miércoles, 30 de enero de 2019

seco 2


Y vuelve esa época del año en que las plantas se secan y se apoderan del paisaje con sus tonos quemados, cafés, ocres... Yo lo disfruto en el terreno baldío que hace el papel de estacionamiento en la escuela donde trabajo. Y me entretengo vagando por allí y por acá, sacando fotos, para frustración (me temo) del encargado de abrir y cerrar la puerta.

A veces los ojos de mi camarita rosa ven cosas que a los míos se les escapan y yo las descubro cuando bajo las imágenes a mi computadora.




Como estas esferitas anaranjadas. (Luz, mi bióloga de cabecera, me dijo que eran huevos de algún insecto.)
Un adorno sorpresa sobre unas hermosas ramas secas.

domingo, 27 de enero de 2019

Invitado: Dzogchen Ponlop Rinpoché


Ver con claridad qué es verdad y qué es ilusión 


El punto de entrenarse en el conocimiento superior no es convertirse en un contenedor de hechos o en un creyente de un sistema filosófico particular. Todo el propósito es ver con claridad qué es verdad y qué es ilusión en la forma en que vivimos. Significa que entendemos la relación de causa y efecto y vemos cómo funciona en nuestra vida. Vemos que el sufrimiento es el resultado natural de cierta causa y que, en última instancia, esa causa es nuestro aferramiento al yo. Vemos que la felicidad es el resultado de cierta causa y de, en última instancia, esa causa es trascender nuestro aferramiento al yo.


Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

sábado, 26 de enero de 2019

platos que son recuerdos que son platos 2


Estos dos platos, que ahora cuelgan sobre la barra entre mi cocina y mi comedor, vinieron de casa de mi tía Olga. Me los regaló Olguita, su hija (mi segunda tía Olga), para que tuviera un recuerdo de su mamá en mi casa. La verdad es que he olvidado dónde estaban en el departamento de Avenida Coyoacán, donde comíamos todos los jueves después de la escuela. Pero para conjurar la presencia de mi tía Olga en mi vida no necesito nada material. Igual me da gusto tener estos trocitos de su casa en la mía.


Este mandalita vino de Santiago de Compostela, donde estuve hace 36 años en compañía de una amiga de la escuela. Cada quien se compró un plato para recordar la experiencia. Cuando visitamos la catedral, ella dijo que si tuviera un hijo le pondría «Santiago». La que tuvo el hijo fui yo y le puse Santiago. Ella tuvo una hija. Años después dejamos de ser amiga. Pero los platitos quedan. Por lo menos, el mío. 



Creo que este el más chiquito de todos, aunque aquí no lo parezca tanto. Vino hace añísimos (he perdido la cuenta) de Turquía. Me lo trajeron mis papás. Yo he de haber sido adolescente aún. Mi papá le pidió a un amigo que le pusiera el alambre para poder colgarlo. Y ahí siguen, plato y alambre, en la pared de mi comedor, a pesar de la fragilidad de la cerámica y los despostillados de su orilla. 


Adrián me regaló este plato de talavera. Para un cumpleaños. Cuando aún nos queríamos. Siempre sabía qué regalarme. Como mi papá. Sin necesidad de preguntar, sino solo escuchando, observando, conociéndome. Me encanta el plato. Me encanta la talavera. Y extraño que alguien sepa qué regalarme sin preguntar. Solo escuchando. Observando. Conociéndome.



Este es casi tan pequeño como el turco, pero hondito. Y portugués. Vino de Lisboa. Hace casi cinco años. Creo que, en realidad, lo compré como regalo para alguna amiga, junto con otros dos. Esos dos los regalé y, al final, decidí quedarme este. Como recuerdo (y prueba) de mi estancia en Lisboa. Y del amor, como un sol que nace tras un árbol, acompañado por dos gaviotas. El amor se acabó. Pero Lisboa sigue, aunque yo no haya vuelto.



Este barco vikingo (creo que es un barco vikingo) que navega en un mar redondo me lo regalaron dos amigos que se hicieron pareja después de conocerse en mi casa. Viajaron juntos a Inglaterra, o quizá sería más preciso decir al Reino Unido, y me trajeron este plato de regalo. Hace muchos años que dejaron de ser pareja, aunque siguen siendo mis amigos. Quién sabe si ellos recuerden el regalo, pero a mí me recuerda su historia y me encanta.



Y este es el de más reciente llegada. Hace apenas unas pocas semanas. Lo hizo doña Mago (casi seguro), alfarera de Cuentepec que dio un taller en Cuernavaca, junto con su hija, doña Macaria. Me encantó su sencillez y que, colgado en la pared, parezca la luna de un sol de madera que se coló entre los platos.  



jueves, 24 de enero de 2019

Invitado: Chogyam Trungpa Rinpoché








Tenemos que ser honestos
con nosotros mismos


Mucha gente trata de encontrar un camino espiritual donde no tengan que enfrentarse a sí mismos, pero donde todavía puedan liberarse —liberarse a sí mismos de sí mismos, de hecho—. En realidad, esto es imposible. No podemos hacer eso. Tenemos que ser honestos con nosotros mismos. Tenemos que ver nuestras entrañas, nuestra mierda real, nuestras partes más indeseables. Tenemos que ver eso. Ese es el fundamento del camino del guerrero y la base para conquistar el miedo. Tenemos que enfrentar nuestro miedo; tenemos que mirarlo, estudiarlo, trabajar con él, practicar meditación con él. 

Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

martes, 22 de enero de 2019

Crónica de un eclipse de luna


Ahora sí pude vivir el fenómeno, en compañía de mi hijo. El cielo estaba despejadísimo y, además, la luna estaba llena. Desde la ventana de mi estudio, fui siguiendo el trayecto de nuestro satélite (pegadito a la pared de mi edificio) y sacando algunas fotos.

Aquí la luna llena y el conejo
atravesados por una antena





Aquí la sombra de la tierra
cubriendo media luna

Acá la visión muy particular
de mi camarita rosa


Y acá, finalmente, la luna roja
y tan esférica















Para el momento cumbre, convencí a mi hijo de bajarnos al jardín y tendernos en el pasto bocarriba. Y así estuvimos, unos 15 o 20 minutos, viendo a la luna oscurecerse y ruborizarse al mismo tiempo.
«Ahora sí que se ve en 3D, ¿verdad?», le comenté a Santiago.
Él asintió.
Y seguimos mirando el cielo.
En silencio.
Junto a Orión, de un lado, y a Cástor y Pólux, del otro (eso lo verifiqué en los comentarios de Ángela de la mañana siguiente).

Antes de dormirnos, confirmamos que el conejo había vuelto.
Él y la luna se veían muy lejanos y muy pequeños.
Pero estaban.

Al día siguiente me encontré en el Facebook con una descripción de mi amiga Laura Emilia que puso en palabras justo lo que yo había sentido:

«Cuando la Luna se torna opaca, se advierte su tridimensionalidad. Entonces se ve realmente que es un objeto suspendido en el cielo. Hay algo fascinante pero aterrador en ello.»

lunes, 21 de enero de 2019

Invitado: Khenpo Tsultrim Gyamtso Rinpoché



Qué es exactamente sentirse dolido 




Cuando buscamos el yo, es muy importante recordar que lo que estamos examinando es una respuesta emocional. Cuando uno responde a un evento como si tuviera un yo, por ejemplo cuando nos sentimos dolidos u ofendidos, tendríamos que preguntarnos quién o qué exactamente se está sintiendo dolido u ofendido.





Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

domingo, 20 de enero de 2019

coincidencia o casualidad


Por supuesto que coincidencia, según la RAE, es la acción y efecto de coincidir. Y coincidir, entre otras acepciones, es: 

3. intr. Dicho de una cosaAjustarse con otraconfundirse con ellaya por superposiciónya por otro medio cual-quiera.

Por otro lado, una casualidad, se define como:

1. f. Combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar.

Algo así me sucedió a mí con una alumna de tercero de secundaria la semana pasada. (O no...)

Resulta que para este trimestre me tocaba a mí encargarme de que los chavos montaran el periódico mural (boletín, le llamo yo), que decora la parte posterior de su salón. Primavera + 14 de febrero era el tema que tocaba (más o menos). Entonces, se me ocurrió que hiciéramos un árbol cuyas hojas estuvieran diseñadas cada una por un alumno. Cada quien incluiría en su hoja una cita, de un autor conocido, sobre el amor o la amistad. El fondo sería azul claro, como el cielo. Y pondríamos flores también, muchas flores.

Aquí el resultado final:












Durante el proceso de selección de las frases, una de las chicas más participativas, colaboró con 4 citas, que leyó en voz alta. Al escuchar la primera, de Pablo Neruda, sentí cómo se me hacía un nudo de recuerdos en la garganta y me daban ganas de llorar. Me contuve. Y me dije ¡qué coincidencia! (Hoy pensé que igual era una mera casualidad.)

El día que ellos hacían sus hojas, les conté, a las dos chicas con quienes compartí banca, cómo un novio que tuve me había compartido (dedicado, quizás) esos versos de Neruda (musicalizados por Ángel Parra). "Ay, miss, te gusta sufrir...", comentó la alumnita que había encontrado el poema. Entonces decidí hacer una hoja yo con esos versos (pues la chica en cuestión había decidido usar otros) y soltar el sufrimiento:













Y vi cómo las coincidencias y las casualidades lo son cuando nosotros les conferimos un sentido, que no les es inherente. Que una cosa se ajuste con otra es una operación mental nuestra, no de las cosas. Y que las circunstancias se combinen también corresponde a nuestra proyección (proyección que sí podemos prever o evitar).

Así, no quiere decir nada que una alumna se tope con unos versos de Neruda, ni que en el AVE a Barcelona ofrezcan una peli alemana protagonizada por el mismísimo Bruno Ganz ni que el compañero de al lado en el tren resulte ser tocayo de aquel novio.

No hay señales.
Solo nuestra opción de elegir aferrarnos o soltar.
Como las hojas que al final se caen y dan paso a otras nuevas.
Y a las flores.
Si las dejamos.

viernes, 18 de enero de 2019

platos que son recuerdos que son platos 1


Lara López, la prologuista de la antología de relatos de amor y música, Arritmias, dice que, en muchas ocasiones, YouTube se ha encargado de contarle su pasado. Me acordé de esto cuando, hace unos días, colgué en la pared del comedor un regalo temprano de los Reyes: el joyerito, reconvertido en plato, que pintó a mano y me regaló mi amiga Fuensanta. 

Me gustó tanto que decidí colocarlo junto a otros platos que decoran ese espacio. Y entonces me di cuenta cómo los objetos que conservamos también se encargan de contarnos —de recordarnos, de preservar— trozos de nuestro pasado.

Entonces, me puse a mirar con especial atención los diferentes platos que tengo colgados no solo en esa pared, sino en varios otros lugares de mi casa. (Fuen me había comentado, cuando le mandé una foto del sitio donde ahora vivía su creación, que le gustaba que hubiera diferentes formas [redondos, ovalados, octagonales, cuadrados y ¡sol y luna!], "como debe ser la vida", decía, "aunque duela, caray" Y seguía reflexionando en el sentido de que "cuando namás es redonda puede ser así, redonda, y que no duela").

Y entonces decidí que valía la pena dedicarle una entrada a estos objetos y recordar, aun si duele, que lo bailado nadie nos lo quita... 

Lo primero que hice fue fotografiarlos. Primero, en grupos según su ubicación y, después, uno por uno. (Las segundas imágenes me gustaron más.) Cada plato trae un pedacito de mi vida.


Este, por ejemplo, más que de mi vida, es de la de mis abuelos paternos. Es uno de los sobrevivientes de la vajilla con que mi abuela María Luisa viajó a México, desde Bilbao (su primer exilio), después de la Guerra Civil, para reunirse con mi abuelo Román, en Veracruz, y luego seguir hasta la Ciudad de México. Mi tía Marisa contaba que la vajilla venía perfectamente embalada de España y así llegó a México. Pero en la aduana en Veracruz, obligaron a mi abuela a desempacarla y luego volvieron a meter las piezas como cayeron. Y la mayor parte se hizo pedazos. Quedaron solo algunas que se repartieron mi papá y mis tías al morir mi abuela. De ahí, nos llegaron algunas vestigios a algunos nietos (y, quizá, biznietos). Yo tengo dos,que me regaló mi tía Marisa.



Acá hay un trozo de Rusia y de la amistad que me unió con Natasha cuando íbamos en primaria. De alguna de sus visitas a la entonces URSS, me trajo este plato, casi charola, y mi papá le compró un aditamento para poder colgarlo. Me ha acompañado en todas mis mudanzas desde que me fui de casa de mis padres a los 22 años.





Estas uvas de talavera de Tlaxcala, en formato ovalado, las compré en un viaje de adolescente con mis papás, cuando dejamos de celebrar la Navidad en familia y optamos por salir de viaje solo los cuatro (ellos, mi hermano y yo). Aunque en realidad es una jabonera, tenía un hoyo atrás para poder colgarla como adorno, previa inserción de un alambre. Cuando me casé, o desde antes, me la traje conmigo y ha decorado todas mis casas. Cuando me divorcié y la volví a colgar, descubrí que se había roto y que alguien, Adrián probablemente, la había pegado sin decirme nada.


Este vino de Barcelona hace casi 39 años. Durante mi primera vez en la ciudad condal, salimos a pasear por el Barrio Gótico. Recuerdo ir al lado de mi tío Pedro que me iba contando cosas. Seguro me llamaron la atención las piezas de alfarería y, entonces, él me explicó que este era un diseño típico catalán y que el decorado en espiral se lograba dejando caer la pintura clara en línea recta mientras el plato giraba en el torno. Es uno de mis consentidos y también ha permanecido conmigo a través de todas mis mudanzas.


Y este pequeñín llego a mi casa hace apenas un mes. Viene también de Barcelona. También del Barrio Gótico, donde paseé al lado de Mary Carmen, Mariona y Laia. Mi prima me animó a comprarlo. "Un jazmín para el alma", como decía buelina, me dijo. Y me convenció. Cuando lo pagué, descubrí que els peixos no eran catalanes, sino que venían de Almería...



Y para concluir la primera entrega de platos, este octagonal. También de talavera. Quizá poblana. Llegó a mí cuando murió mi terapeuta y amiga Judy y desmontamos su casa. Yo estaba tristísima y este era un pedacito de ella que podía llevarme a casa. Entonces Emilia me ayudó a ponerle un alambre y poder, así, colgarlo de la pared. A veces, cuando lo veo, recuerdo cuánto sigo extrañando a Judy y lo agradecida que estoy por su apoyo en uno de los momentos más difíciles de mi vida.


Hasta que empecé esta entrada no me di cuenta de cuánto me gustan los platos y de cuántos tengo. Debe de ser, en parte, un gusto heredado de mi padre, a quien también le encantaban. Aunque su celo coleccionador era bastante más obsesivo que el mío. (Hasta mandaba construir muebles de madera especiales para exhibirlos.)


Yo en realidad no los colecciono. Me gustan. Y ya está.
(Y me quedan varios pendientes para una entrada futura.)

martes, 15 de enero de 2019

Enfoque selectivo

o la telaraña de camino a la Moixina


Cuando estuve en el grupo de fotografía aprendí algunos términos y algunos técnicas.

Entre ellos, recuerdo el "enfoque selectivo", que aquí definen como un juego con la profundidad de campo y el enfoque, ajustándolos de tal modo que destaquen más unos objetos que otros en nuestra imagen. Así, el objeto de nuestro interés se distingue con claridad, mientras que lo demás queda emborronado. La idea es que los ojos se centren en ese objeto preciso.

Todo parece indicar, pues, que hacer un enfoque selectivo es un acto volitivo (y supongo que para muchos fotógrafos lo es). Sin embargo, para mí, es el resultado de la complicidad entre mi camarita rosa (que entra ya en su undécimo año de vida conmigo), algún paisaje y una mirada, más allá de mis ojos.

Entonces, cuando bajo las fotos a mi compu, descubro, por ejemplo, una telaraña enfocadísima, y sutil, entre unas plantas secas desenfocadas, en primer plano, y unos atados de paja, desenfocados en segundo plano. Y al fondo, un trozo de bosque emborronado también.


Así es la magia de la vida.
A veces.
Esa conjunción, natural e inesperada.
Más allá de nuestra búsqueda consciente.




lunes, 14 de enero de 2019

Invitado: Kalu Rinpoché




El problema principal 



El problema principal es que uno cree que todo es real y, por lo tanto, todo se trata como tal.








Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

domingo, 13 de enero de 2019

Impresiones de viaje 4


Mi relación con Madrid es mucho más simple. (Mucho menos compleja que con Barcelona.) 

La he visitado casi el mismo número de veces que la ciudad condal (salvo que a mis 20 nada más estuve una vez y, de casada, nada más de paso). Y en el 2016, estuve solo en Madrid (nada de Barcelona, ni antes ni después).

Madrid no me conquistó de entrada. Le llevó su tiempo. Caí rendida hace dos años y confirmé mi rendición en diciembre pasado.

Madrid es brillante.
                              Es burbujeante.
                                                      Es abierta. 
                                                                      Madrid sonríe (y saca su móvil si pides 
                                                                                    indicaciones y no saben dártelas).

Madrid es un arcoíris múltiple en la ventana de Berna.












Madrid es la paella de doña Amalia (que a los 17 años, me comía hasta después de 4 días).

Madrid son las croquetas de Ana. (Las mejores del mundo.)

Madrid son autobuses con calefacción, que llegan a tiempo y donde se pueden subir señoras muy mayores que se preocupan por que pueda estropearse la joven que les cedió el asiento.

Madrid es su luz y sus sombras y su cielo.

Madrid es el libro con radiografías (sí, con placas de rayos x) de las momias egipcias del Museo Arqueológico Nacional que, no sé por qué extraña razón, me compré cuando estuve la primera vez, a los 17. (No sé siquiera si lo conservo y mucho menos por qué lo compré.)

Madrid es pasar a visitar a la Dama de Elche (aunque esta vez me quedara pendiente, junto con Las Meninas).

Madrid es un aparador navideño en la Gran Vía.

Madrid es el monumento a Colón, el de las carabelas estilizadas, que alguna vez recorrí a pie. (Esta vez solo lo vi de lejos.)

Madrid es el crujir de la duela en el departamento de Ana (allí, a unas cuadras del Bernabéu), que me hace sentir que estoy en casa de nuevo.

Madrid es Ana. Y su calidez. Y su generosidad. Y su compañía. Y nuestras pláticas interminables.

Madrid somos Ana y yo de paseo o de regreso a casa.

Madrid es una horchata de chufa en una terraza de la Castellana (me urge volver en verano).

Madrid es un cocido con Isa y Joana y Jaime (aunque ni comparación con el de Carmencita en Villalba hace dos años).

Madrid es la Plaza Mayor a tope de gente antes de Navidad, con lluvia (Joana y yo tomadas del brazo, antes de despedirnos).

Madrid es el Museo Sorolla (un favorito de mi padre): hace años con Ana, hace semanas con Joana. (Y se me quedaron unos calcetines geniales de la tienda del museo para la próxima visita.)


Madrid es el templo de Debod con Joana y Jaime
(y sin atardecer en esa ocasión).

Madrid es la Castellana iluminada para las fiestas.

Madrid es el Retiro en modo dorado (como lo vi hace dos años).

Madrid son unas rosas a ras de piso en la banqueta.


Madrid es la estancia en casa de Ana.














Madrid es una despedida con vino y tapas un domingo nublado cuando finalmente sale el sol.


Madrid es el aeropuerto de Barajas y hasta la próxima. 












Madrid es una historia de amor con final feliz.

miércoles, 9 de enero de 2019

ROMA


Se ha escrito muchísimo sobre la más reciente película de Alfonso Cuarón (dirección, guion y fotografía). La mayor parte no lo he leído (o solo por encimita) porque no quería echarme a perder la experiencia de ver la obra por primera vez. (Hay quien ha llegado incluso a compararla con el nuevo traje del emperador. En fin, cada quien.)

Aquí no pretendo más que compartir lo que fue para mí ver ROMA. En la cineteca de la Ciudad de México (adonde yo no había vuelto en más de 20 años). Con Santiago. Y con Pilar.

Llegando a la Cineteca
Pese a que suele suceder que algo que viene tan ensalzado nos decepciona cuando finalmente nos encontramos con ello, a mí con ROMA me pasó lo contrario. La amé desde la primera secuencia: los créditos sobre el agua en el pasillo de la casa de la calle Tepeji, con reflejo de ventana y avión incluidos. Preciosa.

Y me encantó la manera en que el agua (ahí, y en el mar, al final) juega un papel tan primordial en la historia de Cuarón: como símbolo de la vida, que pasa, o del tiempo, que sigue su curso, y en su discurrir acaba por curar las heridas, por reconciliarnos con lo que nos ha sucedido y, en última instancia, con nosotros mismos.

ROMA es para mí una historia de personas, diferentes pero hermanadas por el simple hecho de ser personas. Que aman. Que se decepcionan. Que pierden. Que tristean. Que se culpan. Que se acompañan. Que se quieren. Que se apoyan.

En ROMA como es afuera es adentro. O como es adentro es afuera. La vida al interior de la casa de la colonia Roma, al interior de quienes la habitan, resuena, hace eco, de la turbulencia en la vida del país.

Santiago a la salida de la peli
ROMA es tan local, en cuanto a espacio y en cuanto a época, que alcanza una dimensión universal, yendo mucho más allá de sus coordenadas de tiempo y lugar. Por supuesto que las referencias para alguien que vivió en los años setenta en la Ciudad de México, serán diferentes que para alguien que ha vivido en otro lugar o en otro momento, pero las resonancias más profundas, tocan a quien sea, en donde sea.

ROMA es cine de autor en todo su esplendor. Como el europeo. Como el americano. Como el mexicano. Como el que, en realidad, no necesita etiquetas. Porque, de hecho, es más que cine de autor. Es arte que te toca porque todos nos podemos conmover con el arte. Porque somos arte. Porque nos reconocemos. Los unos en los otros.



aquí, de pilón, una reseña, muy buena y más en forma, de la peli
por Camilo Rodríguez en Arcadia.