sábado, 29 de septiembre de 2018

viernes, 28 de septiembre de 2018

Víspera de San Miguel 4


esta cruz, en el cofre de mi Antuanito

Amo esta fecha. Porque es pleno otoño ya (aunque muramos de calor). Porque cada año me conecto con el ritual del pericón, con mi abuela Rosa, con la época en que Santiago era pequeño y su papá y yo colocábamos las cruces amarillas, en nuestro coche (como los taxistas y camioneros) y en nuestra casa.

Y entonces busqué la palabra ritual (perteneciente o relativo al rito). Y rito es una costumbre o ceremonia. Costumbre es una manera habitual de actuar o comportarse y también una práctica tradicional de una colectividad o de un lugar. Pero la definición que no tiene desperdicio es la de ceremonia:

Del lat. caeremonia.
1. f. Acción o acto exterior arregladopor leyestatuto o costumbrepara dar culto a las cosas divinas, o reverencia y honor a las profanas.

Porque casi no se entiende o por lo menos a mí no me queda clara racionalmente, pero intuitivamente tiene que ver con mi gozo cada año que es víspera de San Miguel, como se puede constatar en varios lugares (1, 2, 3, 4, 5 y 6). Anticipo la fecha más o menos cuando empieza septiembre, con cierto resquemor de que se me pueda pasar y me pudiera quedar desprotegida. Siempre están ya las pobres cruces del año anterior, apaleadas por tanto trabajo, como buen recordatorio.

A veces me encuentro a alguien vendiendo cruces en algún semáforo; a veces, no. Lo bueno es que también suelen ponerse afuera del súper que está a la vuelta de mi casa, como me recordó Aurora el miércoles pasado, no se me fuera a olvidar ir por las cruces nuevas. (No sé si ella las pone, pero sabe bien que yo las cambio cada año.)

Entonces ayer, 27, fui a comprar algunas cosas al súper y cuando terminé, me asomé a ver si había cruces. Nada. Hasta que se me ocurrió ver del otro lado de la calle, donde dos mujeres, pegadas a una pared para protegerse del sol, tenían su puesto. Entonces, animada crucé y les pregunté que a cómo las cruces. A $5 pesos, contestó la joven. (La mayor estaba sentada en una silla minúscula, almorzando, creo, y ni dijo nada.) ¿Y tiene más chiquitas para el coche?, pregunté yo. No, pero se la hago, respondió la joven. Y me la hizo. Y le pedí un poco de lazo plástico para ponerlas y un manojo de flores sueltas. Y me vendió todo por $15. Baratísimo. Le pregunté cómo iba la venta. Me dijo que bien. La conversación no dio para más. Le di las gracias y volví a atravesar la calle y recoger mi coche en el estacionamiento del súper.

Al llegar a casa, me dispuse a cambiar la cruz de Antuanito, el coche, y para mi sorpresa la del año pasado, que había visto hacía muy poco —juraría que antier—, ya toda quemada, había desaparecido. Justo a tiempo. Me senté en el piso y puse la nueva. Luego me fui a casa, quité la de la puerta, la desarmé y dejé las ramas secas en unas macetas. Luego amarré la nueva y me quedé muy contenta. Como quien estrena un año de muy buenas o se baja de la cama con el pie derecho.

Así, frescas, amarillas y brillantes, durarán poco tiempo. Como todo. Pero hoy, víspera de San Miguel, se ven preciosas.


esta otra cruz, a la entrada de nuestra casa

miércoles, 26 de septiembre de 2018

mi tía Marisa (3)


Hace un año y cuatro días que murió mi tía Marisa (tres días después del temblor). Como decía hoy en el Facebook mi prima Mary Carmen, su nieta, siempre está en mi corazón (y en el de ella, claro, y en el de Natalia...).

Justamente hace un rato, platicando con mi amiga Fuen sobre la posibilidad de juntarnos a hacer una fabada (legado culinario de nuestros ancestros asturianos), recordaba la que hacía mí tía, deliciosa. Y más atrás en el tiempo, recuerdo la que hacía mi papá, también buenísima. Yo no tengo idea de cómo hacerla, pero estoy dispuesta a experimentar y reconectarme con los genes que deben guardar la información necesaria. Mi función como pinche me sale mejor que la de cocinera, pero soy capaz de mucho por probar una fabada parecida a la de mi tía y la de mi papá y la de mi abuela María Luisa.

Hoy te sigo extrañando, tía, y te me sigues apareciendo en muchos momentos de mi vida. Te quiero.

Acá una imagen de ella entre las hiedras del patio,
en su rancho querido,
hace 10 años:


domingo, 23 de septiembre de 2018

Otoño 8

Comienza hoy, oficialmente, la estación que sigue al verano.

En Cuerna, para mí, este año llegó desde antes, con el frescor que trajeron las lluvias, tardías, y con la gripa que me atacó a finales de agosto.

Durante estos últimos días de mediados de septiembre, pareciera que el verano se hubiera dado la vuelta, con un calor como de mayo.

Pero eso sí, como cada año, las flores silvestres se empiezan a asomar, a tomar todos los espacios posibles.

Así estos cempasúchiles silvestres: 



Cuando los c ompartí en el Facebook hace unos días, una amiga chilanga comentó:
«Nunca las había visto. Qué lindas». 

Yo le respondí: «Acá en Morelos, nacen en las banquetas, en los terrenos baldíos, entre las grietas de las bardas, al borde de las carreteras... »


                                                   Así el comienzo del otoño, pues.

martes, 18 de septiembre de 2018

m i e d o

o ahí viene el 19 otra vez

El miércoles pasado, 12 de septiembre, vino Aurora, como cada miércoles, a ayudarme con la limpieza de la casa. Le encanta platicar y yo, la verdad, no le doy mucho chance. (Por eso ama cuando está Santiago...)

Ese día me sorprendió contándome que su hija ya había guardado su tele (una de las de pantalla plana, que no funciona en realidad, pues es de las primeras y tiene una falla que no le compusieron) en un clóset, para evitar que se fuera a caer y a romperse, pues ya mero es 19 otra vez.

Como casi siempre que cuenta algo, Aurora se reía al compartir la anécdota. Porque es risueña y, quizá, por algo de nervios. Yo reconozco que también me da nervios el regreso del 19.

La Real Academia define "miedo" de dos maneras:

1. m. Angustia por un riesgo o daño real o imaginario.
2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

Y así es la onda con la mentada fecha. Aunque racionalmente se puede argumentar la baja probabilidad de que se repita lo sucedido hace un año y hace 32 (que de por sí era altamente improbable), queda en la psique (individual y colectiva), esa angustia, ese recelo, esa aprensión, esas sensaciones en la piel que se reactivan con los aniversarios. Yo no he guardado mi tele (ni el monitor de mi compu que hace un año acabó cara abajo en el suelo, aunque casi intacto), pero la verdad es que me organicé para no ir al cine el mero 19 (la peli del Tour de Cine Francés que toca ese día, la veré al día siguiente, nomás por si las dudas...). Recuerdo claramente cómo el año pasado se suspendió esa muestra justamente por los daños que el cine sufrió con el sismo. No muchos, pero suficientes para cerrarlo durante un rato.

Yo hay veces que aún me mareo estando en mi estudio, donde me agarró el temblor del año pasado. Y Santiago me contaba que había también visto memes en Facebook que aludían a este mismo temor.

Más miedo debería de provocarnos saber (como me enteré por la radio de la UAEM hace unos días) que en Jojutla, la zona 0 del terremoto de septiembre de 2017, hay familias que siguen viviendo en la calle, pues la reconstrucción no les ha llegado. Increíble. Triste. Indignante.

Ojalá que mañana no se caiga la tele a la hija de Aurora, ni a mí ni a nadie. Ojalá que mañana sea un día que pase sin sobresaltos, pero sí con memoria. Ojalá que mañana podamos recordar lo que pasó y pensar cómo podemos ayudar a remediar lo que aún no ha pasado.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Invitado: Acharya Lama Tenpa Gyaltsen


Si consideramos que somos especiales, inmediatamente categorizamos a todos los demás como no especiales y cortamos nuestras conexiones con otros seres, de pensamiento, por lo menos. Poniéndonos en la posición de ser alguien especial, alguien superior, ya no podemos ver nuestras conexiones con todo lo demás y todos los demás. 


















Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Crónica de un domingo


Santiago vino de México y nos echamos varias pelis juntos (desde Rojo amanecer, que yo vi cuando se estrenó hace casi 30 años, hasta Alpha, una hermosa cinta sobre un joven en el neolítico europeo y su amistad con un lobo). El domingo él tiene plan, así que le doy un aventón, de camino al Tour de Cine Francés.

Llego a Galerías con más de una hora de anticipación. El centro comercial está apenas despertando. Hay trabajadores y casi ningún cliente. Algunas señoras de la limpieza están montadas en unos maquinones, como tractores urbanos, desde donde se pasean puliendo los pisos (me imagino). Miran desde arriba pero no hacen contacto con los ojos. Le doy los buenos días a una señora que limpia, a pie. Apenas me responde. Hay piezas de plástico anaranjado bloqueando el paso por ciertas zonas (que deben estar húmedas). 

Después de comprar mi boleto (el primero que venden esa mañana, seguro: no habían abierto la taquilla aún), me instalo en Starbuck's con un café, un pan relleno de chocolate y mi kindle, donde estoy leyendo Americanah, la primera novela que leo de la escritora nigeriana, Chimamanda Ngozi Adichie. Estoy clavadísima.

Muerdo el pan y el chocolate derretido se escurre y me mancha los labios, casi alcanza mi barbilla. Me limpio y volteo a mi alrededor para detectar testigos. No los hay (que yo me dé cuenta). Y entonces me imagino convertida en un personaje de novela o de cuento. «Ella se limpia el chocolate derretido de la cara como una niña, entre divertida y avergonzada.»

También pienso que alguien podría estarla viendo mientras ella se limpia los bigotes de chocolate. Y enamorarse de ella. O no.

Y también pienso que lo que pienso puede servir para una entrada del blog. 

Para entonces, se había pasado la hora y me encamino a la sala 10, la "sala de arte", que normalmente tiene bastante poco público. En cambio, hoy está casi llena y sigue llenándose. ¡De adolescentes armados con celulares, palomitas, refrescos, nachos y más compañeros adolescentes (enviados como tarea de las clases de francés de sus colegios)! Y mi asiento queda entre un chico, bastante callado por suerte, y un señor mayor que se dedica a explicar la película o repetir frases en francés. El horror.

Trato de abstraerme o de conformarme a la situación y disfrutar la peli. Y me meto bastante, hasta lloro, lo cual no es algo que se me dé con dificultad. Y cuando faltan 7 minutos para que acabe (como nos enteramos después), el proyector truena y nos quedamos sin saber el final de Monsieur Je-sais-tout, aunque no es difícil de imaginar.

A la salida me encuentro con algunas de mis alumnas, que iban a verla sin demasiadas ganas y aún no sabían si lo lograrían. Ojalá que sí, pues quedamos en que me contarían el desenlace.

El resto del domingo lo paso tranquilamente en casa. Espero a Santiago. Llega. Platicamos. Lo acompaño a cenar y a estudiar y, así, se cierra un fin de semana más.

jueves, 6 de septiembre de 2018

5 ÷ 3


Fue la dosis de cine para este fin de semana (incluido el lunes). Un atracón, vamos. Una especie de cura en el anonimato y soledad de la luz apagada y la pantalla encendida.

Aquí un minirresumen (a palabra por peli), en el orden cronológico en que las vi:

Tiempo compartido — perturbadora
El silencio — atormentante
Ana y Bruno — entrañable
El insulto — IMPECABLE
La buena esposa — interesante

Acomodándolas en el orden de mayor a menor gusto, quedarían así:

1. El insulto
2. Tiempo compartido, Ana y Bruno La buena esposa (empatadas)
3. El silencio

*

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Tiempo compartido es mexicana, del 2017, y está dirigida por Sebastián Hofmann (su segundo largometraje) y representó a nuestro país en el pasado Festival de Cine de Sundance. A mí me parece que lo más logrado es el ambiente, pesadillesco, en el que se mueven los personajes y en el que, de una u otra manera, nos hemos movido todos. (Hasta se enchina la piel con la escena en el Princess de Acapulco.) Me parece que le quedan ciertos huecos argumentales a la historia, pero en conjunto, funciona de muy bien.

(Esta la vi el sábado en la tarde.)

*

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El silencio tiene 55 años. Sí, es de 1963 y la dirigió Ingmar Bergman, en blanco y negro. No dura tanto: 95 minutos, o sea, una hora y media, pero se me hizo ETERNA. Claustrofóbica. Asfixiante. Hasta consideré la posibilidad de abandonar la sala. Bergman logró lo que se proponía. Sin duda.





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Para compensar, según yo, al realizador sueco, de ahí me lance a ver Ana y Bruno, una peli de animación mexicana, para niños, más o menos. Resultó ser bastante menos ligera de lo que yo pensaba, pues aborda temas que no suelen tratarse en las películas infantiles (muerte, locura, duelo). Y lo hace muy bien, aunque me pregunto cuál será el impacto si los niños no van acompañados de adultos que se atrevan a hablar abiertamente de estos temas.

(Estas dos me las eché el domingo.)

*

(Y, finalmente, el lunes — mi findesemana extendido.) 


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Empezó con El insulto. ¡Qué película más maravillosa! Sorprendente. Impecable (como decía arriba). Cuando le contaba a Santiago sobre ella, para animarlo a irla a ver en el DF, dije algo así como "es más que cine; es la vida misma". A través de lo íntimo y personal, incide en la esfera de lo social, político e histórico, de lo más profundamente humano.





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Y cerré mi atracón con La buena esposa (The wife simplemente, en inglés). Lo más destacado, la actuación de Glenn Close, como la esposa de un escritor, que recibe el Premio Nobel de Literatura. Una perspectiva diferente sobre el clásico "detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer". Y también una incursión sobre el amor, la creatividad, las decisiones de vida, la lealtad, la libertad y la muerte. Food for thought.

*


Así la cura de cine 5 ÷ 3.
Así la vida en soledad.
Así un entrenamiento intensivo para el momento de morir.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Días de lluvia y té


Me acabo de echar tres días de los que yo llamo entre paréntesis. No exactamente como los que describí acá hace (casi exactamente) 3 años, pero sí emparentados. Esta vez, la razón fue un gripón infame, como los que me suelen dar a mí (que no conozco una "gripa leve") un par de veces al año. La primera, en general, con la entrada del otoño, que esta vez se me adelantó, según el calendario, unas tres semanas. Aunque en Cuernavaca el otoño se desencadena con la Feria de Tlaltenango y desde la mañana de ayer ya se oían los pitidos del agente de tránsito tratando de hacer algún orden del caos que el evento provoca.

(La segunda suele agarrarme por ahí del final del año o de principios del que sigue.)

Ahora, llevaba solo una semana de vuelta a las clases, recién estrenadito el año escolar, o sea, con un poco más de presión por el lado laboral. Pero no hubo de otra más que quedarme guardadita, viviendo el malestar.

dibujo de fuen


Algunas amigas me ofrecieron ayuda, me preguntaron si necesitaba algo, y otra, desde más lejos, me mandó esta taza de té con rol de canela en plato morado. Lo que se agradecen estos gestos, sobre todo cuando se cursa la gripa en soledad (con todo y el tono dramático). Lo bueno es que la sobreviví, en gran medida gracias a un atracón de serie televisiva de abogados (me dolía demasiado la cabeza como para lograr hacer otra cosa). 

dibujo mío


Y entonces avisé a la escuela que necesitaría faltar un día más (el tercero) para acabar de reponerme y evitar una recaída. Y ese día, justo, me despertó una tormenta en toda forma a las 9 de la mañana. ¿A quién se le ocurre llover de esa manera y a esa hora? Menos mal que yo estaba acurrucada bajo las cobijas y no tiritando de humedad en frente de mis alumnos.

Ayer me recibieron varios con abrazos y preguntándome cómo me sentía.


Así la vida fuera y dentro del paréntesis.