lunes, 11 de mayo de 2015

luna de miel


1. f. Temporada de intimidad conyugal inmediatamente posterior al matrimonio.

En este caso, recurrir al diccionario resulta casi un acto de morbo. Qué definición tan poco inspirada...



Podría yo proponer, y lo intentaré, otra manera de definir la frase. Hoy hace un año concluía para mí una experiencia que bien podría describirse como una luna de miel, quizá la segunda en mi vida, lo cual me hace, sin duda, afortunada. Llegué a Lisboa acompañada por un mi primer amor, reencontrado, y pasamos juntos cuatro días —que tanto entonces como ahora me parecen una vida entera— sensacionales.


Después de más de treinta años (sí, en varios otros momentos ya conté yo o contó él en este espacio la historia), recorrimos juntos "La Ciudad Blanca". Caminamos, platicamos, tomamos fotos, nos conocimos y nos reconocimos, nos conectamos en planos sabidos, intuidos y recién descubiertos. Durante cuatro días, como una vida.


Y los cuatro días se acabaron, como se acaba todo en la vida. También se acabó la historia de amor, en esa manifestación por lo menos. He transitado por mucho dolor, mucho llanto, mucho desgarramiento y, sobre todo, por cantidades industriales de apego, que hoy reconozco claramente como la fuente fundamental de mi sufrimiento, junto con la manera en que me volví a engañar a mí misma: Aun sabiendo que todo es transitorio y nada es sólido, me aferré a la relación (o sea, a mis ideas sobre la relación, a mis expectativas sobre la relación, a mis proyecciones sobre la relación) como si fuera permanente y sólida, como si fuera la solución última a mi vida. Y luego me aferré al dolor, a la decepción, al desengaño como si estos fueran, otra vez, permanentes y sólidos. Y no es que no se valga disfrutar lo disfrutable o llorar lo triste, pero convertirlo en verdad absoluta fue la manera en que yo me generé mi propio sufrir. Qué difícil ha sido verlo, asumirlo, y seguir caminando. Hoy siento que doy un paso más. Y así es la cosa, paso a paso, a veces  tres para adelante y dos para atrás.


Aquí no hubo ni matrimonio ni intimidad conyugal, estrictamente hablando, pues. Hubo amor, hubo entendimiento, hubo ganas, hubo miedo, sí quizá hubo mucho miedo, hubo cariño, también mucho cariño. Y quizá mañana se vuelva a manifestar algo de ello, cuando haya yo dejado sanar las heridas, cuando me siga tratando con gentileza, mientras sigo en la práctica de mi camino espiritual, con perseverancia y con la resolución renovada de renunciar a los patrones habituales que me provocan sufrimiento, a mí y a quienes me rodean.

Así que luna de miel podría ser, para mí, un viaje y encuentro maravillosos, con alguien que amé y que me amó, un encuentro profundo y efímero. Quizá además, en este caso, tuvimos la oportunidad de vivir lo que se nos había quedado en el tintero durante casi media vida. Y ya, nada más y nada menos...

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