lunes, 21 de septiembre de 2015

Ruleta rusa

O de mente, antibióticos y lotería


para Evelyn, porque somos tan distintas y nos entendemos tan bien

Hace un par de días terminé el segundo ciclo de tratamiento con un antibiótico para una infección, yo que desde hace 25 años más o menos no tomaba ninguno (porque sí, a mí la homeopatía casi siempre me ha funcionado muy bien). En esta ocasión, los síntomas requirieron de un método más agresivo y, claro, las simpáticas bacterias se hicieron resistentes en un santiamén y el segundo ataque fue aún más violento. Yo soy de esas personas que no leen los efectos secundarios de un medicamento (porque me arriesgo a presentarlos todos en ese mismo momento) o los leen después de terminar el tratamiento (para saber de qué me salvé). Mi querida amiga Evelyn no puede creer mi estrategia (la de ella es la contraria e incluye, muchas veces, la suspensión del tratamiento por su nivel de peligrosidad).

En fin, ya para el segundo día de la segunda ronda me empecé a sentir bastante mal y me asomé al papelito informativo incluido en la caja de la medicina, sin mis lentes de leer, y solo medio alcancé a ver algo como "cambios en el carácter". Guau. Cero intención de ir por los lentes. "Lo demás debe ser mucho peor y yo mejor termino el tratamiento". Será por eso, me dije, que me injerté en pantera con mis alumnos de tercero de secundaria ayer y con los de segundo, hoy. (Igual se lo ganaron a pulso...)

Además de los cambios en el carácter, empecé a dormir muy inquieta (estuve tomando una pastilla cada 24 horas en la noche durante 7 días) y con una serie de sueños extrañísimos, o de carácter pesadillesco o con la presencia de maestros espirituales, amén de persecuciones, frascos llenos de ajos, destellos de luz dorada y mucho más que ya olvidé. O sea, casi como quien toma psicotrópicos. Fue interesante, con todo, ver mi mente en el proceso y constatar que, como dicen las enseñanzas budistas, no es ni singular, ni permanente ni independiente. Eso me quedó clarísimo: siempre cambiante, diversísima y sujeta a la voluntad del levofloxacino (en este caso particular).

Evelyn: "Yo que tú ya habría suspendido el tratamiento hace días..."
Yo: "Dicen que es peor suspender un antibiótico a la mitad. Ya casi acabo..."

Mientras tanto, me empezaron a doler horrible las piernas, amanecí un día de tan mal humor que no me aguantaba ni yo y al siguiente súper triste (mil veces preferible al mal humor, me dije). Y por ahí del 5o o 6o día, empecé con molestias en la garganta. "¡¿Gripa, además del pinche antibiótico?!", me pregunté retóricamente. Y así fui a una cita con la dentista, donde pensé que perdería la cordura por completo. "Te noté un poco desesperada", comentó mi doctora cuando le pedí que las dos pequeñas caries que faltaban las dejáramos para la siguiente sesión.

Por fin, el último día del levofloxacino, aunque hasta que no pasaran 24 horas, mi cuerpo no lo sabría realmente. Y entonces leí el mentado papelito: bueno hasta probabilidad de convulsiones había y esa molestia en la garganta: disfonía (cambios en la voz, que aún sigue grave y sexy). "Creo que esto da para un cuento de terror o, de menos, uno fantástico", me digo.

Día 1 sin medicamento. Llamo a Evelyn por teléfono y ni siquiera me reconoce la voz (la disfonía, claro). Ella hace un silencio horrorizado y me manda un correo con la lista de los antibióticos más peligrosos, incluidos los que te pueden matar de una falla cardiaca a la primera toma. Le digo que la guardaré como referencia, pero que no le puedo prometer leerla. Me contesta: "Ruleta rusa...".

Me voy al súper pensando en todo esto. En el poder de la mente y nuestra tendencia a hacerle caso a sus desvaríos temporales, en cómo somos mucho menos de lo que pensamos, en un sentido, y mucho más, en otro. Ya con las cosas en el coche, regreso a ver si salió premiado un billete de lotería que compré. Faltó un solo número para que ganara un buen premio "Un solo número", me digo y también me digo: "Da igual. No ganaste y ya." Y suelto, sorprendida ante mi propia reacción.

Al final del día concluyo que lo que es una ruleta rusa es la vida misma: ignoramos mucho más de lo que sabemos y no por ello me quedo encerrada en casa, donde igual podría morir resbalándome en la regadera. No puedo dejar de comer por temor a ahogarme ni evitar cruzar a la calle por temor a que me atropelle un auto. Mi decisión de no suspender el antibiótico y la reflexión posterior se me presenta como una decisión de seguir viviendo con todo y los riesgos (igual de la vida no vamos a salir con vida, dijo alguien cuyo nombre no recuerdo ahora). Y, claro, a cada quien corresponde decidir cuáles riesgos toma y cuáles no... (con mayor o menor conciencia, con mayor o menor apego, con mayor o menor miedo).

Y la RAE, para cerrar (demasiado difícil no ceder ante tal tentación):

ruleta.
~ rusa.

1. f. Juego temerario que consiste en disparar alguien contra sí mismo un revólver cargado con una sola bala, ignorando en qué lugar del tambor está alojada.

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