miércoles, 11 de mayo de 2011

Té negro

Apenas se ha preparado la primera taza, pero sabe que vendrán otras. El día es largo y aún es temprano. Ella prefiere el té negro negro, con una y media cucharadas de azúcar y un chorrito de leche, servido en un tarro del mismo color que la bebida: café oscuro. Así logra crear un contraste con el tono más claro que resulta al agregar la leche.

El cuello le duele menos que ayer pero la cabeza aún no está
del todo en su lugar. Todavía no halla explicación a su sentimiento de inadecuación. (Perdón, F, si te cargué un poco la mano.) Espera que su amiga la perdone.

Quizá la salida más sana sería dejar de buscar respuestas. Dejar de atormentarse. Soltar.

Se levanta para preparse su segunda taza de té negro.

¡Qué azotada!, le diría más de uno. Recuerda aquel novio español al que le tuvo que explicar el significado de semejante adjetivo. (Hoy no recuerda cómo lo definió, quizá algo así como "manifestación conductual de una sobrecarga emocional, real o imaganaria". Y conste que para esto la RAE no le propocionó ninguna ayuda. Menudo mexicanismo.) A él le hacía gracia y entonces a ella se le bajaba el azote (sustantivo de significado equivalente). Claro que él acabó por marcharse (más bien por no regresar)...

Está terminándose su tercera taza de té negro.

Le va quedando ese regusto en la boca, sobre todo en la lengua, que la llevará a prepararse una taza más. Quizá en ella o en la siguiente logre terminar de disolver el sabor amargo de estos últimos días de excesivo calor y soledad.

No se atreve a mirarse al espejo todavía y eso que sus canas le gustan. De lo demás no está tan segura.

Antes de escribir algún otro despropósito, mejor se pone a escuchar la música que Philip Glass compuso para la cinta Las horas.

(Continuará, quizás...)

1 comentario:

  1. La intuición del ciego
    Alumbra la publicación
    De un libro.

    AFORTUNADAMENTE.

    Abrazo atemporal,
    Db

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