viernes, 27 de noviembre de 2015

"Te negaré tres veces

antes de que llegue el alba"

Así comienza una canción de Pablo Milanés que he escuchado desde hace años. Siempre me llamó la atención la relación entre negar y amar. Quizá sea la historia de Pedro negando a Jesús la que permea culturalmente esta reflexión. Quizá cuando amamos, negamos también, tantas cosas. Y es quizá cuando intentamos dejar de amar cuando aparecen con más nitidez nuestros hábitos mentales.

Entre la diez acepciones posibles de negar Del lat. negāre. que propone la RAE, hoy me quedo con dos:
2. tr. Dejar de reconocer algono admitir su existencia.
8. tr. Ocultardisimular.

Hace unos meses, compartí aquí un hallazgo de lo que hoy llamo el "efecto telaraña", es decir, la (mi) sensación de que si no hay una luz que se proyecte sobre mí, dejo de existir, como la telaraña a la cual no le pega el sol. Y hoy entiendo más cabalmente cómo se relacionan, en mi caso, negar y amar, por qué me duele y me enoja tanto que quien me ama (o me amó) me niegue. Me doy cuenta también de que quizá quien me niega no esté dejando realmente de reconocer su historia conmigo o de admitir su existencia, pero el hecho de que la oculte o la disimule (o agradezca a quienes según su percepción lo hacen) me ha resultado tan doloroso como el abandono. ¿Por qué? Porque me hace sentir como la telaraña que ha quedado en la sombra, invisible, imperceptible, inexistente.

Pero por fortuna, en este proceso espiral que describiera aquí mismo a principios de este año que está por terminar, ahora soy consciente de que mi existencia o inexistencia no dependen ni del otro ni del sol. Soy yo la responsable de mí misma y eso es un alivio enorme, aun cuando a veces me cueste verlo plenamente.

También descubro, gracias al diccionario, que quizá lo más triste sea negarse alguien a sí mismo: 1. loc. verb. No ceder a sus deseos y apetitos, sujetándose enteramente a la ley y gobernándose, no por su juicio, sino por el dictamen ajeno conforme a la doctrina del evangelio. 
O, en otras palabras, hacerse uno inexistente según las opiniones y juicios de quienes nos rodean, según los mandatos familiares que seguimos aun sin conciencia.


brizna de telaraña iluminada por el sol

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