lunes, 9 de noviembre de 2015

Amistad 20

(y otro hallazgo, el 10)

para Beatriz, con todo cariño

Encuentros y desencuentros, así es la historia de la vida. Llegadas y despedidas. Y de vez en cuando algún reencuentro nos ilumina el día. Y eso me pasó ayer.

Beatriz y yo nos conocimos hace unos cuatro años, en el cumpleaños de una amiga común, y ayer nos reencontramos, festejándola otra vez. Nos habíamos caído bien desde la primera vez, pero nos llevaría un año más (y otra celebración cumpleañera) hacernos amigas (o reiniciar una relación que debe de venir de otras vidas).

Beatriz se convirtió en mi cómplice más ferviente cuando decidí arriesgarlo todo y lanzarme de cabeza al amor, otra vez. Tanto fue su entusiasmo que, inspirada por la historia que yo estaba viviendo, buscó ella a su primer amor también y se lanzó de cabeza a su propio reencuentro.

Mi historia no tuvo el final anhelado y ahí —también— estuvo Beatriz acompañándome. La de ella llegó a mejor puerto y, entonces, volvió a su natal Buenos Aires. Aunque de corazón me daba mucho gusto que Beatriz hubiera encontrado la felicidad, yo no podía parar de llorar. Nuestros caminos se estaban separando. Para mí su partida era una pérdida más. Me llovía sobre mojado. Mi amiga viajó de vuelta a su país unos cuantos días después de que mi hijo emprendiera también un viaje de varios meses. Entonces sentí que me quedaba más sola que nunca.

Así pasaron siete meses durante los cuales casi no tuve contacto con ella. No podía. Por un lado, la extrañaba un montón y, por otro, su historia reencontrada era un cruel recordatorio de lo que yo no había llegado a vivir. Y, además, no podía explicarle lo que me sucedía.

Ahora está en México durante unos cuantas semanas para resolver algunos asuntos prácticos y nos hemos vuelto a ver, después de una primera llamada telefónica que nos dejó un sabor extraño en la boca a ambas. Yo me sentí culpable por mi comportamiento (aunque consciente de que me había sido imposible actuar de otra manera) y ella se sentía dudosa de mi cariño. Pero al momento de vernos, las dudas y las culpas se esfumaron (el cariño fue el protagonista otra vez) y pudimos hablar de todo lo que nos había sucedido. Le expliqué dónde había estado yo y lo entendió perfectamente. La amistad estaba intacta, incluso más profunda.

Ella me contó a su vez su tránsito por el amor reencontrado, no tan fácil como parecía, pero maravilloso, sobre todo porque le ha dado la posibilidad de abrirse a amar. Y ayer, en nuestro segundo encuentro real, me decía que mi proceso de soltar y reconstruirme era una preparación para un próximo amor real y, sobre todo, posible.

Y yo le creo porque la quiero, porque me conoce y porque platicar con ella me inspira a seguir y me lleva a descubrir lo que a mí sola no me es tan fácil ver.


Gracias, amiga.

2 comentarios:

  1. Me emociona tu comentario amiga, creo que la amistad es acompañarnos en los procesos que deseamos vivir cada una, ayudándonos a mantener los ojos muy abiertos. Cómo nos cuesta, no ?
    Beatriz

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    1. Nos cuesta, sí, y la compañía lo hace posible...

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