jueves, 29 de diciembre de 2016

c . o . l . a . c . i . ó . n


En la octava acepción de la RAE para este término, consta que en Argentina, Colombia, Ecuador, El Salvador, Honduras y México, es una golosina hecha de masa moldeada en diferentes formas y recubierta de azúcar

No tengo idea de qué estará hecha la dichosa masa, pero para mí "colación" es sinónimo total de DECEPCIÓN, así con mayúsculas. Y como este año me encontré compartiendo la anécdota detrás de este hecho varias veces, creo que ya toca escribirla y soltarla.

El contexto fue un intercambio de regalos en la escuela. Quizá no fuera navideño. Pudo haber sido para el día del niño. El caso es que yo tendría 7 u 8 años y cursaba la primaria. La indicación de la maestra fue que lleváramos un regalo "unisex". Y mi mamá compró unos lápices, Fantasy me parece, aunque también podían haber sido Prismacolor. Venían en una caja de plástico transparente, acostados uno al lado del otro y su principal gracia es que eran bicolores: En doce lápices, había 24 colores: ¡2 en cada uno! A mí me encantaron y supongo que di por hecho que aquel regalo me aseguraba a mí uno igual de lindo.

Y entonces llegó el momento. Yo entregué los lápices (no recuerdo a quién) y a mí me entregaron (sí recuerdo bien quién —no lo he olvidado nunca— pero lo mantendré en el anonimato, pues como me señalaron sabiamente mis alumnas de 3o: "Podría estar en Facebook, miss" y está) un bolsa de pan arrugada y con colación, sí, con esos asquerosos dulces de masa, duros, pintados dios sabrá con qué.

Aún recuerdo la mezcla de incredulidad y decepción. ¡Cómo así si yo había regalado unos lápices divinos! Y entonces decidí, instintivamente, que tenía que cambiar esa abyecta bolsa por lo que fuera. Por cualquier cosa que me salvara de la ignominia.

Lo más que logré fue a convencer a alguien (tampoco recuerdo a quién) para que aceptara mi "colación" y me diera a cambio unos jabones marca Avón, uno verde y otro amarillo, en forma de autos de carreras. ¡Horrendos! Pero cualquier cosa era mejor que la bolsa de papel de estraza arrugada y con unos cuantos dulces en el fondo.

La verdad es que después de aquello, he participado en varios intercambios donde me ha ido bastante bien, pero siempre con cierto miedo de que algo similar pudiera repetirse. Este año, compartí la anécdota con mis colegas y con mis alumnos y pude ver cómo quedan restos aún de mis sentimientos de entonces (quizá sería buen material para terapia).

Afortunadamente en el intercambio navideño de hace unos días, el alumno a quien le tocaba regalarme me dio un chal hermoso (de mi color favorito) y, además, un perfume. 


¡Gracias, Manuel, por ayudarme a dejar ir un poco más mi vieja frustración infantil!

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