— ¿Cuántas juntaste, hija? —me pregunta Armando, el guardia de turno en el condominio donde vivo.
—Unas... tres, yo creo —le respondo, sorprendida de que se fijara en mi labor con la escoba que le pedí prestada.
—Esas están bien buenas fritas y con limón —agrega.
"¿Fritas y con limón?", me pregunto horrorizada.
—¿Se comen? —pregunto en voz alta.
Hablamos de las chicatanas u hormigas de San Juan, que se adelantaron un poco al santo y, como cada, año acabaron en la alberca, luchando inútilmente por su vida.
—Yo las salvo... —digo con más timidez que convicción.
Entonces interviene una de las señoras que debe trabajar en alguno de los departamentos y se sentó a tomar el fresco en la silla afuera de la caseta de vigilancia. Me mira con una sonrisa un poco condescendiente, me parece, haciendo eco a la opinión del guardia:
—Están buenísimas, como los chapulines. Y además, bien nutritivas...
—Pura proteína, ¿verdad? —aventuro yo para disfrazar mi asombro creciente.
Ella asiente.
—Si juntas un buen puñito, ya te alcanza para un taco. Me las traes y yo te las preparo... —me dice Armando cuando me dispongo a emprender la vuelta a casa.
—Gracias —creo que alcanzo a decir entre dientes.
Y yo que pensaba que me veían como la loca que saca bichos del agua, no la lista que se procura el almuerzo.
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