lunes, 27 de junio de 2016

De vuelta a "El amor en los tiempos del cólera"


García Márquez publicó El amor en los tiempos del cólera en 1985 y yo lo debo haber leído recién salidito del horno, en esa edición amarillo canario, bastante fea por cierto, de Editorial Diana, ejemplar que aún conservo y al que he vuelto más de 30 años después.

Me sorprendí cuando me encontré (hallazgo que había hecho antes mi hijo al leer la novela por primera vez) con las líneas que subrayé, en un color naranja pálido, hace más de tres décadas: "Así se sentía ella sin él, sintiéndolo estar donde ya no estaba". Y aunque no sé de cierto qué relación o qué pérdida me llevó a dejar marcada esa oración, sí me reconozco en la manera en cómo me siguen resonando hoy esas palabras. (O sea, sigo siendo igual de azotada...)

La primera vez que leí la novela, pasaba apenas de los veinte años y me acababa de pasar algo similar, muy similar (me di cuenta en esta relectura) a lo que le sucede a Fermina Daza cuando se reencuentra con Florentino Ariza después de la separación impuesta por el padre de ella: "No sintió la conmoción del amor sino el abismo del desencanto" (este subrayado corresponde a la lectura reciente, con más de 50 años encima).

Y empecé a entender el porqué de mi fascinación de hace treinta y pico de años, pues en realidad, me acordaba poco, muy poco, de la historia en sí. Tenía presente el final (el amor eterno resguardado por la bandera del cólera) y la emoción que la lectura me había dejado, incluso en la piel, pero los detalles se los había llevado el viento del tiempo. 

Me vuelvo a encontrar con palabras como estas: "Tenía que enseñarle a pensar en el amor como un estado de gracia que no era un medio para nada, sino un origen y un fin en sí mismo": Florentino Ariza en todo su esplendor, fiel, paciente, resuelto a no rendirse. Recuerdo aún más por qué me había encantado la obra, por qué me vuelve a encantar. Y reconozco que en algún momento pensé que había yo encontrado a mi Florentino, ese que me había esperado a pesar de todo, toda la vida. Pero ni él ni yo éramos protagonistas del amor en los tiempos del cólera.

Pero Fermina Daza y Florentino Ariza sí que se seguirán amándose para siempre, aun si no los vemos. Y es quizá esto lo que enganchó, con mucha fuerza también, a Abril, una de mis muy jóvenes alumnas (15 años), al leer la historia de estos amantes tardíos de río. De hecho, la había empezado a leer desde antes de yo se la asignara y siguió con mucho entusiasmo. Yo comencé mi relectura cuando el grupo ya había terminado y, por supuesto, me regalaron más de un spoiler, pero su visión de la historia acabó por enriquecer la mía propia.

Abril llegó a entender incluso por qué me entusiasmaba tanto leer un libro que ya había leído tiempo atrás y me dijo que igual ella lo haría en unos años. Yo constato nuevamente el encanto que tiene volver a una lectura tantos años después: me vuelvo a ver a mí misma como veinteañera y esa joven que fui acompaña a la cincuentona que soy hoy, que recupera partes que creyó perdidas y reconoce otras que no había sido capaz de ver.

Así, de la mano de la literatura, como desde hace tantos años, me sigo entendiendo un poco cada día.

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