viernes, 19 de mayo de 2017

Historia de un reptil


Antier llegué a mi consultorio con un pelín de anticipación, por fortuna. Cuando mi paciente y yo entramos al espacio donde está mi cubículo, vimos un bicho hermoso recargado, del lado de adentro, en la puerta de cristal que da al jardín. (¿Lagartija? ¿Iguana? Reptil. Eso seguro.)




Abrí la puerta con cuidado y el bicho ni se movió. La aseguré para que no se azotara y el bicho seguía sin moverse. Entonces saqué mi cámara, previo aviso a mi paciente, que miraba todo con atención. Y al disparar, el bicho se asustó y se metió corriendo a la casa. Detrás de él salió disparada Tantra, una de las gatas del consultorio, y lo cazó.

Horrorizadas, mi paciente y yo vimos salir a la gata con el bicho en las fauces. Yo me sentí fatal, responsable de lo sucedido. No me atrevía a ver al pobre bicho y lo imaginé desangrándose. Mi paciente salió al jardín y me dijo que la gata lo había soltado y que solo estaba babeado, pero no tenía ninguna mordida.

Entonces nos dimos a la tarea de distraer a las dos gatas que merodeaban por ahí para evitar que lo lastimaran. El bicho no se movía. Se debe estar haciendo el muerto, comentó ella. (Al día siguiente, otro paciente a quien le conté la historia, me dijo que estos reptiles incluso detienen su corazón para que la farsa de su muerte sea convincente.)

Después de un rato, las gatas volvieron al acecho y él seguía inmóvil. Mi paciente, atenta. Decidí ir por una escoba y un recogedor, para ver si lograba hacer que el reptil pudiera esconderse en una jardinera o en la barda. Lo empujé con la escoba y, oh sorpresa, salió corriendo y se volvió a meter a la casa.

Mi paciente y yo corrimos detrás y cerramos las puertas, para evitar la entrada de las gatas. Constatamos que el bicho se había escondido debajo de un librerito que hay en el vestíbulo. Estaba inmóvil otra vez. Acercamos dos macetas de piso para resguardar su escondite y nos fuimos, por fin, al consultorio.

Cuando acabó la sesión y despedí a mi paciente, decidí dejarle un poco de agua cerca al bicho y avisar a mi casera lo sucedido.

Al día siguiente, había desaparecido. Por lo menos, fue un alivio no encontrar su cadáver. Igual nos volvemos a topar con él vez otra vez. O no. Es probable que haya podido salir. Yo jamás había visto un ejemplar semejante en Cuernavaca. El paciente que me contó lo del corazón (es veterinario y hombre de campo) me dijo que suelen habitar en lugares muy calientes.

Sabe dios cómo llegó a esta zona más fresca.
                                                                Otro de esos regalos inesperados de la vida.

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