lunes, 13 de abril de 2020

Cosas que suceden en mi ventana 5


Es de tarde, alrededor de las 7, y el sol apenas empieza a irse. Proyecta la sombra de mi edificio en el edificio de enfrente y pinta de luz el balcón/pasillo/terraza de mis vecinos. (Me atrevo a hacer una foto de sus plantas iluminadas.) Cuando me dispongo a hacer ejercicio (bueno, exagero, a hacer unos cuantos estiramientos), aparece una nueva vecina. Abre su ventana, que está justo abajo del balcón de la otra pareja, acerca una silla y se sienta de espaldas hacia mí, como en un ángulo de 45. No creo que me vea. O tal vez sí. Estoy tentada a saludarla, pero no me atrevo. Ella lleva un jersey oscuro, gris me parece, y destacan el cuello y los puños blancos de la blusa que va debajo. La silla es de madera clara. Se distingue uno de los palos del respaldo. Cuando creo que está leyendo, noto su mano que sube y baja, se aleja y regresa. No lee. Cose. Quizá borde, pero se ve como algo más sencillo. Quizá un dobladillo. Un hilvanado. Unos botones, no: los movimientos son demasiado largos. Me pregunto si estará acompañada y si su mirada se dirige a otro alguien. Hace varios días, en la ventana a la izquierda de la que ahora miro (o quizá era la misma y la que estaba en otra ventana era yo), se asomaron dos pares de manos a tomar el sol. Quizás sean de ella y su pareja


Cuando termino de escribir esto, la silla se ha quedado vacía. La ventana también, pero sigue abierta. Intuyo movimiento, pero no quiero hacerme notar. Al final, la nueva vecina cierra la ventana y parece que cerrará las cortinas, pero no lo hace.  Me pregunto si me ha visto. Me pregunto si se sintió observada. Tal vez se haya sentido un poco acompañada. Como yo.

Lo más probable es que nunca lo sepamos.
Así son estas compañías anónimas al son del confinamiento.

Retrato casi abstracto de mi vecina en su ventana
a través de los rastros que la lluvia dejó en la mía


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