martes, 7 de agosto de 2018

l*l*a*m*a*r*a*d*a*


Como tantas cosas en mi vida, estas flores me remiten a mi abuela Rosa y su casa en Cuernavaca, allá en la calle de Jalisco 222, antes 800, en la Colonia Las Palmas, al sur de la ciudad, casi en la salida hacia a Acapulco.

El jardín de la casa era enorme, con una parte plana con pasto, donde jugábamos cróquetbádminton (como nobles ingleses, de plano...). El terreno estaba organizado en terrazas y descendía hasta llegar a una barranca, con un río donde incluso había peces (guppies, esos minúsculos y casi transparentes). Y entre el jardín principal y la barranca estaba el jardín con el nanche (a mi hermano le encantaban sus frutos, para mí eran un poco ácidos) y un espacio con más tierra que pasto, rodeado de bambús, que usábamos como escondrijo. De ahí, una serie de escalones, trozos de piedra (o de cemento quizás) clavados en la tierra, desembocaba en el inicio de la barranca. Ahí arrancaba otra escalera de piedra que terminaba en una terraza enorme encima de la cual se cernían unas rocas enormes. (Alguna vez soñé con casarme allí.) Y seguía el descenso hasta el río, que en mi infancia estaba aún bastante limpio. Con mi hermano y mi primo Jose llegamos a caminar por entre las piedras que sobresalían (y sí, a atrapar guppies también).

Por todos lados había árboles: Un laurel enorme, al fondo del jardín; un sangre de toro, en la cuesta de pasto junto a la alberca, desde donde se veía la biblioteca de mi abuelo; varios flor de mayo, de uno de los cuales se cayó en una ocasión mi tío Jean, y jacarandas, muchas jacarandas en el jardín principal, que teñían de morado el pasto una vez al año. 

Y, claro, había muchas flores también. Copas de oro, que colgaban de unos arcos al lado de la alberca. Y la llamarada que pintaba de naranja los muros. Mi abuela Rosa nos enseñó a mi hermano y a mí a libar las flores naranjas y saborear su néctar, arrancando una flor y sorbiendo por la parte delgada, desde donde había colgado de la planta.

Eso hace mucho que no lo hago, pero cada vez que por el mundo me encuentro una planta de llamarada, recuerdo la casa de mi abuela y, si es posible, me detengo y hago fotos. Las que aparecen aquí son de la barda de una casa en la calle conocida como "el columpio", muy cerca de mi casa.

Aquí, más flores de llamarada con todo y abeja llegando:



2 comentarios:

  1. Amiga me volviste a llevar a mi infancia en casa de mi abuela, no sabia que la flor se llamaba llamarada, pero hacíamos lo mismo con el néctar. Gracias!! Besos

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    1. Ya ves este barco de la nostalgia... Qué tal que un día libamos néctar juntas ;-) Te quiero. Gracias por pasearte por aquí.

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