sábado, 31 de enero de 2015



.e.s.p.i.r.a.l.


Según la RAE:

2. f. Curva plana que da indefinidamente vueltas alrededor de un punto, alejándose de él más en cada una de ellas.

Según yo:

Proceso (que, según mi misma fuente, es una 1. m. Acción de ir hacia adelante — lo cual es verdaderamente un alivio) mediante el cual me acerco de nuevo, hasta parece que retrocedo en el camino, recreando ese tan conocido ciclo de ilusión y decepción e ilusión y decepción, zambulléndome en el deseo, para luego sacar la cara y tomar aire un poco más lejos cada vez de las invenciones que con mi mente soy capaz de crear y recrear ad infinítum.

Y lo que la RAE no dice es que las indefinidas vueltas alrededor del mismo punto duelen, pero también es cierto que el dolor va disminuyendo, haciéndose más sutil, penetrando a lugares más recónditos, para iluminarlos y permitirme descubrir que, por ejemplo, es mi apego a mí misma (a mi yo, mi ego, mi identidad) lo que me produce el sufrimiento, que en realidad no es culpa de los objetos de mi amor. Y esto, sin duda, implica una mayor responsabilidad. También más profunda y también más sutil. E implica asimismo que puedo empezar a ver con claridad, o atisbar al menos, las cosas como son. (De a poco, ya lo sé, que mi mente es un hueso bastante duro de roer...)

En cada vuelta de la espiral se desvanece una proyección más de cómo me gustaría que las cosas fueran. En cada vuelta de la espiral me libero un poco más de mis patrones habituales.

En cada vuelta de la espiral...

jueves, 29 de enero de 2015



..s..o..l..t..a..r..


Para mi prima Pepa, que me ayudó a ver más allá del blanco y el negro

—¿Y en qué temporada vamos? —podría preguntarme, con una sorna cariñosa, mi comadre.

—Creo que ya perdí la cuenta —podría responderle yo. Y es que tal vez no se trata de ir contando, sino simplemente de seguir caminando y trabajando con lo que el camino va ofreciendo.


Sorprendente me resultaron las propuestas que sobre el verbo que da título a esta entrada encontré en el DRAE (transcribo las que me resuenan más con esta reflexión):

2. tr. Dejar ir o dar libertad a quien estaba detenido o preso. U. t. c. prnl.
3. tr. Desasir lo que estaba sujeto. Soltar la espada, la cuerda.U. t. c. prnl. Soltarse los puntos de una media.
4. tr. Dar salida a lo que estaba detenido o confinado. Soltar el agua. U. t. c. prnl. Soltarse la sangre.
7. tr. Explicar, descifrar, dar solución. Soltar la dificultad, el argumento.

¿A quién dejo en libertad? A la vida misma. No que la vida lo necesite, pero yo sí para poder vivirla. Para dejar de luchar contra lo que siento. Para dejar que lo que siento se manifieste, se disuelva y vuelva a manifestarse. Y lo que tenía sujeta era la falsa ilusión de controlar el flujo natural de las cosas, pensando que las podría llevar adonde quisiera. Así sin más.

Así sin más, el amor, confinado y detenido a la fuerza, se suelta y vuela, y vuelve al nido y vuelve a volar. Así sin más.

Hoy suelto la dificultad, suelto el argumento, suelto la complicación y me rindo. Sí, me rindo. Me doy. Me entrego. Me suelto.

Y a un año y dos días de haberlas compartidas por última vez, recupero otra vez las instrucciones de mi maestro, Dzogchen Ponlop Rinpoché:

Debemos practicar relaciones abiertas, relajadas y amorosas y hacer la aspiración de que a través de la relación podamos trascender nuestro patrón habitual para relacionarnos con la familia y los amigos.

Quizás ahora lo logre, una vez más y todavía de tu brazo, al tiempo que te vuelvo a sostener entre los míos...

martes, 27 de enero de 2015



Invitada: Jetsunma Tenzin Palmo


Nada nos ata a samsara salvo nuestra mente de aferramiento. Soltar no significa que no tengamos responsabilidades y que no nos importe nadie más, sino que significa que somos más abiertos, espaciosos, que incluimos a otros seres, a todos los seres.





Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

lunes, 26 de enero de 2015

Fruta vana


Cuando Helena abre los ojos, su mirada se estrella contra el techo descascarado del cuarto. Le cuesta unos segundos recordar dónde está. Se lleva las manos al vientre, más por instinto que con conciencia. Una punzada aguda la devuelve de tajo a la realidad. Tiene la boca seca, como una esponja olvidada al sol, y el corazón encogido.
—Lena, despertaste ya. ¿Cómo te encuentras?
Abre la boca para responderle algo a Fernando, su hermano y su cómplice, pero no encuentra la voz.
—No te esfuerces. El doctor te recomendó reposo. Yo estaré aquí en el pasillo por si me necesitas.
—No te vayas —le pide ella sin palabras, solo moviendo la cabeza de un lado al otro.
Así es su relación desde pequeños. Parece que se comunicaran por telepatía. A su madre podría preocuparle la intimidad entre sus hijos menores si se atreviera a darle cabida en sus pensamientos de vigilia. A veces, en sueños, a doña Ángela se le ha aparecido Helena tomada del brazo de Fernando, ambos vestidos de negro, frente a un altar que no es un altar, sino un banquillo, en una sala que parece más un tanatorio. Menos mal que nunca recuerda lo que ha soñado. De otro modo, tendría que hacer algo al respecto. Pablo, su marido, también está entrenado para hacer caso omiso de las señales que se salen de los cánones de lo aceptable.
            Hace una semana, Fernando y Helena informaron a sus padres que se iban unos días de viaje. Cuando doña Ángela quiso averiguar más detalles, los hermanos respondieron con evasivas. Pablo se mantuvo al margen, como siempre. Eso sí, notó una palidez más amarillenta que de costumbre en la tez de su hija, la única mujer entre sus tres vástagos y la menor de ellos. Su predilecta, sin duda y en silencio.
            Cuando los hijos se alejan de la casa paterna, suelen mantener un contacto regular vía telefónica. En esta ocasión, ni Helena ni Fernando se han molestado en llamar. Deben estar muy entretenidos.
—¿Ya acabó todo, Fernan? —logra al fin Helena preguntarle a su compañero.
—Sí, Lena, ya —la conforta él mientras sostiene su mano, delgada y temblorosa, entre las suyas, que son las de un oso—. ¿Cómo te sientes?
—¿Te acuerdas cuando recogíamos nueces en el huerto de la abuela en Asturias? —Fernando asiente con la cabeza y le aprieta la mano.
—A veces nos encontrábamos algunas que no pesaban nada. Cuando las abríamos, estaban huecas o tenían un nudo seco agazapado dentro.  ¿Te acuerdas?
—Sí… —contesta él mientras le pone, con delicadeza, un dedo sobre los labios—. Ahora descansa. Mañana volvemos a Barcelona, al sobreático. Me gustaría verte un poco más repuesta.
—Fernan…
—Dime.
Lena no se atreve a completar la frase. Bastante ha hecho ya su hermano acompañándola y mintiéndole a sus padres como para pedirle, además, que comparta su dolor. Lena quisiera llorar hasta ahogarse pero los ojos también se la han secado. Están enrojecidos y le escuecen pero no hay manera de exprimirles una sola lágrima.
—¿Me acercas el agua?
Él toma el vaso que está sobre la única mesa del cuarto y lo rellena en el lavabo. Se lo alcanza a su hermana sin mirarla a los ojos.
—Voy a por un café y vuelvo enseguida.
Al cerrarse la puerta, Helena siente como si el colchón se la tragara. Ojalá. Pero de sobra sabe que mañana tendrá que usar su mejor máscara para regresar a casa.
Dos meses atrás le había comunicado a Francesc —su pareja a pesar de la oposición intransigente de su madre— el resultado de la prueba. La respuesta de él había sido un silencio gélido y persistente, como si no fuera el padre de la criatura nonata. Ella no se había atrevido a pedirle ni dinero ni compañía ni apoyo. No quiso arriesgarse a suscitar uno de sus bofetones sarcásticos. Mejor apañarse ella sola. No contaba con ninguna amiga tan cercana como para sincerarse, así que solo le había quedado recurrir a Fernando. Él no sería capaz de voltearle la espalda y tampoco la atormentaría con preguntas ni reclamos. Él era un sol.
            Cuando Fernan vuelve a la habitación encuentra a Lena arreglada y con la maleta a punto. Quién sabe cómo se las ingenió para colorearse las mejillas y hasta tiene un atisbo de sonrisa en los labios. Él se queda aturdido. No entiende cómo ha hecho ella para lograr siquiera levantarse del lecho. Se la queda mirando.

—Cuando el fruto está vano, no hay más que tirarlo a la basura y olvidarte de la cosecha, ¿no te parece? —declara Helena mientras toma del brazo a su hermano y lo conduce hacia la puerta—. ¿Te encargas tú de la maleta?

viernes, 23 de enero de 2015

Un momento hace un año


Él (vía chat de feisbuc): ¿Y si te llamo?

A ella le emocionó la propuesta y le dio miedo. Hacía 19 años que habían intercambiado voces por última vez, primero usando el teléfono, luego en persona y luego otra vez solo en voz. Él estaba convencido de que aquel sería su último encuentro. Ella ni lo pensó.

Ella (vía chat de feisbuc):  Sale. Llama...

El corazón le hizo una maroma cuando sonó el teléfono. Pero en cuanto escuchó la voz de él, nervioso también, supo que era su hogar.


Hoy, 365 días después, ella se pregunta cómo hacer para dejar de amar. Y, para su sorpresa, se responde que quizá no se trate de dejar de amar, sino de hacerlo de manera más abierta, menos condicionada, menos limitada por las expectativas, como se ama un atardecer o el ronroneo de una gata o un helado de menta con chispas.

jueves, 22 de enero de 2015

dakini bliss


for you siskini dear,
companion of lifetimes, here & now

*

sunset cloud
red and silver linings
dancing through my window

my sorrow dissolves beyond
grasping and clinging
in the expanse of dharmakaya

letting go actually feels good silver
and dark lining night stars
blinking away

*


*

miércoles, 21 de enero de 2015

.u.n.a.n.i.v.e.r.s.a.r.i.o.m.á.s.


Entre el barullo de trinos matutinos, se cuela el canto de un ave, profundo y limpio, a intervalos regulares y, cada vez, se me clava en el corazón. Cuando comienzo a esperarlo, no llega. Entre los trinos persistentes se escabullen arteras las campanadas de la Iglesia de Tlaltenango; quizá llamen a muerto. Hoy será un día triste.

¡Qué manía!, podría decirme más de uno, con estar recordando fechas. O me lo estoy diciendo yo misma, tal vez. Me gustaría pensar que es una manera de seguir transitando el duelo, hacia la salida.

Hoy no hacen falta calculadoras para saber si los días (365), o los meses (12), o las semanas (52) corresponden a una historia común. Hoy tampoco se trata de poemas crípticos ni de escarceos sutiles.

Hoy hace un año que nos hicimos el amor por primera vez. Así. Tal cual. Dimos el paso que nos llevó del modo amistad al modo amor. Y, la verdad sea dicha, el primer movimiento lo hiciste tú, pero a mí no me tomó ni una milésima de segundo responder. (Y para ti, como siempre, era ya mañana, la madrugada del 22.)

No imaginábamos entonces que las vías de nuestros respectivos trenes, como habíamos dicho apenas unos días antes, se cruzaban, sí, pero para seguir cada quien con su viaje. El tren que pudimos haber abordado juntos había zarpado muchísimos antes, para no volver. Entonces la que se aterrorizó fui yo, ahora fuiste tú. Menudo par...

Ni duda cabe que los angelitos pandilleros (mal disfrazados de cupidos) hicieron su mejor esfuerzo. Y tú y yo seguro nos pensamos aún, cada quien desde su soledad. Y como cuando alguien muere —que aquí morimos ambos—, los aniversarios del primer año son los más difíciles, pero a medida que el tiempo pasa se irán suavizando.

Y nada más por nostalgia (2. f. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida), cierro hoy como cerré aquel ayer: Me llevo la música de fondo y tu olor y tus caricias y nuestros besos conmigo a mi cama y a mis sueños desde mi hoy todavía hasta tu mañana, (amor)...



martes, 20 de enero de 2015

La señora de los cigarros


—Pero lo que no se vale es darle patadas al pesebre. ¿Me oíste?
—Sí, tía.

Este es el diálogo que escuché cuando entré a la miscelánea de la esquina a media mañana de ayer. Desde hace unas semanas, casi todos los días, me tomo un receso del trabajo en curso, y camino unos cinco minutos para comprar un par de cigarros sueltos. (Son carísimos, si se hace la cuenta, pero es mi manera de controlar el vicio, más una dependencia emocional que química, que cuando no tengo nicotina, me las arreglo sin mucho problema para salir adelante.) Además, así entro en calor, disfruto del sol que sí calienta la calle, pero no los interiores, y establezco contacto humano sin que medie una pantalla.

La dueña de la tienda es una mujer menuda, baja de estatura y con un color de piel que parece ser una mezcla de tabaco seco y cenizas. Siempre está fumando o prendiendo un cigarro. Suele ir tapada con un suéter verde y vestida con pantalones (el interior de la tienda es frío). A la entrada, hay un perro criollo (eufemismo para callejero) con un collar rojo; nunca la faltan agua y croquetas. En general está echado al sol, pero cuando necesita refrescarse ocupa el espacio frente a la caja y los clientes tenemos que evitarlo para poder pagar. Menos mal que es simpático.

A primera vista, la señora (nunca he escuchado su nombre ni se lo he preguntado) parece bastante hosca. Tiene cara "de pocos amigos", digamos. Pero a fuerza de visitar su local casi diario y hacerle plática, ha ido mostrando su lado más suave. (Ahora me dice "doña" o "bonita".) Su tienda está abierta siempre, porque si no, "de qué vive": desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche y todos los días, feriados incluidos. Hay otros personajes que suelen andar por ahí, sus familiares o sus amistades, unos más sonrientes que otros.

Me encantó ver su lado de "tía" —cariñosa, preocupada y digna de confianza— y conocerla, así, un poco más. (Podría convertirse, seguro, en un buen personaje de relato.)

sábado, 17 de enero de 2015

Mañanas de enero


Han pasado una semana y un par de días desde nuestra última despedida. Y a mí, al despertarme cada mañana, el corazón aún me da un vuelco en el pecho cuando recuerdo de nuevo que tus brazos ya no me esperan. Ya casi logro no sumarle siete horas a mis horas, aunque aún te me cuelas en los sueños. Salgo al mundo y disfruto. Y también te apareces entre mis palabras y en mis pensamientos. Pero cuando hablo de ti, de nosotros, de lo que fue, nuestra historia se va acomodando y reacomodando y me deja un espacio libre para volver a respirar, una tristeza espaciosa donde dueles menos. Aún hay lágrimas pendientes. Las siento. Las sé. Pero hoy son mucho más dulces. Bailan entre reflejos de alivio y de gratitud. Y los corazones se me multiplican con la luz del sol cuando amanece.

corazones multiplicados
mi casa de mañana
enero 2015

viernes, 16 de enero de 2015

Invitado: Chogyam Trungpa Rinpoché


Tenemos que saber a qué nos referimos con meditación. A veces usamos la palabra para dar a entender vaciarnos o soltar. A veces queremos decir relajación. Sin embargo, el punto de la práctica de meditación es, de hecho, redescubrir nuestra neurosis escondida y nuestra cordura escondida al mismo tiempo.



Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

lunes, 12 de enero de 2015

-p-u-e-n-t-e-


1. m. Construcción de piedra, ladrillo, madera, hierro, hormigón, etc., que se construye y forma sobre los ríos, fosos y otros sitios, para poder pasarlos.

Pues más claro, ni el agua. Pero la Academia no hace mención al uso figurativo del vocablo. Claro, metáforas y comparaciones son ya responsabilidad de quien escribe. Hoy me encuentro (¿nos encontramos?) cruzando un puente entre un modo de relación y otro. Entre el amor (en su sentido occidental más restringido) y el cariño. Entre lo que fue y no pudo seguir siendo y lo que será, que se parece, tal vez, a lo que ya fue en otro momento, pero que indefectiblemente se verá teñido por lo que hubo y se terminó. (Sí, ya sé, parece trabalenguas, o trabacorazones...)

Hoy se me ocurre combinar la palabra en cuestión con otra que entró en un diccionario nuestro hace varias décadas: "aséptico (a)" que la RAE define como:

2. adj. Neutral, frío, sin pasión.

Así, la expresión que propongo es "puente aséptico": Dícese de una forma de transición (1. f. Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto), extrema por miedo o por prudencia, que ha de transportarnos a un modo nuevo y diferente de relación, donde el cariño ya no duela ni amenace.

Ojalá.

sábado, 10 de enero de 2015

sinvivir


para Carmela, que me ayudó a verlo
(y también por el reencuentro)

1. m. Estado de angustia que hace vivir con intranquilidad a quien lo sufre.

¡Qué maravilla de palabra! Y qué precisión de definición. Me sorprende también cómo uno es capaz (bueno, cómo he sido yo capaz) de prolongar ese estado de angustia, que dista mucho de ser maravilloso, pero quizá sea, en cierta medida, necesario para que el proceso llegue a buen fin. Y ese proceso, veo hoy con claridad, depende de mi propia decisión. De mi voluntad, finalmente, de trascender la angustia, aun con la angustia que esto implica y quizá alguna noche más de mal dormir. La despedida, hoy, me permite soltar y empezar a vivir otra vez. Duele, sí, pero al mismo tiempo, y para mi sorpresa, alivia. Alivia porque me (nos) quita parte del peso que sobre mí (nosotros) carga. La indefinición y la necedad, aun recubiertas de amor, pueden hacer (nos) mucho daño y así, el amor igual se desmorona. Hoy sé que hice lo mejor que pude. Hoy sé que hiciste lo mejor que pudiste. Hoy nos perdono por no haber podido hacer más. Hoy nos agradezco todo lo que nos dimos y nos recibimos. Y hoy se abre la posibilidad de salvar el cariño que siempre nos hemos tenido.


fue llegando la noche un silencio que era música en su soledad

viernes, 9 de enero de 2015

Autorretrato 4




una acera amarilla, flores secas de bugambilia y una sombra
eso solo soy 
yo hoy

.p.r.o.f.e.s.a.r.


Quién diría que una de las acepciones que propone la RAE de una palabra que me parece tan bonita me resultaría, además, hoy tan apropiada:

5. tr. Sentir algún afecto, inclinación o interés, y perseverar voluntariamente en ellos.
Profesar cariño...






Hoy aspiro simplemente a que ese cariño que nos hemos profesado durante tantísimos años nos siga acompañando el resto de nuestras vidas, aunque cada quien
siga ya con su vida en su propio lado del Atlántico.

jueves, 8 de enero de 2015

Invitado: Lama Yeshe


El amor verdadero no depende de la expresión física. Tienes que darte cuenta de esto. El amor verdadero es un sentimiento profundo dentro de ti. No se trata nada más de llevar puesta una sonrisa y verte feliz. Más bien, surge de una comprensión sincera del sufrimiento de cada ser e irradia hacia todos ellos indiscriminadamente. No favorece a unos cuantos elegidos, excluyendo a todos los demás. Este es el amor verdadero.


Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

miércoles, 7 de enero de 2015

Tres de julio


—Despedirse es morir un poco —espeta Antoni, con la misma torpeza de alguien intentando disimular un bostezo. Se piensa capaz de cortar la tensión del adiós.
Fernando no puede creer que su hermano haya abierto la boca para soltar semejante sentencia. No se anima a voltear a ver a Andrea. Está seguro que tiene los ojos a punto de desbordársele, igual que él. Ella hace un esfuerzo por sonreír. Fracasa. Se le ruedan las lágrimas, como el agua por la boca rota de una cañería. Helena, la hermana menor de los dos hombres, le pasa un brazo por los hombros.
—Venga. Nos veremos pronto. No llores —la conforta.
Cada palabra es una banderilla en el pecho de Andrea. Sin adornos de papel picado. No se decide a voltear a ver a Fernando.
Las semanas que la prima de México pasó en el sobreático parecen haberse sucedido en cámara rápida. Si parece que fue ayer apenas cuando la joven volvió a cruzar el umbral de la casa tras tres años de ausencia. Venía a Europa de vacaciones extendidas. Se dio un año sabático antes de entrar a la universidad y sus padres la ayudaron con el boleto de avión para cruzar el charco. Le dedicó a Barcelona dos estancias: la primera en compañía de una amiga y la segunda sola. Hace tiempo que Fernando no despertaba tan contento. Saber a Andrea en la antigua habitación de Antoni, contigua a la suya, era garantía de un día soleado.
Anoche fue su última noche en casa. Hoy toma el tren a Madrid y de ahí el avión de vuelta a la Ciudad de México. Después de la cena, mientras empacaba, Fernando estuvo a punto de entrar en su recámara. Quería estar a solas con ella. Quería tomarle la mano. Quería decirle que la quería. Quería pedirle que no se fuera. Quería besarla. Pero no se atrevió. Ella es tan joven. Vive tan lejos. Y lleva su mismo apellido. Si tan solo pudiera arrancarle el nombre. Si fuera un poco mayor. Si México estuviera más cerca. Fernando regresó a su cama con una losa en la espalda y los labios derrotados.
La mañana antes de salir a la Estación de Francia, Andrea, Fernando y Helena deambulan como ovejas rumbo al matadero. Se toman un café bebido y las tostadas que doña Ángela les preparó sin parar de hablar, una forma muy suya de escapar al dolor.
—Vuelve pronto. Te queremos y te vamos a echar en falta. 
Doña Ángela abraza a su sobrina y la siente temblar. Andrea se aferra a ella y no dice nada.
—Tu tío salió temprano a hacer unos recados. Me pidió que te despidiera en su nombre —Una forma muy suya de evitar el sufrimiento del desgarre.
Andrea no puede más que asentir, casi imperceptiblemente. El timbre la salva. Es Antoni que viene para llevarla a la estación, en compañía de Fernando y Helena. Ella sale corriendo del departamento. Su primo coge la maleta, su prima un par de bolsas; se apresuran a alcanzarla.
Faltan escasos quince minutos para que zarpe el expreso de Madrid. “Ahora sí le das ese beso pendiente”, se alienta Fernando cuando le ofrece a Andrea acompañarla hasta su camarote. “Es tu última oportunidad.” La maleta está ya en su sitio y, en el pasillo del tren, los primos se miran a los ojos. Sus corazones aceleran el ritmo. Él se acerca. Ella no se mueve. Él se paraliza.
—Toma —le dice Andrea, alargando la mano cerrada. —Es para ti. Me la compré en Santiago.
Él le ofrece su palma derecha y ella deposita allí una concha de peregrino. Es pequeña, de barro. Va colgada de una cinta color lila.
—La podrías poner en tu coche para no olvidarte de mí.
—Seguro —murmura él, sin voz casi.
“Acércate. Acércate ya. Busca sus labios. Bésala.” Pero no se atreve. Ya es hora de bajarse. “Te quiero.” Lo piensa. No se lo dice. Desde la plataforma, mira cómo el tren empieza a desperezarse. Andrea se asoma a la ventanilla. Antoni y Helena agitan las manos. Fernando no se mueve. Los chirridos de las ruedas rozando las vías se le meten a la garganta. No puede ni llorar.
De vuelta al sobreático, después de buscar “consanguinidad” en la enciclopedia  y apaciguar un tanto sus temores, empieza a escribir una primera carta.

“Queridísima Andrea…”

domingo, 4 de enero de 2015

de torbellinos y cajoncitos


Un torbellino, según la RAE, es un remolino de viento o una abundancia de cosas que ocurren a un mismo tiempo.

Un cajón, según ellos mismos y entre varias acepciones, es un receptáculo que se puede sacar y meter en un hueco determinado, al cual se ajusta, de un armario, una mesa, una cómoda u otro mueble.


¿Y qué tienen que ver uno y otro?

Pues resulta que hay seres a quienes los remolinos de viento se les meten muy adentro en el cuerpo y en el alma, las más de las veces por culpa del amor, y ahí les dejan los cajoncitos desajustados y revueltos. El amor es a veces tanto que les hace perder de vista que el cariño mismo es capaz de ayudarlos a encontrar un acomodo nuevo para los cajoncitos.  En realidad, es incluso posible que no sea un tema tan complicado. Vaciarlos y dejar que el mismo remolino de viento eche todo a volar podría ser una buena opción.

Un signo de que estos seres pudieran estar empezando a curarse de su preocupación por encontrar el orden y el ajuste perdidos es cuando piensan y piensan, abren y cierran los cajoncitos y no saben cómo se lo hacen pero siempre apareces tú.

viernes, 2 de enero de 2015

Invitado: Karmapa 17



Nutrir nuestro amor 


Nutrimos activamente nuestro amor trabajando de todo corazón con nosotros mismos. Esta es la manera en que nuestra propia práctica espiritual se puede convertir en una condición que ayude a que el amor dure. La práctica espiritual significa transformarnos a nosotros mismos. Significa cambiar. No podemos esperar simplemente a encontrar el amor y guardarlo en una repisa  como si yo ya te he dado mi amor, tú me has dado tu amor, y ahora solo tendremos que desempolvarlo de tiempo en tiempo, y básicamente ya acabamos. Al contrario, el amor es algo viviente. Como un árbol, necesita crecer continuamente, generar ciclos frescos de hojas, flores y frutos. Si esto se detiene, el árbol se estanca y eventualmente muere. Una vez que acogemos el amor como una práctica plenamente activa, solo entonces podemos empezar a hablar de amor que no muere.


Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.