miércoles, 16 de agosto de 2017

Invitada: Evelyn Arón


Cuando tú y yo hablamos                                               
                                                                                               para Adela

Cuando tú y yo hablamos

bailamos la deliciosa danza del diálogo,

con mis pasos lentos y arrastrados, pa’delante y para atrás,

y tus pasos ágiles, que corren, brincan y vuelan,

salen chispas de entendimiento, sentimiento y luz.

Y allí en esa danza, se crea una hermandad, un alimento del alma,

satisfacción honda.

Pero a veces, cuando estoy mal y abajo y dentro de mí,

y tú estás como tren bala, a mil por hora,

me arrollas.

Tratas de sacarme del cubo, pero estoy atorada,

y el tren bala sigue su camino,

implacable,

mientras yo, pusilánime, derrotada,

me cierro, me ofendo y me voy.

Pero si lo veo y logro decírtelo,

y tú logras escuchar y ver,

evitamos el arrollamiento y el ofendimiento,

y volvemos a danzar.

Cuerna. 7 agosto,  ’17. 


lunes, 14 de agosto de 2017

Invitado: Mingyur Rinpoché




Acoger las condiciones que nos afligen 







Las enseñanzas y prácticas trazadas por el Buda hace dos mil quinientos años de ninguna manera implican conquistar los problemas o deshacernos del sentido de soledad, malestar o miedo que acecha nuestras vidas cotidianas. Al contrario, el Buda enseñó que podemos encontrar nuestra libertad solo acogiendo las condiciones que nos afligen.
Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

jueves, 10 de agosto de 2017

Chimal


Cuando de muy joven leí La insoportable levedad del ser de Milan Kundera (supongo que fue allí), me impresionó cuando el narrador hablaba de esa suerte de diccionario que tienen los amantes: una colección de las palabras cuyo sentido está determinado por la relación misma y es inaccesible para alguien fuera de ese contexto. Con el paso de los años, me he dado cuenta cómo lo mismo sucede a nivel individual. Es decir, hay palabras que para cada persona tienen un sentido único, porque están asociadas con diferentes vivencias, personas o emociones y su significado, además, va cambiando con el tiempo.

Así me pasa con el vocablo "Chimal", llanamente el apócope del nombre de un pueblo en el Estado de México, situado en las faldas del volcán Popocatépetl, pegadito a la cabecera municipal, Ozumba de Alzate.

En Chimal, mi tía Marisa y su primer marido, mi tío Jean compraron y arreglaron hace añísimos una casa hermosísima. Xantepa la llamaron (o ya se llamaba así, no lo sé de cierto), mejor conocida en la familia como "el rancho". Allí se hacían toda suerte de celebraciones (bodas, bautizos, primeras comuniones, comidas de Año Nuevo). La última fueron los 90 años de mi tía. Después se vendió "el rancho" y ella se fue a vivir a Guadalajara.

A mí de adolescente me encantaba acompañar a mi papá a visitar a su hermana o quedarme unos días de vacaciones con los tíos, sobre todo en el época en que mi abuela Ma. Luisa vivió allá y tuvimos oportunidad de convivir más.

En la parte de abajo del terreno de Xantepa, desde donde se ve el volcán, mi papá construyó también su propia casa. "El castillo plano" le digo yo, nombre que se le ocurrió alguna vez a Adrián, mi esposo, cuando vivimos allí una temporada. También nos habíamos casado en ese lugar unos meses antes. (La ceremonia civil fue en el castillo y la fiesta en casa de mi tía.) 

En este Chimal ampliado, pasé mis primeros meses de embarazo, muerta de frío en el caserón de mi papá. Mientras vivimos en aquella casa, estrechamos los lazos con "la comadre", Ma. Eugenia, la arquitecta de esa casa, quien había ido como invitada del "señor del castillo" a nuestra boda. (Esa casa, de hecho, se vendió también, aun antes que la de mi tía, después de la muerte de mis padres.)




En aquella época, hace más de veinte años, Chimal pasó a significar también el Café del Arco, localito que "la arqui" abrió en la casa suya y de su mamá, doña T. (Su papá había muerto un poco antes y tristemente no tuvimos ocasión de tratarlo.) Ahí íbamos Adrián y yo (con "Merengue" incluido, a veces transportados en carretilla) una vez a la semana, por lo menos, a comer bocadillos, galletas y beber té de la casa. Y, así, fue profundizándose nuestra amistad con Ma. Eugenia, fortaleciéndose el vínculo que, a la fecha, es uno de los más importantes en la vida de Santiago y mía.





Hoy Chimal es, ni más ni menos, nuestro (de mi hijo y mío) lugar seguro. Así de simple. Pasar nuestras vacaciones en casa de Ma. Eugenia, también llamada Tlanihuitl, en compañía de la Charamusca, su perra, Cleopatra, su gata, y su caterva de pollos, además de las golondrinas que año con año vuelven a anidar y procrear, es el mejor antídoto para el estrés, el cansancio, las tristezas, las dudas o los enojos. Siempre anda por ahí el recuerdo de doña T y de lo que opinaría de tal o cual cosa y ahora también acordamos del Bon, el gato blanco con cara de enojado que recién pasó a mejor vida.




Chimal es jugar continental, ver pelis, desayunar tlacoyos, tamales, huevos rancheros, tacos de papa, dobladitas de queso. Chimal es platicar, platicar de todo: de la vida, de la muerte, de lo cotidiano, de lo trascendente, de la UNAM, de los amores y desamores, de las esperanzas y las pasiones. Chimal es reírnos como locos, con o sin provocación. Chimal es ver a los pollos darse un festín en el balneario que han hecho en lo que era el jardín de la casa. Chimal es sacar fotos, cientos de fotos, y luego compartirlas con la comadre y fotografiar algo por encargo suyo. Flores de manzanos y de perales. Manzanas y peras. Aves del paraíso y floripondios. Ropa colgada. Sombras de ropa colgada. Reflejos en los cristales. Geranios a contraluz.




Chimal para mí es lo que la mayoría de la gente llamaría, supongo, "estar en familia". Ese Chimal de Ma. Eugenia es uno de mis lugares consentidos en el planeta.





martes, 1 de agosto de 2017

El segundo recordatorio


Hace dos años y medio, reflexionaba aquí sobre el último de los cuatro pensamientos que nos orientan hacia el dharma, los cuatro recordatorios. Según la RAE, se trata, pues, de cuatro «aviso[s], advertencia[s], comunicacione[s] u otro[s] medio[s] para hacer[nos] recordar algo». 

¿Qué nos recuerdan estos pensamientos? Que hay un camino diferente para transitar por la vida, más abierto, más espacioso, donde se puede soltar, confiar y, finalmente, alcanzar la liberación del sufrimiento y despertar a la felicidad verdadera. Todo esto es posible solo más allá de nuestros patrones neuróticos habituales, donde indudablemente llegamos a sentirnos cómodos, pero el precio es irnos sofocando poco a poco.

Es curioso cómo funciona el camino en pos de descubrir cómo son las cosas en realidad. Podemos pasar semanas, meses, años o varias vidas estudiando y practicando hasta que un buen día, a veces en los momentos más inesperados, nos cae el veinte y entendemos alguna enseñanza, más allá de la dimensión meramente racional.

Algo así me ha sucedido con los cuatro recordatorios. Los he repetido, los he contemplado, incluso los he memorizado, pero no siempre los entiendo del todo, hasta que, de pronto, hay una epifanía (como le gusta decir a mi hijo).

El segundo de estos recordatorios reza así: El mundo entero y sus habitantes son impermanentes. Específicamente, las vida de los seres es como una burbuja. La muerte llega sin previo aviso, este cuerpo será un cadáver. En ese momento el dharma será mi único recurso; debo practicarlo con vigor.

A primera vista, su sentido es claro y directo: La muerte es la única certeza. Sin embargo, hay un sentido subyacente mucho más sutil. En estos días he estado viviendo, de nuevo, la separación: la partida de Santiago a estudiar a la Ciudad de México. Y, de nuevo, he tocado tristeza y miedo, sobre todo.

Hace un par de días, sentada sobre el cojín de meditación, intentando ver mi mente, entró un rayo de luz: Lo que me está haciendo sufrir no es la separación en sí, sino mi incapacidad de aceptar que todo es transitorio, que todo cambia. No nada más la vida misma, sino cada etapa y cada momento, cada instante de la vida.

He ahí la sabiduría del segundo recordatorio. Mientras que racionalmente puedo discurrir sobre la certeza de la muerte, en la vida cotidiana me aferro a las cosas, a las personas y a las circunstancias como si no fueran a cambiar. Y cuando cambian (que es lo que sin asomo de duda va a suceder), sufro. Pero al darme cuenta de esto, de cómo mi propio aferramiento es la causa de ese sufrimiento, me libero, un paso a la vez.

Entonces el hecho de que el mundo entero y sus habitantes sean impermanentes, no apunta nada más a la ineludible caducidad de todo, sino al cambio constante de todo. Si eso lo puedo ver y experimentar con conciencia, el cambio mayor de todos, la muerte, podrá ser una experiencia menos aterradora y más familiar, si logro vivir con conciencia las pequeñas muertes cotidianas. Como la partida del hijo, o mi propia imagen en el espejo, o el amanecer y el atardecer de cada día.