miércoles, 10 de abril de 2019

*****56******


Hace cinco días, el 5, cumplí 56 años. Los días anteriores al cumpleaños fueron difíciles esta vez. Bastante difíciles.

(Aciagos sería una exageración, quizá, pero la palabra me gusta y más saber que viene del latín medieval: aegyptiacus [dies] '[día] infausto'; literalmente '[día] egipcio'. Aunque el diccionario no explica por qué un día egipcio acabó siendo un día infausto, infeliz, desgraciado o de mal agüero.)

A mí se me juntaron varias cuestiones de salud, no graves, pero incómodas: Una tos que duró 5 meses, la extracción de una muela (con endodoncia y rota) que tardó en cicatrizar el triple de lo previsto y, finalmente, una caída sobre las rodillas cuando una de las gatas que vive en mi consultorio, Tantra, se me metió entre los pies y me hizo perder el poco equilibrio que me quedaba... (a una semana y pico del dichoso cumple).

La lesión en las rodillas me llevó de emergencia a la Cruz Roja (radiografías = sin fractura) y al especialista (quien extrajo una jeringa llena de sangre de la rodilla + medicamentos varios para la inflamación y el dolor + hielo) al día siguiente. Ah, y encima de todo, empecé a ver luces, provenientes del interior de mis ojos y acabé de emergencia casi en el oftalmólogo, quien determinó, por fortuna que mis retinas están bien, pero la catarata del ojo izquierdo necesita operarse YA.

Todo esto junto cristalizó en un ataque de vulnerabilidad, que casi llegó al pánico los días siguientes. Y, sí, el telón de fondo es la conciencia del envejecimiento. Qué se le va a hacer.

Aparejado a estos cambios físicos, están, también, los emocionales. La inminente despedida, otra vez, de mi hijo (y ahora también de su novia, con quien me he encariñado profundamente). La inminente soledad. Otra vez.

Entonces, llegado el 5o día de abril, decidí que podía emprender un.nuevo.comienzo (que puede hacerse en cualquier momento que uno lo decida, si se da cuenta). Y empezó con Bruno, estilista-terapeuta-amigo y su mano mágica.

El.nuevo.comienzo no me libra, claro está, del procesamiento de los pendientes presentes, viejos y antiquísimos (búsqueda de terapia, nuevamente; lectura de un libro buenísimo, Alquimia emocional, sobre los patrones mentales propios y la forma en que nos provocamos nuestro propio sufrimiento).


Al final (y después de casi negarme a hacerlo), pude celebrar. Con Santiago, con Yare, con Luz, con Eduardo, con Ángeles y sus hijos. Y a través de las llamadas y los mensajes. De cariño. Y emprender el nuevo ciclo. Un poco a trompicones. Pero ahí voy.

Y tres días después del cumple, recibí una felicitación.regalo.carta.mensaje de feisbuc de una querida amiga, Fernanda (que fuera alumna ya hace como 10 años). Me dejó llorando. De emoción. De tristeza (de ese duelo por el paso inevitable del tiempo). De cariño. En su mensaje me hacía unas preguntas y aprovecho este espacio para contestarle algunas y cerrar mi reflexión cumpleañera.

Sí, Fernanda, son 56. Y me hacen sentir extraña. Vulnerable. Viva. Cercana a la muerte. Consciente de la muerte. Vieja. Sobre todo por fuera. Joven. Sobre todo por dentro. Confundida. Contenta. A veces. Angustiada. Otras.

Y, sí, también es esa sensación que tú tan bien describes cuando me preguntas: «Te sientes nueva o, como yo, sientes que empiezas a caminar una vida nueva después de ya haber vivido cientos de veces». Quizá sean miles de veces. O más.

Ver las efemérides ir y venir me provoca nostalgia. Tristeza. Emoción a veces. Susto, otras. (Lo azotada no se me ha bajado demasiado con el paso de los años, aunque me controla menos. Creo. O intento que me controle menos.)

Te sentí siempre cercana. Niña, no mucho. Más amiga. Hoy distante, por el espacio y la vida que nos separan. Pero reencontrada en el espacio virtual del 4 de abril, ese día que media nuestros cumpleaños y que alguna vez compartimos. Y que espero volvamos a compartir. Y me pregunto cómo serás ahora. De adulta. De 25. Lavando tu ropa en la azotea de tu casa nueva viendo Tacubaya. Como si te conociera de siempre y precisara volverte a conocer.

Intuyo la medida en que tu destino se trazó tras nuestro encuentro. (Escritora lo eras ya.) Celebro que compartamos este espacio de la escritura. A veces te leo. Y otras no. (No sé bien en dónde.) Pero conservo en mi blog enlaces a tus primeros blogs de hace añísimos. Y a veces te pienso. Y otras, como hoy, te vuelvo a escribir. Redescubro nuestro diálogo. Y, sí, la responsabilidad del oficio es extraña. Abrumadora a veces. Celebro, tanto, que hayas empezado tan joven. Sigue. Sigue siempre. Y vuelve, cuando puedas y quieras, a tus ficciones. Maravillosas.

Sigamos dialogando y reuniéndonos los 4 de abril por venir. Gracias, Fernanda. Por todo. Por ti. Por tus palabras. Por el lazo que nos une.


Y que queden como broche de oro de la nueva vuelta al sol estas flores de celebración que otra amiga nos las trajo a mi hijo y a mí, por mi cumple y por su siguiente paso en la vida:


Gracias, Frida.

  

1 comentario:

  1. Recordé una característica de esencia femenina:"dejar que las cosas sucedan" Tan difícil de lograr, así en el camino andamos. Un abrazo

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