Fue uno de los temas del grupo de práctica de escritura del pasado sábado. Me vieron raro cuando lo propuse, pero para escribir todo se vale.
Aquí el texto que salió de mi pluma:
Me encanta doblar sábanas con alguien más (mi hijo, mi sobrino, mi nuera), sobre todo las más grandes, matrimoniales o queen, y cuando ya estamos acabando de doblarlas, jalarlas con fuerza y zafárselas de la mano al compañero de doblado. Casi siempre lo consigo porque a la gente se le suele olvidar que siempre lo hago o casi siempre y los agarro desprevenidos. Cada vez que lo logro suelto una carcajada, sonora y genuina. De dónde me viene esta costumbre me pregunté sin preguntarme y entonces me acordé de cuando en la casa de Cuernavaca de mi abuela Rosa se lavaba la ropa y, en especial, las sábanas. Supongo que no habría lavadora y se hacía a mano. Conforme se entraba a la casa por la puerta principal (no había otra vía de acceso salvo la barranca hasta abajo de la propiedad), había un camino empedrado hacia la izquierda que iba bordeando una superficie rectangular de pasto (el jardín principal de la casa) hasta llegar al otro lado donde se estacionaban los coches, frente a la terraza que era por donde se accedía a la casa principal, ya fuera por la cocina o por la estancia. A la derecha de ese camino había una pendiente de pasto, quizás con un camino empedrado al lado para bajar más fácilmente y quizás con una especie de pasillo a la altura de la calle. Una vez que se acababa la pendiente de pasto, se llegaba a la zona de servicio de la casa: estaban los lavaderos, oscuros y húmedos, la sala de máquinas que tenía algo que ver con la alberca, oscura y húmeda, y creo que una bodega con herramientas de jardín y la cortadora de pasto, también oscura y también húmeda. Había tubos clavados en el pasto entre los cuales se colgaban los tendederos para la ropa. Recuerdo las sábanas blanca secándose al sol y al viento. Y supongo que en las vacaciones de verano mi abuela Rosa nos mandaba a mi hermano y a mí a ayudar a destenderlas y doblarlas. Entonces él y yo jugábamos a jalarnos las sábanas de entre las manos cuando estaban a medio doblar, intentando hacerlo antes que el compañero. Y entonces soltábamos una carcajada, sonora y genuina, supongo.
Y por puro gusto, esta foto de sábanas blancas tendidas al sol en un hotel en Tepoztlán donde pasé unas noches con un amante hace mucho tiempo:
Qué curioso para mí mientras no sea la sábana de cajón (como le llaman), me va bien, pero esa de cajón siempre me desespera, no recuerdo cómo hacerlo y acabo por hacerlo bastante regular!! Mi abuela y mi mama tenían obsesión en el tendido de la cama y doblado de las sábanas que, claramente, no heredé.
ResponderBorrarAbrazos. Susy
Cierto, Susy, las de cajón son un horror para doblar, se llenan de aire, no coinciden: yo ya solté ahí la perfección y esas nunca las jalo... Creo que para cuando mi hermano y yo las doblábamos en casa de mi abuela no se habían inventado todavía... Y, bueno, lo de la tendida ya es otra historia: yo hay días que sí, hay días que no y hay días que más o menos 😁
Borrar