jueves, 2 de julio de 2020

Y me sigo despidiendo


La octava acepción que la RAE da para el verbo "despedir" reza así:

8. prnl. Hacer o decir alguna expresión de afecto o cortesía para separarse de alguien.

Dicho así, suena bastante aséptico: A mí, que me está llevando semanas despedirme de Madrid. Que uso el menor pretexto para no comprar aún el boleto (billete que le dicen acá) para Barcelona. Que me azoto porque no sé cómo manejarme con el equipaje. Que dudo de mis decisiones y pienso que quizá tendría que moverme de vuelta a mi país. Que quedo un mismo día a comer y luego a cañas de tarde para ver a distintas amigas y ponernos al día y decirles adiós. Que tan pronto lloro como río pensando en la partida. Que bromeo con mi anfitriona diciéndole que Madrid no quiere que me vaya, aunque ella, probablemente sí (y no me desmiente...).


Chueca celebrando el amor

Hace tres días, el último lunes de junio, salí con mis amigas de más-allá-del-máster y yo creo que contó como una despedida de las buenas. Porque no lo fue tal cual (siempre nos queda alguna más pendiente). Fue más bien un paseo madrileño. De los buenos, donde seguí mapeando la ciudad: la frontera entre Chueca y Malasaña, trozos de uno y otro barrio, la Plaza del Dos de Mayo (de día), la desembocadura de Fuencarral en Gran Vía, la entrada al Retiro subiendo por Alcalá. 


Sí, ella, la Puerta de Alcalá

Y luego un pícnic en el parque madrileño por antonomasia. Con sándwiches de Rodilla (súper ricos), rosquillas gallegas, un mirlo, varios gorriones, un helado de turrón de jijona, clase de yoga y pláticas interminables. (Cómo voy a extrañar esas pláticas interminables.)


El estanque del Retiro

Hoy ya tengo el boleto (billete, que le dicen acá) para irme a Barcelona. Y también tengo una morriña enorme de mi tierra.

Así la vida a principios de julio.
Y para cerrar, nomás porque sí, un mirlo que nos visitó en el pícnic:



viernes, 26 de junio de 2020

¡Feliz cumpleaños, Karmapa!


Súplica de larga vida para el Karmapa
Ogyen Trinley Dorje

por Gyaltsab Rinpoché



Dharmakaya que surge de sí mismo, eterno, no nacido

Surge como los kayas milagrosos de la forma;

Que los tres secretos del Karmapa sean estables en la naturaleza vajra

Y que su actividad búdica ilimitada brille espontáneamente.


miércoles, 24 de junio de 2020

¡Feliz cumpleaños, dpr!


cotorros amorosos en un árbol de Madrid

¡Que tu amor y tu sabiduría permeen todos los rincones de nuestro mundo!

lunes, 22 de junio de 2020

Ventajas imprevistas de llevar mascarilla


o tapaboca, como le decimos en México
(aunque deba cubrir la nariz también, por supuesto)


1. Caminar por la calle platicando contigo misma (o cantando sin audífonos ni móvil) sin temor a ser tildada de... 

2. Cubrir tu apéndice nasal en caso de que su forma o tamaño te provoquen pudor.

3. Hacerle caras (desagradables, claro) a quien te caiga mal sin miedo a una retaliación.

4. Reinventar la mirada, para establecer conexiones con otras personas (para coquetear, ligar o flirtear también).

5. Obviar la necesidad de depilarte, afeitarte, maquillarte o cualquier otro procedimiento que antes consideraras indispensable.

6. Sonreír a diestra y siniestra sin expectativa de respuesta.

7. Ignorar (con intención o sin ella) a alguna persona que no quieras encontrarte, porque no la reconoces o porque ella no te reconoce a ti. (Cuidado con pasar de largo a quien sí buscabas.)

8. Pasar de incógnito, jugar a tener identidades diferentes o pasar desapercibida. (Cuidado con la pérdida de identidad si eres de esas personas en extremo tímidas.)

9. Ahorrarte el protector solar en dos tercios de la cara.

10. Distinguir entre el sabor de tus mocos y el del sudor del labio superior.


domingo, 21 de junio de 2020

Mirando hacia arriba


escaleras y reflejos de escaleras
en algún lugar de madrid
caminando hacia la castellana desde el viso (quizás), a la altura de nuevos ministerios

Hace unos días, un amigo me decía, me escribía, que yo le había enseñado (o eso creía) a ver el detalle en las fotos y a apreciar los reflejos y los espejos. Me platicaba que cuando pasea por su ciudad y ve un edificio con un muro cortina (más o menos) liso y brillante, le fascina ver el edificio de enfrente reflejado, a veces entero, otras fraccionado o con ángulos distintos según sean los vidrios. También me compartía cómo aprendió a apreciar cosas sencillas cuando va por la calle, a mirar hacia arriba y a aislar el detalle del fondo.

A mí me sorprendió y me gustó saber esto. (A veces una ignora las huellas que ha dejado por ahí en las vidas de otros...). Y me hizo pensar en la foto que abre esta entrada, tomada en el transcurso de alguno de los primeros paseos, cuando empezamos a salir a la calle después del confinamiento.


sábado, 20 de junio de 2020

Verano 4


Me entero por google (y su doodle) que hoy empieza el verano. (Yo pensaba que siempre era el 22 de junio, pero se ve que no). Acá, hace tres años, me sorprendía lo que esta estación significa de este lado del mar. Ahora la volveré a vivir, después de 37 años de mi última visita en estas fechas. Claro que este verano del 2020 tampoco es un verano cualquiera: viene precedido por el confinamiento y trae consigo el final del estado de alarma. Y también trae miedo y esperanza y riesgo y alivio y más incertidumbre, de esa que siempre está pero que el coronavirus nos ha intentado mostrar que no puede ignorarse. Que incluso puede hacernos vivir la vida de manera más plena.

Para mí trae también un sabor agridulce, pues marca mi despedida de Madrid. Y las despedidas siempre tienen lo suyo. (Y a mí me da por llorar.)

Me despediré de mis compañeras de máster el día que les entreguen sus diplomas. A algunas quizá las vuelva a ver. A la mayoría, probablemente no. Me despediré del piso cerca del Bernabéu, adonde probablemente no regrese nunca. Me despediré de la Torre Picasso, de algún otro amigo que la vida me regaló acá, de las urracas que cruzan la ventana, que dejará de ser «mi» ventana. A Madrid volveré, por lo menos para volar a México, pero mi estancia aquí —vivirla y caminarla y verla desde el autobús e imaginarla desde sus entrañas— se cierra este verano. (Y a mí me da por llorar.)

Y lo más dulce de este verano que empieza son las cerezas, que me como a raudales desde hace algunas semanas. (En mi tierra no hay y me fascinan.) Pero ningunas como las de una frutería que encontramos en la calle de San Germán, casi llegando a Bravo Murillo. ¡Espectaculares! Además del dulzor y el tamaño, son corazones con rabo. (Y a mí me da por llorar.)







martes, 16 de junio de 2020

Invitada: Yaretzi Santana Herrera



Esta es la Khandro, la licenciada, mi nena, Lacan, y un montón de apelativos más. Y la foto es de Yaretzi que, entre otras cosas geniales, es una gran fotógrafa. Aquí, capturó a la (ya no tanto) "mi" gata en "mi" (más bien "su", de ellos) cuarto, con la vista fija en la ventana y esa luz cuernavacense tan bonita que se cuela por las persianas en la mañana.

Y a mí, claro, me agarra nostalgia, morriña, saudade, extrañamiento, dudas, añoranza y todas esas cosas que pasan cuando una está lejos de casa y más en tiempos (tan extraños) de pandemia...


¡Gracias, Yare!
Por mandarme estos pedacitos de allá para completar mi corazón acá.


sábado, 13 de junio de 2020

2 aparadores























O escaparates
                    De verano
                                   Y de coronavirus
                                                           En Serrano






















Y la vida se abre paso
                                A tientas
                                             Como reflejos
                                                                 Que se cuelan y se escapan

miércoles, 10 de junio de 2020

a r c o í r i s


1. m. Fenómeno óptico que presenta en forma de arco de bandas concéntricas los siete colores elementalescausado por la refracción reflexión de la luz solar en el agua pulverizada, generalmente perceptible en la lluvia. 


Y sí, eso es un arcoíris, así, en una sola palabra o en dos: arco iris. A mí me gusta en una, porque es continua como el arco de colores, del cual solemos ver solo un fragmento. Y nos imaginamos el principio y el final. La olla de oro allá donde acaba. 

Y un arcoíris es también una sorpresa, un regalo, que un domingo que planeábamos salir de terraza y lo dejamos por aquello de la lluvia nos asalta por la ventana cuando menos lo esperamos. Y nos quedamos sin aliento. Y le gritamos a nuestra anfitriona que salga al balcón. Y no cabemos en nosotras de alegría, y de gozo y de emoción. Como si fuéramos una niña que nunca ha visto uno. (No recuerdo cuándo fue la última vez. En México.) Y sacamos el ordenador por la ventana para enseñárselo a una tía del otro lado del mar. Y le hacemos fotos. Y más fotos. Y más. Porque intuimos que en realidad ninguna le va a hacer justicia. Y también —de eso nos damos cuenta después— porque queremos capturarlo. Aprehenderlo. Fijarlo. Y eso es imposible.

Un par de amigas hablaron en el feisbuc del arcoíris como símbolo de esperanza. Quizá lo sea. De algo auspicioso, me gusta pensar. Y también constancia de la impermanencia. Una vez que las causas y condiciones (las gotas de agua en conjunción con la luz en determinado ángulo) que hacen posible la manifestación del fenómeno (condicionado por naturaleza), este desaparece. Además, nunca fue algo sólido que se pudiera siquiera tocar. Y así es nuestra vida también, aunque nos rehusemos a verlo.

Mientras hablaba con mi tía, me cambié de silla para tener el arcoíris de frente, con la plena conciencia de que se iría. Más rápido que pronto. Que era imposible asirlo. Pero al soltarlo, podría disfrutarlo en realidad. En profundidad.

Igual dejo aquí una de las imágenes que tomó mi camarita rosa,
cual recordatorio de la fugacidad:




lunes, 8 de junio de 2020

dos/10


El confinamiento me llevó, finalmente, a hacer el reto de las 10 películas favoritas y me resultó muy interesante. Como con los libros y la música, la experiencia de compartir las obras de arte que nos han marcado es una manera de construir una autobiografía o un autorretrato y de hallar o recordar aspectos que creíamos evaporados. Aquí arranco con la segunda, porque de la primera ya hablé acá hace muy poco.





Esta cinta (basada en una novela homónima y otra versión cinematográfica de 1958) ganó la Palma de Oro en Cannes en 1983, cuando yo tenía 20 años. (Hace varias vidas ya.) Su director fue Shohei Imamura quien nos presenta una sociedad campesina del Japón de hace apenas uno o dos siglos, aunque para el ojo contemporáneo, el mío por lo menos, parecería mucho más lejana.

Lo que más recuerdo de la cinta es la manera de enfrentar la muerte, que es un correlato, por supuesto, de la manera de enfrentar la vida. (No puede ser de otro modo, aunque se nos olvide o ni siquiera lo pensemos.) En la comunidad donde se desarrolla la historia, los viejos, al perder los dientes, debían ser llevados por sus hijos a morir a la montaña y, así, dejar espacio a los jóvenes, o sea, promover el ciclo de la vida. Pero Orín, la anciana de la familia (de 70 años) está en perfecto estado. Por eso, ella misma se rompe los dientes contra una piedra en una de las escenas de valentía más impresionantes que he atestiguado en mi vida.

Nunca he vuelto a ver esta peli y me encantaría hacerlo. Pero la huella que me dejó no se ha borrado con los años, y en estos tiempos que corren se renueva su sentido: La necesidad de relacionarnos con la vida y con la muerte de una manera más consciente, más abierta, más responsable.

domingo, 7 de junio de 2020

El dinosaurio



El dinosaurio 0

¿Qué fue primero el dinosaurio o Monterroso?


El dinosaurio 1

Lagarto enorme que causa terror o fascinación. Reptil fósil de cabeza pequeña, cuello largo, cola robusta y larga y, en general, extremidades posteriores más largas que las anteriores. ¡Digno de película!


El dinosaurio 2

Mero esqueleto de museo, el pobre bicho no es más que modelo de fondo de selfis. No envejece. No se enferma. No tiene escapatoria. Y encima, un máximo escritor mínimo, rechoncho y sonriente, lo deja preso entre las páginas de un libro.


El dinosaurio 3

Un lagarto monumental en el laberinto de espejos de la feria. Perdido. Una lagartija formidable en la fotocopiadora de la papelería de la esquina. Atrapada. Un saurio gigantesco en las mentes de los microcuentistas. Confinado.


El dinosaurio 4

Cada vez que un microficcionista practica el deporte de escribir, por enésima ocasión, sobre mí, me vuelvo a revolcar en mi tumba. ¿Hasta cuándo, Tito mío, hasta cuándo podré descansar en paz? Que alguien me escriba, por piedad, el meteorito definitivo.



martes, 2 de junio de 2020

Fase 1


—Bellaaaa  Llegó el día  Yuhuuu  A qué hora dijiste que podías tú? —me escribe mi amiga María por el chat de FB (habíamos quedado en inaugurar las terrazas, o sea la entrada de Madrid a la Fase 1, el viernes, después de casi 3 meses de no vernos).

—holaaaaaaaaaaa - no sé si estoy preparada... —le contesto yo, en modo no-tengo-ni-idea-quién-soy-ni-qué-me-está-pasando-debe-ser-el-puto-confinamiento.

Ella se saca de onda, como diríamos en México, pero le explico que no es un «no», que solo necesito platicar un rato. Al cabo de unos segundos ya estoy confirmando la hora y el lugar donde nos veremos: por la zona de Alberto Aguilera, en alguna terraza donde pillemos lugar, lleva tu móvil (que no es en realidad mío y lo uso para «emergencias») para que te diga dónde andamos.

Antes de una sesión con una paciente, me pinto los ojos: el resto del rostro irá tapado. En cuanto acabe la terapia, saldré sin mayor dilación. Ya estoy emocionada.

Son pasadas las 6 de la tarde cuando tomo mi adorado 147, con muy poca gente, todas sentadas a «sana distancia». Me bajo en la Glorieta de Ruiz Jiménez y María me dice por el móvil que las encuentre en una terraza en la calle de Galileo. En una esquina.

Me acerco y desde varios metros antes, las reconozco: María y Ángela. Ya no llevan mascarilla. Yo, sí. Me acerco y nos extendemos los codos para chocarlos. El «nuevo» saludo. Me siento. Me quito el tapabocas y espero a que el mesero me tome la orden.

De pronto, me doy cuenta de que estoy a escasos centímetros de una clienta sentada atrás de mí. Me cambio de silla rápidamente. Nuestra mesa es la última y quedaré del lado donde no hago frontera con nadie. (A la amiga que nos falta, le tocará la que fue «mi» silla durante unos segundos.)

Descubrimos un guante azul, usado, gastado, rondando por el piso, con especial atracción hacia nuestros pies. Y lo esquivamos. Y nos reímos, no sin cierta preocupación. Y le llamamos «el guante asesino».

Cuando llega Majo, la cuarta integrante del grupo —con mascarilla, claro—, instintivamente abraza a Ángela. Ángela pone una cara que mezcla horror y gusto, hasta que Majo, viendo las cara estupefactas de María y  mía, la suelta. Y se disculpa. A nosotras ya no nos abraza. (Yo me siento aliviada y con ganas de un abrazo.)

Cuando una chica en la mesa de al lado estornuda —sin mascarilla, claro—, contenemos la respiración y hacemos algún chiste al respecto, no sin cierta preocupación. No nos damos caladas de cigarro. Ni probamos las bebidas ajenas. Y cuando se trata de comer algo, cada quien pide su plato. Nada de compartir (por más que se nos antojen unos huevos rotos para todas).

Pero eso sí, bebemos. Cervezas de varios tamaños. Varias rondas. Y llegamos a las cubas. Y hablamos mucho. Y nos reímos. Y comentamos cómo todo parece un sueño: el confinamiento, la desescalada, la fase 1, estar de nuevo juntas en una terraza. Extrañamos a Ata, de Guadalajara, y a María, de Cuenca, que están en fase 2, pero no pueden venir a Madrid. Ni podemos verlas. Les mandamos un mensaje de voz, ya con varias copas encima.

gorrión de terraza de fase 1
en plena carrera eufórica

Para ir al baño, nos enmascarillamos. También nos higienizamos las manos. Varias veces. Creo.

Y alcanzamos todas un estado de euforia, por el alcohol, pero sobre todo, creo, por la situación. Por estar fuera. Por estar juntas. Por haber estando encerradas. Por la incertidumbre. Y el miedo. Y la preocupación. Que merodean. Celebramos que estamos vivas y bien.

Y emprendemos el regreso. María y Ángela caminarán. Majo y yo nos enfilamos el metro San Bernardo. Cerrado. La otra entrada, cerrada. La pila del móvil de Majo se agota. Logramos hablar con María y llegarnos hasta su casa, en Malasaña. Y sin haberlo planeado, pasamos allí la noche. Y la resaca/cruda, o por lo menos el principio.

malasaña de mañana en fase 1

Cerca del medio día, Majo y yo emprendemos el camino de regreso a casa, —con mascarilla, claro—. Así,  «protegidas», nos damos un abrazo en la calle para despedirnos. Decidimos no evitarlo y partimos en direcciones opuestas.


Yo llego al piso donde vivo casi 18 horas después de haber salido. Voy nerviosa. Ana me recibe furiosa. Quizá tenga razón. Al cabo de unas horas, logramos hablar. Es una situación nueva (antes del coronavirus, no habría habido problema). No tenemos claridad sobre cómo actuar. Le cuento que seguimos todos los lineamientos de cuidado. Le pregunto qué más necesita ella. No lo sabe, pero me informa que ese día no le apetece cocinar.

Me compro unas empanadas argentinas para la comida. Una de roquefort y pera (deliciosa) y otra de cochinita pibil (buenísimo remedio para la cruda y, además, con sabor a México).

La vida se sigue sintiendo como un sueño, lo cual según el Buda y los maestros que lo han seguido hasta nuestros días, es una buena noticia. 

Seguimos en fase 1.


una golondrina surca el cielo
sobre la glorieta de ruiz jiménez
en fase 1

martes, 26 de mayo de 2020

Mirlos


Desde mi llegada a Madrid, he desarrollado gran fascinación por las aves. Es una vocación poética más que ornitológica, que nació hace mucho en México, pero allá las conozco mejor, aunque nunca dejo de perseguir zanates y zopilotes. Al llegar acá empecé a conocer pájaros nuevos, propios de estas tierras. Por este blog, y por mi ventana, ya han pasado urracas, torcazas, gorriones y vencejos, compañeros apreciados, en especial durante el confinamiento.

Y entonces empezó la «desescalada»: las salidas, los paseos. En uno de ellos caminé por El Viso, un barrio residencial cerca del Bernabéu, que parece más un sitio vacacional que una urbanización. Poca gente. Mucha vegetación. Casas enormes. Y muchos pájaros.

En algún momento de la caminata, escuché un trino muy llamativo y elevé la vista. En el follaje de un árbol, descubrí un pájaro negro con el pico anaranjado (y lo fotografíé, claro): 

















Otro día, caminando por Padre Damián hacia Plaza Castilla, volví a ver otro pájaro igual:

















No sabía a quién preguntarle sobre mi hallazgo. (Mi anfitriona no tiene la menor idea sobre aves ni demasiado interés tampoco.) Hasta que se me ocurrió la gran idea de guglear «pájaro negro con pico anaranjado en Madrid» y descubrí que eran mirlos, una de las nueve aves básicas urbanas, según esta página. Ni más ni menos.

No estoy segura si volvería a reconocer su canto (encontré varias grabaciones en youtube). Quizás sí. Y me acordé de mi amiga Berna, que ha escrito sobre mirlos y la época en que nació su hijo.


Ahora ya puedo ponerles cara. O nombre, según se vea. Hacerlos un poco míos que es continuar mapeando mi estancia de este lado del mar. Reconociendo lo que antes me era ajeno. Estableciendo vínculos con este entorno que se vuelve menos nuevo y más hogar. 
Con la conciencia de que pronto también quedará atrás.


sábado, 23 de mayo de 2020

coronaHallazgo 5


Shantideva fue un maestro budista, que vivió en la India entre los siglos séptimo y octavo de nuestra era. Sus enseñanzas han seguido resonando a través del tiempo, gracias a los maestros vivos de la tradición de Buda Shakyamuni.

Una de sus máximas, expresada de diferentes modos, plantea en esencia dos circunstancias y dos preguntas, en las cuales podría resumirse cualquier situación vital:


Si puedes hacer algo al respecto, ¿para qué te preocupas?
Si no puedes hacer nada al respecto, ¿para qué te preocupas?

Algo tan simple, tan profundo, tan de sentido común es mucho más difícil de poner en práctica que de decir, sobre todo cuando la propia salud, por ejemplo, es la que está en el ojo del huracán. Pero el hecho es que si podemos contactar experiencialmente, aun durante un solo instante, con la sabiduría de estas palabras, el alivio es total.

Hace un año me operé de una catarata en el ojo izquierdo. Me recuperé muy pronto porque, en palabras de mi doctor, era yo «muy joven». Cinco meses después, me vine a vivir a Madrid. A principios del 2020 empecé a notar que veía menos bien con el ojo operado. Hace una semana, las letras me empezaron a aparecer con un fantasma alrededor.

Entonces llamé a mi doctor de México, quien me dijo que consultara, con cierta urgencia, a un colega de él acá. La deformación en la visión parecía apuntar a un problema, más o menos grave, en la mácula que tenía que atenderse «ya».

Y a la voz de «ya» mi mente se puso como loca. O lo intentó. Y en el intento, se acordó, me acordé, de la enseñanza de Shantideva. Sí podía hacer algo (consultar a mi doctor y buscar al colega en Madrid). Mientras iba a la cita, no podría hacer nada más. Y durante un instante, vislumbré y viví la posibilidad de no preocuparme. Y sí, momentáneamente, dejé de sufrir (o de infligirme sufrimiento).

O sea, me di cuenta, en la experiencia y no solo en la razón, que si, en efecto, ponía mi atención en lo que podía hacer y en lo que no, la preocupación resultaba innecesaria. Y si lograba no alimentarla desaparecía por sí misma. Y eso es lo que se llama liberación o trascendencia del sufrimiento.

Fue como verse abrir una rendija en mi mente neurótica por donde pude ver y sentir el espacio, vasto e inabarcable, que es la naturaleza de la mente misma. El miedo no desapareció, pero fue mucho más manejable hasta llegar a la consulta médica, preparada para lo peor, pero abierta a lo que hubiere.

Lo que hubo, por suerte, fue mucho menos grave de lo previsto (una opacificación de la cápsula posterior del cristalino, achacable a mi «juventud» y tratable con un procedimiento sencillo).
Y la epifanía (auspiciada por el confinamiento y el coronavirus) fue un regalo, del Buda, de Shantideva, de Ponlop Rinpoché, mi maestro, de mi propia mente.
Gracias.