martes, 29 de septiembre de 2026

a lady in a teacup in Occupied Japan


Mi amiga AB (bueno, Arabella pa los cuates, pero es que no le gusta aparecer en internet, pero yo creo que me lo perdonaría, además de que no es su primera vez en este blog) está desmontando su casa porque se va a vivir cerca de su hija y de su nieto al otro lado del mundo. Nos invitó a comer, una suerte de despedida, aunque aún no tiene fecha exacta de partida. 

Además de una deliciosas minichisburguers, mi primera comida en forma después de la espeluznante extracción de las muelas del juicio, nos llevó a una de las habitaciones  donde había acomodado, sobre una cama grande, cosas que ni guardaría ni se llevaría allende el mar. No las vendía: las regalaba para que se fueran con gente que las apreciaría y, creo yo, para que se convirtieran en puntos de conexión con ella.

Para cuando a mi amiga Mónica y a mí nos tocó entrar al cuarto de los regalos, Susana y Carmen ya habían pasado. Tengo la impresión que cada quien escogió lo que era para cada una. Quizá fueron los objetos quienes escogieron y no nosotras. 

También nos alentábamos entre nosotras ("ándale, llévatelo, te va a venir bien"). Antes que nada, Ara me regaló una jarra enorme de cristal grueso. Ya encontré en dónde guardarla y creo que a mi nuera le hará ilusión preparar agua fresca ahí. Carmen me convenció de llevarme un molinillo de pimienta (buena idea, porque la había estaba moliendo a mano en un minimorterito). Me traje un bol (sí, así dice el DLE que se dice en español) con una suerte de cuchillo semicircular: es para cortar o picar yerbas, por ejemplo, me dijo Ara. El cuchillo necesita filo, pero creo que me serán útiles en mi nueva etapa como cocinera incipiente. También hallaron su lugar hasta la bolsa del mandado, que también me regaló Ara para llevarme los goodies,  unas extensiones eléctricas (nunca vienen mal y las puedo compartir) y un frasco especial para preparar vinagreta: tiene las medidas para el aceite y el vinagre (poco o mucho), se puede agitar ahí mismo, servir y guardar si sobra. Pensé que a mi hijo, el rey de la vinagreta, le podría caer simpático.

Pero a mí lo que más me gusta es lo que, en apariencia, no sirve para nada. Vi un platito de porcelana inglesa con una flores rosas y moradas. No tenía taza ni el sutil hundimiento que tienen los platos que llevan taza. Me pareció lindísimo. Ara me explicó que era para poner los anillos o los aretes que te quitas antes de dormirte. También se podría colgar en la pared, pensé yo.



Había también una figura de cerámica blanca y azul que me resultaba familiar: el Cascanueces, me dijo Ara. Tiene un listón azul para colgarlo de algún lado (en Navidad supongo). Me lo traje para que no se quedara triste y solo, aunque ya sabemos que las fiestas decembrinas y yo no nos tenemos mucha simpatía. De momento habita en el librero de mi estudio.


Pero mi pieza favorita es sin duda un platito con su taza: blancos con decoraciones pintadas a mano en dorado. 



Estaban en el buró junto a la cama del cuarto de regalos y mi mirada quedó prendada desde el principio. Ara no me explicó nada sobre ellos, pero yo descubrí que abajo del plato indicaba que estaban hechos en el Japón ocupado:


De la época posterior a la segunda guerra, pensé, no habiendo nunca escuchado hablar de esto. Luego confirmé en internet que, efectivamente, entre 1947 y 1952 las fuerzas aliadas que ocuparon Japón requerían que tal sello apareciera en los productos japoneses, tales como cerámica, juguetes o textiles, entre otros. Sentí como si tuviera un trozo de historia tangible en las manos.

Y ahí no paró el asombro.

Unos días después de que la taza y el plato habían encontrado su lugar en lo que podría llamarse mi minicolección de tazas, la tomé entre las manos para mostrársela a una amiga. Yo ya había notado que había una suerte de grabado al fondo de la taza, que yo había interpretado como un árbol, pero cuál no sería mi sorpresa cuando al levantarla y ponerla a contraluz se apareció una mujer que vive allí en al fondo. Preciosa. Y como no tengo más palabras para describirla, aquí dejo su imagen, que no le hace justicia, pero si alguien quiere venir a mi casa a conocerla, está invitadísima...



Gracias, Arabella, por estos pedacitos de tu vida que ahora habitan la mía...

2 comentarios:

  1. Está increíble y fue muy lindo compartir entre todas este deseo de Ara de tenerla en sus cosas que nos recuerden su amor y calidez. Gracias por el texto. Susy

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