jueves, 13 de agosto de 2026

l u c i é r n a g a s


Apenas dos apariciones de luciérnagas en casi 17 años de este blog: aquí (en un poema de desamor, desilusión, decepción de hace un pelín más de 11 años) y acá (en un texto sobre cosas efímeras de hace casi un año). Hacía siglos que no veía luciérnagas. En una parte de mí creía que ya nunca las iba a volver a ver y, oh sorpresa, el primer finde semana de agosto en Chimal, nos reencontramos las luciérnagas y yo (no que para ellas significara algo, o quizás sí...). 

Salimos al jardín con mi comadre, que iba a guardar a su gallo, y nos dijo: "Es la hora de las luciérnagas: cuando empieza a anochecer, pero aún hay luz". (Y yo que pensaba que había que buscarlas en la oscuridad.) Y de pronto se encendió una lucecita allí y se apagó, y luego otra allá y se apagó, y luego otra y otra y otra. Me volví a sentir niña: maravillada del fenómeno. Llamé a Santiago, pensando que quizás nunca las había visto. Me aseguró que sí y se quedó también a ver el espectáculo conmigo y con Yare. (Al día siguiente repetiríamos con Ángeles, quien también las ve en su casa y también se maravilla.)

Esa primera tarde noche, descubrimos que una de ellas estaba en el piso, desde donde seguía prendiéndose y apagándose. Fuimos por ella y la sostuvimos en las manos. Aquí un par de fotos que hizo Yare de las mías, mientras el bicho maravilloso nos regalaba su luz:



Después de la sesión de fotos y de preguntarnos por el bienestar del insecto, que parecía incapaz de seguir volando, lo posamos en una planta, donde yo le tomé una foto menos nítida, más abstracta, digamos:


Recordé que de niña, las veíamos y perseguíamos mi hermano y yo en el jardín de la casa de mi abuela Rosa. En alguna ocasión las atrapamos y las metimos en un frasco de vidrio. Luego las habremos soltado (espero). Y mis recuerdos de luciérnagas se desvanecen allí, en la casa de Jalisco 222 antes 800. He visto fotos en internet de lugares, en Japón quizás, donde han fotografiado miles y aparecen como múltiples trazos luminosos sobre un espacio oscuro, pero nada que ver con la experiencia viva, aunque hayan sido pocos bichos los que rondaban el jardín de mi comadre.

Qué dicha de reencuentro.
 

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