lunes, 2 de noviembre de 2026

Día de Muertos 12


Hoy me hago una ofrenda. A mí misma en forma de novia, de 2 novias de cerámica: una novia muerte vestida de blanco un un ramo de flores color burdeos y un velo de encaje, blanca también. Mira a la otra novia, vestida de blanco con adornos dorados, viva pero rota (como estamos todos de alguna forma), rota y vuelta a armar, con pegamento y paciencia. Surgió de las manos de una artesana de Tlayacapan (la gran doña Felipa); tuvo pareja y luego se quedó en soledad. Se ve serena y ecuánime y le extiende los brazos a la novia muerte, invitándola a un abrazo amoroso y sanador. Están paradas dentro de un corazón hecho de pétalos de cempasúchil, atestiguadas por otra mujer blanca de marfil, regalo antiquísimo de mi tía Olga. Ella no tiene cabeza (la perdió en el terremoto del 2017) y tiene una mano caída que sostiene un espejo a sus pies, como ofrenda para las 2 novias. En el círculo corazón está también la Minina morada, parte Ñaña y parte Ana Rey: acompaña y recuerda y vive y muere todos los años.


Ofrendo cempasúchiles mexicanos: imperfectos, medio doblados, brillantes y olorosos, mezclados con flores blancas que parecen nubes pero tienen un nombre impronunciable que ya he olvidado. Invito a mi mamá en una foto casi en modo fantasma. Está sola en una carretera de montaña casi desapareciendo, como vivió y murió: fuente primigenia del amor y el desamor. Ahí tiene su cigarrito pa cuando se dé la vuelta.


Y sobre el mantel blanco deshilado hay 18 corazones negros que dejaron 18 huecos anaranjados. 9 pequeños, como muertes pequeñas, y 9 más grandes, con las iniciales de las amigas que al dejar de serlo me rompieron el corazón, volviéndola cada vez más suave y más grande: Blanca, Linda, Stacie, Jessica, Graciela, blaze, Natasha, Elena. El último corazón negro salió volando cuando montaba la ofrenda y lo dejé irse como mensaje de la vida o de la muerte: aún no es tiempo.

La Ñaña aparece otra vez en modo calavera (regalo de Josmar) y tiene sus croquetas (en un frasco cerrado porque unas hormigas minúsculas se le andaban adelantando). Hay, claro, agua y sal, para la sed y la purificación. Y 2 calaveras: una comestible de chocolate blanco pintado de naranja (resguardada en papel celofán de la voracidad hormiguil) y otra de cerámica blanca con visos rojos y una rosa (regalo de Yare). Y luz, mucha luz: velas cempasúchil, vela pan de muerto, vela cactus.


También vino la jirafa mamá con hija: ese abrazo anhelo nunca cumplido, siempre presente. Y del año pasado y con los palestines en el corazón, está la violeta olivo, con su primera flor, con aspiraciones de paz para víctimas y victimarios.

Es una ofrenda instalación. Un ritual de sanación y de encuentro y de alivio. Quemaré los corazones cuando la desmonte (algunos ya fueron tomados por la cera derretida). Y quizá repita NAMO AMITABHAYA HRIH para soltar y seguir soltando y para dejar de recordar. 

Con suavidad. Con la palma de la mano abierta, mientras por mi mejilla ruedan 3 o 4 lágrimas negras al tiempo Julieta le canta a la nostalgia y a la amiga muerta y a la amiga que dejó de serlo.

Así:





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