Para entender cómo surge la confusión, practica observar tu mente. Empieza simplemente permitiéndole que se relaje. Sin pensar en el pasado o el futuro, sin sentir esperanza o miedo sobre esto o aquello, deja que descanse cómodamente, abierta y natural. En este espacio de la mente, no hay problema, no hay sufrimiento.
Entonces algo atrapa tu atención: una imagen, un sonido, un olor. Tu mente se separa en interno y externo, yo y otro, sujeto y objeto. Simplemente percibiendo el objeto, aún no hay problema. Pero cuando te concentras en él, notas que es grande o pequeño, blanco o negro, cuadrado o circular, y entonces haces un juicio: por ejemplo, si es bonito o feo. Habiendo hecho ese juicio, reaccionas ante ello: decides si te gusta o si no te gusta.
Ahí es cuando comienza el problema, porque "Me gusta" lleva a "Lo quiero". Queremos poseer lo que percibimos como deseable. De modo similar, "No me gusta" lleva a "No lo quiero". Si nos gusta algo, lo queremos y no podemos tenerlo, sufrimos. Si no lo queremos, pero no podemos mantenerlo lejos, otra vez sufrimos.
Nuestro sufrimiento parece ocurrir debido al objeto de nuestro deseo o aversión, pero ese no es realmente el caso. Sucede porque la mente se divide en la dualidad objeto-sujeto y se implica en querer o no querer algo.
Original en inglés, aquí. Traducción al español e imagen, mías.
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