jueves, 23 de abril de 2020

Invitada: Joana Delgado



Una cafetería en Chile

Soy la dueña de una cafetería en Chile, en Santiago, en un barrio periférico que cuelga de la ciudad como un dobladillo descosido. En mi calle hay un semáforo y dos líneas de casitas bajas, antiguas, de las de antes de los rascacielos. Mi establecimiento tiene seis mesas blancas, una barra corta y cuatro taburetes. También hay tres ventanales que dan a la calle, a través de ellos  puede contemplarse la más absoluta calma, el cambio de luz trascurriendo el día y poco más.
           Cada dos meses lavo las cortinas de cuadritos blancos y azules. Volver a colocarlas cada vez me cuesta más porque tengo que hacer equilibrios en lo alto de una escalera coja. Un día en que me encontraba en esa precaria situación, oí una voz desconocida:
            —Si quiere, puedo ayudarla.
             —Me vendría bien. Sujéteme la escalera.
            Desde la altura vi dos manos masculinas, elegantes, no demasiado jóvenes, asiendo los barrotes de la escalera vieja.
             Ya con los pies en el suelo, le dije al recién llegado que solo sirvo café, con leche o sin. Si le apetece comer algo tengo tarta kuchen, la hace mi comadre, es de confianza. También dispongo, para los días tristes, de una botella de coñac francés y otra de anís del Mono, que es español.
          Se conformó con todo y desde ese primer día acabó viniendo seguido. Cuando entramos en confianza, aquel hombre de ojos brillantes y pelo canoso sujeto en una cola me contó que venía de Malta, que era fotógrafo callejero.
             —Tiene usted estas paredes blanquitas muy desnudas, doña —me comentó un día que hacía sol.
              —No siempre. Ahora mismo, si se fija, justo detrás de usted, cerca de la ventana he puesto un poema de Jaime Sabines, el escritor mejicano. Curarme de ti, se titula. Habla de amor. Sus palabras han tenido un eco especial en mi corazón, me han hecho bien. ¡Ande, léalo!
            Y así lo hizo.
           Unos días después, el nuevo parroquiano me dijo que quería entablar una negociación conmigo. Me mostró una fotografía. «¿Me da usted permiso para colgarla en la misma pared en que ha puesto el poema? A cambio, yo le haré una fotografía de su negocio. Podría utilizarla para un calendario, por ejemplo. Descuide, la haré bonita, soy un buen profesional.» Me sorprendió su proposición. Miré la fotografía con los ojos entornados y la guardé debajo de la barra. No le respondí ni que sí ni que no, solo que lo pensaría.
Yo vivo sobre mi local, en el primer piso, de tal manera que mi casa y la cafetería forman una unidad semejante a la del alma y el cuerpo. Aquella noche, descansando del trajín y después de pensar en cómo se deslizan los días que van componiendo mi tiempo, miré con atención la fotografía: era un paisaje urbano, había una plaza, un banco solitario y una esquina suave formada por tres arcos. La arquitectura me pareció propia de la vieja Europa. Dos jóvenes, un hombre —él vestido de soldado— y una mujer, de espaldas al fotógrafo, caminaban decididos. Nada más.
Cuando me preguntó, le dije que me parecía raro que un fotógrafo retratara a las personas de espaldas. Entonces se aproximó a la barra y me explicó que era una foto robada. Se quedó allí, ocupando un taburete mientras yo lavaba las tazas, y unos vasitos de cristal. Cobré dos consumiciones y mientras contaba las monedas pequeñas, con total sinceridad, le manifesté que no comprendía qué interés podía tener en colgar esa foto. «Esa muchacha, es el amor de mi vida y me gustaría discutir con su poeta.»
—¿Y en qué se basaría esa discusión?
Antes de que me contestara me di cuenta de que tenía que encender la luz de la sala porque la tarde ya se iba. A esta hora siempre me gusta echar un vistazo a mi negocio; el aroma del café impregna deliciosamente el espacio y, a través de la ventana central se cuela la cálida luz de una farola pública; es hora de recogimiento y los clientes suelen bajar la voz. En este momento volvimos a reanudar la conversación.
—Pues verá, doña, el poeta quiere curarse del amor, quemarlo, tirarlo a la basura y  no estoy de acuerdo. Discrepo. Los amores débiles mueren por sí mismos, pero el que describe el verso es el verdadero amor y yo no quiero curarme. Me gustaría explicarle al poeta mis razones, sin prisas, según vayamos hablando. ¿Me da usted su permiso?
—Tendría que pensarlo un poco más –le dije con la intención de no ser categórica.
Aquella noche, en el sofá, después de reflexionar en cómo el tiempo transcurría sobre mi vida sin hacer ningún ruido, ¡el muy ladino!, me puse a pensar en mi historia amorosa y enseguida me vino a la mente la imagen del amor de mi vida. Es cierto que había habido otros, pero tenía que hacer un esfuerzo para recordarlos. Todos aparecían como sucedáneos, destellos de aquel amor que no duró más de tres suspiros. Aquel descubrimiento me dio mucho que pensar antes de dormirme.  
 ¿Cuál era la historia de aquel soldado y la muchacha? Fue lo primero que le pregunté al fotógrafo en cuanto llegó. Me dijo que el soldado era el novio de la chica y que se casaron. Ese mismo día, él regresó a Chile. «El verdadero amor, doña, solo se experimenta, pero nunca se alcanza. Es como un maleficio: siempre es imposible, dramático, asimétrico, o mil impedimentos más…Pero es lo único que tenemos, y yo no quiero curarme de esa enfermedad», afirmó de manera contundente, como si llevara media vida pensándolo.
Accedí a que colgara la fotografía.
—¿Tendría usted la bondad de prestarme la escalera?
—¿Y para qué la necesita?
—Para poner la foto sobre el poema.
—Ah, no, de ninguna manera. Si van ustedes a discutir que sea a la misma altura, en igualdad de condiciones. ¡Faltaría más!

2 comentarios:

  1. Ade: me encantó este relato, gracias por compartirlo! Habría que desmenuzarlo, contiene tantos detalles que provocan recuedos personales.

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    1. Me alegro que te gustara, Olguita. Y se lo comentaré a la autora, a quien le hará ilusión saberlo. También le gustaría hablar sobre los detalles, supongo...

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