martes, 1 de agosto de 2017

El segundo recordatorio


Hace dos años y medio, reflexionaba aquí sobre el último de los cuatro pensamientos que nos orientan hacia el dharma, los cuatro recordatorios. Según la RAE, se trata, pues, de cuatro «aviso[s], advertencia[s], comunicacione[s] u otro[s] medio[s] para hacer[nos] recordar algo». 

¿Qué nos recuerdan estos pensamientos? Que hay un camino diferente para transitar por la vida, más abierto, más espacioso, donde se puede soltar, confiar y, finalmente, alcanzar la liberación del sufrimiento y despertar a la felicidad verdadera. Todo esto es posible solo más allá de nuestros patrones neuróticos habituales, donde indudablemente llegamos a sentirnos cómodos, pero el precio es irnos sofocando poco a poco.

Es curioso cómo funciona el camino en pos de descubrir cómo son las cosas en realidad. Podemos pasar semanas, meses, años o varias vidas estudiando y practicando hasta que un buen día, a veces en los momentos más inesperados, nos cae el veinte y entendemos alguna enseñanza, más allá de la dimensión meramente racional.

Algo así me ha sucedido con los cuatro recordatorios. Los he repetido, los he contemplado, incluso los he memorizado, pero no siempre los entiendo del todo, hasta que, de pronto, hay una epifanía (como le gusta decir a mi hijo).

El segundo de estos recordatorios reza así: El mundo entero y sus habitantes son impermanentes. Específicamente, las vida de los seres es como una burbuja. La muerte llega sin previo aviso, este cuerpo será un cadáver. En ese momento el dharma será mi único recurso; debo practicarlo con vigor.

A primera vista, su sentido es claro y directo: La muerte es la única certeza. Sin embargo, hay un sentido subyacente mucho más sutil. En estos días he estado viviendo, de nuevo, la separación: la partida de Santiago a estudiar a la Ciudad de México. Y, de nuevo, he tocado tristeza y miedo, sobre todo.

Hace un par de días, sentada sobre el cojín de meditación, intentando ver mi mente, entró un rayo de luz: Lo que me está haciendo sufrir no es la separación en sí, sino mi incapacidad de aceptar que todo es transitorio, que todo cambia. No nada más la vida misma, sino cada etapa y cada momento, cada instante de la vida.

He ahí la sabiduría del segundo recordatorio. Mientras que racionalmente puedo discurrir sobre la certeza de la muerte, en la vida cotidiana me aferro a las cosas, a las personas y a las circunstancias como si no fueran a cambiar. Y cuando cambian (que es lo que sin asomo de duda va a suceder), sufro. Pero al darme cuenta de esto, de cómo mi propio aferramiento es la causa de ese sufrimiento, me libero, un paso a la vez.

Entonces el hecho de que el mundo entero y sus habitantes sean impermanentes, no apunta nada más a la ineludible caducidad de todo, sino al cambio constante de todo. Si eso lo puedo ver y experimentar con conciencia, el cambio mayor de todos, la muerte, podrá ser una experiencia menos aterradora y más familiar, si logro vivir con conciencia las pequeñas muertes cotidianas. Como la partida del hijo, o mi propia imagen en el espejo, o el amanecer y el atardecer de cada día.

2 comentarios:

  1. Me encantó el recordatorio incluso me vino a la mente está canción de "cambia todo cambia..." besos

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    1. Exacto, amiga, así es la cosa. Todo cambia, y nosotros con ello. Besos de vuelta.

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