En Cuernavaca, creo que lo he dicho antes, el otoño llega con la Feria de Tlaltenango.
El sol lo sabe y se suaviza. Se esconde, de pronto, tras las nubes y coquetea. El viento lo sabe y se refresca. Se cuela por las rendijas cuando no me doy cuenta. Me hace estremecerme en la madrugada cuando entra por la ventana entreabierta.
Y la lluvia. Parece que a la lluvia le llega la total licencia de lanzarse con todo lo que tiene, que este año, en Cuernavaca, no ha sido mucho. La verdad. Pero es ponerse los puesteros sobre Avenida Zapata y empezar a diluviar, sobre todo de noche.
Ya me decía Juana que septiembre es el mes que más llueve.
Lo que echo en falta mucho este año es el sonido de los pitidos de los agentes de tránsito. Por una extraña razón me daban sensación de seguridad al cambiar la estación y empezar el mes patrio. Hoy en la mañana, me pareció distinguir algunos muy lejos, pero sobre todo resuena su ausencia y una parte de mí se pregunta si la feria sí habrá empezado. Me pregunto también cómo se estará organizando la vialidad, siempre caótica en los días de feria. Ahí están los claxonazos como prueba. Esos sí se oyen.
Y yo he empezado a nadar muy de mañana (entre 7:30 y 8:30) a instancias de Santiago. Con suerte y así las gripas otoñales se espantan y yo me sigo sintiendo bien.
Me encontré en mi balcón esta flor de hoya que me pareció una metáfora de la llegada del otoño: la flor ya grisecita como símbolo del mundo que empezará a dormirse un poco, como Perséfone de regreso al inframundo, y sus hermanas rosas aun resplandecientes, restos del verano. Y aunque en mi latitud los cambios no son tan profundos, igual impactan en su sutileza.
Abrazos amiga,
ResponderBorrarNos buscamos la próxima semana para vernos va?