viernes, 24 de enero de 2020

Tan lejos de Cuernavaca


para Santiago, que está en la otra orilla

Mi tío Achim, que en realidad no era mi tío sino un amigo gay de mi abuelo, llegaba a la casa de mi abuela Rosa todos los martes. O quizá, los jueves. A la misma hora. A media tarde. Las cinco, por ejemplo. Y entonces ella, que en realidad no era mi abuela, sino la madrastra de mi madre, le tenía ya preparado un whisky con hielo y agua, no recuerdo si con burbujas o sin ellas, en un vaso jaibolero. Debo haber probado su bebida a escondidas porque hoy, cada vez que alguien me ofrece un trago de whisky, me sabe a mi tío Achim. Me lleva de vuelta a esa mesa redonda, de madera, al centro de la terraza de la casa de Cuernavaca. Hacia ella, se abrían dos puertas: la principal, que daba a ese espacio intermedio sin nombre entre la sala y el comedor, y la de la cocina, que daba, claro, a la cocina. Ruidosa, desordenada. Viva. Alrededor de esa mesa nos reuníamos antes de la cena los fines de semana, o algún día de vacaciones, cuando mis papás llegaban de la ciudad, a jugar continental. Mis manos y las de mi hermano eran tan pequeñas que nos daban unos discos de plástico y hule para sostener las cartas. El mío era azul por fuera y verde por dentro. Lo mejor era cuando estaba mi tía Olga, que en realidad era mi tía abuela, más abuela que tía. A veces, yo me quedaba con ella ahí por la mañana, escapándome de la hora reglamentaria para tomar el sol y nadar, a jugar canasta. Solo las dos. Aunque decían que el juego era mucho mejor entre cuatro. Yo adoraba ese momento. Cuando cumplí los 16, dejamos de ir a la casa de mi abuela Rosa. Mi abuelo había muerto siete años antes, después de pasarse casi diez en una cama sin hablar ni moverse ni ser humano. Y mi madre nos dijo que odiaba a Rosa, que le vendería la parte de la casa que había heredado de mi abuelo, y que no volvería nunca. Desde entonces me pregunto cómo fue que durante tantos años nos dejó, a mi hermano y a mí, a cargo de Rosa si la odiaba.

Hoy estoy en casa de Ana, en mi despacho que es suyo pero me lo presta, con todo y adjetivo posesivo cuando está de buenas. Del otro lado del Atlántico. En Madrid. En un piso que no huele a Heno de Pravia. Que a veces huele a aceite de oliva, de las cocinas vecinas que dan al patio, o al pimiento del pisto o a tabaco o a lejía, una vez a la semana. Lejísimos de Cuernavaca, pero cerca, porque Ana conoció a mi abuela Rosa y la quiso. Y ella la quiso de vuelta y le regaló unos huipiles yucatecos bordados, que aún conserva, me ha dicho. A mí también me regaló alguno, pero un día que la locura coqueteaba conmigo, me deshice de él. Después de un sueño en que me tiraba un clavado al borbollón del río en Las Estacas, a hora y media de Cuernavaca. Ya estaba casada. Mi hijo tendría un año y pico.  Y el divorcio no era posible. Pero luego lo fue. Y yo me quedé con la vajilla de barro de Capula, de fondo café oscuro, decorada con círculos azules y animales fantásticos. Y tú te quedaste con el sofá amarillo que hacía varias vidas había dejado de ser amarillo. Y yo me fui de casa. Y empecé esta larga travesía en soledad. Que a veces es desolación, pero que cada vez más es eso, solo soledad.

Como la que, aún en compañía, se metió al ático vuelto habitación en un hotel de Lisboa hace casi seis años. Era mayo. Hacía buen tiempo. Yo me salí por la ventana, que no tenía balcón, para fumarme un cigarro sin que el detector de humo se diera cuenta. Sin que tú detectaras que las lágrimas se me salían. Casi. Y vi esa nube. Y te dije que las nubes en Lisboa eran tan distintas de las otras nubes del mundo. Y me dijiste que eran nubes atlánticas. Que era por eso. O sería porque tú y yo creíamos que el amor esta vez nos sonreiría, como la brisa atlántica nos acarició la desnudez de madrugada. Nos iluminó el amor, sí, y nos dio calorcito unos cuantos días. Sobre todo cuando nos dimos la mano para caminar por los adoquines lisboetas y no resbalar, aunque caímos. Como en un sueño. De la mano de un jovencísimo Bruno Ganz que nos llevó hasta el reloj que camina hacia atrás. En el British Bar. ¿Habrá sido solo una película que me inventé mientras dormía? En la vigilia te me entrometes aún. Y en mis sueños te entrometes aún, diciéndome que no me puedes besar porque tu madre está en la habitación de al lado. Qué absurdo. Qué claro. Qué necedad la de mi inconsciente.

Por eso, en toda conciencia, volé a este lado del mundo. Pero no a tu ciudad. No a la que pudo ser mía. A la que pudo ser nuestra. Sino a la que tanto le gustaba a mi padre y yo desprecié en un primer momento. Ahora la camino. La descubro. Y fotografío un guante solitario olvidado, sin mano que lo sostenga, en el suelo de un vagón de metro solitario y me pregunto cuál será su historia. Me pregunto dónde andará su pareja. Fotografío pies, mientras sus dueños se pierden en sus móviles o se besan ajenos a lo que sucede a su alrededor. Escucho a la pareja que va anunciando la siguiente estación. Y la siguiente. Y la siguiente. Los echo de menos cuando no me avisan por dónde voy. Les agradezco cuando me recuerdan que me cuide de no meter el pie entre coche y andén en las estaciones en curva. 

Y no estoy sola. Tengo el whisky de Achim, y los platos de la vajilla de Capula, y el guante abandonado, y la brisa atlántica y las urracas, blanquinegras, que vuelan frente a la ventana mientras escribo en Madrid. Tan lejos de Cuernavaca.


jueves, 23 de enero de 2020

Three of a Kind Challenge


Fabienne Verdier en Aix en Provence

Panes navideños en Aix en Provence

La Presqu'île  en Lyon

Rue de l'Abondance en Lyon

miércoles, 22 de enero de 2020

desconcierto


El lunes pasado volvía a casa después de una función matinal de cine (1917, que me encantó). Me bajé en el metro Bernabéu y, no sé por qué, salí por la boca que está en Concha Espina, así que tenía que cruzar la avenida y caminar todo el largo del estadio. (Hay otra boca más cerca, que es la que suelo usar, pero esta vez se me perdió.)

Mientras caminaba, noté que algo caía del cielo nublado. Gotas, pensé. Será que llueve, pensé, pero no era la lluvia como ya lo conocía. Las gotas se veían blancas. O yo las veía blancas. Será por la catarata o por la falta de catarata, me pregunté. Por el lente de contacto. O será ceniza. Pero aquí no hay volcán.

Seguí caminando sin encontrar explicación, y sin pensarlo demasiado. Entonces, ya en casa, Ana me explicó que eso era, ni más ni menos, aguanieve, fenómeno del que había escuchado hablar pero jamás había vivido. Si el diccionario dice que es "lluvia mezclada con nieve" las gotas blancas que vi eran minicopitos, que me habían desconcertado, sorprendido: suspendido mi ánimo en un instante mágico.

Aún tendré oportuidad, espero, de sorprenderme más si veo nevar antes de que acabe este mi primer invierno madrileño.
Ojalá.


martes, 21 de enero de 2020

Mi colección de no momentos


Hoy Madrid amanece blanca, muy blanca y con el clima desapacible, y yo pienso en lo que pudo haber sido y no fue:
  • Mi muerte de hepatitis a los siete años, al final del primer curso de la primaria. Qué miedo tuve.
  • Nuestras bodas de plata. O las de aluminio. (Por lo menos.)
  • Un funeral que nos hubiera permitido despedirnos de ti.
  • Una carrera en investigación, en la unam. En biología o en literatura. (Como habrían querido mis padres.)
  • Esa boda, la segunda, con el huipil blanco hecho en telar de cintura y decorado con la cenefa donde se entretejían hilos dorados, verdes y negros.
  • Mi suicidio cuando alguien me dijo lo terrible que era, lo egoísta que era, y se me corrió tanto el rímel verde que me pintó las lentillas.
  • Una mudanza a Barcelona para convertirla en mi ciudad y encontrar los trozos olvidados de mi corazón. Ya los he dejado ir. (Casi.)
  • Un sí, en lugar de un no, cuando cruzamos el paso peatonal, a escasas calles de la casa de mis padres. O un tal vez. (Quizá.)
  • Una visita a tu casa, donde nuestra mejor amistad continuara. Sin miedos ni reservas.
  • Otro hijo. O una hija. Qué desafío más grande.

A la António Lobo Antunes, pero al revés.
Motivada por Eloy Tizón. (Gracias.)


viernes, 17 de enero de 2020

Mi primera vez

Para mis Marías queridas

Fue hace dos días. En La Fídula. En la Calle de las Huertas. En el Barrio de las Letras. En Madrid. Y fue genial. Un paso más lejos, muy lejos, de mi zona de confort. Un paso más en pos de mí misma. Más allá de mí misma. Un paso más hacia la apertura y la amistad y la confianza.

Resulta que el miércoles había micro abierto para cantautores y poetas, ahi en La Fidula. Y María, una de mis Marías compañeras del máster en el Kafka, nos invitó a participar. ¿Por qué no?, pensé. A tantos kilómetros de casa y en una ciudad nueva habrá que probar de todo, pensé. Y aunque hubo un instante de titubeo, ganó la valentía. (Eso dice María, que soy valiente, y yo le empiezo a creer porque me quiere y la quiero.)

Llegué pronto, en autobús y caminando, y me inscribí para participar. No conocía a nadie, pero dije que venía con unas amigas, que estaban por llegar, a recitar poesía. El chico que me registró resultó ser Carlos, el presentador de la noche y la pareja de María. Y entonces llegaron María, acompañada de Sandra, y la otra María, también muy querida.

Nos sentamos muy cerquita del escenario. Y bebimos una cerveza. (Mejor no mucho más antes de pasar.) Y recitarono María y Sandra, Rusas Palabras se llaman en escena. Y cantaron varios cantautores. Y recitaron otros, hasta que el público optó por la poeta mexicana y era yo. Y me trepé. Me puse enfrente del micro, buscando algo de luz para leer el poema que llevaba. Para mi fortuna, con las luces en la cara, no veía a nadie en el público, lo cual hizo la actuación mucho más fácil. Y recité: Aunque tenía 4 minutos y medio, terminé en menos de uno. Y el público aplaudió. Y se oyó un "Bravo", de María, seguro. Y me fui por la siguiente cerveza. Contenta. A esperar a que pasara la segunda María. Y pasó. Y estábamos muy contentas.









Y se cerró el micro. con una cantautora muy joven, que pasaba también por primera vez, y cantó una composición suya sobre el miedo, al que también se sobreponía sobre el escenario, frente al piano.

Hubo una rifa. No hubo orgía, como se había prometido. Mucha gente se fue. Y entonces pasamos de las cervezas a las cubas, cubatas como les dicen por aquí. Yo hacía años que no me tomaba una y las que preparan en La Fídula están buenísimas. No sé cuántas bebí, porque se volvieron una suerte de bien comunitario que iba pasando de mano en mano. Y entonces Carlos convenció a uno de los cantautores que había participado, Rubén, de que me regalara su disco dedicado y lo hizo (lo escucho mientras esto escribo). Y otro cantautor muy joven, de Granada, se puso a cantar a Silvio (también acá los jóvenes lo conocen y lo cantan) y yo me puse a cantar ("Playa Girón", "Ojalá"...) Y todos bailamos. Platicamos. Nos conectamos.

Al filo de la una, les pedí a mis amigos colombianos (Majo y Raúl) que me acompañaran al metro (que cierra a la 1:30), pero María me convenció de quedarme y pedir un taxi más tarde. La otra María casi me convence de irme a dormir a su casa. Salimos para ir a otro sitio y caminamos por Madrid de muy noche. Con frío. Rico. Pero al final había que pagar para entrar y la segunda María prefirió irse a casa y yo también. Y me pidió un taxi. Y así me fui con Mohammed, escuchando música árabe, sin miedo, hasta que llegué. Al filo de las 3 de la mañana.

A veces pienso en una expresión que usaba mi abuela Rosa: "A la vejez, viruelas" y me siento súper afortunada de poder disfrutar lo que se me presenta en el camino con la gente maravillosa que me encuentro en el camino y de hacer amigas sin importar ni la edad ni nada más.

¡Que vivan, pues,las viruelas a los años que sea!


María, yo, María y Majo después del micro abierto

lunes, 13 de enero de 2020

capricho morado




En la Provenza francesa todo es lavanda y más lavanda y cuando no es de lavanda es del color de la lavanda. (Mi color favorito.) Y, así, paseando por Avignon el pasado diciembre, me encontré con estos simpáticos seres morados y me los traje en mi nueva camarita rosa.

Hoy los comparto aquí nomás porque sí...

domingo, 12 de enero de 2020

visita

Una urraca se asoma a mi ventana, mientras estoy dando terapia a un paciente en México. Echa un vistazo fugaz y emprende el vuelo hasta alcanzar la rama de un árbol y posarse entre las hojas secas. Es un pájaro de plumaje negro y blanco. Fue mi amigo Jaime quien me dijo que se trataba de una urraca, cuando le pregunté el nombre de otra ave igual que nos encontramos rumbo a la estación de trenes en Villalba.

Imposible no pensar en mi abuela Rosa, y en mi papá y en  mi mamá, que a los zanates de Cuernavaca les decían urracas.Yo les dije así hasta que Adrián me explicó que no lo eran, que eran zanates. Cuando llegué a Madrid, fueron las primeras aves que vi posarse en estos árboles que adornan las ventanas del estudio, pero Ana no tenía ni idea de qué eran.

Ahora puedo nombrarlas. Quizá eso me aleje de la mera experiencia de verlas, pero me conecta con gentes y experiencias pasadas. Que hoy solo viven en mi mente.


Aquí una urraca madrileña que fotografié antes de saber quién era,
cuando las hojas del árbol empezaban apenas a secarse:




viernes, 10 de enero de 2020

La hoja seca


Se agita. Vehemente. 

El viento no ha logrado desprenderla aún. Quizá no sea su intención. Ni la de ella aferrarse.

Quién fuera como la hoja seca.
Quién fuera como el viento.
Sin voluntad de irse. Ni de quedarse.
Ni de llevarse nada.

Se agita. La hoja seca. Vehemente. 

Rodeada de semillas. Iluminada por el sol. Ve cómo se desprenden otras hojas. Las últimas. Pero no mira. Ni se pregunta. Ni duda. Ni sufre.

Quién fuera como la hoja seca.
Y no como yo. 
Que hoy miro.
Me pregunto.
Dudo.

Se agita. Vehemente. La hoja seca.




lunes, 6 de enero de 2020

Día de Reyes







Por primera vez en mi vida, paso el Día de Reyes lejos, muy lejos, de mi casa y en soledad. (Que no en desolación.) Conmigo, pues. Y los Reyes, como siempre, se pasaron a dejarme sus regalos: los míos (que se ven colgantes en esta foto) y los de mis seres queridos del otro lado del mar (que aguardarán pacientes algunos meses todavía su entrega).




Ayer, por fortuna, gocé de muy buena compañía, en una comida de víspera de Reyes en casa de amigos queridos en la sierra cerca de Madrid, donde, además, tuve la suerte de que Jaime me partiera (aquí el partido no es un acto personalun trozo de roscón (como le dicen acá a la rosca) que traía a este Melchor como regalo. En España, los roscones no traen monitos ni muñecos (pero pueden estar rellenos de nata [o sea, crema]), sino sorpresas y un haba, que te compromete a pagar el roscón, si te toca y si tus anfitriones no son Vicky y Jaime. Acá nada de tamales para la Candelaria, aunque podríamos inaugurarlos...


Y así se pasaron las fiestas (Navidad y Año Nuevo en Francia, viajando y celebrando con amigos mexicanos y franceses, aprendiendo a surfear las olas de la intimidad familiar ajena, disfrutando y agradeciendo). Y así se llegó el 2020, que más que propósitos, para mí se presenta lleno de proyectos (sobre todo el de corrección de mi novela en el Hotel Kafka), de planes de escritura, de próximas salidas a por cañas con las amigas del máster (incluso de un amigo invisible y su correspondiente regalo el próximo 9 que reiniciamos clases) y de apertura continuada a las experiencias de este lado del Atlántico. En el horizonte también hay algún que otro viaje, por lo menos, para la celebración del cumple de una amiga en Cataluña (y a mí que no me gusta[ba] viajar..). Y algo se me ocurrirá para celebrar el mío. Fuera, muy fuera, de mi zona de confort.

Y este lugar distinto al conocido, al familiar, al hogar (en donde cabe mucho más de lo que yo pensaba) ha resultado ser sorprendente, en especial por lo que de mí misma me ha enseñado (y me sigue enseñando). He descubierto que puedo ser bastante más tolerante de lo que pensaba. Con mi propia persona y sus desaguisados, sus malestares, sus recuerdos, sus dolencias, sus sueños. También con los demás, con mis amigos de antes y de ahora, con mis conocidos de antes y de ahora, con los hábitos y patrones culturales nuevos y desconocidos. Me ha sorprendido esta flexibilidad que ha iluminado, a su vez, mis partes aún rígidas e intolerantes

En fin, que aunque a veces todavía siento que estoy soñando, y no viviendo del otro lado del océano, acojo las emociones y los pensamientos y las dudas y los miedos y las tristezas que pueblan este sueño (más o menos lúcido) y sigo caminando con ellos.

entre Lyon y Avignon


Gracias mil a quienes me acompañan y me acogen, tanto de este lado del mar como del otro, en este periplo. A quienes lo hicieron alguna vez y a quienes seguramente lo harán en lo que queda del viaje, que de pronto es como este paisaje inasible de árboles y niebla...



una mañana de diciembre
en El Retiro








o como el azul luminoso de un cielo madrileño...  

viernes, 20 de diciembre de 2019

un aparador 2




Puede contener también la Navidad. No sé por qué ahora con mayúscula. Será porque estoy lejos de casa. Porque será la segunda vez en la vida de Santiago que no la pasamos juntos. Aunque no sea mi celebración favorita (más bien me gusta poco), a la distancia de quienes quiero, se siente con más intensidad. Quizá sea solo la intensidad de la ausencia. Saber que no vamos a ver juntos la última peli de Star Wars en el cine VIP de Cinépolis. Pero en cambio, me voy con amigos mexicanos cercanos que ahora están viviendo en Lyon, en el país vecino. Y lo que más se me antoja es dar y recibir abrazos, muchos abrazos y apapachos de navidad, de año nuevo, de amistad, de gusto.

Porque sí nomás. 

martes, 17 de diciembre de 2019

t i m i d e z


La cualidad de «tímido», por supuesto, según el DLE. Y de ese adjetivo, dice lo siguiente:

tímido, da

Del lat. timĭdus.

1. adj. Temerosomedrosoencogido y corto de ánimoU. t. c. s.

Yo no estoy muy de acuerdo con esta definición. Me parece que, por un lado, tiene un tono despectivo y, por el otro, se queda bastante corta.

Yo he sido tímida toda la vida. Incluso ahora, cuando no se me nota (tanto). Ser tímida ha significado cierta dosis de miedo, sí, pero ese mismo temor, producto de una diversidad de vivencias tempranas, más que dejarme un ánimo corto, me lo ha fortalecido. Más que dejarme encogida, me ha permitido expandirme.

Es cierto que muchas veces me da taquicardia antes de hacer una intervención en público, pero también soy capaz de montar una función ante mis alumnitos de secundaria (¡los extraño, chicos!). 

Y en Madrid, fuera de mi zona de confort (más de lo que me habría imaginado), he podido enfrentar (y sobreponerme) a la timidez. Una vez más. Quién diría que ir a por unos huevos rotos, en el bar de abajo de «casa» podría ser tan difícil (y tan gratificante).








Cuando supe que Ana, «mi anfitriona», se iba unos días a Florencia, me organicé para comer fuera una de los platos típicos de aquí: papas (patatas, más bien) fritas con huevos estrellados (o sea, fritos también) y rotos sobre las papas. Los había probado hace tres años y me encantaron. Eso sí, me costó pasar dos o tres veces delante de la puerta del bar, y dos viajes de ida y vuelta hasta la esquina, antes de decidirme a entrar, pedirme una caña (cerveza en vaso) y el plato en cuestión. Además, no llevaba ni libro y celular (móvil) no tengo, así que apechugar sentada en la barra acompañada de mi incomodidad y, luego, disfrutar del platillo que venía acompañado de catsup y una salsa naranja, un poco picante, deliciosa. (Luego supe que se trata de salsa brava). 


Al final me pedí un café con leche (todavía no aprendía lo del «cortado corto de café») y misión cumplida. Salí feliz: satisfecha con la comida y con la sensación de haber ganado una batalla, pequeña, pero una batalla al fin y al cabo.


Antes de volver a la calle (y al mundo) con una suerte de timidez triunfal, hice esta panorámica desde la barra del sitio:

jueves, 12 de diciembre de 2019

Invitado: Chogyam Trungpa Rinpoché


Sola, abierta, aprendiendo

Nos quedamos completamente solos: sin ayuda, sin simpatizantes, sin quien nos consuele. Es importante ver que el camino espiritual es un camino solitario. Nadie nos va consolar y nadie nos va a mostrar el camino. Por otro lado, cuando nos relacionamos más abiertamente, las situaciones externas vienen a nosotros, empezamos a aprender y recibimos impresiones de la situación tal como es.  



















Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

un fragmento


La Real Academia dice que es una parte pequeña de alguna cosa quebrada o dividida o bien, una parte extraída o conservada de una obra artística, literaria o musical. Se podría ampliar esta segunda acepción para decir que, en fotografía, se trata, sí, de una parte de algo que, a conciencia, se elige fotografiar en lugar de tomar el algo entero. Porque así conviene al ojo o al lente de la cámara, que juegan a componer una imagen donde ese trozo resalta por aquello que lo rodea y nos da la idea del todo, en una suerte de sinécdoque visual.

Todo este rollo para presentar esta foto de la que fuimos cómplices, otra vez,
mi camarita rosa 2 y yo.
En el Retiro, el sábado de sol, así se veía el Palacio de Cristal,
enmarcado por estos pinos enormes
e iluminado desde atrás,
según nos acercábamos desde el Palacio Velázquez.

Una preciosidad de estructura, que aún he de ver por dentro:



lunes, 9 de diciembre de 2019

el zopilote

ronda ese trozo de cielo azul
o rondan
igual son dos o tres

del otro lado del mar

un zopilote solo
no hace muerte
necesita compañía y las palabras de mi abuela rosa
para anunciar la cercanía de la parca

del otro lado del mar

entonces augurios
temidos siempre
los zopilotes

hoy cómplices recuerdos
alas negras sobre el cielo azul
rondando como quien ronda la vida sabiendo que ronda la muerte

de este lado del mar

                                                                                                                            









domingo, 8 de diciembre de 2019

el beso

















Paseamos Ana y yo por el Retiro. Hay bastante gente. Es puente y el día está espectacular. En el Palacio Velázquez, visitamos una exposición del italiano Mario Merz. Muchos hacemos fotos. Yo, del lugar, de las esculturas, de Ana de espaldas, cuando no se da cuenta. En uno de los espacios más pequeños, una mujer posa frente a una de las piezas. Su marido (pareja, novio o lo que sea) le sonríe mientras apunta la cámara en su dirección. Ella sonríe de vuelta. Se miran, como si el mundo a su alrededor no existiera. Cuando él ya ha sacado la foto, ella se acerca. Se besan en  los labios. Un instante. Todo el tiempo del mundo. Se marchan tomados de la mano, como si el mundo a su alrededor no existiera.
Seguimos paseando. 
Me gustaría, sí, ir de la mano con alguien.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Viaducto de Madrid




Ayer caminé al Hotel Kafka desde la Puerta del Sol, acompañada por mi amiga Joana, que vino de visita desde Barcelona. Bajamos por la Calle Mayor en busca de la Calle Bailén, donde tendríamos que girar a la izquierda. La Catedral de la Almudena resultó ser el hito preciso. (Y yo sigo mapeando esta ciudad, calle a calle, cuesta a cuesta.) Ya en Bailén pasamos por el Viaducto de Madrid (que yo conocía ya por alguna peli de Almodóvar, pero no ubicaba en el espacio) y sus mamparas transparentes: A prueba de accidentes y de suicidios. Pero no de reflejos y puestas de sol. Ni de farolas. Ni de luna.

Así la magia de otro atardecer en la capital.

lunes, 2 de diciembre de 2019

:d:e:s:e:n:f:o:c:a:r:


1. tr. Hacer perder el enfoque adecuado de una imagen o un asuntoU. t. c. intr. y c. prnl.

Dice la RAE.
Pero no dice que el enfoque inadecuado puede ser un acto de creación.
Que puede tener un efecto estético imprevisto.


Como lo que logró mi nueva camarita rosa cuando disparó en modo macro la calle de Fleming, regalándome esta imagen desenfocada, de un mundo madrileño paralelo:



domingo, 1 de diciembre de 2019

Llueve en Madrid



Lo sé por las gotas en el cristal de la ventana del despacho. Porque aquí la lluvia casi no hace ruido. O muy poco.

Cae silenciosa.

También es cierto que estoy en un sexto pico. Que los vidrios de las ventanas son dobles. Y entonces solo cuando el toldo, recogido en esta época, deja escurrir las gotas sobre el quicio, las escucho. Ahí se van juntando con unos golpecitos sordos que, al principio, no identificaba. Ahora empiezo a distinguirlos. A veces. Y me asomo por la ventana para verificar el fenómeno.La calle está tan lejos y la lluvia es tan fina, aun cuando está tupida, que no se oye caer sobre el pavimento.

Y entonces la palabra tropical adquiere un sentido más profundo .
Porque vengo del trópico y allá las tormentas son ampulosas, frondosas, exageradas. Espectaculares, vamos.
Y más cuando los truenos hacen retumbar las paredes de mi casa.

viernes, 29 de noviembre de 2019

ayer en el metro


de ida al Hotel Kafka, me encontré
  • el comienzo de un relato: «Dile a tía Juli que no se preocupe, que si eso, yo voy a gastarle los dineros...»
  • a una niña pequeña, sentada en su carriola y perfectamente agarrada al tubo en el centro del vagón, tanto que había trozos de su manita donde la sangra no circulaba bien; además, le iba haciendo caras a su padre y él sonreía
  • un poema de Alfonsina Storni, que alcancé a leer dos veces, haciéndome cómplice del reclamo de la poeta frente a quien(es) la quería(n) blanca, nívea, pulcra, casta
  • una mujer, cuarentona quizá, con kindle en mano y la cara enmarcada por dos mechones de pelo azul
  • unos cascos, enormes, color rosa, en combinación ideal con un abrigo rosa, afelpado, calientito

y de vuelta
tras las primeras cañas con los compis del máster
pasada la medianoche
sintiéndome segura por las calles de Madrid
este tren que entraba en la estación (por el lado derecho, claro)




jueves, 28 de noviembre de 2019

sueño 19.


Otro sueño madrileño. Pesadilla casi.
Contigo. Otra vez. Qué cabreo (como dicen acá).
Conmigo.

Ibas a México. Te veías como hace treinta y pico de años, pero adentro vivía tu yo de hoy. Intentábamos conectar. No se podía. (Qué sorpresa.) Finalmente, confesabas que nunca me perdonaste aquel primer abandono. 

Cuando buscaba maneras de engancharnos, una avión enorme se estrellaba, sin hacer ruido, a unas calles de donde estábamos.

¿Madrid? ¿Ciudad de México?

Algunas amigas, más de feisbuc que de la vida real, me aconsejaban seguir adelante.

Había que atender a los heridos del choque. Me frustraba no poder arreglar las cosas. Tú pasarías la noche en un hotel del aeropuerto, en tu propia ciudad, antes de volver a casa.

Así la pesadilla madrileña.
Qué coraje (como dicen allá).
Con mi inconsciente. 
Tal vez siga procesando.
Habrá que soltar y dejarlo hacer.

martes, 26 de noviembre de 2019

un aparador


en España es un escaparate




como este que me encontré en la calle de Fuencarral en Madrid hace una semana

escaparte u aparador, o sea, ese espacio exterior de las tiendascerrado con cristalesdonde se exponen las mercancías 
que tiene la magia del vidrio aunada a la magia del espejo y, así, en una misma toma (cortesía de mi nueva camarita rosa) te regala flores y frutas junto a edificios y balcones, y, de pilón, tu propia imagen en una selfie involuntaria