jueves, 18 de agosto de 2016

sueño 7.


Primer día de clases.

Primera hora, revuelta con la segunda y la tercera. No queda claro.


El salón tiene forma de "L" (y parece uno de los salones de mi kínder de hace más de 40 años).


Imposible controlar al grupo, pues me ponga donde me ponga, siempre hay un área del salón que me queda en punto ciego y los alumnos lo saben: hablan, gritan, hacen un desmadre continuo.


Voy vestida con una blusa decente, pero mis pantalones son los del pijama. No solo eso, sino que están viejos, agujereados y se me bajan constantemente porque el resorte ya dio de sí. Intento subírmelos con discreción. Empresa inútil. En cualquier momento alguno de los chicos hará un comentario. Seguro.


Mientras intento hacer o decir algo parecido a una clase de español, me doy cuenta de que mis alumnos empiezan a sacar comida. Más que comida, ¡postres!. Me levanto y recojo furiosa paquetes interminables de pingüinos y gansitos.


Pese a todo, despierto riéndome y con la esperanza de que no sea un sueño premonitorio...


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