jueves, 3 de septiembre de 2015

.z.o.p.i.l.o.t.e.s.

zopilote.
(Del náhuatl tzopílotl).
1. m. Am. Cen. y Méx. Ave rapaz diurna que se alimenta de carroña, de 60 cm de longitud y 145 cm de envergadura, de plumaje negro irisado, cabeza y cuello desprovistos de plumas, de color gris pizarra, cola corta y redondeada y patas grises. Vive desde el este y sur de los Estados Unidos hasta el centro de Chile y la Argentina.

cielo de cuernavaca
entre los cables (muy arriba) vuelan dos zopilotes

Cuando mi hermano y yo éramos chicos y veníamos a Cuernavaca, de fin de semana o de vacaciones, mi abuela Rosa nos explicaba que cuando se veían zopilotes cerca significaba que había un animal muerto en los alrededores, a saber en la barranca que lindaba con el terreno de la casa, quizá. Aunque esa conciencia sobre la muerte, con su cariz irremediable representado por las enormes aves negras, no dejaba de provocarme cierta angustia entonces, al paso del tiempo he aprendido a apreciar a los zopilotes y a gozar de su vuelo cuando llego a detectarlos en el cielo. También supe años después que en algunos lugares del mundo, el Tíbet entre ellos, los restos humanos se ofrecen a los buitres (parientes de nuestros zopilotes), honrando así el ciclo de la vida con un "funeral celeste". No hace falta preservar el cuerpo, que es un mero vehículo vacío al terminar la vida, y este tipo de funerales es un modo práctico (pues se trata de regiones donde el suelo es muy duro para cavar o hay poca madera para hacer piras funerarias) y generoso (pues se alimenta a otros seres sensibles) de deshacerse de los restos. Y a mí me recuerda que no hay vida sin muerte ni muerte sin vida y que los restos de lo que hubo se pueden ofrecer a los zopilotes. Qué duda cabe que mi abuela Rosa era una mujer sabia.

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