domingo, 23 de septiembre de 2018

Otoño 8

Comienza hoy, oficialmente, la estación que sigue al verano.

En Cuerna, para mí, este año llegó desde antes, con el frescor que trajeron las lluvias, tardías, y con la gripa que me atacó a finales de agosto.

Durante estos últimos días de mediados de septiembre, pareciera que el verano se hubiera dado la vuelta, con un calor como de mayo.

Pero eso sí, como cada año, las flores silvestres se empiezan a asomar, a tomar todos los espacios posibles.

Así estos cempasúchiles silvestres: 



Cuando los c ompartí en el Facebook hace unos días, una amiga chilanga comentó:
«Nunca las había visto. Qué lindas». 

Yo le respondí: «Acá en Morelos, nacen en las banquetas, en los terrenos baldíos, entre las grietas de las bardas, al borde de las carreteras... »


                                                   Así el comienzo del otoño, pues.

martes, 18 de septiembre de 2018

m i e d o

o ahí viene el 19 otra vez

El miércoles pasado, 12 de septiembre, vino Aurora, como cada miércoles, a ayudarme con la limpieza de la casa. Le encanta platicar y yo, la verdad, no le doy mucho chance. (Por eso ama cuando está Santiago...)

Ese día me sorprendió contándome que su hija ya había guardado su tele (una de las de pantalla plana, que no funciona en realidad, pues es de las primeras y tiene una falla que no le compusieron) en un clóset, para evitar que se fuera a caer y a romperse, pues ya mero es 19 otra vez.

Como casi siempre que cuenta algo, Aurora se reía al compartir la anécdota. Porque es risueña y, quizá, por algo de nervios. Yo reconozco que también me da nervios el regreso del 19.

La Real Academia define "miedo" de dos maneras:

1. m. Angustia por un riesgo o daño real o imaginario.
2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

Y así es la onda con la mentada fecha. Aunque racionalmente se puede argumentar la baja probabilidad de que se repita lo sucedido hace un año y hace 32 (que de por sí era altamente improbable), queda en la psique (individual y colectiva), esa angustia, ese recelo, esa aprensión, esas sensaciones en la piel que se reactivan con los aniversarios. Yo no he guardado mi tele (ni el monitor de mi compu que hace un año acabó cara abajo en el suelo, aunque casi intacto), pero la verdad es que me organicé para no ir al cine el mero 19 (la peli del Tour de Cine Francés que toca ese día, la veré al día siguiente, nomás por si las dudas...). Recuerdo claramente cómo el año pasado se suspendió esa muestra justamente por los daños que el cine sufrió con el sismo. No muchos, pero suficientes para cerrarlo durante un rato.

Yo hay veces que aún me mareo estando en mi estudio, donde me agarró el temblor del año pasado. Y Santiago me contaba que había también visto memes en Facebook que aludían a este mismo temor.

Más miedo debería de provocarnos saber (como me enteré por la radio de la UAEM hace unos días) que en Jojutla, la zona 0 del terremoto de septiembre de 2017, hay familias que siguen viviendo en la calle, pues la reconstrucción no les ha llegado. Increíble. Triste. Indignante.

Ojalá que mañana no se caiga la tele a la hija de Aurora, ni a mí ni a nadie. Ojalá que mañana sea un día que pase sin sobresaltos, pero sí con memoria. Ojalá que mañana podamos recordar lo que pasó y pensar cómo podemos ayudar a remediar lo que aún no ha pasado.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Invitado: Acharya Lama Tenpa Gyaltsen


Si consideramos que somos especiales, inmediatamente categorizamos a todos los demás como no especiales y cortamos nuestras conexiones con otros seres, de pensamiento, por lo menos. Poniéndonos en la posición de ser alguien especial, alguien superior, ya no podemos ver nuestras conexiones con todo lo demás y todos los demás. 


















Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Crónica de un domingo


Santiago vino de México y nos echamos varias pelis juntos (desde Rojo amanecer, que yo vi cuando se estrenó hace casi 30 años, hasta Alpha, una hermosa cinta sobre un joven en el neolítico europeo y su amistad con un lobo). El domingo él tiene plan, así que le doy un aventón, de camino al Tour de Cine Francés.

Llego a Galerías con más de una hora de anticipación. El centro comercial está apenas despertando. Hay trabajadores y casi ningún cliente. Algunas señoras de la limpieza están montadas en unos maquinones, como tractores urbanos, desde donde se pasean puliendo los pisos (me imagino). Miran desde arriba pero no hacen contacto con los ojos. Le doy los buenos días a una señora que limpia, a pie. Apenas me responde. Hay piezas de plástico anaranjado bloqueando el paso por ciertas zonas (que deben estar húmedas). 

Después de comprar mi boleto (el primero que venden esa mañana, seguro: no habían abierto la taquilla aún), me instalo en Starbuck's con un café, un pan relleno de chocolate y mi kindle, donde estoy leyendo Americanah, la primera novela que leo de la escritora nigeriana, Chimamanda Ngozi Adichie. Estoy clavadísima.

Muerdo el pan y el chocolate derretido se escurre y me mancha los labios, casi alcanza mi barbilla. Me limpio y volteo a mi alrededor para detectar testigos. No los hay (que yo me dé cuenta). Y entonces me imagino convertida en un personaje de novela o de cuento. «Ella se limpia el chocolate derretido de la cara como una niña, entre divertida y avergonzada.»

También pienso que alguien podría estarla viendo mientras ella se limpia los bigotes de chocolate. Y enamorarse de ella. O no.

Y también pienso que lo que pienso puede servir para una entrada del blog. 

Para entonces, se había pasado la hora y me encamino a la sala 10, la "sala de arte", que normalmente tiene bastante poco público. En cambio, hoy está casi llena y sigue llenándose. ¡De adolescentes armados con celulares, palomitas, refrescos, nachos y más compañeros adolescentes (enviados como tarea de las clases de francés de sus colegios)! Y mi asiento queda entre un chico, bastante callado por suerte, y un señor mayor que se dedica a explicar la película o repetir frases en francés. El horror.

Trato de abstraerme o de conformarme a la situación y disfrutar la peli. Y me meto bastante, hasta lloro, lo cual no es algo que se me dé con dificultad. Y cuando faltan 7 minutos para que acabe (como nos enteramos después), el proyector truena y nos quedamos sin saber el final de Monsieur Je-sais-tout, aunque no es difícil de imaginar.

A la salida me encuentro con algunas de mis alumnas, que iban a verla sin demasiadas ganas y aún no sabían si lo lograrían. Ojalá que sí, pues quedamos en que me contarían el desenlace.

El resto del domingo lo paso tranquilamente en casa. Espero a Santiago. Llega. Platicamos. Lo acompaño a cenar y a estudiar y, así, se cierra un fin de semana más.

jueves, 6 de septiembre de 2018

5 ÷ 3


Fue la dosis de cine para este fin de semana (incluido el lunes). Un atracón, vamos. Una especie de cura en el anonimato y soledad de la luz apagada y la pantalla encendida.

Aquí un minirresumen (a palabra por peli), en el orden cronológico en que las vi:

Tiempo compartido — perturbadora
El silencio — atormentante
Ana y Bruno — entrañable
El insulto — IMPECABLE
La buena esposa — interesante

Acomodándolas en el orden de mayor a menor gusto, quedarían así:

1. El insulto
2. Tiempo compartido, Ana y Bruno La buena esposa (empatadas)
3. El silencio

*

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Tiempo compartido es mexicana, del 2017, y está dirigida por Sebastián Hofmann (su segundo largometraje) y representó a nuestro país en el pasado Festival de Cine de Sundance. A mí me parece que lo más logrado es el ambiente, pesadillesco, en el que se mueven los personajes y en el que, de una u otra manera, nos hemos movido todos. (Hasta se enchina la piel con la escena en el Princess de Acapulco.) Me parece que le quedan ciertos huecos argumentales a la historia, pero en conjunto, funciona de muy bien.

(Esta la vi el sábado en la tarde.)

*

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El silencio tiene 55 años. Sí, es de 1963 y la dirigió Ingmar Bergman, en blanco y negro. No dura tanto: 95 minutos, o sea, una hora y media, pero se me hizo ETERNA. Claustrofóbica. Asfixiante. Hasta consideré la posibilidad de abandonar la sala. Bergman logró lo que se proponía. Sin duda.





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Para compensar, según yo, al realizador sueco, de ahí me lance a ver Ana y Bruno, una peli de animación mexicana, para niños, más o menos. Resultó ser bastante menos ligera de lo que yo pensaba, pues aborda temas que no suelen tratarse en las películas infantiles (muerte, locura, duelo). Y lo hace muy bien, aunque me pregunto cuál será el impacto si los niños no van acompañados de adultos que se atrevan a hablar abiertamente de estos temas.

(Estas dos me las eché el domingo.)

*

(Y, finalmente, el lunes — mi findesemana extendido.) 


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Empezó con El insulto. ¡Qué película más maravillosa! Sorprendente. Impecable (como decía arriba). Cuando le contaba a Santiago sobre ella, para animarlo a irla a ver en el DF, dije algo así como "es más que cine; es la vida misma". A través de lo íntimo y personal, incide en la esfera de lo social, político e histórico, de lo más profundamente humano.





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Y cerré mi atracón con La buena esposa (The wife simplemente, en inglés). Lo más destacado, la actuación de Glenn Close, como la esposa de un escritor, que recibe el Premio Nobel de Literatura. Una perspectiva diferente sobre el clásico "detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer". Y también una incursión sobre el amor, la creatividad, las decisiones de vida, la lealtad, la libertad y la muerte. Food for thought.

*


Así la cura de cine 5 ÷ 3.
Así la vida en soledad.
Así un entrenamiento intensivo para el momento de morir.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Días de lluvia y té


Me acabo de echar tres días de los que yo llamo entre paréntesis. No exactamente como los que describí acá hace (casi exactamente) 3 años, pero sí emparentados. Esta vez, la razón fue un gripón infame, como los que me suelen dar a mí (que no conozco una "gripa leve") un par de veces al año. La primera, en general, con la entrada del otoño, que esta vez se me adelantó, según el calendario, unas tres semanas. Aunque en Cuernavaca el otoño se desencadena con la Feria de Tlaltenango y desde la mañana de ayer ya se oían los pitidos del agente de tránsito tratando de hacer algún orden del caos que el evento provoca.

(La segunda suele agarrarme por ahí del final del año o de principios del que sigue.)

Ahora, llevaba solo una semana de vuelta a las clases, recién estrenadito el año escolar, o sea, con un poco más de presión por el lado laboral. Pero no hubo de otra más que quedarme guardadita, viviendo el malestar.

dibujo de fuen


Algunas amigas me ofrecieron ayuda, me preguntaron si necesitaba algo, y otra, desde más lejos, me mandó esta taza de té con rol de canela en plato morado. Lo que se agradecen estos gestos, sobre todo cuando se cursa la gripa en soledad (con todo y el tono dramático). Lo bueno es que la sobreviví, en gran medida gracias a un atracón de serie televisiva de abogados (me dolía demasiado la cabeza como para lograr hacer otra cosa). 

dibujo mío


Y entonces avisé a la escuela que necesitaría faltar un día más (el tercero) para acabar de reponerme y evitar una recaída. Y ese día, justo, me despertó una tormenta en toda forma a las 9 de la mañana. ¿A quién se le ocurre llover de esa manera y a esa hora? Menos mal que yo estaba acurrucada bajo las cobijas y no tiritando de humedad en frente de mis alumnos.

Ayer me recibieron varios con abrazos y preguntándome cómo me sentía.


Así la vida fuera y dentro del paréntesis.

lunes, 27 de agosto de 2018

ocho de diez


Cuando murió Rosario Castellanos, yo tenía nueve años. Supongo que nos habremos enterado por el Excélsior, que llegaba a casa de mis papás cada mañana. Se habló de accidente y se habló de suicidio.

No hay texto alternativo automático disponible.
No me acuerdo con exactitud cuándo empecé a leer cosas de ella. Seguramente en el bachillerato, en la clase de literatura mexicana (con mi maestra favorita, mi querida Ángeles Rull). De Los convidados de agosto, destaca en mi memoria la novela corta "El viudo Román", ahí incluida. Entonces supe del valor —socialmente impuesto— a la virginidad femenina (claro). Y me impresionó.

Ahora sigue habiendo mucho de eso, pero mucho más sutil y, quizá, más peligroso por su sutileza.

(Recuerdo que a la primera alumna que me invitó a su fiesta de quince años, cuando hice mi servicio social dando clases de español en secundaria por primera vez, donde me trepaba en el escritorio para hablar del conceptismo y el culteranismo, frente a los ojos azorados de mis alumnas puras mujeres en un escuela católica, le regalé este libro. Nunca supe si le gustó y creo que no llegué a ir a la fiesta. Sí recuerdo que era una chica muy menudita, que ensayó coreografías muy "modernas" para la ocasión. Y me parece que se llamaba Maité.)

Supongo que fue después, quizá en la carrera o en alguna vacación a instancias de mi papá, que leí Balún Canán. Me encantó. (Está también en mi lista de relecturas pendientes.)

Y conicidentemente con esta entrada, hace dos días fui al cine a ver Los adioses, película mexicana dirigida por Natalia Beristáin (aquí una nota, con entrevista a la directora incluida), e inspirada en la vida de Rosario Castellanos y su relación tormentosa con el filósofo Ricardo Guerra.

Lo que más me enganchó de la cinta fue su perspectiva intimista, que nos abre la puerta al interior de la mujer que fue Rosario Castellanos: sus miedos, sus contradicciones, sus monstruos, sus pasiones, sus desafíos, sus penas, sus sueños. El sonido constante de una máquina de escribir a lo largo de toda la peli nos recuerda todo el tiempo el camino que, a pesar de todo y de todos, eligió: escribir, escribir y escribir. Me encantó ver la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde estudié, y me imaginé cómo habría sido tener a Rosario Castellanos de maestra. También me pregunté y me cuestioné muchas cosas de mi propia vida, como sucede con el buen cine.



Aquí, para cerrar, el tráiler:




miércoles, 22 de agosto de 2018

Invitado: Chogyam Trungpa Rinpoché



Gentileza simple

Muchos de nosotros nos sentimos atacados por nuestra propia agresión y por nuestro propio sufrimiento y dolor. Lo que necesitamos, para empezar, es desarrollar gentileza hacia nosotros mismos y, entonces, desarrollar gentileza hacia los demás. Suena muy simple, y lo es. Al mismo tiempo, es muy difícil de practicar. 






Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

martes, 21 de agosto de 2018

1er día de clases


Como todos los años, no tengo ganas.
Me cuesta arrancar.
Me angustio.
Me desvelo.
Dejo cosas sin preparar (para tratar de evitar lo irremediable, supongo.)
Me da migraña.
Y antes de que me dé cuenta, se pasan las horas de clase.

Mis alumnos de antes me recibieron con abrazos (varios).

Los nuevos parecían asustados (más que yo, seguro) y se comportaron.
(Y yo me aprendí sus nombres aun más rápido que otros años.)

Compartí el lunch con algunos de los viejos.

Y como guinda del pastel, una de las de antes me recibió con un: "Te traje un regalo" y extendió su mano con unos aretes. "Cuando los vi, pensé que tenían que ser para ti", me explicó más o menos en estas palabras.

He aquí los carneritos tejidos de palma:


(Que, además, me chuleó una señora mayor con bastón, a quien había yo rebasado para ganarle en la cola para pagar el teléfono. Nos pusimos a platicar, resultó que también era maestra y hablamos sobre nuestro quehacer antes de que compensara mi descortesía inicial dejándola pasar a pagar su recibo antes que yo. Al final, salí corriendo —y huyendo no sé bien por qué— a hacer mil pendientes, pero alcancé a despedirme de ella desde el coche.)

Y al volver a casa me esperaban, además, "besos, abrazos y mucha energía como la de un buen café" en el correo de una amiga que me recordaba que lo que hago "es una tarea titánica pero loable". (Gracias, Fuen.)
Con creerme que vale la pena y darme chance de disfrutarlo me doy por bien servida.

lunes, 20 de agosto de 2018

3 momentos

de mañana

El Palacio de Cortés en obra
a casi un año del temblor

















El señor de las flores
rumbo al puesto
(suyo o de alguien más)

Los albañiles en el andamio
remozando, a casi un año del temblor

















en el centro de Cuernavaca

domingo, 19 de agosto de 2018

:c:o:n:f:e:t:i: :2:




Del it. confetti 'confites'.
1. m. Conjunto de pedacitos de papel de varios coloresrecortados en varias formasque se arrojan las personas unas a otras en los días de carnaval yen general, en cualquier otra celebración festiva.

2. m. Cada uno de los pedacitos de papel que forman el confeti.


Pero lo que el DLE no dice es que el confeti también puede ser un dibujo virtual que cierra una conversación virtual durante la cual se tocan y se comparten intimidades, se escucha y se comprende y se ríe y se llora, aunque el otro (o la otra) no nos vea.



Así, este confeti que salió del pincel virtual de mi amiga Fuen y que, por la magia de la tecnología, bajé a mi compu y luego volví a subir como fondo de pantalla en versión fondo negro y súper tamaño (por elección de mi máquina, no mía).


Circulitos de colores, que se mandan algunas personas cualquier día del año como muestra de afecto en un juego sutil, divertido y también profundo:
Esta podría ser otra definición de confeti.

sábado, 18 de agosto de 2018

Invitado: Rod Stewart & Amy Belle



siete de diez


Esta maravilla de libro fue uno de los muchos que leí durante el bachillerato (en la clase de Mr. Hendricks, quien hoy cumpliría, también, 84 años).

Creo que Winesburg, Ohio sería el libro que yo mencionaría si me preguntaran cuando nació mi conciencia escritora. (La lectora la precedió por muchos años, aunque quizá hayan surgido más cercanamente de lo que pensé en primera instancia.)

En esta colección de relatos, Sherwood Anderson nos lleva a un pueblo del Medio Oeste estadunidense, que da nombre a la obra, y nos presenta una serie de personajes, que el prologuista de esta edición califica como "lisiados emocionales" (emotional cripples) y el propio Anderson como "grotescos" (grotesques).

Yo lo que recuerdo con total claridad es que, a través de las historias de los habitantes del pueblo, con el joven reportero George Willard como hilo conductor (y personaje principal), concluí que todos, en mayor o menor medida, somos lisiados emocionales, pero la mayoría no tiene ni idea. Destaca en mi memoria el relato que abre el libro, "Hands", sobre un maestro de escuela.

A Anderson se le considera precursor de la generación de narradores que le siguió: Hemingway, Faulkner, Wolfe, Steinbeck, Caldwell, Saroyan y Henry Miller. Tuvo una vida agitada que se cerró a causa de una peritonitis provocada por un palillo de dientes que se tragó sin darse cuenta cuando se comió la aceituna de un martini durante un crucero en América del Sur, junto a su cuarta mujer (digno de un cuento). 

Yo he tenido la intención de releer el libro durante muchos años ya y aún no lo hago, entre otras cosas porque mi ejemplar tiene el don de aparecer y desaparecer, o sea, a veces sé dónde está y otras, no lo encuentro. Además, de pronto se duplicó, pues mi hijo y yo encontramos la edición que su papá leyó en su época en la escuela. Parece ser que ese fue el que hace poco leyó también Santiago.

En algún momento, hace muchos años, se lo presté a Deepak Lakshminarayana, mi novio de la India, amante de Henry Miller, quien hizo algunos subrayados, marcas y comentarios (a lápiz y muy limpitos), que ahora acompañan a los que yo hice en mi adolescencia.


Todo un viaje, pues, volver a Winesburgh, Ohio.

jueves, 16 de agosto de 2018

Hoy, mi papá


Habría cumplido 84 años. Murió a los 64 (6 meses antes de cumplir 65). (Hace casi 20 años...)



Esta foto se la tomaron, como muchas otras, en el rancho de mi tía Marisa, su hermana predilecta. Mi tía la tenía así, enmarcada, en su cuarto en el asilo donde pasó sus últimos años en Guadalajara. Una de las veces que la visité (hace 4 años, me parece), se la pedí y me la regaló.

(Yo, al principio, no noté que se ve un fragmento de otra persona a su derecha. Cuando la saqué del marco, descubrí a una mujer que, de momento, no reconocí: mi mamá, con cara de sorpresa.)

De mi papá me acuerdo cada 16 de agosto (4 días después del cumpleaños de mi hijo — 2 de mis leones cercanos), pero no siempre escribo.

Hoy, sí.

Hoy (desde hace unos días) me dio por pensar de qué platicaríamos mi papá y yo ahora. A sus 84. A mis 55.

De literatura, seguro. De mi novela, quizás. De Saramago y del documental que recién vi de su vida en Lanzarote, junto a Pilar. De cine, seguro también. Quizás de su nieto. (Casi seguro.) Tal vez jugaríamos cartas, el mismo Continental que yo juego ahora con mi hijo. O backgammon, en su modelo aquel que era todo de piel y enorme. Tal vez veríamos (o comentaríamos) alguna serie televisiva.

Que lo extraño, pues.
Que me gustaría platicar con él.
Un rato.
Que espero que sea feliz donde y como quiera que esté.