miércoles, 27 de enero de 2021

:c:i:e:n::a:ñ:o:s:

Hoy mi tía Marisa hubiera cumplido 100 años. A ella le gustaban sus cumpleaños y los festejos por cualquier motivo. Era súper fiestera y buenísima anfitriona. Incluso llegó a hacer planes para su aniversario número 100, pero murió 4 años antes.

Hoy me la imagino bailando con un vestido rojo, su cabello recogido en un chongo (o moño, dirían allá) y celebrando la vida. Se le daba tan bien celebrar la vida, a pesar de lo que fuera. Mi tía ha estado presente a lo largo de este blog siempre y en tres ocasiones (aquí, acá y acullá) la he recordado puntualmente.

Hoy vuelvo a compartir este retrato que le hice hace casi 11 años en el rancho (en dónde más). Es la foto suya que más me gusta. Es tan mi tía Marisa, que parece que puedo hablar con ella. 


Recibe, tía, una vez más mis besos y abrazos con el cariño de siempre y con el anhelo de que seas feliz y estés libre de sufrimiento. 

Y no dejes nunca de bailar.




martes, 26 de enero de 2021

campánulas 2


Aunque en este caso sea singular y blanca (no como las varias azules de acá, de hace poco más de tres años). 


Esta preciosidad de color semejante al de la nieve o la leche (¿quién como la RAE para intentar definir lo indescriptible?), y que corresponde al de la luz solar no descompuesta en los varios colores del espectro (y no ceja en su intento.) la encontré del otro lado del Atlántico, en Caldes de Montbui, cerca de Barcelona, donde pasó unos días el verano pasado invitada por mi querida amiga Àngels. Ahora que lo pienso no le pregunté cómo le dicen allá.

Yo la nombro a mi modo, campa´nula, aunque no lo sea en realidad.. Pero aquí es válido aquello de que una rosa, nombrada de cualquier otra manera, seguiría teniendo el mismo aroma. O seguiría teniendo el mismo color, la misma belleza, a pesar de nuestra manía de etiquetar el mundo a nuestro paso.


lunes, 25 de enero de 2021

Home 23

 




Hace casi 4 años justos, el 21 de enero de 2017, hablaba, también, sobre violetas. Indagando un poco más, hoy  constato que las que yo crío son violetas africanas, pertenecientes al género Saintpaulia, en honor a su descubridor, el barón Walter von Saint-Paul-Illaire, quien halló la planta en Tanganyika, hoy Tanzania. (De lo que se entera una en internet.)


El color de las flores, en su versión silvestre, puede ser violeta, púrpura, azul claro o blanco. Y su nombre coloquial deriva de su parecido con la violeta común (de la familia Violaceae), con la cual no tiene ningún parentesco.

Mis violetas son de color morado oscuro, blanco, rosa, violeta claro, rojo oscuro con blanco. Alguna vez tuve una color vino, la primera, pero creo que esa la perdí, a menos que una joven que no ha floreado aún su descendiente. (Ojalá.). Algunas tienen hojas y flores grandes y otras las tienen pequeñas. Las hay muy peinaditas y ordenadas y también están las despeinadas, que echan las hojas para donde les viene en gana. Las flores, a su vez, pueden ser sencillas o dobles o incluso parecer rosas en miniatura.

A veces sucede que alguna violeta empieza a verse desmejorada. He descubierto que puede ser debido a un proceso de envejecimiento que les hace perder las raíces y, aunque en alguna ocasión me deshice de una planta a la que eso le había pasado, pensando que el proceso era irreversible, la siguiente vez decidí poner el tronquito en agua (como hago con las hojas cuando las quiero reproducir) y, para mi sorpresa, no solo recuperó la vitalidad de sus hojas, sino que echó nuevas raíces, e incluso flores, aún estando en el agua. Una vez que las raíces se ven fuertes, las paso a una maceta con tierra, donde siguen creciendo y floreando.






Así yo estos días después del aterrizaje forzoso. Ando enraizándome de vuelta en mi casa. En mi mundo. En mi espacio. Con paciencia (no hay de otra), para permitir que vuelva a haber flores.


domingo, 24 de enero de 2021

sueño 23.

Anoche soñé con mi abuela María Luisa, la mamá de mi papá. La abuela asturiana. Mi madrina. No la sueño mucho. Ni la pienso mucho. Ni la recuerdo con mucha frecuencia. Pero ahí está. Dentro de mí. Como un elemento callado, pero fundacional.

Era un sueño de despedida. Ella se iba.  Se moría, pues, pero no de enfermedad. Era su tiempo (que en la vida "real" fue hace más de 30 años) y decidía despedirse. Hablar con su gente. Y había lágrimas. Claro. Más de los demás que de ella.

El entorno era la casa de Cuernavaca de mi otra abuela, Rosa, la madrastra de mi mamá. Y aunque Santiago, mi hijo, nunca conoció a su bisabuela, en el sueño andaba por ahí, cerca de mí. 

Había primas y primos, hijos de las hermanas de mi padre. Ni ellas ni él estaban presentes. Al final, yo presenciaba cómo mi abuela, que de pronto parecía más joven y más contenta, se despedía de alguien que no se veía. Decía que le había prestado (asturianismo que alude al disfrute de una experiencia) algo y señalaba sus bolsas. Iba vestida jovialmente, de colores y sonreía. A mí me daba gusto.

Al final del sueño, yo intentaba compartir con mis primos —sentados con gran pesadumbre alrededor de una mesa— la escena que había atestiguado  No podía. No me hacían caso. Y entonces lo dejaba pasar. 

Cuando desperté, empecé a escribir el sueño en mi mente para no olvidarlo y para conservar algo de la sensación de haber pasado un ratito con mi abuela.









Aquí, una foto de una foto de mi abuela María Luisa, que me regalara mi tía Marisa, su hija mayor, hace varios años, durante una visita al rancho tan querido, donde murió María Luisa el año del terremoto.


miércoles, 20 de enero de 2021

Invitada: Pema Chödrön



















En la encrucijada


Cuando nos encontramos en un lugar de incomodidad y miedo, cuando estamos en una disputa, cuando el médico nos dice que necesitamos hacernos pruebas para determinar qué anda mal, nos encontraremos con ganas de culpar, de tomar partido, de no transigir. Sentimos que necesitamos alguna resolución. Queremos mantener nuestra perspectiva conocida. Para el guerrero [espiritual], "correcto" es una visión tan extrema como "incorrecto". Ambas bloquean nuestra sabiduría innata. Cuando estamos en una encrucijada sin saber hacia dónde ir, estamos en el ámbito de la prajnaparamita [sabiduría trascendente]. La encrucijada es un sitio importante en el entrenamiento del guerrero. Es donde nuestras creencias sólidas empiezan a disolverse.

 


Fragmento tomado del libro The Places that Scare You. A Guide to Fearlessness in Difficult Times (Los lugares que te asustan. El arte de convertir el miedo en fortaleza).

Traducción al español e imagen, mías.


martes, 19 de enero de 2021

Hoy


En la radio suena "El invierno" de Vivaldi. Me emociona. (Siempre me emociona). Y me acuerdo cuando compré boletos para ir al Palau de la Música de Barcelona a escuchar "Las cuatro estaciones" completas. Iba a ir sola. Me encantan, aunque se hayan tocado tanto. Pero en esa ocasión, no se me hizo Primero, la pandemia había obligado a un nuevo cierre y segundo, había yo adelantado mi regreso a México. .(Por fortuna, había podido ir antes, con Joana, a escuchar Rajmáninov). 

Un recuerdo más de algo que no sucedió.

Y me acuerdo de cuando, hace décadas, muchas (estaba yo en primaria y mi amiga Natasha aún no se iba a vivir a Moscú) participé en una representación de baile (ahora no me creo capaz de haberlo hecho) de esas 4 estaciones de Vivaldi. A nuestro grupo, las mayores, nos tocó precisamente el invierno. Íbamos vestidas de blanco con adornos del mismo color en la cabeza, simulando copos de nieve, de esa que todas esas décadas después aún no he visto en vivo. Bailamos en un escenario redondo en el Polyforum de Siqueiros en la Ciudad de México.

Un recuerdo más de algo que sucedió.

Hoy ambos parecen sueños, de la misma naturaleza de las representaciones que surgen en mi mente algunas noches. Ilusorios. Sin existencia real. 
Así la vida. Aunque no lo podamos ver o se nos olvide.

domingo, 17 de enero de 2021

Invitada: Jetsunma Tenzin Palmo


Los placeres sensoriales y las cosas deseables son como el agua salada:


Entre más los saboreamos, más aumenta nuestra sed. 
Abandonar con prontitud todos los objetos que suscitan apego, 
Es la práctica de un bodhisattva.


El Buda mismo dijo que la avidez [avaricia] es como el agua salada: entre más bebemos, más sed tenemos: aun si nos bebiéramos el océano entero, seguiríamos teniendo sed. Por supuesto que esto nos lo ha mostrado nuestra moderna sociedad de consumo. La gente ahora tiene tanto, más allá de lo que podrían haber imaginado aun hace 50 años y, sin embargo, siguen sin estar satisfechos. Aferrándose sin parar y ¿para qué? 

El punto es que todo se vuelve contraproducente después de un rato. Conseguimos un auto y es tan emocionante, pero el segundo auto es, de algún modo, menos interesante. Para cuando llegamos a nuestro quinto o sexto, ¿a quién le importa? Solo nos queda preocuparnos de dónde estacionarlo. Pero aunque entre más saboreemos, más aumenta nuestra sed, este deseo tiene beneficios decrecientes. 

Siempre tenemos la esperanza de recuperar ese sentido inicial de satisfacción. Hay un momento en que sentimos un placer real y luego desaparece. Como el helado, que es delicioso, pero si seguimos comiendo, nos sentimos enfermos. Tras el momento inicial de placer, la sensación de satisfacción disminuye, así que entonces probamos algo diferente y siempre algo más.  





















Comentario sobre Las 37 prácticas de un bodhisattva.
Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

jueves, 14 de enero de 2021

Home 22, armando el rompecabezas 5

 


Naturaleza viva —vivísima— con piña y limones de Chimal, con jarra de agua y sombras de persianas, con frutero de barro de Cuentepec, con maceta de talavera y planta del amor. Con cuchara de palo del Norte del país. Con carpeta de ollitas colgantes para tapar el agua. Con el sol de la tarde que enciende esa ventana entre la cocina y el comedor y resalta la oscuridad del pasillo. 

Un fragmento de mi casa. De mi hogar. De mí misma.

Un paso más hacia el reconocimiento. Por transitorio que sea.


martes, 12 de enero de 2021

En mi balcón 3




 




Una luz dorada invade, desde el balcón, la mesa donde escribo. Me da paz. Me reconcilia. Respiro profundo, por la boca. Mi nariz rota, recién operada. Mis ojos morados. 

El tiempo parece detenido. Yo me he detenido. Haciendo un aterrizaje forzoso, o quizás forzándome para no aterrizar. Aterrizando de cualquier manera. 

Así inicia el 2021.

Año de nieves, año de bienes, dice una amiga de Madrid tras Filomena, cuyo paso nevado añoro haber presenciado.

Año de nones, año de dones, decía mi abuela Rosa. 

Todo depende, cada vez me es más claro, de mi percepción, de la manera en que interpreto el mundo, del color con que mi mente y mis emociones lo iluminan.

Todo es ilusorio y pasajero.

Como el atardecer, que ya se vuelve morado. Gris. Cobrizo.

Desde la ventana del comedor. De mi mesa. De mi casa.


lunes, 4 de enero de 2021

En mi balcón 2


Anochece y en el horizonte se dibuja una silueta de plantas y hojas. Mi skyline propio. Sobre un cielo oscurecido que conserva aún una franja de sol. El cielo es también el mar para los peces que nadan, iluminados, en el hueco de mi balcón.

Y yo reconozco el espacio. Y lo desconozco. Casi a la vez.
Como me reconozco y me desconozco a mí misma. Casi al mismo tiempo.

Así inicia el dos mil veintiuno.
Y como dice mi amiga Joana, vivir en la duda también es vivir.
Quizás.





jueves, 31 de diciembre de 2020

Invitado: Dilgo Khyentse Rinpoché

La mente, en general, tiene dos aspectos: quietud y movimiento. A veces, la mente está serena y libre de pensamientos, como un estanque calmo; esto es la quietud. Tarde o temprano, surgirán pensamientos en ella; esto es el movimiento. Sin embargo, aunque en cierto sentido hay un movimiento de pensamientos dentro de la quietud, de hecho, no hay diferencia entres estos dos estados: tal como la naturaleza de la quietud es el vacío, la naturaleza del movimiento también es el vacío. Quietud y movimiento son meramente dos nombres para una mente.

La mayor parte del tiempo no somos conscientes de nuestro estado mental y no prestamos ninguna atención al hecho de que la mente esté quieta o en movimiento. Mientras estás meditando, puede surgir un pensamiento en tu mente: la idea de ir de compras, por ejemplo. Si estás consciente del pensamiento y solo dejas que se disuelva por sí mismo, entonces ese es su final. Pero si permaneces sin darte cuenta de lo que está pasando y permites que el pensamiento crezca y se desarrolle, te conducirá a un segundo pensamiento, el pensamiento de tomarte un receso de la práctica, y en un dos por tres te encontrarás, en efecto, levantándote y yendo al mercado. Pronto surgirán muchos más pensamientos e ideas: cómo vas a comprar esto, vender aquello y demás. Para este momento, estarás ya muy lejos de tu meditación.

Es completamente natural que sigan surgiendo pensamientos. La cuestión no es intentar detenerlos, lo cual de cualquier manera sería imposible, sino liberarlos. Esto se hace permaneciendo en un estado de simplicidad, que permite que los pensamientos surjan y se desvanezcan otra vez sin ensartarles ningún otro pensamiento. Cuando dejas de perpetuar el movimiento de los pensamientos, se disuelven por sí mismos sin dejar ningún rastro. Cuando dejas de estropear el estado de quietud con fabricaciones mentales, puedes mantener la serenidad natural de la mente sin ningún esfuerzo. A veces, deja fluir tus pensamientos y observa la naturaleza inmutable detrás de ellos. A veces, cortando abruptamente el flujo de pensamientos, observa la conciencia desnuda.

Innumerables pensamientos y recuerdos, agitados por las tendencias a las que nos hemos habituado, surgen en la mente. Uno detrás de otro, cada pensamiento parece desvanecerse en el pasado, solo para ser reemplazado a medida que el siguiente, a su vez, se hace fugazmente presente en la mente antes de dar paso a pensamientos futuros. Cada pensamiento tiende a recoger la inercia del que le precedió, de modo que la influencia de un hilo de pensamientos crece a medida que pasa el tiempo; esto se conoce como "la cadena de falsa ilusión [o de engaño]". Igual que lo que llamamos un rosario es, de hecho, un hilo de cuentas individuales, también lo que solemos llamar la mente es en realidad una sucesión de pensamientos momentáneos; un goteo de pensamientos hace el flujo de conciencia, el flujo mental,  y el flujo mental conduce al océano de la existencia.

Nuestra creencia de que la mente es una entidad real es una conclusión basada en insuficiente investigación. Creemos que un río que vemos hoy es el mismo río que vimos ayer, pero en realidad un río nunca es el mismo ni durante un segundo: el agua que conformaba el río de ayer es ya con seguridad parte del océano hoy. Lo mismo es cierto para los incontables pensamientos que pasan por nuestra "mente" desde que amanece hasta que anochece. Nuestro flujo mental es solo una sucesión de pensamientos instantáneos; no hay una entidad separada que pueda señalarse como una mente.

Ahora, si analizamos con cuidado el proceso del pensamientos, es evidente que los pensamientos pasados ya están muertos, como un cadáver. Los pensamientos futuros aún no han nacido. En cuanto a los pensamientos presentes, no se puede decir que tengan ninguna propiedad tal como ubicación, color o forma. No dejan rastro y, en efecto, no pueden encontrarse en ningún lugar. De hecho, no podría haber ningún punto de contacto entre los pensamientos pasados, presentes y futuros. Si hubiera cualquier continuidad real entre, por ejemplo, un pensamiento pasado y un pensamiento presente, eso significaría necesariamente o que el pensamiento pasado es presente o que el pensamiento presente es pasado. Si el pasado pudiera, en realidad, extenderse al presente de esa manera, también se podría concluir que el futuro tendría ya que estar presente. Pero no obstante, ignorantes de la naturaleza verdadera de los pensamientos, mantenemos el hábito de verlos como si estuvieran continuamente enlazados, uno tras otro. Esta es la raíz del engaño [o falsa ilusión] y esto es lo que nos permite estar más y más dominados por nuestros pensamientos y emociones, hasta que reina la confusión total.

Es de vital importancia estar conscientes del surgimiento de los pensamientos y aquietar las olas de pensamientos que te asedian. El enojo, por ejemplo, es una tendencia extremadamente destructiva que estropea todas las demás cualidades buenas que pudieras tener de otro modo. Nadie disfruta de la compañía de una persona enojada. No hay nada inherentemente aterrador en la apariencia de las serpientes, pero como suelen ser muy agresivas, la mera vista de ellas inspira miedo y odio. Ya sea en un ser humano o en una serpiente, semejante preponderancia del enojo no es nada más que el resultado de una acumulación de pensamientos negativos que no se ha frenado.

Si en el mero momento en que surge un pensamiento de enojo, lo reconoces por lo que es y entiendes cuán negativo es, tu enojo se calmará por sí mismo y siempre podrás mantenerte en buenos términos con todo el mundo. Por  otro lado, si permites que el primer pensamiento enojado dé pie a un segundo pensamiento enojado, en casi nada, tu enojo estará completamente fuera de control, y estarás dispuesto incluso a arriesgar tu vida para destruir a tu adversario.


Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

casi Noche Vieja

 Y estoy en cuernavaca. Más o menos. Estoy. No del todo aún. Quizá nunca lo esté. Quizá eso sea un paso más en el camino.

Who knows.

Echo de menos el otro lado del Atlántico. Amigas. corazones. Cañas. Risas. Olas. Lunas.

Imagino otras vidas de este lado. Montañas. Jardines. Gatas. Gallinas. Corazones. Amigas.

Estoy triste. Agradecida. Un pelín asustada. Sintiéndome sola. Sabiéndome acompañada. Intentando no tener demasiada esperanza ni demasiado miedo. Algunos sueños. (Las criaturas esperan para continuar su camino.)

Y en el balcón de esta casa que parece querer dejar de ser mi casa (o quizá no), la piedra florece una vez más.

Y en su florecer me abre un espacio en el pecho.




Gracias, piedra.

Gracias, mundo.

Gracias, vida.

Gracias, 2020.


jueves, 17 de diciembre de 2020

b.o.k.e.h. .2

Hace más de 4 años que aprendí lo que quería decir este anglicismo tomado del japonés ぼけ (boke). Desde entonces me fijo más cuando mi camarita rosa, en complicidad (o no) con mi mirada o con mi intención, desenfoca algún plano de una de mis fotografías, regalándome otra manera de ver las cosas.

De vez en cuando hay alguna imagen que me resulta especialmente atractiva y sorprendente, como esta que tomé en Chimal hace unos días. Quería sacar las flores rojas del vecino de mi comadre y así fue como las interpretamos mi cámara y yo:




Aquí sigo, intentando explicarme  el mundo un disparo a  la vez.


miércoles, 16 de diciembre de 2020

entre la desolación y el enojo

No me siento perdida.

Es solo que no sé dónde termina el mar que llevo

dentro

y a veces me ahogo.

Elvira Sastre


Como era de suponerse, la RAE define «desolación» como la acción o efecto de desolar o desolarse, o sea, no dice nada. Si una se va a buscar «desolar» se encuentra con que tiene tres acepciones, de las cuales aquí me interesan dos: causar a alguien una aflicción extrema o afligirse, angustiarse con extremo.

Por otro lado tenemos «enojo» que la misma institución define, en su primera acepción, como movimiento del ánimo que suscita ira contra alguien. Y si buscamos «ira», primeramente dice el DLE que es un sentimiento de indignación que causa enojo, o sea, tampoco se aclara la situación.

Sin embargo, para mí, recurrir a las palabras y al diccionario es un primer paso para poder manejar las emociones que, de pronto, se apoderan de mi ser y de mi entorno, asolando (destruyendo, o amenazando con hacerlo) todo a su paso. Buscar sus definiciones me permite empezar a abrir un espacio, un hueco de atención plena, entre ellas y yo, para así —siguiendo las instrucciones de mi maestro— poder empezar a manejarlas de otra manera: una mejor manera, claro (esa es la idea).

Hace un par de días, algo se me disparó internamente, por un estímulo externo (como suele suceder, diría mi hijo), que me lanzó a una turbulencia emocional de las buenas, de las que te arrastran sin que puedas hacer nada, o poco, como quien se ahoga en el mar y apenas alcanza a asomar la boca o la nariz unos segundos para tomar un poco de aire y seguir intentando sobrevivir.

El disparador del exterior: mi necesidad frustrada de alargar un pelín mi estancia en Chimal para seguir suavizando este proceso de aterrizaje de vuelta en casa que se me ha presentado tan pedregoso, tan a trompicones, lo cual, huelga decirlo, no es culpa de nadie y responsabilidad, mía (en su mayor parte).

Las emociones levantadas por vientos provenientes de un pasado que ya no existe y que, sin embargo, se las ingenia para manifestarse: enojo, como manifestación primera (de carácter defensivo) y una enorme tristeza, desolación, de esas que te abren las llaves de los ojos y no hallas como cerrarlas.

Las reacciones: llorar, patalear, alejar lo más posible a quien quiero (otra defensa), decir incoherencias sin encontrar el modo de parar.

El panorama emocional: sensaciones (añejas) de inadecuación, de rechazo, de nunca ser suficiente, de siempre ser demasiado que dejaron heridas/cicatrices (añejas) que, con todo y el trabajo de años, se siguen reactivando.

La manera de manejarlo: intentar sentirlo sin pasar a la reacción habitual (casi) automática y profundizar en la comprensión de mis propios patrones emocionales para ver con mayor claridad su funcionamiento y, eventualmente, poderlos ir soltando, uno a uno, paso a paso. (Por supuesto que este proceso se va filtrando, casi por goteo, entre todas las reacciones menos sanas.)

El reto más grande: ser gentil conmigo misma en lugar de autoflagelarme hasta la eternidad, como me acostumbré a hacer hace varias vidas.

El par de logros de esta ocasión: primero, haber podido, finalmente, dejarme abrazar por mi hijo, quien, además, me recordó que las reacciones de los demás (a veces mis disparadores) no son personales (no son en contra mía, pues), que los azotes son temporales y, muy importante, que no estoy sola (que es lo que siempre pienso y siento en estos momentos de crisis).

Gracias, changuito.

Y segundo: haber podido —si no por primera vez, quizá por segunda o tercera— conectarme con compasión por la niña que vivió esas experiencias difíciles en la infancia, de donde han derivado la colección de formas de infligirme sufrimiento. (Tampoco es su culpa.) Y también pude empezar a vislumbrar cómo inflijo yo sufrimiento también en los demás, incluso cuando no es mi intención.

Lo siento, comadre.


Ojalá pueda yo acunarme a mí misma como lo hace la volcana, mi volcana, con las nubes:


en las inmediaciones de Amecameca
un 13 de diciembre de este 2020

sábado, 12 de diciembre de 2020

s o n i d o 2

Hoy me toca reconocer los sonidos y los ruidos de mi hogar (en el más amplio sentido del término), adonde llegué de vuelta hoy hace cuatro semanas y adonde no he terminado de aterrizar aún. Para ayudar en este proceso, me vine a casa de mi comadre —en Chimal, a los pies del Popo— y como esperaba, se está obrando la magia y empiezo a sentir que estoy de vuelta en tierras mexicanas.

Como describía aquí, a propósito de mi aterrizaje en la capital catalana, ahora busco de este lado del mar los sonidos y los ruidos que me hacen saber que estoy en casa. Y en Chimal me he encontrado varios, que acunan mi incertidumbre y mi desconcierto:

  • Los cantos de Vicente y de Vicentito, gallos padre e hijo, que reciben al sol cuando nosotros aún no sabemos que está por llegar y que luego siguen cantando durante el día en momentos aleatorios (o por lo menos así me lo parece a mí) 
  • Los motores de coches y camiones que transitan en la calle principal de Chimal, donde está la casa de mi comadre —Sor Juana Inés de la Cruz sin número entre Texcoco y Cuautitlán—: a veces, el ruido va acompañado de una vibración que recuerda a los temblores y me sobresalta
  • Los maullidos de Cleo (Cleopatra o Nena), la gata de mi comadre y madre de mi Khandro (es una gata algo huraña, pero parece tener buena onda conmigo y me hace plática en un tono parecido al de su hija, aunque ella no lo sepa o quizás sí que lo sabe)
  • Las conversaciones entre los gallos de aquí y los gallos del barrio: empieza uno y luego todo es un coro de quiquiriquís
  • Los cohetes, que rasgan el cielo con su estruendo después de echar su silbido premonitorio: hoy desde antes de las 0 horas para celebrar a la Virgen de Guadalupe, aunque empezaron desde el 8 con la Conchita, patrona de Ozumba, con todo y coronavirus o a pesar de él (y así nos vamos de aquí hasta los Reyes, el 6 de enero próximo, «si es que sobrevivimos», dice María Eugenia)
  • Las campanas de la iglesia, a un par de cuadras de aquí, que llaman a misa y celebran por todo lo alto a la Guadalupana (y contribuyeron con los cohetes a mi temprano despertar)
  • El repiqueteo de los picos de gallos y gallinas, «mis pollos» como los llama mi comadre, cuando picotean las semillas en su comedero de metal, que ahora cuelga frente a la ventana de ella, y hacen música sin conciencia

  • Los trinos de pájaros, cuyo nombre desconozco, pero que me remiten a toda mi vida de este lado del mar
  • Los gorjeos de las gallinas cuando se acercan a la puerta del comedor o la cocina con la esperanza de poder introducirse a la casa
  • La leche escapándose, como un suspiro largo, de la olla donde la hierve María Eugenia, mientras nosotras arreglamos el mundo platicando en el comedor
  • El esfuerzo del excusado de arriba para llenar su tanque cuando escasea el agua: su glu...glu...glu que, de noche o madrugada, me arrulla
  • La licuadora, desagradable en cualquier lugar del mundo donde esté

Ahora me queda volver al depa de Cuernavaca y dejar que sus sonidos y ruidos me acaben de acoger de regreso a este país. 

Mientras tanto, y de pilón, dejo por aquí a un habitante silencioso de Tlaníhuitl, la ardilla que con total cinismo les roba el maíz y el trigo a los pollos:




sábado, 28 de noviembre de 2020

doméstico, ca

 



Del lat. domestĭcus, de domus 'casa'.

1. adj. Perteneciente o relativo a la casa u hogar.

2. adj. Dicho de un animalQue se cría en la compañía del hombrediferencia del que se cría salvaje.

3. adj. Dicho de un criadoQue sirve en una casaU. m. c. s.

4. m. Ciclista queen un equipotiene la misión de ayudar al corredor principal.


Este adjetivo fue uno de los tema de la semana pasada del grupo de fotografía, ese que abandoné hace algún tiempo y al cual volví durante mi estancia en España. Varias fotos eran de animales criados en la compañía del hombre (o de la mujer...) y cuando estaba a punto de subir una foto de mi Khandro, me encontré con la imagen que abre esta entrada y que saqué, si no el mismo día que llegué de vuelta de Madrid, al día siguiente.

Fue la primera foto de mi balcón, a través de las persianas y del mosquitero. Siempre me han gustado las pinzas para colgar la ropa y la luz que se filtraba era muy suave: un fragmento de ese hogar recordado y en proceso de reconocimiento, de eso  —tan inasible, de pronto— perteneciente o relativo al hogar, como describe la primera definición que propone el diccionario de la RAE para el adjetivo doméstico, ca. Curiosa, además de desconocida, me parece la cuarta: menudo papel el del (ciclista) doméstico o quizá no. Quizá eso de ayudar al compañero sea mucho más gratificante de lo que solemos pensar (o de lo que nuestra sociedad capitalista y egocéntrica nos deja pensar...).

Antes de salirme por esa tangente sociofilosófica, dejo por aquí la foto de mi doméstica gata, en una de sus mejores poses:


la mismísima licenciada echando la siesta


viernes, 27 de noviembre de 2020

Invitado: Chogyam Trungpa Rinpoché


 ¿Por qué meditar?


Nuestra verdadera debilidad es pensar que no somos suficientemente buenos, y que hay alguna seguridad externa que tenemos que encontrar. Si sientes que alguien más tiene la cordura y tú estás jodido, entonces piensas que tienes que convertirte en alguien más, en lugar de ser tú mismo. Cuando, a través de la práctica de la meditación, te das cuenta de que esto es lo que has estado haciendo, entonces tu vida se vuelve real y trabajable, porque ha sido trabajable desde un principio. 


un árbol muy suyo
en el Real Jardín Botánico
de Madrid

Original en inglés y fuente, aquí. / Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 26 de noviembre de 2020

Cosas que hago para seguir aterrizando

  • Saco fotos. Muchas fotos. De mí. Del cielo. De mi gata. De algún rincón recuperado de mi casa. De la luz que entra por las persianas y cae sobre la pared.
  • Sacudo el polvo acumulado en las hojas de las violetas. Una a una. Con una brocha de maquillaje en una mano, mientras la otra las sostiene por el envés para que no se rompan.
  • Lavo ropa a mano, haciendo como que no veo el estado en el que está mi patio y, así, voy ganando ese espacio también.  Es un alivio usar las manos y dejar descansar la cabeza.
  • Acomodo o reacomodo rincones de mi casa: la parte de arriba del trinchador del comedor (de esos muebles que mi abuela Adela recibió como regalo de bodas) o la del librero naranja que vive en la sala. Cambio violetas de lugar y, entre ellas, coloco fotos y adornos varios, como la gallina de cerámica, procedente de Brasil, que me regalara hace vidas una amiga Blanca, o la taza de porcelana inglesa que me diera Arabella al desmontar una ofrenda de muertos en la escuela donde ya no trabaja ninguna de las dos.
  • Me quedo pegada hora a la computadora traduciendo artículos médicos que no paran de llegar. Aunque esta no es propiamente una elección, me ayuda a suavizar el aterrizaje y a hacer tierra aunque no quiera.
  • Vuelvo a escuchar mis cedés en un aparato separado de la compu (a la que a veces le digo aún ordenador): b.s.o. almodóvarAmoríos de S. Rodríguez, guitarra barroca o la banda sonora de la cinta Wild.
  • Recuerdo que El Coleccionista es a las 9 de la mañana y vuelvo a escuchar música clásica sin tener que hacer la conversión de las 7 horas entre aquí y allá.
  • Coloreo. Mucho. El libro de mandalas que había dejado en Madrid y que recuperé tras mi escala ahí. (Me esperan los mosaicos hidráulicos que traje de Barcelona.) Y vuelvo a usar las crayolas que no me pude llevar de viaje. (Qué gozo iluminar con ellas.)
  • Juego continental. Mucho. Con Santiago; con Santiago y Yare; con Santiago, Yare y Josmar.
  • Escribo en el blog. Escribir siempre me aterriza, esté donde esté y este blog es un espacio que me ha ayudado a no perder la cordura durante más de una década.
  • Leo. Todas las noches, un poquito. A veces, otro poquito en la mañana antes de levantarme, sobre todo ahora que no he podido volver a despertarme más tarde, como hacía en Barcelona o en Madrid
  • Me corté el pelo, estrategia casi infalible para conectarme conmigo aquí y ahora, sobre todo confiando en las manos mágicas de mi Bruno querido.

Releyendo esto antes de publicarlo, me doy cuenta de que lo que hago no difiere tanto de otros momento de mi vida. O sea, o estoy ya más aterrizada de lo que pienso (y siento) o bien, el proceso de aterrizaje es en realidad un proceso constante, porque las circunstancias de la vida cambian todo el tiempo, pero no solemos (o no queremos) darnos cuenta.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Zanata a la vista

Muchos zanates han pasado por este blog, desde sus comienzos. En fotos, en poemas, en meditaciones. Más machos que hembras, la verdad. Luego me fui a España y no había zanates. Solo su ausencia . La estela de su vuelo. Sus contrapartes europeas, las urracas, que se les parecen mucho menos de lo que me esperaba.

En mi primera salida desde que llegué a Cuernavaca, fui al banco (fracaso total, como suele ser con los bancos), pero llevaba mi cámara, claro. Sacar fotos me va ayudando a aterrizar, a reconocer, a recordar, a reinventar. 

Entre el estacionamiento y el banco, me encontré esta hermosísima zanata que gentilmente se esperó mientras le sacaba una foto:


Y recordé cómo mi abuela Rosa solía decir que los machos, de color negro azulado, eran más bonitos que las hembras pardas. Supongo que se podría calificar la aseveración de sexista. En realidad, qué alivio ser como la zanata parda que no tiene que preocuparse de seducir a ningún macho brillante
.

Las zanatas y sus compañeros son símbolos de mi hogar. Me llevan a la casa de mi abuela Rosa en la Cuernavaca de mi infancia y me acompañan en la Cuernavaca de hoy. Con sus graznidos y su vuelo. Con su presencia constante. Hoy me hacen recordar también a las urracas blanquinegras que me saludaban en "mi" ventana madrileña.

Para cerrar, visito la RAE y descubro que, además del sustantivo "zanate" (que se usa en Costa Rica, Guatemala, Honduras, México y Nicaragua y cuyo femenino es mi aportación), existe el verbo "zanatear" que en Honduras y México significa cuidar las milpas recién sembradas, o ya crecidas, para que el zanate no se coma los granos de maíz y, solo en Honduras y referido a un hombre, quiere decir ir a la conquista de una mujer. Y me encuentro también con el sustantivo "zanatera" que es como los hondureños se refieren a una bandada de zanates. 

martes, 24 de noviembre de 2020

Home 21, armando el rompecabezas 4

 Y hoy es el día de mi tía Olga, que completa mi tercia de cariños de noviembre. Es su cumpleaños y lo celebro mucho porque no sé qué habría sido de mí sin su compañía y su amor durante mi infancia y mi juventud. Lo celebro también porque me dejó otra tía Olga, su hija, a quien llamo de cariño Olguita, que me brinda hoy su compañía y su amor.

Estoy segura de que a mi primera tía Olga le encantaría saber, igual lo sabe de algún modo, que Olguita y yo nos mantenemos cerca y nos acompañamos en el camino de la vida. Que hablamos de ella, que la recordamos, y que nos conectamos en ese espacio cálido y amoroso que para mí sabe a café con leche. Sé de sobra que haber sido la sobrina nieta fue más fácil que ser la hija. Que quizás en este caso recibí yo un cariño menos cargado de oscuridades. Que tuve la suerte de relacionarme con el lado más luminoso de mi tía. Y agradezco a la vida por ello y a Olguita por conservar conmigo ese espacio luminoso y cálido, más allá de las tristezas y las complicaciones.

El año pasado le dejé a mi tía un clavel pensando que era su flor favorita. Olguita me dice que eran los alcatraces. Pero como de esos hoy no tengo y en el altar de muertos que montamos Joana y yo en Barcelona, puse claveles en su honor (uno rojo y varios jaspeados), hoy le dejo esta preciosa cola de borrega, oriunda de México y florecida y brillante en el otoño madrileño, sí de nuevo en el Jardín Botánico:




Gracias, tía, por haberme dado y seguirme dando un espacio amoroso que puedo reconocer dentro de mí y donde puedo conectarme cuando en el mundo de afuera me siento perdida. 

Gracias por ofrecerme ese pedacito de hogar que me salvó entonces y me sigue salvando ahora.

Gracias por darme tu amor y por recibir el mío.

Te quiero. Hoy. 

Te quiero. Siempre.


lunes, 23 de noviembre de 2020

Home 20, armando el rompecabezas 3

Hoy es el día de doña T, de mi querida doña Teresa, la madre de María Eugenia, mi comadre del alma. En el aniversario de su muerte, yo la recuerdo con el cariño de saberla una pieza clave de este rompecabezas que vengo armando para aclararme el sentido de la palabra «hogar».

El de doña T, Tlaníhuitl  en Chimal, nos lo ofreció siempre —a mí, a mi hijo y también a su padre—, como nuestro. Con su casa, su jardín, su volcán, su nogal, su Chara, su belén en Navidad, su ofrenda para Muertos. Allí hemos celebrado durante años los cumpleaños, hemos esperado a los Reyes, hemos visitado a los que ya no están.

Pero pensar en doña T y en su casa va más allá del mero entorno físico. Lo que ella compartió (y María Eugenia lo sigue haciendo) fue un espacio de cariño, de confianza, de cuidado. Ahora que estoy en este proceso de reconstruir mi sensación de hogar, esa calidez de Chimal me reconforta por dentro. Como si tomara varias tazas el té de la casa (de té limón y azahar, creo) o un plato de sopa de fideos.

Y veo a doña T, callada y presente. Pendiente. Reservada pero cómplice. Y le agradezco desde aquí ese regalo que hoy cobra una relevancia particular. No en balde es Chimal adonde me iré unos días para seguir encontrando el equilibrio en este regreso después de un año de distancia. Y aunque ella no estará físicamente ahí, su presencia permea todo el ambiente, hoy acompañada de la presencia también incorpórea de la Chara. Seguro que se darán sus vueltas mientras María Eugenia nos echamos un tequila y jugamos un continental.

Para celebrar nuestra conexión hoy, le dejo una imagen del otoño madrileño que tomé el mismo día de mi partida en el Real Jardín Botánico.

Ella también disfrutaba viajar y confío en que esta combinación de colores le hubiera gustado tanto como a mí :




domingo, 22 de noviembre de 2020

Home 19, armando el rompecabezas 2

Hoy en el blog es el día de mí mamá: su cumpleaños. Cada año la pienso, la extraño, me pregunto cómo habría sido tenerla cerca. Quizá uno de las cosas que mi mamá y yo compartimos, sin darnos cuenta, fue la sensación de orfandad.

De ser huérfano o huérfana dice el DLE que es un adjetivo dicho de una persona menor de edad: a quien se la ha muerto el padre o la madre o uno de los dos. Y mi madre lo era. Perdió a su madre a los 6 o 7 años, de un cáncer de páncreas que se llevó al mi abuela Adela en un suspiro. Cuentan que mi madre niña se escondía bajo la cama de su madre moribunda. Y la puedo ver, sola, helada. desamparada (a lo que alude también el adjetivo, a la falta de algo, especialmente de amparo).

Esa condición de orfandad marcó su maternidad del mismo modo que marcó su vida toda. Y marcó en particular su relación conmigo, con su hija mujer, de quien no pudo acabar de diferenciarse y, así, me heredó esa sensación de falta de ayuda, favor o valimiento a que se refiere el mismo diccionario cuando define el sustantivo orfandad.

En estos días de vuelta de España en que reflexiono sobre el hogar y lo busco, el proceso me ha llevado a tocar esa ausencia, esa orfandad, esa falta de comodidad o de familiaridad, de armonía con mis alrededores. Y me doy cuenta cómo el origen de ese espacio inquietante está en esa ausencia ancestral que me vincula con mi madre.

Ver el fenómeno, volverlo a ver y seguir entendiéndolo, es un paso más hacia la reconciliación conmigo misma  y un paso necesario hacia la reconciliación con el espacio que me rodea, Y mientras sigo recorriendo el camino, le dejo hoy a mi ma una foto del retrato de mi abuela Adela que vive en mi recámara de Cuernavaca y que estos días de alguna manera me ha bienvenido.







Ojalá, ma, encuentres, donde quiera que estés, esa sensación de bienvenida y pertenencia que tanta falta te hizo en esta vida.


jueves, 19 de noviembre de 2020

Home 18, armando el rompecabezas 1

Hoy es el día de Mausy en mi calendario personal. Despierto al son de la licuadora. Es demasiado temprano, pero en Madrid y en Barcelona ya van a dar las 2 de la tarde y mi cuerpo lo sabe. Sigue confundido. Mi mente también.

Hoy recuerdo a Mausy, como cada año, porque necesito un día para recordarla y el aniversario de su muerte se convirtió en ese día. Pero la recuerdo no porque murió, sino porque en vida me regaló esta casa a la que he vuelto hace poco después de un año de ausencia. En ese año, la soñé, la extrañé, la eché de menos, la imaginé. Sobre todo durante los meses del confinamiento en Madrid. Hoy no la reconozco. Aún. Solo a trozos.

Hago fotos, siempre hago fotos, dentro de la casa, fuera de la casa, en el camino: es una estrategia para reconocer, para recuperar, para darle sentido a lo que hoy se encuentran mis ojos, tan distinto de lo de ayer, o quizá menos de lo que creo o quizá totalmente. Como el río de Heráclito, que siempre es otro, y siempre otra la que se mete en él.

Siempre otra quien vuelve a casa. En pos de una Ítaca distinta de la que nos vio partir.

Anoche leía un libro que fui a buscar en Barcelona en mi último paseo por el centro con Àngels. Sin saber por qué, decidí que tenía que leerlo, que sería mi acompañante en el viaje de vuelta y, así, llegué por instrumentos a una librería del Rabal llamada La Lata Peinada, especializada en literatura latinoamericana, y me encontré con él último ejemplar disponible en ese momento de Una casa lejos de casa de la escritora argentina afincada en Madrid, Clara Obligado, un ensayo sobre la escritura extranjera. 

Y llevo dialogando con el texto, a través del texto, más allá del texto, desde que cayó en mi manos. Dice Clara, entre otras muchas cosas que le ponen palabras suyas a los sentimientos míos:

Todo era tremendamente familiar, y a la vez extraño. Esa es la percepción que se tiene del propio país [de la propia casa, respondo yo], cuando se vuelve.


Hoy para Mausy, como agradecimiento por tener esta casa familiar y extraña a la vez, una foto tomada desde mi balcón, que da cuenta, a su modo, de esa extrañeza del regreso:


peces en el cielo