A Doña T (T de Teresa o Teresita) no le gustaban ni los mariscos ni las aceitunas. Tampoco las flores de calabaza o no las comía porque alguna vez tuvo una mala experiencia: se enfermó después de comer unas y esa fue la última vez que lo hizo.
A Doña T le gustaba el tequila (casi seguro) y el té de la casa (de su casa: té limón y de azahar combinados, quizá su receta). Yo supongo que habrá disfrutado las galletas y pasteles que hacía mi comadre para el Café del Arco, y quizá también los bocadillos de jamón, queso, mayonesa, mostaza y crema, dorados con mantequilla en un sartén o comal.
A Doña T le gustaba platicar y, sobre todo, escuchar. Era muy precisa en los recuerdos que compartía. Le gustaba mucho bailar, con su marido, así que yo nunca la vi, pero me han contado. Hay en su casa una foto hermosa de ambos tomados de las manos mientras lo hacían. Más se detuvieron un momento para sonreírle a la cámara: él, como si no hubiera un mañana; ella, discreta, apenas.
Doña T era muy devota de la Virgen de Guadalupe. Para sus 90 no pude ir a su celebración por compromisos de traducción budista, pero le regalé una imagen de latón. En el descanso de la escalera para llegar a las habitaciones del segundo piso, cuelga una imagen tradicional de la virgen enmarcada. Muy bella. Creo que le gustaban los regalos que le hicimos a lo largo de los años, como el móvil de barro con una piñata y un grupo de gente lista para romperla, que aún cuelga cada temporada decembrina en la sala de mi comadre, o una familia de mariposas de hojalata que aún adornan el pasillo exterior de la casa.
Doña T siempre salía de su cuerpo impecablemente vestida (no como yo que luego bajo a desayunar en piyama, aunque quizá en vida de ella no lo hacía: no me acuerdo), con aretes que combinaban con su atuendo y alguna mascada para mantener el cuello calientito. Solía usar un mandil sobre la ropa (igual que mi comadre) para protegerla durante las labores domésticas.
Doña T quería mucho mucho a la Charamusca (Chara para los amigos), una perra encantadora que mi comadre se encontró de cachorrita abandonada en la carretera un día y llevó a hurtadillas a la casa, temiendo que doña T la rechazara. Con el tiempo, se adoptaron como familia.
Supongo que a doña T le gustaba cocinar y con ella aprendieron a hacerlo sus tres hijas y su hijo. No sonreía mucho o lo hacía más con los ojos que con la boca, con su humor tan característico, un tanto cáustico, como el de mi abuela María Luisa. También tenía, casi siempre, un dejo de tristeza en el rostro, quizá por las penas y las pérdidas vividas.
Hoy la recuerdo en su aniversario luctuoso y aunque no pueda ir al panteón a visitarla (de mis amores de noviembre, es la única cuya tumba sé dónde está), le dejo estas palabras y esta foto de abril de 2011, hace 14 años, allá en su casa en Chimal con un Santiago casi niño (creo que Ma. Eugenia y él estaban por bañar a la Chara y doña T supervisaba la labor), como muestra de todo nuestro cariño, entonces y hoy.
Espero que sea feliz, doña T, donde quiera que esté.

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