lunes, 31 de agosto de 2026

tres...cero bis


Mi hijo recién cumplió 30 años (¡sí 30!) y el hito me ha llevado a recordar cuando fui yo la que llegó al tercer piso, hace 33 años (¡sí 33!).

Recuerdo, vagamente, una ida al teatro con mis amigas de la Moderna, a la mayoría de las cuales ya no veo casi nunca. Recuerdo, vagamente, una blusa sin mangas de seda verde, que usé durante mucho tiempo, hasta que un médico acá en Cuerna me la rasgó cuando me iba a revisar. Apenas se disculpó.

La blusa pudo haber sido, también, una blusa sin mangas pero plateada, quién sabe de qué material, proveniente del taller de costura de MM. No tengo ni idea cuál habrá sido la obra de teatro que vimos, aunque de mi disco duro interno brota un título: Entre Pancho Villa y una mujer desnuda de Sabina Berman y gugle me dice que se estrenó justamente en 1993, así que igual y mi memoria acierta. Confirmo también que fue en el Teatro Helénico y los actores protagonistas fueron Diana Bracho, Juan Carlos Colombo y Jesús Ochoa. Casi seguro que fue esa la obra con que celebramos mis 30.

Habremos ido a cenar después. ¿Crepas en el Cluny de San Ángel? Quizás.

Empecé el año sin pareja, mi obsesión de ese entonces. Y fue ese año cuando me emparejé con Adrián. Habíamos pasado mucho tiempo juntos después de los acontecimientos del 2 de junio y para septiembre, cuando Graciela, mi futura suegra, habría de dejar por fin el hospital, me invitó formalmente a una cita.

Se suponía que me sacaría unas fotos, o lo haría un amigo de él para un dizque proyecto de arte. Me puse una gabardina negra de algodón de Pixie como vestido y unos zapatos negros y rojos con algo de tacón. Al final no hubo fotos, pero empezamos a salir (noviazgo se le decía entonces) y antes de que acabara el año, me mudé a su casa. Allá en la calle de Bartolache en la Colonia del Valle del DF. 

La navidad de ese año, mi primera en el tercer piso, la pasé con los Bellon en un departamento en el que Graciela madre se había instalado. Se estrechaba también mi relación con Emilia, la hija de Adrián, aunque el paso de la vida nos acabaría por distanciar irremediablemente.

El 5 de febrero, Día de la Constitución, del siguiente año, 1994, nos casamos Adrián y yo: la ceremonia civil fue en el castillo plano de mi papá, frente al Popo, y  la recepción en el huerto de mi tía Marisa, en San Vicente Chimalhuacán, nuestro Chimal querido. Comimos mole, que no es mi comida favorita, y Adrián y yo abrimos el baile sobre una tarima de madera con agujas de pino para facilitar el movimiento de los pies. Tocaba en vivo el maestro de música del pueblo (o quizás de Ozumba, la cabecera municipal) con su minibanda y no se le ocurrió mejor idea que tocar "El último beso", aquella canción que dice "por qué se fue, por qué murió, porque el señor me la quitó". Cuando me di cuenta, le pregunté a Adrián, bastante sacada de onda: ¿Qué hacemos?. Sigue bailando, me contestó con total certeza.

El siguiente cumpleaños lo celebraría casada y 2 años y  medio después, ya a mis 33, nacería Santiago. Hace 2 días cerramos oficialmente las celebraciones por sus 30, con fiesta y música y baile y juegos y comida y chelas y shots de mezcal o de vodka con tamarindo y amigos y familia, sobre todo de la escogida. Adrián tendría 70 años y seguro habría bailado como loco también para celebrar los 30 de su hijo.

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