lunes, 26 de febrero de 2024

p e r s e v e r a n t e





Los encargados de atender el jardín del condominio donde vivo son más carniceros que jardineros. Parecen estar en guerra con la vida, en especial el mayor de ellos, un hombre con peso de más y siempre bajo un sombrero medio roto y tras un mandil plastificado que lo protege del pasto, supongo. Camina lento, muchas veces abrumado por el peso de sus herramientas, que parecen más armas que utensilios. La peor de ellas, a mi parecer, es el espeluznante soplador de hojas, cuyo escándalo lo oyen hasta los extraterrestres en el espacio, donde el sonido no puede viajar...

Entre los enemigos fundamentales de este señor y sus compañeros de trabajo, se encuentran las plantas que crecen entre las piedras de las bardas o entre los adoquines o el cemento del piso. No las atacan cada semana, pero últimamente con más regularidad que antes. Esta lucha la emprenden con una orilladora que, por suerte, no siempre arranca las plantas de raíz. También es bastante ruidosa y suele venir aparejada con la podadora para el pasto. (Sinfonía infame.)

Mi planta favorita entre las atacadas es una con hojas en forma de corazón y flores que salen en pares. La descubrí hará un par de años paseando por el condominio, en la barda del edificio detrás del mío, y confirmé con mi amigo virtual Xavi que se trata de una Passiflora biflora

Todos los días que camino, la visito, esperando poder verla florear otra vez, pero ya no la han dejado. Cada vez que crece mucho, los carniceros la cortan al ras y ella, persevera, insiste, persiste, y vuelve a nacer, como se ve en la foto que abre esta entrada.

Y yo me empeño en seguirla visitando (y fotografiando), esperando que pueda llegar a sacar flores nuevamente, como las que se ven aquí abajo, tomadas hace más de dos años.
 





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