miércoles, 29 de noviembre de 2017

A veces







A veces creo enfocar algo con mi cámara. Una flor. Y resulta que la flor no se deja enfocar. O la cámara prefiere enfocar la puerta de una terraza. Y las persianas detrás. Y el reflejo de otra planta. Cuatro hojas apenas sobre una rama pelona.

A veces creo que algo es importante. Y resulta que no lo es tanto. Que no soy tan importante. Que aquella discusión lo era todavía menos. Y aquel amor, también. O tampoco.

A veces pierdo el tiempo en el Facebook y me encuentro un video. Y me quedo viéndolo. Y me enamoro de Paul Auster. A quien no he leído. Pero quien ya me ha contado varias historias. Con esa voz suya tan hermosa. Me recuerda que las historias de todos, de cualquiera, son dignas de contarse.

A veces escribo cosas que no tienen relación.
Como salir al mundo cualquier día de otoño, que parece invierno.
Y que a medio día te quema la piel.
A veces.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Invitado: Tulku Thondup Rinpoché


Algunas personas piensan que karma es destino. "Debe de ser mi karma", suspiran, resignándose ante alguna desgracia. Pero el karma no tiene que ser malo. Puede ser bueno. Y nosotros hacemos nuestro propio karma. Cada pensamiento, sentimiento y acción siembran en nuestra mente una semilla kármica habitual, que madura en su correspondiente experiencia positiva, negativa o neutral. El enojo y la envidia se  manifiestan como experiencias dolorosas en infelices. Los pensamientos y sentimientos altruistas y gozosos florecen como experiencias maravillosas y plenas. 

Así que no tenemos que resignarnos con "nuestro karma". Nosotros controlamos nuestro karma. Cada momento es una nueva situación, una oportunidad para mejorar nuestra manera de pensar y, así, nuestras circunstancias. Este principio de causalidad interdependiente es el fundamento de la primera enseñanza del Buda: las cuatro verdades nobles.



Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

domingo, 26 de noviembre de 2017

M.e.n.t.i.r.a


Yo intento no mentir. Porque lo hago muy mal. Porque se me nota a la legua. Porque cuando lo hago, las cosas suelen complicarse sin necesidad. Porque mi "religión" no me lo permite (es decir, porque sé que las consecuencias de hacerlo no son buenas ni para mí ni para los que me rodean, incluso con las "mentiras piadosas").

Pero a veces miento. (Como todos, supongo.) Y me sale mal. Y lo lamento. Y me siento fatal.

Así pues, hace dos días mentí. Le dije a una amiga, que me había invitado a su casa junto con otras amigas, que me iba a México el viernes cuando en realidad me iba el sábado muy temprano. Cuando lo hice, sí pensé que era una mentira, pero también pensé que la verdad requería de muchas más palabras que no cambiarían el desenlace (no podía ir a la reunión). Y total, solo un lapso de doce horas convertía a la verdad en mentira, me dije. No tenía ganas de dar explicaciones, ni de dar pie a intentos de hacerme cambiar de opinión.

Estaba agotada. Exhausta. No había acabado un trabajo. Tenía que bañarme (ni loca lo haría de madrugada). Tenía que regar plantas. Tenía que limpiar la arena de las gatas. Tenía que lavar trastos. Y quería acostarme temprano.

Y resultó, claro, que se me ocurrió tomar una camionetita, que nunca tomo, porque me iba a dejar en un lugar desde donde era más factible irme a mi destino final. Llegué con tiempo. Escogí un lugar muy incómodo, junto a la puerta por donde todo el mundo pasa, pero me cambié porque me encontré con otra amiga que hacía siglos que no veía y con la cual, en realidad, nunca había platicado. Cuando estábamos apenas iniciando la charla, se subió a la mentada camionetita la amiga a quien le había dicho que me iba el día anterior.

Me sentí como la gran mentirosa a quien el globo le explota en la cara. O la niña a quien descubren con la manos en la masa. Me dio vergüenza. Me dio pesar. Y, además, no pude hacer nada. La amiga recién llegada me saludó y se sentó más atrás. En algún momento intenté buscarla, pero iba leyendo. Entonces seguí platicando. Traté de soltar el malestar y lo logré, en parte, pero me sentí como observada todo el camino (más que nada por eso que Freud llamó mi "superyó" o alguna entidad así).

Al llegar a México, una parada en plena calle en un lugar que no reconocí del todo y donde se suponía que me esperarían, me despedí de la amiga con quien platiqué. Y la otra amiga, se despidió de mí. Rápido. Y me quedé sola con mi culpa y mi confusión. Acabé caminando muchísimo más de lo necesario, equivocándome de parada de metrobús, casi llegando tarde y sintiéndome completamente inadecuada (el sufrimiento del sufrimiento, que dirían las enseñanzas budistas).

Y, sí, lamento haber mentido. Reconozco que otro ingrediente en la génesis de esta mentira fue una sensación de desencuentro con la amiga en cuestión, que guardé en lugar de compartir a tiempo y resolver. Y, claro, se hizo mucho peor.


Y lo siento, de corazón.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Ciento dos años hace


que nació mi tía Olga. Sí, a principios del siglo pasado. En plena Revolución Mexicana. (Pero esa es una historia que contaré en otro momento o, más bien, los fragmentos de la historia que me sé.)

Hoy solo pienso un poco más en ella que de costumbre. Me encantaría poder llamarla para felicitarla o, mejor, irla a ver en persona y platicar mucho mucho mucho y más.

Extrañar a mi tía Olga es diferente que extrañar a mi mamá, pues cuando recuerdo a mi tía, siempre tengo una sensación de compañía y de presencia. Claro que hay un hueco, pero es un hueco donde aún permea el amor, el más incondicional que he recibido en mi vida. A mi tía le debo, ni más ni menos, no haber perdido la cordura durante mi infancia.

Ayer, cuando volvía del trabajo caminando, me encontré con esta flor rosa, un tulipán creo, asomándose entre sol y sombra, y pensé que a ella le habría gustado.


¡Feliz cumpleaños, tía Olga!

jueves, 23 de noviembre de 2017

Cinco años hace


que murió doña T, nuestra querida doña Teresa, aunque a ella no le gustara el "doña". 

Buscando en mi archivo de fotos de Chimal, que incluye miles de imágenes, me encontré esta, de un día de abril de 2011, en que ella "supervisaba" el baño de la Charamusca (Chara de cariño) a cargo de mi comadre Ma. Eugenia y mi hijo Santiago. (Espero que Ma. Eugenia y la Chara, reacias de corazón a las fotos, me perdonen el atrevimiento...)




Pero así recuerdo a doña T: presente, sonriente, pendiente de lo que le rodeaba y de quienes quería. Nuestros días con ella en Chimal eran luminosos, cotidianos (en el mejor sentido del término) y, como he dicho en otro lado, eran (y siguen siendo) días de estar en familia (también en el mejor sentido del término que, dicho sea de paso, para mí a veces resulta una palabra casi insultante).


Hoy la recuerdo en este espacio,  igual que la recordamos siempre cuando estamos de visita en su casa en las faldas del volcán.

Hoy recuerdo cuando fuimos Santiago y yo a despedirnos de ella.

Hoy recuerdo cuando en una ocasión en que Ma. Eugenia nos llevó a Adrián y a mi a hacer el recorrido por la iglesia del pueblo, donde bautizaron a Sor Juana, Santiago, de muy niño, se quedó con doña T. Cuando regresamos del paseo, ella nos contó que él, después de echarse una marometa en el pasto del jardín, le dijo: "Ahora tú", como si fuera lo más normal del mundo. Porque convivir con doña T y sus gentes ha sido, en efecto, lo más normal (en el mejor sentido del término, claro) del mundo.


Hoy celebro el gusto de haberla conocido y de haber vivido tantos momentos felices a su lado.
Y le dejo, con todo cariño, unas margaritas de las que tanto le gustaban.





miércoles, 22 de noviembre de 2017

Ochenta y tres años hace


que nació mi mamá. No puedo imaginármela de esa edad (como escribí también el año pasado y el anterior). La última vez que la vi estaba a tres meses y pico de cumplir los 70. (Ya no llegó a celebrar ese cumpleaños).

Fue un encuentro bastante breve después de años de no haber convivido. (La vez anterior, más de cinco años antes, la había visto en el funeral de mi papá, donde intercambiamos teléfonos.)

En aquella postrera ocasión que nos reunimos, yo fui a su casa a visitarla, a su departamento de toda la vida en la Colonia Narvarte (en la calle de Uxmal). Comimos juntas. Después de unos tequilas y de acordar no hablar del pasado, sino solo mirar hacia adelante.

Recuerdo cómo, mientras comíamos (ella muy poco, disfrutaba más beber y fumar), manchó sin querer el mantel sobre el cual estaba su plato. Y se puso fuera de sí. Yo le dije que no pasaba nada y entendí de dónde me venía a mí ese comportamiento que mi hijo había presenciado varias veces. Pensé que con suerte y podía soltar de una vez esa reacción tan desproporcionada y evitar que nos siguiera martirizando a él y a mí.

No sé si después de la comida regresamos a la sala a seguir platicando un rato o si fue durante el aperitivo cuando tuvimos nuestro momento de mayor cercanía. Sí sé que sucedió cuando descubrimos que ambas éramos seguidoras de la serie española Cuéntame cómo pasó. Cuando hablamos de los Alcántara, en especial de la abuela Herminia y de Antonio, tan parecido a mi papá, fue cuando más cómodas nos sentimos. Será por ello que, a pesar de los pesares, yo sigo siendo fiel seguidora de la familia del barrio de San Genaro.

Para despedirnos, me acompañó a la calle, hasta el sitio donde yo había dejado estacionado mi coche. (En el trayecto nos encontramos a la Sra. Burak, la vecina de arriba de toda la vida, que me dijo que le daba mucho gusto verme.)

Cómo me gustaría hablar hoy con mi mamá de tantas cosas.
De los hijos.
De la vejez.
De nosotras.
De mi papá.
De su infancia.

Imagino que se podría.


Hoy la extraño.
Mucho.
Y le dejo unas flores cumpleañeras, recién encontradas en un cazahuate cerca de mi casa.




martes, 21 de noviembre de 2017

Invitado: Dilgo Khyentse Rinpoché







En efecto, por mucho que lo intentes, no hay manera en que te puedas librar de tu apego y tu odio mientras sigas creyendo que surgen debido a las circunstancias o a los objetos externos con los cuales están conectados. Entre más trates de rechazar los fenómenos externos, más saltarán de vuelta hacia ti. De ahí, por lo tanto, la importancia de reconocer la naturaleza vacía de tus pensamientos y simplemente permitirles que se disuelvan. 
Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Invitado: Ajahn Chah


El Buda nos dijo que viéramos cómo son las cosas y soltáramos nuestro aferramiento a ellas. Toma esta sensación de soltar como tu refugio.




















Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

domingo, 19 de noviembre de 2017



Nueve años hace


que murió Mausy. Yo me enteré cuando mi amiga Dasha me habló para contármelo. ¿Estás segura?, le pregunté. Sí, me dijo, me encontré esta esquela en el periódico:

Pues sí, no cabía duda. Mi tía Mausy se había muerto. No me habían avisado. No había podido despedirme. Y se me abrió, otra vez, ese hueco de ausencia. De culpa. De malestar.

Intenté darle el pésame a Leny. No me atreví a hacerlo en persona. Le mandé a su casa una tarjeta escrita a mano y una flor blanca. El taxi que las llevaba regresó y me dijo que no había encontrado a nadie en la casa. No me atreví a intentarlo de otro modo.

Puse la flor en mi altar en honor de ella. Y no me acuerdo qué hice con la tarjeta. (Quizá ande por allí en algún cajón.) Sí sé que lamenté (y sigo lamentando) que las cosas entre nosotros acabaran así.

Hoy, como entonces, como cada año, pienso en ella y deseo que encuentre la felicidad verdadera y esté libre del sufrimiento. 

Hoy, como entonces, como cada año, le agradezco desde lo más profundo del corazón que nos haya regalado, a mi hijo y a mí, este departamento donde hemos vivido los últimos doce años.

Le agradezco, también, que haya tenido la lucidez de convencer a Leny de poner las escrituras a mi nombre, para evitar la repetición de historias familiares dolorosas.


Hoy le dejo aquí unas flores naranjas, brillantes y llenas de vida, con mi cariño
(libre de tantas negatividades innecesarias).





















Te quiero, Mausy. (Ojalá lo sepas.)

jueves, 16 de noviembre de 2017

campánulas


Desde que llegué a Morelos, hace ya casi 22 años, me han fascinado las flores azules que empiezan a brotar en el campo, a orillas de las carreteras o en algún estacionamiento en plena ciudad, cuando se acaban las lluvias.


"Campánulas" les decíamos Adrián y yo. Ahora sé, gracias al internet claro, que más bien pertenecen al género Ipomoea y no al Campanulaceae y que se les conoce popularmente de varias maneras: gloria de la mañana, manto de María, don Diego de día, campanilla, quiebra platos. Lo que ya sabía es que las hay moradas, rosas y blancas y que son parientes de los cazahuates.






Recuerdo que Adrián me prometió hace años pintármelas en un cuadro. No llegó a cumplir su promesa, pero yo cada año las fotografío y pienso un poco en él. Y me maravillo ante ellas como si fuera la primera vez que las veo.






En un cuadro quizá se podrían haber visto así:



















O asá:




miércoles, 8 de noviembre de 2017

**o*c*h*o***


Hace ocho años que salió al aire la primera entrada de este blog. Cuando se lo conté hoy a mis alumnos de la secundaria me dijeron que era, pues, un bloguiversario. ¡El octavo! Y vamos por más.

Lo celebro con ellos y con todas las personas que me leen, que me comentan, que se pasan por aquí, que vuelven o que no vuelven, que están presentes en silencio o con luces.

Y me/nos dejo por aquí un hermoso dibujo de Molly Hanh de sus Buddha Doodles, que me encontré (o me encontró) hoy en mi recorrido mañanero por el Facebook:




Ojalá que la palabras y las imágenes traigan espacios de felicidad, de reflexión, de gozo a muchos y a muchas,
como a mí.

lunes, 6 de noviembre de 2017

gloria de la mañana





Si tu práctica diaria es abrirte a todas tus emociones, a todas las personas con las que te encuentres, a todas las situaciones que se te presenten, sin cerrarte, confiando en que puedes hacerlo, eso te llevará hasta donde puedas ir. Y entonces entenderás todas las enseñanzas que cualquiera haya alguna vez enseñado.
Pema Chodron


Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Día de Muertos 3


Hoy mi altar, mínimo, es
para
las víctimas de los terremotos
las víctimas de las inundaciones y los huracanes
las víctimas de la pobreza
las víctimas de la impunidad
las víctimas de la violencia, los atentados (Barcelona, Somalia, Nueva York...), los asesinatos (tantos, en México, en el mundo)
las víctimas de la indiferencia (en el Mediterráneo, entre otros lugares)
las víctimas de la avaricia
las víctimas de la destrucción y las sequías
las víctimas de los prejuicios
las víctimas humanas y las víctimas no humanas







Con la aspiración de que encontremos el camino hacia la felicidad verdadera y la ausencia de sufrimiento en el planeta todo.
Antes de que sea demasiado tarde.