viernes, 22 de septiembre de 2017

mi tía Marisa (2)


Hoy, en la madrugada, recién iniciado el día, murió mi tía Marisa (aquí una semblanza que hice de ella hace cinco años).

Hoy aprovecho este espacio para mandarle todo mi cariño y mi aspiración de que su tránsito sea fluido y suave, como me cuenta mi prima Carmela que fue su muerte.


Y la recuerdo aquí, en su casa, en su rancho querido, caminando del brazo de mi hijo y platicando mucho mucho, como siempre hacía, en el verano del 2010:

























domingo, 10 de septiembre de 2017

dos soledades


dos soledades
solas
en plena oscuridad

dos miradas
se cruzan

un instante se reconocen
un saludo, aun

una añoranza, quizá
el velo de un miedo añejo

de nuevo se cruzan 
distantes

en plena oscuridad
solas
dos soledades

sábado, 9 de septiembre de 2017

:r:i:t:m:o: :v:i:s:u:a:l:


Hace unos días aprendí que algo que capto intuitivamente en algunas fotos tiene, de hecho, un nombre: ritmo visual.

Se trata de un elemento más de la composición, que consiste en la repetición y ordenamiento de las formas, las colores o las líneas . El ritmo puede ser uniforme (formas repetidas regularmente), alterno (combinación de dos o más formas), creciente (formas que se agrandan) o decreciente (formas que se empequeñecen), radial (expansión progresiva a partir de un punto central), o simétrico (repetición de la misma forma a ambos lados de una imagen).

Bueno, eso es en cuanto a técnica (para no olvidarme y poder seguir experimentando).

Lo que en realidad me resulta fascinante es nuestra capacidad de nombrar aquello que percibimos sin el filtro de los conceptos y las palabras. Es, sin duda, un proceso inevitable e incluso necesario para poder comunicarnos con los demás. El riesgo es dejar de ver lo que la intuición nos muestra por aferrarnos demasiado a la etiqueta que le superponemos.

En fin, he aquí una muestra de imágenes con ritmo visual:


edificio en Madrid


pan en la Feria de Tlaltenango



sombras en la calle

viernes, 8 de septiembre de 2017

Invitado: Santiago Bellon Iglesias


Añoranza

Me levanto del asiento del camión y me aproximo a la puerta de salida. El sonido del timbre y apertura de puertas subsecuentes me reciben con una oleada de calor húmedo. Cuernavaca y su inconfundible temperatura. Claro, tampoco podía faltar el “¡Ese güero!” de los vendedores ambulantes en la esquina de Ávila Camacho. Después de esta jocosa bienvenida, me dispongo a avanzar por la pronunciada pendiente que eventualmente me llevará a mi calle.
Después de unos minutos de penoso ascenso, comienzo a divisar los diversos establecimientos que pueblan la avenida. Los abarrotes, el changarro de micheladas, los restaurantes... Observo caras conocidas franqueando los umbrales de aquellos locales que tantas veces he visto, sin llegar a entrar. La mayoría de estas caras no me saludan, pero noto señales de reconocimiento casi imperceptibles en sus facciones cuando posan sus ojos sobre los míos.
Cruzo una calle, e inmediatamente me atrapa el embriagador aroma de tacos al pastor. Los gritos de los meseros, el calor del fuego y el sonido de la carne marinada cocinándose a fuego lento en el trompo me hacen agua la boca. Son incontables las veces que mi paladar se ha deleitado con un alambre y un agua de horchata en esta, mi taquería favorita. Enseguida me encuentro frente a frente con el mecánico de la esquina, el cual siempre me sorprende por su inconfundible parecido a Elijah Wood. De nuevo, sin saludarnos pero reconociéndonos el uno al otro.
Finalmente doblo la esquina en San Jerónimo, la calle en donde he vivido durante los últimos 12 años. Siento mis pies golpeando el pavimento a cada paso, el sol provinciano acariciando mi piel, escucho los trinos de los pájaros que anuncian el atardecer. Los recuerdos se agolpan en mi mente, recordándome momentos en que todo era más fácil, en que no tenía que pensar constantemente en el mañana; solo me tenía que preocupar por llegar a mi hogar sano y salvo. Ahora nada más vengo de visita, los recuerdos se combinan con angustia, con incertidumbre y melancolía. Pero mi corazón da un vuelco y mi respiración se tranquiliza cuando el portón de mi fraccionamiento se abre, extendiéndome los brazos como diciendo: Bienvenido a casa.

jueves, 7 de septiembre de 2017

/-2-//-s-/-e-/-m-/-a-/-n-/-a-/-s-//-2-/


Pues eso, que ya se han pasado dos semanas, quince días, 336 horas, desde la última publicación en el blog. Ma. Eugenia, mi comadre, dice que cuando esto sucede, ella sabe que algo me está pasando. Emocionalmente. Que las cosas no andan del todo bien o andan muy movidas. Afuera, quizás, pero probablemente, más adentro. Casi seguro.

Y no se equivoca. 

A mí, la llegada del otoño suele hacérseme cuesta arriba. Y eso que aún no llega. Oficialmente. Porque el clima ha estado, bueno, más "veraniego" que de costumbre: Lluvia incesante, casi total ausencia de sol y viento helado. Si a eso le sumamos, el silbato de los policías que intentan dirigir el tráfico enloquecido por la Feria de Tlaltenango, el tiempo está en plena metamorfosis.

Y así mi humor, mi salud, mi ánimo.

Aclimatarme de nuevo al trabajo ha sido más arduo que otros años. Tal vez porque la vuelta a las clases coincidió con la partida de Santiago a las suyas en la UNAM en México. Y también porque el número de horas frente a alumnos aumentó considerablemente, incluyendo por lo menos cuatro grupos con caras nuevas. 

Se han quejado mis rodillas. Y mi panza. Y mi cabeza. Y mi mente, por supuesto. Le cuesta (me cuesta) soltar. Y suelta, finalmente, (suelto) pero luego se (me) vuelve(o) a apegar.

Y me resisto. Y me tenso. Y me sigo tensando. Hasta que la tensión alcanza su punto máximo: Y entonces me caigo (por fortuna, del suelo no paso), o lloro (con razón o sin ella), o intento escribir (y no puedo). Y entonces vuelvo a soltar (cuando ya no queda de otra): Me levanto. Sigo llorando. Dejo de llorar. Vuelvo a escribir. Lloro un poco más.

Y me voy a dar un paseo por la feria. Y compro macetas (para trasplantar violetas), cocoles (para que Santiago se lleve a México) y me encuentro imágenes:



Como la vida.

Siempre en movimiento.

Yendo hacia arriba.
Hacia abajo.

En soledad.
O en compañía.

Y el ciclo vuelve a empezar. Las rodillas, a sanar. Las migrañas, a ceder.

El sol, a abrirse paso entre las nubes.
(Unos días más que otros.)

Y las palabras, a abrirse paso entre la ansiedad y los silencios.
(De momento y, después, ya veremos...)


jueves, 24 de agosto de 2017

pregunta


Si un suspiro, como decía mi abuela Rosa, es un beso no dado, ¿qué es entonces ese beso que alguien nos da, en un sueño, quien sea, un desconocido, que  posa ligeramente sus labios sobre los nuestros, sin abrirlos, dejando una huella de deseo y de ternura, de cercanía, que desaparece al despertarnos?


Quizá sea como una flor silvestre al borde del camino de un estacionamiento, donde ilumina el mundo sin que nadie la vea apenas.




lunes, 21 de agosto de 2017

Coming of Age


A veces, las palabras para darle nombre a lo que siento o a lo que me pasa se me presentan en inglés. Como hoy y como ayer y antier en que he estado cavilando sobre la edad y el envejecimiento y me vino a la mente la expresión "coming of age".

El Cambridge Dictionary apunta aquí a tres significados de la frase: 1. momento en que la persona se hace oficialmente adulta y puede votar; 2. momento en que alguien madura emocionalmente o de alguna otra manera, y 3. momento en que algo comienza a tener éxito. A mí se me presentó una cuarta posibilidad, que abarca varias cuestiones.

Habiendo cumplido con la 1 hace mucho tiempo, me sigo preguntando cómo se verá aquello de alcanzar la madurez (a lo que hace poco aludía acá) en cualquier sentido y si es algo a lo que en verdad aspiro. Y tampoco estoy muy segura sobre lo que es el "éxito" ni si quiero llegar allí. Lo que sí sé es que yo durante mucho tiempo me vi más joven de lo que era, o sea, fui muy come(o traga)años. (Hace poco me encontré una foto de unos meses antes de divorciarme, así que tendría 39 años y parecía de 29 o menos...) Sin embargo, ahora me parece que ya me veo de la edad que tengo: cincuenta y tantos. Bien llevados, creo.

Asumirme y aceptarme así, con los cambios que implica (los muy evidentes, como a nivel corporal, —incluyendo la papada que es herencia directa de mi papá— y los menos evidentes, como a nivel emocional y de carácter —las tablas para dar clase, la capacidad de reírme de mí misma o la caída en cuenta de que la soledad, en el sentido de no tener pareja, puede ser una bendición en disfraz) es lo que hoy me parece ese coming of age: Alcanzar mi edad, sabiendo que día a día se acumula más, amar mis canas, liberarme de expectativas y presiones sociales (sí al estilo de alguna declaración atribuida a Meryl Streep, que anda por ahí dando vueltas en el internet). Y, así, a la edad que tengo, siento que tengo el mundo y la vida a mi disposición otra vez: para escribir en serio, para meditar en serio, para ir al cine a la hora que se me dé la gana, para esperar la visita de fin de semana de mi hijo y armarme un buen plan cuando no viene, para pensar en mudarme de país durante un rato...

Y también para contestarle "Cómo tú quieras" a la chica que me vendió hace 2 días un boleto de cine, después de que hubo de preguntarme tres veces, porque ni le oía ni le entendía, si el boleto era "De tercera edad o de adulto." Entonces decidió cobrármelo de 3a edad y como iba yo a una función doble, pagué un boleto por ver dos películas, aunque me falten 6 años para tener la credencial que me acredite oficialmente como "vieja". (Aún recuerdo la impresión que fue que me llamaran "señora" por primera vez, en lugar de "señorita" y eso que no tenía ni idea de lo que se vendría después.)

O replicarles a mis alumnos cuando, por quedar bien conmigo, me dicen que parezco de 27, que si tuviera 27 y me viera como me veo, me tiraría por un balcón...

Quizá estos "privilegios" de los cincuenta sean otra manera de "madurar" y "tener éxito".
O no...

miércoles, 16 de agosto de 2017

Invitada: Evelyn Arón


Cuando tú y yo hablamos                                               
                                                                                               para Adela

Cuando tú y yo hablamos

bailamos la deliciosa danza del diálogo,

con mis pasos lentos y arrastrados, pa’delante y para atrás,

y tus pasos ágiles, que corren, brincan y vuelan,

salen chispas de entendimiento, sentimiento y luz.

Y allí en esa danza, se crea una hermandad, un alimento del alma,

satisfacción honda.

Pero a veces, cuando estoy mal y abajo y dentro de mí,

y tú estás como tren bala, a mil por hora,

me arrollas.

Tratas de sacarme del cubo, pero estoy atorada,

y el tren bala sigue su camino,

implacable,

mientras yo, pusilánime, derrotada,

me cierro, me ofendo y me voy.

Pero si lo veo y logro decírtelo,

y tú logras escuchar y ver,

evitamos el arrollamiento y el ofendimiento,

y volvemos a danzar.

Cuerna. 7 agosto,  ’17. 


lunes, 14 de agosto de 2017

Invitado: Mingyur Rinpoché




Acoger las condiciones que nos afligen 







Las enseñanzas y prácticas trazadas por el Buda hace dos mil quinientos años de ninguna manera implican conquistar los problemas o deshacernos del sentido de soledad, malestar o miedo que acecha nuestras vidas cotidianas. Al contrario, el Buda enseñó que podemos encontrar nuestra libertad solo acogiendo las condiciones que nos afligen.
Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

jueves, 10 de agosto de 2017

Chimal


Cuando de muy joven leí La insoportable levedad del ser de Milan Kundera (supongo que fue allí), me impresionó cuando el narrador hablaba de esa suerte de diccionario que tienen los amantes: una colección de las palabras cuyo sentido está determinado por la relación misma y es inaccesible para alguien fuera de ese contexto. Con el paso de los años, me he dado cuenta cómo lo mismo sucede a nivel individual. Es decir, hay palabras que para cada persona tienen un sentido único, porque están asociadas con diferentes vivencias, personas o emociones y su significado, además, va cambiando con el tiempo.

Así me pasa con el vocablo "Chimal", llanamente el apócope del nombre de un pueblo en el Estado de México, situado en las faldas del volcán Popocatépetl, pegadito a la cabecera municipal, Ozumba de Alzate.

En Chimal, mi tía Marisa y su primer marido, mi tío Jean compraron y arreglaron hace añísimos una casa hermosísima. Xantepa la llamaron (o ya se llamaba así, no lo sé de cierto), mejor conocida en la familia como "el rancho". Allí se hacían toda suerte de celebraciones (bodas, bautizos, primeras comuniones, comidas de Año Nuevo). La última fueron los 90 años de mi tía. Después se vendió "el rancho" y ella se fue a vivir a Guadalajara.

A mí de adolescente me encantaba acompañar a mi papá a visitar a su hermana o quedarme unos días de vacaciones con los tíos, sobre todo en el época en que mi abuela Ma. Luisa vivió allá y tuvimos oportunidad de convivir más.

En la parte de abajo del terreno de Xantepa, desde donde se ve el volcán, mi papá construyó también su propia casa. "El castillo plano" le digo yo, nombre que se le ocurrió alguna vez a Adrián, mi esposo, cuando vivimos allí una temporada. También nos habíamos casado en ese lugar unos meses antes. (La ceremonia civil fue en el castillo y la fiesta en casa de mi tía.) 

En este Chimal ampliado, pasé mis primeros meses de embarazo, muerta de frío en el caserón de mi papá. Mientras vivimos en aquella casa, estrechamos los lazos con "la comadre", Ma. Eugenia, la arquitecta de esa casa, quien había ido como invitada del "señor del castillo" a nuestra boda. (Esa casa, de hecho, se vendió también, aun antes que la de mi tía, después de la muerte de mis padres.)




En aquella época, hace más de veinte años, Chimal pasó a significar también el Café del Arco, localito que "la arqui" abrió en la casa suya y de su mamá, doña T. (Su papá había muerto un poco antes y tristemente no tuvimos ocasión de tratarlo.) Ahí íbamos Adrián y yo (con "Merengue" incluido, a veces transportados en carretilla) una vez a la semana, por lo menos, a comer bocadillos, galletas y beber té de la casa. Y, así, fue profundizándose nuestra amistad con Ma. Eugenia, fortaleciéndose el vínculo que, a la fecha, es uno de los más importantes en la vida de Santiago y mía.





Hoy Chimal es, ni más ni menos, nuestro (de mi hijo y mío) lugar seguro. Así de simple. Pasar nuestras vacaciones en casa de Ma. Eugenia, también llamada Tlanihuitl, en compañía de la Charamusca, su perra, Cleopatra, su gata, y su caterva de pollos, además de las golondrinas que año con año vuelven a anidar y procrear, es el mejor antídoto para el estrés, el cansancio, las tristezas, las dudas o los enojos. Siempre anda por ahí el recuerdo de doña T y de lo que opinaría de tal o cual cosa y ahora también acordamos del Bon, el gato blanco con cara de enojado que recién pasó a mejor vida.




Chimal es jugar continental, ver pelis, desayunar tlacoyos, tamales, huevos rancheros, tacos de papa, dobladitas de queso. Chimal es platicar, platicar de todo: de la vida, de la muerte, de lo cotidiano, de lo trascendente, de la UNAM, de los amores y desamores, de las esperanzas y las pasiones. Chimal es reírnos como locos, con o sin provocación. Chimal es ver a los pollos darse un festín en el balneario que han hecho en lo que era el jardín de la casa. Chimal es sacar fotos, cientos de fotos, y luego compartirlas con la comadre y fotografiar algo por encargo suyo. Flores de manzanos y de perales. Manzanas y peras. Aves del paraíso y floripondios. Ropa colgada. Sombras de ropa colgada. Reflejos en los cristales. Geranios a contraluz.




Chimal para mí es lo que la mayoría de la gente llamaría, supongo, "estar en familia". Ese Chimal de Ma. Eugenia es uno de mis lugares consentidos en el planeta.





martes, 1 de agosto de 2017

El segundo recordatorio


Hace dos años y medio, reflexionaba aquí sobre el último de los cuatro pensamientos que nos orientan hacia el dharma, los cuatro recordatorios. Según la RAE, se trata, pues, de cuatro «aviso[s], advertencia[s], comunicacione[s] u otro[s] medio[s] para hacer[nos] recordar algo». 

¿Qué nos recuerdan estos pensamientos? Que hay un camino diferente para transitar por la vida, más abierto, más espacioso, donde se puede soltar, confiar y, finalmente, alcanzar la liberación del sufrimiento y despertar a la felicidad verdadera. Todo esto es posible solo más allá de nuestros patrones neuróticos habituales, donde indudablemente llegamos a sentirnos cómodos, pero el precio es irnos sofocando poco a poco.

Es curioso cómo funciona el camino en pos de descubrir cómo son las cosas en realidad. Podemos pasar semanas, meses, años o varias vidas estudiando y practicando hasta que un buen día, a veces en los momentos más inesperados, nos cae el veinte y entendemos alguna enseñanza, más allá de la dimensión meramente racional.

Algo así me ha sucedido con los cuatro recordatorios. Los he repetido, los he contemplado, incluso los he memorizado, pero no siempre los entiendo del todo, hasta que, de pronto, hay una epifanía (como le gusta decir a mi hijo).

El segundo de estos recordatorios reza así: El mundo entero y sus habitantes son impermanentes. Específicamente, las vida de los seres es como una burbuja. La muerte llega sin previo aviso, este cuerpo será un cadáver. En ese momento el dharma será mi único recurso; debo practicarlo con vigor.

A primera vista, su sentido es claro y directo: La muerte es la única certeza. Sin embargo, hay un sentido subyacente mucho más sutil. En estos días he estado viviendo, de nuevo, la separación: la partida de Santiago a estudiar a la Ciudad de México. Y, de nuevo, he tocado tristeza y miedo, sobre todo.

Hace un par de días, sentada sobre el cojín de meditación, intentando ver mi mente, entró un rayo de luz: Lo que me está haciendo sufrir no es la separación en sí, sino mi incapacidad de aceptar que todo es transitorio, que todo cambia. No nada más la vida misma, sino cada etapa y cada momento, cada instante de la vida.

He ahí la sabiduría del segundo recordatorio. Mientras que racionalmente puedo discurrir sobre la certeza de la muerte, en la vida cotidiana me aferro a las cosas, a las personas y a las circunstancias como si no fueran a cambiar. Y cuando cambian (que es lo que sin asomo de duda va a suceder), sufro. Pero al darme cuenta de esto, de cómo mi propio aferramiento es la causa de ese sufrimiento, me libero, un paso a la vez.

Entonces el hecho de que el mundo entero y sus habitantes sean impermanentes, no apunta nada más a la ineludible caducidad de todo, sino al cambio constante de todo. Si eso lo puedo ver y experimentar con conciencia, el cambio mayor de todos, la muerte, podrá ser una experiencia menos aterradora y más familiar, si logro vivir con conciencia las pequeñas muertes cotidianas. Como la partida del hijo, o mi propia imagen en el espejo, o el amanecer y el atardecer de cada día.

lunes, 31 de julio de 2017

Invitado: Dzongsar Jamyang Khyentse Rinpoché










La mayoría de nosotros tiende a resentir que se nos confronte con la verdad, y del resentimiento brota la negación. El ejemplo más obvio es que nos sentimos molestos cuando se nos fuerza a reconocer la naturaleza ilusoria de nuestras vidas y la realidad de la muerte. Además, nos disgusta contemplarla, aun cuando la muerte es una verdad universal e irrefutable. Nuestra reacción habitual es fingir que nunca sucederá, que es como lidiamos con la mayor parte de las demás verdades inconvenientes que nos resulta difícil tolerar.  


Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 24 de julio de 2017

Reencuentro (35)

reencontrar

Tb. rencontrar.
Conjug. c. contar.
1. tr. Volver a encontrarU. t. c. prnl.
2. prnl. Dicho de una personaRecobrar cualidadesfacultadeshábitosetc., que había perdido.

Y arrancamos así porque "reencuentro" es, como era previsible, la "acción y efecto de reencontrar", fórmula que parece apuntar a mucho, pero que en realidad dice muy poco. Y aún menos cuando hablamos de "volvernos a encontrar" después de 35 años con una colección de personas a las cuales conocemos, como mínimo, desde hace 38 años y, en otros casos, desde hace 50, como nos hizo notar uno de los compañeros de la escuela que comenzó el viaje, como yo, desde el kínder. Esta vez nos reuníamos a celebrar siete lustros de habernos graduado de la preparatoria.




Hace cinco años, celebramos los 30 y entonces yo describí aquí mi experiencia como una "reconciliación" (tanto para afuera como para adentro). Esta vez mi vivencia, y creo que la de muchos, fue más suave, en el sentido de que el miedo o el nerviosismo por volver a ver a la gente que nos conoció de tan jóvenes, antes de dejar el nido por así decirlo, era menor que la emoción del reencuentro. Yo, por lo menos, ya había superado las etiquetas añejas (propias y ajenas), sabía que había personas a quienes quería ver y abrazar y tenía la expectativa de encontrarme de nuevo con otras y restablecer el vínculo. (Es cierto que hay vínculos cuya intensidad ha disminuido tanto que están a punto de desvanecerse, pero eso no es más que una señal más del paso de la vida.)

Hubo, pues, pláticas largas, otras más cortas, algunas que quedaron pendientes "para la próxima". Hubo brindis, varios, con diferentes personas, o con la misma, con diferentes bebidas o con la misma. Hubo tequilas compartidos. Y abrazos, más largos y más cortos. Y muchos besos. Y fotos. Y pasas con chocolate. Y un pastel que mandó la escuela. Y recuerdos. Muchos recuerdos.

Que si el debate que protagonizamos en 6o de prepa lo habíamos arreglado premeditadamente. Un compañero afirmaba que sí; otra, que no; y yo en realidad no me acuerdo para nada.

Que si yo me mecía en la banca de la escuela. (Parece que esto fue muy llamativo porque en cada reunión siempre hay alguien que lo saca a colación.) Y que si no prestaba mis apuntes. Pero luego resultó que hubo gente que se acordó que sí los prestaba y que les fueron de ayuda en algún momento. (Uf. Qué alivio.) Que si la niña que siempre sacaba 10, pero que afortunadamente dejó ser aburrida (dije yo). Pero si no lo eras, dijo alguien más. (Menos mal.)

Que si nos vestíamos de tal o cual manera y, al final, igual no acabábamos de encajar, como cuando se me ocurrió ponerme unos (entonces famosísimos) jeans Jordache, para gran enfado de un compañero (que en esta ocasión no estuvo presente).

Que si Fulano había sido novio de Mengana o Zutano se le había declarado a Perengana. Y así le conté a un amigo que me acordaba de cuando se me había declarado enfrente de la biblioteca de la escuela. Y él recordó que mi respuesta había sido negativa. Y yo le dije que me había arrepentido y que, además, había conservado su carta. (Y sí, hace un rato la encontré en mi maleta de los recuerdos, junto con varias cosas más, entre ellas el discurso de graduación que leí en nuestra ceremonia, las cartas a mano de varias amigas [hasta una en clave y con un código para poderla leer], una conversación escrita con otra [como un especie de chat prehistórico], el examen arrugado de un chico que me fascinó durante años...)

Y leyendo ese discurso di también con unas palabras que hoy vuelven a hacerme sentido:

Parece como si de pronto nos viéramos en el espejo sin reconocer nuestra imagen, pues es el momento de valorar, de dudar y de confirmar lo que hemos llegado a ser. Y poco a poco la imagen se aclara cuando nos vamos aceptando con lo bueno y lo malo que tenemos, cuando empezamos a definir el camino que cada uno quiero seguir como ser humano iniciando una vida cada vez más autónoma e independiente, buscando encontrar la respuesta a tantas preguntas, la persona tantas veces soñada, la verdad que nos hace seguir hacia adelante siempre.

Así, como un juego de espejos vuelve a ser hoy la reunión: podemos recuperarnos a nosotros mismos y a los demás, reconocernos (quizá después de algún desconocimiento momentáneo) y reencontrarnos (como individuos en constante cambio y como seres que no podríamos sobrevivir sin relacionarnos con los demás). Me viene a la mente con claridad la cara de sorpresa y entusiasmo de un compañero que no había asistido a las reuniones anteriores y que estaba viéndose reflejado en cada uno de los ojos que ahora encontraba (según lo comentó al llegar).

Es como si en la mirada de los demás pudiéramos encontrar pedazos nuestros, perdidos u olvidados o solo traspapelados, y en la nuestra hubiéramos guardado también los de los otros. Cada vez que nos volvemos a ver, los compartimos de nueva cuenta y, de alguna manera, nos reconstruimos otra vez.

Como comentaba hace apenas un rato en el chat (electrónico, claro) con una querida amiga —recuperada justamente hace cinco años—, fue sin duda una reunión entrañable que hoy nos deja, quizá, con cierta nostalgia, mezclada con una sensación de plenitud. Como con una resaca dulce, le decía yo.

Y mientras iba escribiendo todo esto, me acordé de una canción que escuchaba de recién casada, cuando viví en un pueblo cerca del volcán, y el lechero, al otro lado de la barranca, la ponía a todo volumen cada mañana (y a mí me encantaba):





Es indudable que los caminos de la vida no son como yo pensaba, pero es un enorme regalo volver a coincidir en ellos con las personas que guardan, a su manera, un pedazo mío y yo, uno de cada una de ellas.


sábado, 22 de julio de 2017

Invitado: Dzongsar Jamyang Khyentse Rinpoché


Al entender el vacío, pierdes interés en todas las florituras y creencias que la sociedad crea y destruye: sistemas políticos, ciencia y tecnología, economía global, sociedad libre, las Naciones Unidas. Eres como un adulto a quien ya no le interesan tanto los juegos de niños.




















Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

miércoles, 19 de julio de 2017

Historia curiosa


Ayer fui al teatro. Una amiga me convenció de ver una obra, dirigida por otra amiga común. (Además, entre que llegamos a comprar los boletos, nos formamos para entrar al recinto y comenzó la obra, nos fuimos encontrando a más amigas y amigas de amigas. Así es la cosa en Cuernavaca.)

Desde que había visto el cartel en Facebook, me había sonado el nombre de uno de los participantes (actor y bailarín) en la obra y luego lo olvidé. Cuando nos dieron el programa de mano, me lo volví a encontrar y volví a recordar lo que ya había recordado. Con esa persona me había yo acostado una noche en una fiesta hace más de treinta años, en la época de la facultad.

Lo sabía por el nombre, nada común. Había sido un encuentro lindo que no llegó a nada más. (Creo que esperé su llamada durante un rato y luego pasó al cajón de los olvidos.) Y ahora estaba a punto de verlo en persona, otra vez. Qué raro, ¿no?

Salió a escena y, por más que lo intenté, no lo reconocí. Quizá, haciendo un esfuerzo, hubiera algún dejo familiar en su sonrisa. (Recuerdo la ternura de su trato y poco más.) Pero en realidad, como comentaba con mi amiga, si no fuera por el nombre, no tendría yo idea de lo que había sucedido con el susodicho en el pasado. Qué raro, ¿no?

Terminó la obra. Saludamos a la directora. Platicamos con otra de las actrices. Pero al actor no me le acerqué. ¿No lo vas a saludar?, preguntó mi amiga. Nooo, le respondí.

Ya en la calle, él nos pasó de largo e hizo una seña con la cabeza. Por supuesto que no tenía la menor idea de quién era yo. Quizá si me lo encontrara, qué sé yo, en otra fiesta o en un bar (ambas situaciones poco probables), me acercaría y le contaría "nuestra" historia. Claro que para ello tendría que recurrir a detalles como que aquella fiesta había sido en casa de una chica que usaba bastón, que tenía el pelo largo, que iba a la misma terapeuta que yo, que era la amante del esposo de una compañera extranjera en uno de mis primeros trabajos, y cuyo nombre he olvidado por completo.

Qué raro, volví a pensar, recordar esos detalles tan nimios y traerlos a la mente al encontrarme con alguien que hoy es (y siempre lo fue, casi) un perfecto extraño.

martes, 18 de julio de 2017

Invitado: Chokyi Nyima Rinpoché


La mayoría de la gente no cuestiona sus experiencias cotidianas. Aceptan como real lo que sea que sientan o perciban. Sin examinar nada, nunca penetraremos más allá de esta ilusión para ver el verdadero estado de las cosas. En cambio, consideraremos todo lo que es impermanente como permanente, lo que es irreal como si fuera real. ¡Qué manera tan desafortunada, superficial y errónea de percibir las cosas!




Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 17 de julio de 2017

Verano 3


En casi 8 años, apenas dos entradas sobre este tema (aquí y acá, ambas de agosto de 2011, separadas por escasos 3 días). Parece que no es mi estación favorita. Y es que "verano" en México sabe a poco. Se supone que hace calor, pero en realidad es la época de lluvias, así que la temperatura oscila mucho y se queda más bien baja (para nuestros estándares "tropicales", claro). Tampoco se suspenden las actividades laborales como sucede en otros países más al norte. Los niños sí están de vacaciones, pero a principios o mediados de agosto vuelven a la escuela. (Recuerdo que cuando éramos chicos, el "verano" implicaba por lo menos 2 meses sin escuela. Ahora a lo sumo juntamos un mes.No es tampoco la mejor época para ir a la playa, porque el mar suele estar picado y empieza la época de huracanes. O sea, en el verano, igual hay algunos días de descanso, pero son así, ni fu ni fa. Por lo menos para mí.

En otros lugares, en cambio, el "verano" es como mudarse de planeta. Es una especie de brecha en el tiempo (y en el espacio), cuando la gente deja de ser quien suele ser. No está trabajando, se viste de manera diferente, se va más cerca o más lejos, pero sale de casa. "Veranea", pues. (O "verana", que también se dice así.) Mis amigos españoles hasta "buen verano" me desean y se desean entre ellos, como quien dice "buen viaje". Nos volveremos a ver, casi seguro, pero después del "verano". Mientras tanto, dejan de existir, práctica y cotidianamente. (Y para mis amigos chilenos o argentinos el verano es el invierno, claro.)

La RAE lo define como:

1. m. Estación del año queastronómicamentecomienza en el solsticio del mismo nombre y termina en el equinoccio de otoño.
2. m. Época más calurosa del añoque en el hemisferio boreal corresponde a los meses de juniojulio y agostoy en el austral a los de diciembreenero y febrero.

Con cero referencia a las cargas emocionales presentes o ausentes en la época.

Eso sí, consigna algunas frases interesantes que yo desconocía:
nube de verano
1. f. nube tempestuosa que suele presentarse en el verano con lluvia fuerte y repentinay que pasa pronto.
2. f. Disturbio o disgusto pasajero.

Que no habla para nada de "nuestras" nubes de verano, que son las más cargadas del año y las tormentas, las más largas y ruidosas. Nuestros disturbios pasajeros poco se parecen a nuestras nubes de verano.

O también:
serpiente de verano
1. f. Esp. Informacióngeneralmente poco fundamentadaque se difunde en veranocuando hay escasez de
noticias.
Lo dicho, la vida (de los otros) parece quedar en pausa en verano.


Acá el nuestro, muy verde y muy húmedo:


En Cuernavaca

En la Ciudad de México