domingo, 18 de diciembre de 2016

Desde el aire


Yo odio volar. Desde siempre. Sobre todo desde que una vez, a los 11 más o menos, venía de regreso de los Estados Unidos con mis padres y mi hermano y el avión atravesó una turbulencia intensa. Me asusté muchísimo y hasta la azafata intervino, pero nadie me explicó que era normal al volar. Ahora, aun sabiéndolo, mi reacción de miedo es inmediata.

Lo bueno es que no vuelo mucho. Y desde hace unos años decidí que la mejor manera de enfrentar el miedo, era pidiendo el asiento junto a la ventanilla y viendo hacia afuera. (Esto tiene, además, la ventaja de reducir la claustrofobia que un vehículo cerrado a miles de metros sobre la tierra me provoca.) Todo un reto en un vuelo trasatlántico, pero bien vale la pena tener que escalar al individuo que pidió el pasillo para ir al baño.

De ida a Madrid, me tocó prácticamente sobre el ala y pude ver el atardecer (gran parte del vuelo fue de noche): 















Y las luces en la pista de Barajas:


De vuelta, me tocó bastante más atrás y las vistas fueron espectaculares (de día todo el trayecto). Aquí un río y unas montañas nevadas al fondo, en algún lugar de la península.


Y más adelante, después de alguna distracción en la pantalla, me encontré con la costa Atlántica en pleno. Fue una visión emocionante. Recordé por qué en algún momento quise ser geógrafa y recordé también los trozos de mi corazón que se me quedaron en Portugal (algún día he de ir a por ellos).




















Y gracias a mi prima Carmela, de Avilés, supe que por la latitud (más o menos la de Madrid) y la forma, podría ser la desembocadura del río Mondego, en Figueira de Foz, cerca de Coimbra. Y quedan apuntadísimas en mi lista-de-cosas-para-hacer-antes-de-morir, Coimbra y Oporto, que seguro me encantarán...


De pilón, unas nubes y sus sombras sobre el Atlántico encendido por el sol (en the great expanse, que diría Khenpo Tsultrim Gyamtso Rinpoché):



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