de origen 
  • un alhajerito de dos piezas y una tapa que simulaba un rostro oriental: vino, creo, del China Town de San Francisco y me aguardó, un 6 de enero, al borde de la escalera del departamento 2 de Uxmal 548
  • un cedé doble de música de guitarra, tocada por John Williams, que me regaló Santiago hace varios años
  • la muñeca bebé de trapo, con cabeza de plástico y ojos azules, creo, que se abrían y cerraban y tenían pestañas: me la me trajo mi papá de Nuevo Laredo, cuando era muy niña
  • un dije de jade prehispánico, cuyo paradero actual desconozco, que me dio mi papá y aparece en un retrato horrendo que me hicieron
  • el espirógrafo
  • Todos los nombres de José Saramago, regalo de Adrián a finales del siglo pasado, antes del Nobel 
  • otro dije de jade, oriundo de China, verde clarito, tallado como una flor y montado en oro, que me dio mi comadre cuando cumplí 50 años
  • el sol encendiendo unas flores en una mañana de invierno



jueves, 15 de diciembre de 2022

Diciembre 2


Leontyne Price canta canciones de navidad en la radio. Yo me acuerdo de mi papá: era una de sus consentidas. Como se supone que lo fui yo. En otra vida. Un sentimiento algo torcido.

Mediados de diciembre. Mañana, mi santo, decían mis papás. La primera posada.

Y yo tan pendiente de las fechas y las fiestas. Sin querer. Por hábito. Por hábito, también, en modo rechazo. En modo grinch.

Quizás haya una manera diferente de vivir la temporada. Con más espacio: en la mente, en el corazón. Soltando recuerdos, amarguras, tristezas que no existen más. Que no existieron con la solidez que yo les sigo dando.

Finaliza el álbum completo de canciones navideñas de Leontyne Price dirigida por Herbert von Karajan. Y yo me acuerdo de mi papá.



otro balcón festivo






martes, 13 de diciembre de 2022

Cosas festivas





  • turrón, sobre todo el de jijona (me gusta más la versión en helado)
  • campana sobre campana
  • árbol de navidad (no pongo hace años)
  • nacimiento (me gusta más; a veces aún lo pongo)
  • corona de adviento (nunca he tenido una)
  • muérdago (en las pelis)
  • cohetes
  • luces de bengala
  • esferas de colores, concretas o abstractas, de vidrio
  • pavo con relleno de castañas
  • cranberry de lata (como el que ponía mi mamá en la cena del 24)
  • pero mira cómo beben los peces en el río
  • regalos (recibirlos y darlos)
  • el niño dios (en el nacimiento; en la rosca)
  • piñatas
  • ponche (no me encanta)
  • reyes magos
  • la virgen se está peinando
  • luces navideñas (me encantan, las ajenas)





jueves, 8 de diciembre de 2022

sueño 31.

Hace unos días tuve un sueño apoteósico. Así lo viví desde el resquicio de lucidez en que me di cuenta que soñaba y que la experiencia se iba volando, como la vida. 

Fue un sueño almodovariano. Lleno de color. De deseo. De excesos. De voces. De gente. De sexo. De ilusión. Hasta una amiga de infancia pasaba danzando por ahí.

El momento culminante del sueño, cuando Almodóvar me pedía que protagonizara su siguiente película, sucedía fuera de escena (o no sucedía). Más bien, hacia el final de la vivencia, yo, extasiada, les decía a un grupo de amigas que Almodóvar me había pedido que protagonizara su siguiente película. Estaba más que feliz. Felicísima. Aun sabiendo que todo, o sea el sueño, estaba por acabarse. Pensaba que qué apoteósica experiencia. Que ojalá la recordara al despertar. Y la recordé, aunque la viveza onírica se me iba escapando entre los dedos.

Y recordé también las enseñanzas del Buda, en el sentido de que la vida, que creemos tan sólida, no es más real que lo soñado anoche o antenoche. Y que la mente que vive ese  sueño o esa vida no es diferente de su contenido.