domingo, 8 de mayo de 2016

el efecto Zelig


Hace 33 años que vio la luz Zelig, la comedia de Woody Allen sobre el hombre camaleón. Yo la fui a ver al cine ese mismo año. O lo intenté, por lo menos. Lo que sucede es que la vi sin verla porque me pasé la función llorando. Tú, también. Ambos salimos de la sala con los ojos hinchados y sin la menor idea de las peripecias de Leonard Zelig. (Creo que mi único recuerdo claro es que la cinta era en blanco y negro.) Para nosotros (sí, aún te hablo, a veces) se convirtió en el telón de fondo de nuestra primera ruptura. Creo que yo no la volví a ver (quizá ya es tiempo). Tú comentaste que te negabas a hacerlo.

Casi treinta y un años después de aquella desafortunada ida al cine, estábamos tú y yo en Lisboa, nuestra primera noche en la Ciudad Blanca, y hablábamos, ya, de la posible segunda ruptura. Ambos llorábamos, otra vez. (Mira que hay que ser... qué sé yo...) Y yo, entonces, pensé (y creo que te lo dije): "No puede ser que Lisboa se convierta en Zelig, también". Me horrorizaba pensar que nuestros días en la capital portuguesa resultaran también un drama, o sea, que fueran víctimas del "efecto Zelig".


Por fortuna, pasamos ese primer bache, vivimos la primera reconciliación, acariciados por la brisa de una madrugada lisboeta, y disfrutamos cada instante en "nuestra" ciudad. Se podría decir que nuestra historia, a fin de cuentas, sí que sucumbió al efecto Zelig, pero en fin, como dijiste tú en algún momento: "Siempre nos quedará Lisboa". O no...



Así atardecía en la ciudad de Pessoa y Saramago un día de mayo del año 2014:


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