miércoles, 19 de julio de 2017

Historia curiosa


Ayer fui al teatro. Una amiga me convenció de ver una obra, dirigida por otra amiga común. (Además, entre que llegamos a comprar los boletos, nos formamos para entrar al recinto y comenzó la obra, nos fuimos encontrando a más amigas y amigas de amigas. Así es la cosa en Cuernavaca.)

Desde que había visto el cartel en Facebook, me había sonado el nombre de uno de los participantes (actor y bailarín) en la obra y luego lo olvidé. Cuando nos dieron el programa de mano, me lo volví a encontrar y volví a recordar lo que ya había recordado. Con esa persona me había yo acostado una noche en una fiesta hace más de treinta años, en la época de la facultad.

Lo sabía por el nombre, nada común. Había sido un encuentro lindo que no llegó a nada más. (Creo que esperé su llamada durante un rato y luego pasó al cajón de los olvidos.) Y ahora estaba a punto de verlo en persona, otra vez. Qué raro, ¿no?

Salió a escena y, por más que lo intenté, no lo reconocí. Quizá, haciendo un esfuerzo, hubiera algún dejo familiar en su sonrisa. (Recuerdo la ternura de su trato y poco más.) Pero en realidad, como comentaba con mi amiga, si no fuera por el nombre, no tendría yo idea de lo que había sucedido con el susodicho en el pasado. Qué raro, ¿no?

Terminó la obra. Saludamos a la directora. Platicamos con otra de las actrices. Pero al actor no me le acerqué. ¿No lo vas a saludar?, preguntó mi amiga. Nooo, le respondí.

Ya en la calle, él nos pasó de largo e hizo una seña con la cabeza. Por supuesto que no tenía la menor idea de quién era yo. Quizá si me lo encontrara, qué sé yo, en otra fiesta o en un bar (ambas situaciones poco probables), me acercaría y le contaría "nuestra" historia. Claro que para ello tendría que recurrir a detalles como que aquella fiesta había sido en casa de una chica que usaba bastón, que tenía el pelo largo, que iba a la misma terapeuta que yo, que era la amante del esposo de una compañera extranjera en uno de mis primeros trabajos, y cuyo nombre he olvidado por completo.

Qué raro, volví a pensar, recordar esos detalles tan nimios y traerlos a la mente al encontrarme con alguien que hoy es (y siempre lo fue, casi) un perfecto extraño.

martes, 18 de julio de 2017

Invitado: Chokyi Nyima Rinpoché


La mayoría de la gente no cuestiona sus experiencias cotidianas. Aceptan como real lo que sea que sientan o perciban. Sin examinar nada, nunca penetraremos más allá de esta ilusión para ver el verdadero estado de las cosas. En cambio, consideraremos todo lo que es impermanente como permanente, lo que es irreal como si fuera real. ¡Qué manera tan desafortunada, superficial y errónea de percibir las cosas!




Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 17 de julio de 2017

Verano 3


En casi 8 años, apenas dos entradas sobre este tema (aquí y acá, ambas de agosto de 2011, separadas por escasos 3 días). Parece que no es mi estación favorita. Y es que "verano" en México sabe a poco. Se supone que hace calor, pero en realidad es la época de lluvias, así que la temperatura oscila mucho y se queda más bien baja (para nuestros estándares "tropicales", claro). Tampoco se suspenden las actividades laborales como sucede en otros países más al norte. Los niños sí están de vacaciones, pero a principios o mediados de agosto vuelven a la escuela. (Recuerdo que cuando éramos chicos, el "verano" implicaba por lo menos 2 meses sin escuela. Ahora a lo sumo juntamos un mes.No es tampoco la mejor época para ir a la playa, porque el mar suele estar picado y empieza la época de huracanes. O sea, en el verano, igual hay algunos días de descanso, pero son así, ni fu ni fa. Por lo menos para mí.

En otros lugares, en cambio, el "verano" es como mudarse de planeta. Es una especie de brecha en el tiempo (y en el espacio), cuando la gente deja de ser quien suele ser. No está trabajando, se viste de manera diferente, se va más cerca o más lejos, pero sale de casa. "Veranea", pues. (O "verana", que también se dice así.) Mis amigos españoles hasta "buen verano" me desean y se desean entre ellos, como quien dice "buen viaje". Nos volveremos a ver, casi seguro, pero después del "verano". Mientras tanto, dejan de existir, práctica y cotidianamente. (Y para mis amigos chilenos o argentinos el verano es el invierno, claro.)

La RAE lo define como:

1. m. Estación del año queastronómicamentecomienza en el solsticio del mismo nombre y termina en el equinoccio de otoño.
2. m. Época más calurosa del añoque en el hemisferio boreal corresponde a los meses de juniojulio y agostoy en el austral a los de diciembreenero y febrero.

Con cero referencia a las cargas emocionales presentes o ausentes en la época.

Eso sí, consigna algunas frases interesantes que yo desconocía:
nube de verano
1. f. nube tempestuosa que suele presentarse en el verano con lluvia fuerte y repentinay que pasa pronto.
2. f. Disturbio o disgusto pasajero.

Que no habla para nada de "nuestras" nubes de verano, que son las más cargadas del año y las tormentas, las más largas y ruidosas. Nuestros disturbios pasajeros poco se parecen a nuestras nubes de verano.

O también:
serpiente de verano
1. f. Esp. Informacióngeneralmente poco fundamentadaque se difunde en veranocuando hay escasez de
noticias.
Lo dicho, la vida (de los otros) parece quedar en pausa en verano.


Acá el nuestro, muy verde y muy húmedo:


En Cuernavaca

En la Ciudad de México









viernes, 14 de julio de 2017

De pensiones, vejez, neoliberalismo, nido vacío y liberación


La vejez sería, me parece, el quid de la cuestión (o no, según se mire). La Academia no se muestra nada inspirada al definir el término, pero sus propuestas podrían servir, por lo menos, como punto de partida:


1. f. Cualidad de viejo.
2. f. Edad senilsenectud.
3. f. Achaquesmaníasactitudes propias de la edad de los viejos.
4. f. Dicho o narración de algo muy sabido y vulgar.

O podrían no servir.
Entonces, el término "senectud" quizá:

1. f. Período de la vida humana que sigue a la madurez.

Aunque, como se ve, tampoco.
Bueno, vayamos a "madurez":

2. f. Período de la vida en que se ha alcanzado la plenitud vital y aún no se ha llegado a la vejez.
3. f. Buen juicio o prudenciasensatez.

¿Será que una vez pasada la "madurez" y alcanzada la "vejez" se pierden el buen juicio y la sensatez? ¿Cómo sabemos cuándo comienza y termina cada uno de estos periodos ? ¿Qué es la plenitud vital?

Para mi mamá, la vejez eran las manchas en las manos. Para mi papá, la visión de sus propios padres ancianos a quienes, de hecho, fue visitando cada vez menos a medida que envejecían. Creo que le aterraba atestiguar el deterioro inevitable que provoca el paso de los años. 

Para mi querida amiga Dasha, la vejez fue plenitud, liberación, la oportunidad de dedicarse a sí misma sin las ataduras de etapas previas, entre las cuales las relaciones de pareja le habían consumido mucho tiempo y energía. También es cierto que su único arrepentimiento en la vida fue no haber ahorrado en preparación para el último periodo de su vida (por decirlo de otro modo), lo cual hizo sus años finales más complicados de lo que podrían haber sido (o no, eso nunca lo sabremos en realidad).

Yo hace unas semanas, animada por algunas colegas de la escuela, empecé una averiguación para conocer mi situación en términos de una posible pensión (llegada la vejez y la incapacidad o falta de ganas o lo que sea para trabajar). Dos reuniones con los expertos en el tema bastaron para confirmar lo que me temía: lo peor (o lo mejor, según se mire). El caso es que tal como pintan las cosas en este momento, no tengo derecho a ninguna pensión. Hay por ahí una cuenta con algún dinero (cuya cantidad aún desconozco), lo que quedó cuando en mi último trabajo en el gobierno me "aconsejaron" optar por la modalidad que, por supuesto, era la peor para mí (supongo que la mejor para "ellos"). Para acceder a una pensión a través de la otra institución, tendría que cotizar no sé cuantísimas semanas más y, entonces, considerar la posibilidad de seguir trabajando casi indefinidamente para alcanzar una pensión mínimamente decente, haciendo yo mis propias aportaciones.

La verdad es que sí, después de ambas reuniones, me sentí deprimida, decepcionada, frustrada y, quizá lo más importante, sumamente incómoda con el panorama: Vivir para alcanzar una seguridad (que de sobra sé que es mucho más huidiza de lo que la mayoría quisiera, si no totalmente inexistente). En otras palabras, dejar de vivir para guardar para ese futuro que ni siquiera sé si llegará. Y, al paso de los días y de alguna plática con otra amiga en una situación similar,  he llegado a ver con más claridad cómo todo el camino así planteado a fin de cuentas va en contra de mi práctica de soltar —un poco, algo, todos los días— y de aprender a centrar mi atención y mis esfuerzos más en el beneficio de los otros que en el mío propio, aun cuando lo que parecen sugerir todos los mensajes de este mundo neoliberal en donde nos tocó vivir es exactamente lo contrario: la búsqueda de la seguridad y la satisfacción de la ambición a toda costa.

Y, bueno, ya para completar la montaña rusa, a todo esto se ha sumado, por un lado, las ausencias de siempre y los recuerdos, y por el otro, otra vez, el nido vacío. Sí, Santiago se fue de casa por tercera vez hace cinco meses, pero ahora hará una escala de unos cuantos días antes de instalarse en la Ciudad de México para estudiar en la UNAM. Y entonces, vuelve a centellear esa pregunta sobre cuál es el sentido de mi vida ahora, después de tantos años de actuar sin mayores cuestionamientos.

Y entre varias respuestas posibles, la más importante que ha ido emergiendo es que puede ser lo que yo quiero que sea, en una suerte de "segunda adolescencia", en el sentido de que, mientras el hijo va tomando su propio camino, yo puedo, también, retomar el mío, reinventarlo, redefinirlo, y no necesariamente según los cánones neoliberales, que dictaminan que para los 30 hay que establecerse y, por consiguiente, dejarse de sorprender y que lo que uno no hizo antes, ya no podrá hacerlo nunca.

Todo lo contrario: En cada instante la liberación es posible.
Sin duda.