martes, 1 de septiembre de 2015

*l*a* *f*e*r*i*a*


para Santiago, compañero de feria desde siempre

La quinta acepción (de 13 y de seis frases que contienen el vocablo) que la Real Academia propone para feria reza así: 5. f. Conjunto de instalaciones recreativas, como carruseles, circos, casetas de tiro al blanco, etc., y de puestos de venta de dulces y de chucherías, que, con ocasión de determinadas fiestas, se montan en las poblaciones.

Y así es la Feria de Tlaltenango que desde hace casi 300 años, según el cartel que alcancé a vislumbrar de vuelta hoy a casa, se instala en la avenida principal de la ciudad donde vivo, cerrándola parcialmente al tiempo que el tránsito tiene que desviarse por las "vías alternas" para enojo e incomodidad de muchos de los cuernavacenses, aproximadamente durante 10 días. En general, la montan los últimos días de agosto (este año fue el sábado 29) y se extiende un par de días más después del mero día de la celebración de la Virgen de la Iglesia de Tlaltenango (el 8 de septiembre — bueno, después de una rápida ojeadita a Google, confirmo que lo que se celebra, en realidad, es la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María, que por supuesto no es privativa de la de Tlaltenango, pero sí es la que más cerca me queda de casa.)

Yo he de confesar que con todo y las molestias que este acontecimiento implica (y la infinidad de emociones, perturbadores y festivas, que convoca), para mí tiene resonancias diversas, en su mayoría agradables (ya de los problemas del tránsito, cada quien mira a ver cómo los resuelve de la mejor manera). Aunque desde muy niña visitaba Cuernavaca con mis padres cada fin de semana, y durante casi todos los periodos vacacionales, no fue sino hasta que me mudé aquí con mi entonces marido, embarazada de mi hijo, que visité la Feria de Tlaltenango por primera vez. (Él y su familia, que también venían a la ciudad para descansar del Distrito Federal, habían sido asiduos participantes de la celebración.) Ya nacido Santiago, el paseo por la feria siguió siendo una de las tradiciones familiares. A Santiago de niño le encantaba —además de comprar juguetes (tradicionales de madera o chinos de plástico), pan (sobre todo, cocoles, que siguen siendo sus preferidos), gorditas de maíz a la salida del templo (a las que llamamos "hot cakitos"), elotes recién preparados con mayonesa y queso, quesadillas diversas y una gran variedad de dulces— jugar a las canicas con la enorme ilusión de ganarse algún premio (un peluche medio destartalado o alguna alcancía mal pintada). A los juegos mecánicos nunca ha sido demasiado aficionado, afortunadamente para mi propensión a marearme de solo imaginarlos. (A los carros chocones llegó a subirse acompañado por su padre.) Después de haber superado la edad de las canicas, igual seguíamos yendo juntos para darnos algún gusto de comida, comprar alguna blusa o un par de macetas (yo), una pulsera tejida o de cuero (él). Siempre hemos encontrado algo que nos llame la atención, así sea en el último trecho, ya junto al carrusel y los carros voladores, casi a punto de dar vuelta rumbo a casa.

Este año el hijo está lejos de Cuernavaca, así que no iremos juntos a la feria y eso tiene su lado nostálgico. Pero por otro, escuchar el pitido de los agentes de tránsito que se apostan en las esquinas próximas al evento para tratar de aminorar los efectos de los coches que se van quedando atorados a cada tanto, tiene sobre mí un efecto extrañamente tranquilizador. Es quizá una manera mía de constatar que hay cosas que se repiten (aunque todo cambie), que hay recuerdos lindos que me acompañarán durante unos días, que el otoño está entrando (aunque en el calendario falten más de 20 días) con su aire más fresco y el anuncio del fin del año y que siempre puedo intentar disfrutar más las presencias que lamentar las ausencias. Al fin y al cabo lo único que hay es lo que hay hoy y cada pitido del agente me sirve, también, de recordatorio.

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