martes, 7 de febrero de 2017

Volver


Y no necesariamente con la frente marchita, es encontrarse con pedazos de uno mismo que se quedaron de alguna manera guardados en otros espacios, acunando otros tiempos. Así me pasó hace poco más de una semana cuando mi amiga Ángela me invitó a comer a casa de su mamá un domingo, después de haberme ofrecido "mi" habitación de siempre en su propio departamento durante un par de noches.


Fue llegar a la casa de Maruchi, en la vieja y querida Del Valle, y venírseme encima una multitud de recuerdos, así como la oportunidad de compartirlos con la mamá de mi amiga. "Ya sabía yo que si te quedabas con mi mamá no pararían de hablar", me dijo Ángela mientras ella ayudaba a su sobrina con la tarea. 


Luego llegó el sobrino, casi de la edad de mi hijo, y nos sentamos a comer en el antecomedor de toda la vida, con puerta al jardín, donde Maruchi les tira migas a los pájaros que entonces se acercan a comer. 


Y sí han pasado más de 40 años desde que en casa nos reuníamos a hacer tareas de la escuela, como modelado en barro o monteas e isométricas (que hoy no tengo ni idea qué son) que nos llevaron incluso a la casa de los yayos de Ángela, un departamento sobre el Parque Hundido. (También acabamos yendo allí de visita después de la paella del domingo.) Y fue en el cuarto de Ángela en esa misma casa donde usé por primera vez una computadora, para pasar en limpio mi tesis de licenciatura, siguiendo las instrucciones que mi amiga me dejaba por escrito, desde cómo encender la dichosa máquina hasta cómo perderle el miedo.  


Y nos acordamos cómo cuando teníamos dudas sobre la ortografía de una palabra (si se escribía con "s" o con "c"), le pedíamos a Maruchi que la pronunciara (ceceando, claro) y así se nos despejaban. O cómo siempre había queso Philadelphia a la hora de la comida. O la manera en que nos apoderábamos de la mesa del comedor cuando nos tocaba hacer algún trabajo en equipo. O la primera vez que hicimos una tortilla de papa, siguiendo las instrucciones ancestrales.


Así que volver es mucho más que regresar. Es reencontrar viejos cariños y constatar que siguen vigentes. Es hallar un sentido de continuidad, por efímero que sea, en la propia vida, donde los trozos que creíamos perdidos, o habíamos olvidado, encuentran su lugar de nueva cuenta en el, también transitorio, rompecabezas de nuestra existencia.

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