miércoles, 30 de diciembre de 2015

El Popo


Yo crecí viendo el Popo. Y respirándolo. Y contemplándolo. Y lo sigo haciendo. El volcán ha sido y es una presencia constante en mi vida. Hasta parece un desafío a la impermanencia.

Viví 33 años en la Ciudad de México y el Popo siempre andaba por ahí: al fondo del eje vial que llevaba a casa de mis padres o en la azotea de la escuela donde pasé 15 años de mi vida. Ya en la prepa, cuando entrábamos a clase a las 7 de la mañana, recuerdo que, lidereados por un muchacho mayor que luego sería mi primer novio, algunos amigos y yo nos trepábamos a escondidas a un techo para ver el amanecer con el Popo y su compañera, la Iztaccíhuatl. Era un verdadero espectáculo. Los volcanes, en general nevados —la mejor temporada era el invierno— y el cielo, teñido de naranja tras ellos. Algunos compañeros hacían fotos, analógicas claro.

Durante toda mi infancia y ya bastante entrada mi adolescencia, pasamos los fines de semana en Cuernavaca en casa de mis abuelos maternos y el Popo se nos aparecía en la carretera, después de "la pera" (una curva muy pronunciada) ya casi para llegar a Cuerna, detrás del Tepozteco. Cuentan que a mi abuelo Óscar le gustaba tanto que cuando Angelina Beloff pintó un cuadro del Valle de Tepoztlán visto desde la carretera, le pidió que incluyera el volcán, aunque desde donde ella estaba situada no se veía. Ese cuadro abrió durante muchos años la entrada al departamento de mis padres en la colonia Narvarte.

Y también hacia San Vicente Chimalhuacán —el queridísimo Chimal—, donde mi tía Marisa tuvo "el rancho" durante tantos años, el volcán y la volcana presiden el paisaje. Mi padre construyó allá su "castillo plano", cuya fachada, así como la ventana de la biblioteca y de la habitación principal, daban al volcán. Don Goyo, como lo llaman en la zona, me recuerda a mi papá, que ya no amaneció con él entrando por su ventana como tanto lo soñó.

Yo me casé en la terraza de esa casa y el Popo fue testigo.

Hoy vivo en Cuernavaca y el Popo a veces se sigue apareciendo al fondo de una calle, desde el estacionamiento de la plaza comercial más popular o camino a México. Si hay suerte, el Tepozteco aparece en primer plano. La volcana es mucho más escurridiza, pero también se deja ver, a veces.

Durante muchos años, en esta época un manto blanco cubría a ambos volcanes, que quedaban unidos así por un velo de nieve. Ahora ya no sucede muy a menudo y cuando pasa, dura poco. Hoy suelen verse desnudos. Imponentes en su desnudez.


Hace un par de días así se desplegó durante mi visita más reciente a Chimal.



Y recordé , sí, que tú te quedaste sin verlo en persona.

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