sábado, 30 de enero de 2016

‪#‎Challengeonnaturephotography‬


Una exalumna, hoy amiga y cómplice de miradas, me invitó a publicar siete fotos con este tema. Estos retos me gustan.


Hoy reúno aquí la colección de imágenes.


nogal desnudo

cielo y árboles en tlayacapan

(sín título)

delfín - agua - luz

el sol y sus alrededores

blanco sobre blanco
(o "la nube es una flor en otra distancia", en palabras de frida)

el horizonte

viernes, 29 de enero de 2016

c.h.i.q.u.e.o.n.a.s



Eso dicen de las violetas blancas, que son chiqueonas. Este adjetivo no está registrado en el diccionario de la RAE que, para mi sorpresa, sí registra el verbo correspondiente: 


chiquear 
 1. tr. Cuba y Méx. Mimar, acariciar con exceso, consentir a alguien.

No se trata tanto de que se les mime, se les acaricie o se les consienta, de hecho, a las violetas, dicen también, no les gusta que uno les hable. (Tampoco es que yo hable demasiado con ninguna de mis plantas, la verdad.) Pero la fama de las violetas blancas es que florean con dificultad, más o menos cuando se les da la gana o cuando uno menos se lo espera. O sea, que son de contentillo, pues. Aunque a decir verdad, las mías son leales y súper cumplidas, incluso después de que una de mis gatas las desplantó y jugó con ellas. Cuando las descubrí todas maltrechas y con el tronco demasiado crecido, las puse en agua (eran dos) hasta que volvieron a echar raíces. Entonces las replanté y en unos cuantos meses han empezado a florecer otra vez. (También puse algunas de hojas en agua para criar más hijos, pero esas sí que no sobrevivieron.)

El adjetivo en cuestión a mí me evoca, además de las violetas blancas de otros, a mí misma de niña. Aunque el contexto no es del todo claro, me llega la voz de mi madre, en cuya boca la descripción debió de haber sido más bien una forma de censura, o la de mi tía Olga, invitándome a acurrucarme con ella.

Y mis gatas, la chiquita, que ya está enorme, y la grande, que ahora se ve más chiquita, también son chiqueonas: entre ellas o tratando de encimárseme a la menor provocación.




jueves, 28 de enero de 2016

Home 14, con Jonathan Carroll como invitado


El hogar son los invisibles, lo que damos por sentado. El gancho oxidado de metal donde colgamos las llaves, el muro blanco del porche manchado cientos de veces por las ruedas de la bicicleta. El tenedor torcido en el cajón, la botella de colonia a medio llenar en el baño... Las cosas que sabemos de memoria, las cosas a las que nunca prestamos atención.





Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 25 de enero de 2016

Invitado: Simon Van Booy


Creo que las personas serían más felices si admitieran las cosas con más frecuencia. En cierto sentido, todos somos prisioneros de algún recuerdo, o miedo, o desilusión —todos estamos definidos por algo que no podemos cambiar—.



Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

domingo, 24 de enero de 2016

Padma Moment 3

*
for Carole


*
Let go &
             trust

Connection
                 happens

Love
        manifests
                      beyond
                                  our fear
                                              of losing
                                                            it
                                                               *

miércoles, 20 de enero de 2016

Cuestión de enfoque 2


Hipocampos.

Colas de camaleón.
Churritos de caca.

Fueron algunas de las etiquetas que evocaron entre mis alumnos de secundaria unos aretes que recién estrenaba yo el día de ayer. Además, claro, sirvieron para que una de ellas compartiera el asco que le había producido ver un video de un caballito de mar macho pariendo a sus hijos, frente a la cara horrorizada de otras compañeras.


La que propuso la tercera comparación me señaló, además, que contaba yo con aretes mucho más bonitos. Y, la verdad, es que a mí, los aretes nuevos (que del otro lado del Atlántico se llamarían pendientes) me gustan. (Si no, no los habría comprado.) Lo que llamó mi atención fue el trabajo: están tejidos a mano, por la hija de una amiga muy querida, y llevan una cuenta de un color que me resulta atractivo. Además, a mí me sugieren una clave, no de fa ni no de sol, pero sí de alguna música desconocida y misteriosa...











martes, 19 de enero de 2016

lunes, 11 de enero de 2016

2 historias de pantalones


La de él
No sabía dónde lo había perdido. Tenía que estar en casa de ella. Podría preguntárselo por el chat. Esa noche, al guardar la maleta descubrió su pantalón agazapado en al fondo, medio confundido con el forro. Pero su corazón no estaba en ningún lado. (Se sentó resignado.)


La de ella
Ya lo había cosido a mano varias veces. De muy buena calidad no era, pero le encantaba. Venía de su ciudad blanca. Fue un regalo de él. Hoy la tela se abrió. Lo lleva a parchar. (Se siente aliviada.) No puede hacer lo mismo con su corazón. 

domingo, 10 de enero de 2016

Cuestión de enfoque




El sol de la tarde, súper intenso antes de esconderse, ilumina las hojas (lineal-lanceoladas y paralelinervias, como puede constatarse aquí) de esta planta que vive en la sala de mi casa, hija, nieta o biznieta de alguna otra de su misma especie. Recuerdo que de niña o adolescente alguien me regaló una para mi cuarto, cuando vivía aún en casa de mis padres. (No recuerdo mayor afición por las plantas de su parte y menos de la de mi hermano. Creo que a mi tía Olga le gustaban más; quizás fue ella quien me la dio.)

Entonces supe que popularmente se le conoce, en México por lo menos, como "mala madre" porque echa los hijos para afuera. Siempre me pareció un nombre fuerte y no pude evitar asociar a la pobre planta —ignorante de semejante etiqueta— con cierta mala vibra. Muchos años después, ya viviendo en Cuernavaca sola con mi hijo, tuve la fortuna de conocer a Mariel, quien había llegado a México desde Argentina para estudiar en el instituto donde yo trabajaba. Nos hicimos grandes amigas e incluso fue mi alumna en una clase de redacción donde nos divertíamos comparando los usos lingüísticos de nuestros países (o discutiendo al respecto, amistosamente).

Fue Mariel quien, de vista en mi casa, se refirió a mi "mala madre" como "lacito de amor". Me quedé sorprendidísima ante tal epíteto. Me explicó que en Argentina le decían así porque la planta mantenía una conexión amorosa con sus hijos, connotación mucho más positiva que la nuestra, sin duda. ¿Será que cada quien habla según como le va en la feria? Lo cierto es que a través de nuestro lenguaje, expresión más o menos consciente de nuestro proceso de pensamiento, damos forma a nuestro entorno.

Hoy me entero que también se le llama, de forma mucho más neutra, "cinta", o incluso "araña", palabra de connotaciones más variables según los gustos personales. Todo esto sucede debido a nuestra necesidad de nombrar, etiquetar, delimitar para intentar entender ese mundo que nos rodea, aunque a veces el proceso nos aleje de lo que en realidad es: En el punto donde una hoja desarrollaría un nodo, se producen raíces adventicias, tanto bajo tierra como aéreas, así como estolones de los que surgen hijuelos y diminutas flores hermafroditas de color blanco, según la explicación de wikipedia. Se menciona también en la misma página que, a la sombra, la planta podría perder la banda blanca que caracteriza sus hojas y que su rápida propagación puede llegar a resultar invasiva. Curiosidades de esta Chlorophytum comosum, que además resulta ser originaria de Sudáfrica.




Aquí un estolón (o brote lateral) y una flor de
mala madre o lazo de amor:

viernes, 8 de enero de 2016

Invitado: Chogyam Trungpa Rinpoché



Esconder tu dolor no funciona


Cuentan la historia de un hombre que se estaba robando una campana y se cubrió las propias orejas para que nadie la oyera sonar. Diseñamos maneras para esconder nuestro propio dolor, pensando que nadie lo sabrá. Darnos cuenta del sufrimiento fundamental, las partes privadas que estúpidamente tratamos de esconder —siendo tan inteligentes y tan estúpidos al mismo tiempo— es el primer paso del camino. Descubrir que este factor escondido ya está expuesto es la más alta de las cosas. Es la verdad real y, si la reconocemos, es una verdad hermosa, una verdad fantástica.


Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

martes, 5 de enero de 2016

De sabores, confianzas y reyes

sabor

Del lat. sapor, -ōris.

1. m. Sensación que ciertos cuerpos producen en el órgano del gusto.

Y no nada más en el órgano del gusto (entiéndase la lengua y anexas), sino también en muchos otros lugares del cuerpo y de la mente. Así son los recuerdos gustativos (como los olfativos, que dicen que son los más primitivos).

Hace unos días que estuve en Chimal con mi comadre Ma. Eugenia, tuve dos experiencias saporíferas fuertes: sopa de fideo y dulce de zapote negro. La primera inspirada en la comida que a sus gatos les prepara mi comadre tres veces al día, y que siempre se me antoja. Así que accedió a mis ruegos de preparar caldo de pollo y echarle los fideos en crudo para que se cocieran ahí, como hacía mi abuela Ma. Luisa todos los martes que íbamos a su casa a comer cocido. A mí esta sopa tan simple me deja una sensación profunda de calidez, de apapacho, de confianza.


Un día antes, habíamos ido de paseo a Tlayacapan donde compramos, entre otras cosas, zapotes negros, frutos típicos de esta temporada, que se pelan (tienen una cáscara verde muy delgadita) para sacar la pulpa (a la cual se le quitan las semillas y hay quienes —como mi hacía mi madre— la cuelan) y mezclarla con jugo de naranja (o mandarina), azúcar y un chorrito de licor (o no). A mí de niña me contaban que yo, desde bebé, tenía fascinación por este postre (no hay fotos que lo comprueben pero se cuenta que lo comía batiéndome cara y manos, mientras mi abuelo Óscar me veía fascinado). Yo no recuerdo el momento, pero lo he he incluido en mi versión de mí misma y el dulce de zapote me hace sentir viva y contenta y me encanta. (Aun más compartido con Ma. Eugenia.)

Y hablando de confianza (aunque no ya de sabores, pero sí de sensaciones), ayer después de cinco años fue a una sesión de terapia sacro-craneal con alguien que tiene las manos más maravillosas del mundo. Como era de esperarse, durante las casi dos horas que estuve ahí acabé llorando y soltando los restos de dolores, miedos y tristezas. Él me comentó que, a juzgar por la forma en que mi cuerpo recordaba cómo soltar, no tenía duda que sería capaz de confiar nuevamente, a pesar de los pesares... Y yo le creo.

Hoy (en un rato) será la noche de reyes y en ellos también sigo confiando (y me siguen cumpliendo). Con mi amiga Fuen, hablábamos hace unos días de pedirles algo, en palabras de ella: "un alguito o alguiencito.  Yo namás para soñar y tú para disfrutar 3D!" Yo en general no les he pedido, sino que he confiado, pero tampoco es mala idea darles una ayudadita. 

Para mí, volver a confiar y trascender el miedo y terminar el duelo: bastante más que poco, pero todo es cuestión de un último empujón, confío yo...

Y aquí vienen, camino de Belén, desde Chimal, entre pastores y hartas luces:


domingo, 3 de enero de 2016

Autorretrato 7


El primero del año, el primer día del año, amaneciendo en casa de mi querida (y antigua) amiga Pilar.

El año pasado mi guía de proyectos narrativos, Isa, me decía a propósito del esquema que estoy elaborando para mi próxima novela que "Este aparente caos (en realidad no lo es) es necesario para encajar las piezas. No se puede encajar algo sin que previamente esté desencajado".

Cuando vi esta foto, me acordé de su comentario y pensé que se podría aplicar en este caso también. No se puede enfocar algo sin que previamente esté desenfocado. Así me siento con respecto a mí misma en este inicio del 2016.

No sé aún cómo encajan los reflejos, pero sé que se están acomodando de otro modo, diferente al del año pasado. Porque yo he decidido que así sea.

También sé que el acomodo, como todo a su alrededor, será cambiante y efímero. Unas veces más luminoso que otras; otras veces más oscuro. Transitorio.

Sé que de las oscuridades pasadas hoy surgen destellos de luz, de libertad, de recomposición. Empiezo a caminar, otra vez, con incertidumbre, con el corazón más suelto.



sábado, 2 de enero de 2016

Pequeño diálogo de nochevieja


En casa del papá de ellas, con la mamá de ellas y la amiga más vieja de la mamá de ellas, preparando las cosas para recibir el año nuevo, esperando a los demás invitados y pensando que quizá solo serían las seis (ellas cuatro y las dos gatas).

La mamá de ellas posa su copa de vino, sin querer, sobre unos papeles que descansan en la mesa de la cocina.

Ella (viendo los papeles manchados y dirigiéndose a sus hijas): Uy, son unas notas de papá.

Ella (volteando a ver a una de las hijas): Dile que mamá estuvo aquí... y dejó su huella.